El empleado bancario
16 de Febrero, 2012 17
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Mi querida amiga, hoy te contaré un espantoso suceso que hace unos años me ocurrió, cuando yo era contador de la sucursal del Bancomer en Tuxpan, pequeña ciudad de mi lindo Estado de Michoacán.

Hacía poco tiempo que a tal lugar había llegado yo, acompañado con mi inseparable y bella esposa y con dos preciosas hijitas.

La nueva encomienda laboral me producía angustias espantosas ocasionadas por mi impericia laboral, que poco a poco superé, consultando a mi colega de la oficina en Ciudad Hidalgo, a la que se llegaba en un brinco.

En las tardes tenía yo la obligación de llevar la documentación del día a esa ciudad, para que, con la de tal sucursal, en una sola valija se fueran en algún autobús a la oficina matriz, que tenía su sede en Morelia.

Mis diarias visitas a la oficina amiga, las aprovechaba para instruirme en asuntos contables, ya que mi colega se mostraba amable, y especialmente paciente conmigo.

Con lo que me enseñó, superé mis problemas, a tal grado que a los pocos meses pude salir temprano del trabajo para irme a mi casa.

Como es lógico, a este funcionario, el señor Vargas, Bulmaro Vargas, yo lo estimaba mucho, y nos hicimos muy amigos.

Así las cosas, llegaron los días finales de un mes de julio, en los que con mucho entusiasmo los feligreses de la parroquia de Tuxpan celebraban a su patrón celestial, el Apóstol Santiago, y aprovechando que las fiestas eran muy alegres, en el transcurso de la mañana de un día del novenario religioso, que era sábado, por cierto, telefónicamente mi amigo me invitó a parrandear; acordamos que él pasaría por mí a las seis de la tarde, que yo lo esperaría en el banco, para ir a subirnos a los juegos mecánicos y después irnos a Zitácuaro (ciudad a la que también se llegaba en un dos por tres) con la finalidad de divertirnos en la zona de tolerancia. (“Zonas de tolerancia” se les llamaba a las tres y hasta diez o más cuadras que ocupaban los centros nocturnos de diversión para hombres, en las ciudades más populosas del país).

Hablando, o escribiendo con sinceridad, debo decirte que no me era

nada atractivo el programa de diversión que mi amigo y yo habíamos formulado, especialmente lo último, pues mi principal distracción la tenía en mi casa, en donde mis niñas me volvían loco de felicidad, ya fuera haciéndola yo de caballito al que con dificultad se subían ellas, para rodar en el colchón de la cama sin darle oportunidad al reloj de que marcara ni un minuto; o de papá de sus muñecas, de las que, balbuciendo, me informaban que ellas eran sus mamás; y en cuanto a mujeres, no me quedaba nada bien el dicho popular de que “los hombres de hoy en día son como los gatos viejos, que teniendo carne en casa salen a conseguir pellejos”, y porque antes de abrir y después de cerrar la oficina, me iba al templo para encomendarme a Dios, pidiéndole al Apóstol Santiago su intervención para que protegiera a mi familia y para se me quitara lo bruto en mi nuevo puesto laboral.

Aquella vez, las manecillas se tomaban su buen tiempo para ascender en la numeración del reloj de la oficina; y cuando llegaron, por fin, a la hora de salida, uno a uno se fueron los empleados a sus casas. A las seis de la tarde sólo estaba yo en el banco; hacía media hora que había terminado mis labores y le había pedido al jefe del aseo que llevara la valija de la documentación contable a Ciudad Hidalgo, pues yo debía esperar a un amigo para irnos a disfrutar de la fiesta popular del pueblo.

Mi escritorio estaba cerca de un enorme ventanal de vidrio junto a la banqueta de la calle, detalle sin importancia alguna si no tuviera relación con lo que te estoy contando.

