Cada vez que Martino Sao Engua despertaba de aquellas visiones, de espanto, se incorporaba de la cama y se dirigía a la sala, adormido, con el sueño metido en la cabeza, a abrir la ventana para asegurarse de que el mundo no estaba en caos, y no era hasta que el grifo de la bañera le disparaba un chorro de agua, que se le esfumaban esas ideas que aún quedaban en su mente después de la pesadilla. Se miraba al espejo y le clavaba una mirada al reloj –sólo ha sido un mal sueño –decía.
Hoy, sin embargo, no ha sido uno de esos días donde Martino despierta de su cama al socorro de un niño que se ahoga en un rio aparentemente sin fondo o de una mujer que está al punto de ser asesinada por una muñeca que, con un soplo al corazón, sale del mismo infierno, allá, abajo en lo más profundo de la tierra, a cobrar deudas pendientes, a llegarse la impura alma de la mujer. Esta mañana despertó sereno, sin pesadillas. Se encamina hasta la cocina donde abre la nevera en busca de algo ligero para digerir, mira el reloj y se da cuenta que falta mucho tiempo para ir al trabajo. Después del baño decide recostarse. Enciende la radio y se topeta con la primera canción que tira, una de Tiziano Ferro, “Tardes Negras”. No repara en el significado de la canción, pero le da igual entender o no. Se incorpora de su cama y toma el abrigo del clóset y echa pie rumbo al trabajo. Martino Sao Engua ahora va caminando por la avenida Broadway, a punto de tomar el tren A. Entra al subterráneo y, en el borde de los rieles, llega a ver una mujer bastante alta, cabello rubio, y ojos azules. Ella deslumbraba entres tantas otras mujeres que estaban en la cercanía, sus disimulados movimientos habían apagado el mínimo desinterés que, al principio, Martino tenía. Pero esta no era la única razón por la que él se quedaba ensimismado por aquella figura. Era su corta falda que dejaba lo que en tiempos atrás denominaban como sagrado. Engua quedó cegado por la mayor e única debilidad del hombre: la carne. El tren da aviso de su llegada, los que se encontraban sentados se paran de sus asientos. Cuando el tren cierra la puerta Martino se sorprende al notar que la mujer de la falda corta no entró. Antes de sentarse le da una última mirada y le inquieta ver lo triste que estaba, pero se inquieta aún más cuando ve lagrimas caer de sus ojos que, cuando chocaban con su maquillaje, se tornaban negras. Él se imaginaba lo infeliz que esa mujer vivía tocada, tal vez, por miles de hombres, pero tenía que ceder su cuerpo porque de una u otra manera hay que ganarse el pan diario, concluyó. Martino pierde el rastro completo de ella, y ahí, cerca de la puerta, decide sentarse.
En el banco se encontraba solo sin ningún quehacer, escudriñando por todos los rincones documentos que revisar. Yendo de aquí para allá en busca de una distracción para desasosegase. Era de noche, los inquietos ruidos de Time Square que se filtraban por su ventana habían disminuido. Todo estaba calmado. Su turno había terminado en la oficina, pero la hora de cerrar, la cual le correspondía, no se acercaba a su horario. Todo estaba calmado, un silencio fúnebre de repente invadió su oficina, nadie estaba cerca, ni siquiera un alma. Se encontraba solo frente a un reloj que se insinuaba debajo de un cuadro de la Mona lisa quien, con sus ojos, despertó en él una extraña sensación. Su mirada se figaba en un punto en específico. Eran sus ojos. Sus fijos y serenos ojos intensificaron su curiosidad a tal punto que no podía hacer nada más que contemplar lo que antes ignoraba. Martino se preguntaba cómo no se había percatado de ese cuadro y del reloj que está debajo de la pintura. Aquel reloj marcaba las 7:00. Su mirada tomaba otro rumbo, se perdían bajo las oscuras mentiras de los relojes. Veía dos fechas que giraban en turno a un círculo con propensión a nunca salir. Por sus oídos se escurría un leve pero incomodo ruido, tic tac, y otra vez tic tac. Hasta que se aterrorizó a tal grado que, en un momento de confusión, llegó a imaginar que aquellas flechas tomaban vidas propias con el único propósito de atormentarlo.
