Sierra del Tigre, en los límites de los estados mexicanos de Jalisco y Michoacán
-Hermano, las vacaciones de fin de año las pasé en una de las cabañas que renté en la Sierra del Tigre. Seguramente tú también vacacionaste allí, dado que es, digamos, obligatorio respirar el aire puro que corre entre los pinos y los oyameles, olvidando los sinsabores de nuestra cotidianidad que se desarrolla entre el ruido y el humo de los automotores y el sofocante ir y venir de la gente en las calles de la ciudad. Y si son ciertas mis sospechas de tu presencia en tal lugar, debes de estarás enterado del singular y nunca bien ponderado –diría Don Quijote de la Mancha- suceso ocurrido en el bosque, que, por cierto, fue noticia de ocho columnas en todos los medios impresos de comunicación social, tanto locales como nacionales.
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Pero, manito, si no visitaste la sierra arriba mencionada, al menos deberás de saber que es un lugar muy visitado por los habitantes de las ciudades, especialmente por los de Guadalajara, para disfrutar de las tonalidades verdes que despiden las largas y afiladas hojas de los pinos cuando el sol quiere entretejer sus dorados rayos entre el follaje, o para ser testigos de la algarabía de las chicharras y de los grillos, y ver los hilillos de agua cristalina que hacen hasta lo imposible para no exhalar ningún gemido, ni uno solo, cuando se encuentran con las piedras. Ah, y maravillarse de la agilidad de las ardillas pizpiretas, que no suspenden sus corretizas un instante, sin olvidar, por supuesto, a los conejos orejones que, asimismo, no paran de husmear ahora en un matorral de zarzamoras, ahora en un matojo de hierba verde.
Y si tampoco te enteraste de lo que en uno de estos días ocurrió allí, te diré que el anterior al de Navidad, en San José de Gracia, pueblito cercano a la mencionada sierra, un grupo de jóvenes compró cerveza, cubitos de hielo, vasos desechables, botanas y los alimentos necesarios para disfrutar de un día feliz en la espléndida frondosidad de los pinos. Que se subieron a una lujosa camioneta y que se fueron a gran velocidad; eligieron un lugar encantador con vista al llano, y botella de cerveza en mano se bajaron del vehículo, dándose a la tarea de acumular ramas secas para hacer la fogata indispensable para dorar carne y comer al mediodía.
-¡Cuánto se divirtieron los muchachos, manito! Sacándoles generosos tragos a las botellas de tequila corretearon tejones, persiguieron mapaches, lanzaron piedras a las perdices que batiendo con desesperación sus endebles alas, en parvadas huían generando colosales aspavientos. Y cuando se cansaron de promover un sinnúmero de fechorías a los tímidos pero ágiles animalitos del Señor Dios, asaron la carne que sacaron de una hielera, calentaron las tortillas e hicieron tacos para llenarse el estómago.
Luego se tiraron a dormir en la mullida alfombra de huinare (hojas secas de pino), para despertarse cuando la tarde comenzaba a desbaratarse.
-Toño, pásame los cigarros –dijo Luis, enderezándose, somnoliento.
Y después de recibir la cajetilla, con inusitada indolencia Toño sacó un cigarro y lo encendió; arrojó una ruedita de humo que el viento deshizo al momento, tirando el cerillo por allí, a la descuidada, y estirando brazos y piernas, imitando a sus compañeros, se despabiló por completo.
-Ya vámonos… –les sugirió a sus amigos.
-Sí… ya hay que regresar al pueblo; se nos acabó el vino; en San José de Gracia compramos más y nos vamos a mi casa a seguir la borrachera, ¿les parece? –propuso Toño.
-¡Claro que nos parece! –contestaron los demás.
Y sin recoger las botellas bacías y la basura que habían arrojado por allí, se subieron a la camioneta, poniendo a funcionar el estéreo que por cuatro enormes bocinas instaladas en la cajuela, enviaron una música tan aterradora, que todos los animalitos huyeron alocados buscando un refugio entre los matorrales para no quedarse sordos.
Entraban a la calle principal, cuando uno de aquellos jóvenes vio que una intensa fumarola salía del lugar en donde habían pasado el día, y comentó:
-¡Hay una quemazón en donde estuvimos emborrachándonos!
-¿Y qué quieres que hagamos? ¡Juan no apagó las brasas y seguramente el aire les lanzó un carbón encendido a los matorrales!
-Pero las fogatas se deben de apagar, no hay que ser descuidados.
-O tal vez el cerrillo encendido que Luis aventó a las hojas secas inició el incendio –comentó Antonio.