Se fueron los minutos, pasó una hora, huyeron dos, y yo permanecía allí, aguardando, ya desesperado, a que llegaran por mí. Y como eso no ocurría, ni nadie tocaba a la puerta, a las ocho y media de la noche me paré de la silla en donde leía un cuento de Guy de Maupassant; cerré la combinación de la caja fuerte, revisé los escritorios de mis compañeros de trabajo, y salí para irme a mi casa después de echarle doble cerradura a la puerta de la calle.

Y como vivía a dos cuadras de distancia, en cinco minutos ya estaba yo quitándome el saco y la corbata, preparándome para jugar con mis hijitas.

-Mi amor, vinieron a buscarte –me informó mi esposa.

-¿Sí? ¿Quién?

-Frente a la casa se estacionó un automóvil; venían tres muchachos; me preguntaron que si estabas tú. Les contesté que no.

-¿Te dijeron quiénes eran, querida?

-Sí; que eran empleados de la sucursal en Ciudad Hidalgo.

-¡Caramba! Quedamos en que los esperaría en la oficina. Y así lo hice, pero me dejaron plantado.

-Pero, mi amor –replicó-, me informaron que no estabas; que por un buen rato tocaron a la puerta y que nadie les abrió.

A oírle esto a mi mujer, mis ideas empezaron a circular desconcertadas. ¿Por qué no me verían, si yo nunca me aparté de mi escritorio? ¿Y por qué no escuché cuando tocaron a la puerta? Es cierto que no me entusiasmaba el viaje que haríamos Zitácuaro, pero, aun así, me proponía acompañarlos a la zona de tolerancia, después de dar la vuelta por la feria instalada en el centro de la ciudad de Tuxpan, y de cenar enchiladas, tacos, o tamales con atole de guayaba.

Mis preocupaciones me atormentaron durante dos o tres minutos, nada más, pues mis hijitas me sacaron de mis cavilaciones cuando me invitaron a jugar.

El domingo lo aprovechamos para irnos a un bosque cercano; nos sentamos bajo un frondoso abeto; después de la comida, me recosté tratando de dormir, pero aunque tenía los ojos cerrados, de mi sesera no sacaba a mi amigo y compañero de trabajo y me preocupé por él, aunque no sabía por qué.

Me eché a caminar, luego de pedirle a mi mujer que jugara con las niñas; una veredita estrecha me llevó a un pequeño y sombreado lago de aguas cristalinas en las que los árboles se miraban, como en un espejo, tal vez para alisarse las ramas cubiertas con hojas desaliñadas por el viento. Del suelo levanté un pedazo de rama seca; la arrojé al agua, y el lago protestó formando pequeños círculos, los que, uno detrás de otro, poco a poco se ensancharon, para desvanecerse en la orilla.

Pero ni el ruido que hacía el aire en el follaje, ni el repentino y agitado vuelo de los tordos metidos entre las frondosas ramas, ni la boruca de los grillos y de las cigarras de los matorrales, lograron alejar la preocupación que de mí se había apoderado desde la mañana.

Cuando regresamos a casa, y al verme inquieto mi mujer, me preguntó que qué era lo que me pasaba.

-No sé, querida –le respondí, mirando sus cabellos que traviesos oscilaban en su nuca.

-Debe de ser grave lo que te ocurre, amorcito; te ves distraído y confuso.

Yo me sentía anonadado.

Al amanecer el nuevo día, principio de semana, desvaneciéndose las sombras, inseparables compañeras de la noche, y al sentarme con mis pequeñas niñas a la mesa para desayunar, las preocupaciones, que tanto me habían atormentado el día anterior, me habían dejado en paz, y me fui a trabajar.

Al toparme en el camino con el templo parroquial, me metí para persignándome al troche moche, y me salí, asimismo, a toda prisa; llegué a la oficina; abrí la puerta de la calle; me fui a la caja principal para quitarle mi combinación; me senté frente a mi escritorio, sacando los artículos con los que me auxiliaba en el trabajo.