Cuando retorna su mirada hacia la pintura nuevamente se choca con esos ojos que ahora se contrastaban con los anteriores; estaban tristes y confundidos como si tuvieran la certeza de que algo malo estaba a punto de ocurrir. Estaba maravillado por el cambio de ánimo que esa pintura había tomado. Quiso ignorar una antigua teoría que afirma que las pinturas suelen tomar vida propia. Optó por disuadirla, se dijo a si mismo que no había luz verde para las supersticiones, que su vida campestre la había dejado ya hace 15 años. Hizo un ademán de voltear la vista a otro lugar pero no podía. Ahora se encontraba en la avenida 8 de la calle 43 donde, continuamente, se chocaba con un gentío que salía y venía. Estaba vestido de blanco y negro, nunca había usado esa ropa desde que fue, por primera vez, a un funeral. Como era de costumbre en un lugar como el que estaba, se escuchaba sonidos por doquier. De repente los molestos ruidos habían cesado. Las personas hablaban pero él no escuchaba sus voces, sólo podía ver sus mímicas al hablar. Se acercó a un señor a preguntarle qué pasaba, pero éste no respondía, hasta que lo acudió para ver si reaccionaba tan abruptamente que el señor cayó al suelo temblando. Trató de comunicarse con otras personas pero nadie parecía hacerle caso. Se tumbó al suelo, con las manos sobre las rodillas como un niño asustado y cuando se da cuenta que todo el mundo ha desaparecido como una estrella fugaz en el cielo nocturno, se incorpora del suelo y se lleva el cuerpo aturdido a la avenida 9 donde está el subterráneo. Pero antes de entrar ve, desde lejos, a una figura colgada del tejado de un rasca cielo.
Retrocede y pudo percibir el cuerpo de una mujer. La visibilidad de tornaba borrosa; en la fachada del edificio reinaba una densa neblina. Una mezcla de confusión, interrogante e inquietud había sido la causa de un desequilibrado funcionamiento en su celebro. Entonces pudo deslumbrar un hombre de vestimenta oscura: traje, corbata y sombrero negro que se situaba justo detrás de la mujer mostrando una tenue sonrisita de ironía, algo inusual debido al tiempo y el lugar. Martino se queda ensimismado por aquello. Pero al ver que el hombre le susurra algo al oído, se acerca aún más para poder visualizar la reacción que la mujer dará cuando éste termine. El hombre vestido de negro se aleja de ella, le implanta un beso en la mejilla y voltea la cara donde se encuentra Martino quien, después de ver la misma sonrisa con que éste se presentó, estalló en desconcierto. Ve la mujer aproximarse al borde del edificio, a la vez que el hombre le da la espalda hasta dejarse perder el rastro. ¿Lo hará? Se pregunta Martino. Y de depende una decisión hace desaparecer cada duda que tenía, la mujer cae al suelo como una roca de una montaña, Martino sale a su socorro. Cuando logra mirarle el cuerpo entero se sobresalta a notar que esa mujer llevaba la misma falda de la otra mujer que había visto esta mañana en el tren ¿Eras ésta la prostituta que había visto en el subterráneo? Él no lo sabe, lo único que entiende es que sólo ha sido una de esas pesadillas. Mira su reloj, marca las 7:30 y, para relajarse un poco, como lo había hecho en su aposento antes de salir al trabajo, sintoniza una emisora radial la cual fue interrumpida para dar un aviso importante “Interrumpimos esta programación para brindarle un boletín informativo de última hora: esta mañana fue atropellada una mujer, de origen polaco, por un tren. Como siempre nadie conoce la causa y nadie vio nada. Ahora los dejamos con Tiziano Ferro con su canción “Tardes Negras”.



Interesante el remolino de sensaciones y imágenes con que envuelves el lector. Muy bueno. La canción conozco como Sere Nere, mitad italiano, mitad portugués que Tiziano canta con la cantora brasileira Liah. Saludos desde Brasília.
Me alegro mucho de que de halla gustado la historia, alegre ese canción porque considero que encaja en la historia, y más importante con la atmófera de la historia. Gracias por el comentario