-¡Ya, hombre, qué bien das lata! Se hizo la quemazón, ¿y qué? Nosotros regresamos sanos y salvos, ¿qué más quieres?
-Sí, pero…
-Si hay fuego, que lo apaguen los bomberos, que para eso les pagamos con nuestros impuestos.
Y siguieron, entusiastas, rumbo a los expendios de licor para comprar más bebidas embriagantes como habían planeado.
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-Pero, manito, alguien sí estaba muy preocupado por lo que al bosque le ocurría; era un gorrión, que, aleteando con desesperación, iba y venía a y de un pozo de agua que había entre unas rocas; llenaba su piquito con unas cuentas gotas que vaciaba en las espantosas llamas que acababan con los árboles.
Al ver la señora Tortuga lo que el pajarito hacía, le preguntó, muy extrañada:
-¿Qué haces, hermano?
-Apago el fuego; yo nací aquí, entre los árboles; aquí he vivido feliz con mi gorrioncita y con mis hijos, y no quiero ver quemado nuestro nido.
Al saber esto la señora Tortuga, a toda prisa (sí, a toda prisa, porque no era una tortuga de las comunes y corrientes, sino una de los cuentos, en donde hasta se les concede la facultad de volar, si así ellas lo desean) convocó a una reunión urgente a todos los habitantes del bosque.
Las primeras en llegar fueron las diligentes jóvenes Ardillas, seguidas muy de cerca por los inquietos señores Conejos, y a los pocos minutos se presentaron los Zorrillos, logrando que sus compañeros y amigos se taparan las narices, aunque con discreción; los cornudos Venados de cola blanca y las juguetonas Liebres tardaron un poco más en hacer acto de presencia, dado que andaban escondiéndose de los escopetazos que les lanzaban unos clandestinos cazadores.
Al estar todos presentes, La señora Tortuga les hizo saber las pretensiones del Gorrión, e incrédulos de lo que oían, decidieron ir al pozo de agua para cerciorarse por sí mismos de lo que ocurría, pues les parecía que el Gorrión había perdido el juicio.
Cuando vieron lo que el pajarito hacía, decidieron unirse a su misión, e, imitándolo, unos en su pico, otros en botellas vacías de refrescos que encontraron por allí tiradas, acarrearon agua, mucha agua.
Es digno de mencionarte, manito, que la señora Tortuga buscó y encontró un cubo que se echó al lomo, es decir al caparazón, y, a gran velocidad (dijimos que no era de las que tienen fama de ser pachorrudas y flemáticas) lo llenaba una y otra vez para vaciarlo en los árboles que ardían. Asimismo, te hago saber que los raudos halcones se burlaban de los zopilotes, que a causa de sus largas alas duraban una eternidad para meterse entre las ramas de los cedros y llegar al pozo de agua en donde introducían sus ganchudos picos.
Fueron tantos los animales que se unieron a la misión del gorrión, que lograron apagar las llamas evitando la destrucción del bosque.
En el poblado de San José de Gracia, los bomberos se dieron cuenta de la desgracia que ocurría en la sierra, y a toda prisa hicieron acto de presencia.
Instalaron sus equipos, conectaron las mangueras, e iban a abrir las llaves de sus carrocisternas para lanzar sus potentes chorros de agua, cuando se enteraron de que no había ni una sola llama; fue cuando se enteraron de que todos los animales estaban tirados en el suelo, despatarrados, chamuscados, y que, aunque en tan lamentable estado, no dejaban de sonreírles, satisfechos, por el trabajo realizado; y éstos, los bomberos, con el casco entre las manos, se inclinaron ante aquellos honorables, valientes personajes; y después de agradecerles que se les hubieran adelantado en su ardiente labor, se subieron a sus vehículos para regresar a sus instalaciones en el pueblo.
En sus rostros llevaban una gran sonrisa al saber que había quién sí se preocupaba por los árboles y matojos.



Un cuento de fantasía, que nos recuerda las fabulas de Esopo y también a preocuparnos por el ambiente. Un bello mensaje, tanto para los niños como para los adultos.
Saludos desde Bogotá, Colombia
Gracias danoyarteaga, por leerme.
Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México
precioso cuento!!me mata de pena cada vez que arden nuestros amigos los árboles.Que mejor que la la literatura que denuncia nuestras tristes realidades,felicidades.
Violeta Veleta: tienes razón en eso de que causa pena ver y sabes que estamos acabando con este precioso planeta.
Gracias, por tu comentario.
Atentamente
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
(Curioso eso de Veleta violeta, o, perdón, Violeta veleta)
Leo todos tus cuentos que me gustan mucho.