Llegaron los empleados; se instalaron en sus puestos; mi secretaria contestaba los oficios que habían llegado de la oficina matriz; todos atendían a la clientela, pero, la secretaria del gerente no hacía nada.

Tenía los codos recargados en su escritorio sosteniendo la cabeza entre sus manos, cuando se escuchó el ruido de su teléfono.

-¡Bueno, bueno! –Contestó la señorita.

Al no estar mi pupitre muy separado del de la gerencia, alcancé a escuchar algunos trozos de la conversación:

-Sí, sí, señor Soto, ya llegó el señor Martínez… Sí, él abrió la oficina… está trabajando… bueno, muy bien, lo esperamos.

Era el gerente, que aún no llegaba, aunque ya eran las once de la mañana.

-¿Qué quería su jefe, señorita? -le inquirí.

-Me preguntó que si estaba usted en la oficina. ¿No le parece raro? El señor Soto acostumbra llegar muy temprano, pero ahora no sé por qué se ha retrasado tanto.

Y, no pasaría ni una hora, cuando entró el gerente por la puerta de la calle, lívido y desencajado. Con pasos vacilantes se dirigió a mi escritorio y me preguntó que qué me había ocurrido el fin de semana.

-Nada, no me pasó nada. ¿Por qué la pregunta, señor Soto?

-Es que, sin vislumbrarse aún la aurora entre los cerros, dos policías del ministerio público fueron a mi casa, pidiéndome que los acompañara para que reconociera los restos humanos convertidos en carbón que estaban en un auto que se había incendiado, ya que en la noche del sábado había chocado contra la barra de contención de un puente, en la desviación al balneario de San José Purúa, cayendo en una zanja, encendido en llamas; me pidieron que fuera con ellos para que identificara sus restos, los de usted, señor Martínez, pues el gerente de la sucursal de Ciudad Hidalgo les había informado que también usted estaba entre los muertos, pues él sabía que usted también había ido con sus empleados a la zona de tolerancia de Zitácuaro, de donde salieron a deshora, muy borrachos. Pero… ¡Qué bueno que no los acompañó, señor Martínez!

-Al escucharlo, me tambaleé como si me hubieran dado un garrotazo en la cabeza.

-¿Me permite salir a la calle, señor Soto?

-Sí, por supuesto.

Y así lo hice; caminé un poco por allí… me metí al templo, en donde, con la miraba turbia por las lágrimas, le di gracias a Jesús y al Apóstol Santiago, porque, aunque no sabía yo bien a bien cómo, ellos, los santitos, me habían impedido que acompañara a mis amigos en su visita a la zona de tolerancia de Zitácuaro, de donde regresaron convertidos en carbón.

-0-

(Nota: esto está basado en la realidad; aunque es cierto que en la narración se incrustan algunos trozos imposibles de comprobar, como son los nombres de los pájaros que volaron de los árboles al estar yo en la orilla del pequeño lago; asimismo, me pondrías en aprietos si me cuestionaras si eran grillos o cigarras los que, metidos entre la maleza, hacían la boruca que te cuento, amiga; pero el resto de la narración, con veracidad se apega a lo que me ocurrió, a eso que no le había contado a nadie, por ser de interés exclusivamente personal, pero que recordé ahora con pavor, plasmándolo en el apartado literario destinado al cuento, por carecer de los elementos necesarios para un reportaje periodístico).

17 Comentarios
  1. Que buen relato, de principio a fin me atrapo, que bueno ver la mano de Dios salvando nuestras vidas!!!

  2. Es un relato buenísimo, espero no tomés a mal el siguiente comentario, ” si al final se le diera un toque de fantasía o irrealidad” sin respetar lo que pasó realmente o transformándolo y agragando magia, creo estaríamos frente a un cuento antológico. Me animo a sugerirte esto dado que el relato me pareció maravilloso y un final con otras características lo realzaría aun más, ( ojo, es esta la opinión de un humilte Contador) . Muchas gracias por compartir y dejerme tomar este atrevimiento, lo hago porque te siento como un amigo. Saludos.

  3. PrichiS: muchas gracias por leerme.
    ¿Cuál es tu país? Pregunta tonta, lo sé, pero es simple curiodidad surgida a raíz de leer a alguien con gran talento como tú.
    Atentamente
    Volivar.

  4. Nanky: te agradezco la sugerencia… a veces se nos van los pies, pero, por fortuna en esta red se ha formado un talentoso club de amigos que nos corregimos, para mejorar.
    Espero hacerlo yo, mejorar, y te agradezco.
    Un saludo, amigo muy estimado.
    Volivar

  5. Volivar: este cuento es precioso, y además para mi, desde España, me parece escrito con la magia que tenéis los americanos, ese uso tan mágico de nuestro idioma común que parece inalcanzable desde esta orilla.

    Un saludo desde Andalucía, el único rincón mágico de España…jeje

  6. Interesante e intrigante narración.

    El desconcierto del narrador se transmite de lleno, primero ante el curioso y luego angustiante asunto y perfila el sorpresivo desenlace.

    Solo un par de recomendaciones. Ciertos pasajes son pintorescos y gratos, pero creo que desvían un poco la atención de la trama. Por ejemplo, la reflexión acerca de los divertimentos nocturnos de los señores.

    Otro detalle son los modismos que aparecen en el texto: para nosotros los mexicanos son comprensibles y transmiten familiaridad, pero para lectores de otras latitudes pueden ser incomprensibles y afectar una historia tan cautivante.

    De cualquier manera me ha gustado mucho, amigo: es un texto que te atrapa y sorprende muy gratamente.

    Genial la mención de Guy de Maupassant. Tu texto tiene mucho de este maestro.

    Muchas gracias

  7. ¡Que suerte la nuestra! ¡Que bién que nos lo hayas podido contar!
    En cuanto al final…Sin ánimo de polemizar,Nanki:creo que el final debe quedar tal cual, porque está plasmando una realidad.
    Un abrazo en la distancia para los dos.

    Gudea

  8. Estimada Gudea, seguro que el final es muy bueno, el cuento me pareció fantástico, “el manejo de las letras de Volivar es envidiable”, pero en mi retorcido cerebro, aparecieron algunos finales distintos, a los que nos tiene acostumbrado el autor, que creo lo harían insuperable. Polemizar esta bueno, al menos para mí, estoy convencido nos enriquece a todos. Saludos cordiales y gracias a Volivar(en realidad omití pedirle permiso) para entrometerme en su magnífica creación.

  9. Gudea, mi amiga linda, gracias por haber leído mi cuento.
    El día que no leo algo tuyo, me parece que algo muy imporrtante le falta a mi vida para realizarse, para seguir con la cotidianidad, que, sin nuestros amigos, sin sus impulsos, sucumbiríamos.
    Eres preciosa, amiga.
    Gracias por todo.
    Volivar… ah, y te regreso ese “abrazo en la distancia”… ¡ que hermosa frase!

  10. Nanky, mi amigo, no encuentro, no sé por qué tendrías que pedirme permiso… tu eres mi muy estimado amigo, compañero en esto de escribir…. tus consejos me son muy interesantes… y te agradezco inmensamente que te tomes la molestia de leerme.
    Mi principal distracción es abrir la computadora (¿en Angentina también le dicen así, computadora? nuesetros compañeros de España comentan que en su país le dicen “ordenador”) lo que se publica en la red, y especialmente lo que nos ponen nuestros amigos… por algo nos identificamos…
    Nanky, siento que te has apenado por hacerme una observación, y eso no está bien… eso de apenarse por dar un conseno no es bueno; al contrario, las observaciones son las que nos hacen crecer….
    Tu amigo, Volivar.

  11. Jesusademir: estoy en un dilema; algunos excelentes críticos literarios aseguran que los regionalismos enriquecen nuestro bello idioma; otros que hacen incomprensible la lectura.
    Los grandes cuentistas, como Antón Chejov, Edgar Allan Poe y el mismo Guy de Maupassant, escribían para que todos captáramos lo que ellos querían expresar.
    ¿Qué hacer?
    Tal vez lo mejor sería escribir sin regionalismos, pero, amigo, se me hace tan difícil… los españoles nunca van a dejar los suyos, ah, y los argentinos… los mexicanos…menos.
    -0-
    Otro comentario: el uso de esta tecnología llamada Internet, o la simple computadora, ha servido para bien, mucho bien, pero también para mal (según mi criterio) a nuestro idioma. Muchos creen que este aparato lo corrige todo, y lo mismo les da poner un verbo en tiemo presente que en pasado. ¡Oh, y os acentos, Santo Dios! Yo he luchado mucho en esta red contra esto, pero, ya me siento ridículo, porque al parecer soy como aquel personaje que cuenta la biblia que predicaba en el desierto. Uf, y eso de reducir una narrativa a unos cuantos renglones que para que nos lean, me parece terrible; si hay lectores que se enfadan leyendo, ¿por qué el escitor debe de cargar con eso?
    Por fortuna el equipo de Falsaria tiene paciencia con nosotros y nos publica; esto es bueno porque nos damos cuenta de nuestros errores por los mismos lectores.
    -0-
    Una aclaración, estimado amigo: lo anterior no es una justificación; pues me alegro cuando alguien me indica lo que hago mal, y le agradezco inmensamente.
    Atentamente
    Volivar (Jorge Matínez. Sahuayo, Michoacán, México)

    • Bueno…y una se mete en la conversación, en el momento que no debe,pero es que¡No me he podido resistir! ¡Ja,ja,ja!.
      nanky:polemizar es algo muy positivo siempre desde la crítica constructiva,y estoy más que segura de que en esto estás de acuerdo.Lo que yo he querido decir es que,dede mi humilde opinión,el final es correcto por ser algo que le ha ocurrido a uno mis@,pero si lo enfocamos desde “tu retorcido derebro”,en mi caso es dede”mi neurona”,porque solo tengo una je…je…je…,la cosa ya cambia.
      Un abrazo en la distancia amigo nanky .

      Gudea

    • Querido Volivar:ante todo te pido disculpas por meterme en tu muro sin tu permiso,pero es que no me he podido resistir a dejarle unas letras a Nanky, y ahora a ti.
      Permiteme decirte que en mi opinión:NO debes dejar de escribir tal y como lo haces,porque es la forma de expresión de tus ancestros.Cada palabra,cada frase que cuelgas aquí nos enriquece a todos.Todos debemos aprender de lo que otros dejan bajo el paraguas del viejo roble de la lengua hispana,o española como quieras llamarla,así que NO le des más vueltas a eso de si comprenderemos lo que has querido decir, con una palabra, o un modismo de tu bello país.
      Amigo Volivar…Escribe como tu sabes: !porque enganchas!
      Un abrazo en la distancia.

      Gudea

      P.D. Lo dicho: mis disculpas de nuevo por ocupar tu espacio.

  12. Relatourbano: te agradezco tu amable comentario. Qué gusto que me leas. Me has causado una inmensa felicidad con tus palabrs de aliento.
    Gracias.
    Atentamente. Volivar Sahuayo, Michoacán, México.

  13. Muy bien amigo volivar.

    Solo que no has hecho nada mal o malo: lo importante es que transmitas tus ideas y te diviertas con ello.

    Lo demás son detalles simplemente.

    Es un gusto leerte: seguimos en contacto.

    Saludos!!

  14. Menos mal que no te fuisteis, porque sino nos podrías contarnos la historia.
    La vida es sorprendente, yo creo que ese día llevabas un ángel de la guarda.
    Un saludo.

  15. Nalleba,linda, qué alegría tan grande me has proporcionado al saber que me lees.
    Gracias, amiga.
    Volivar (Sahuayo, Michoacán, México)

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