Es definitivamente el aroma del ser humano lo que más odio. No puedo soportar pasar cerca de alguno de ellos sin sentir esas nauseas, esas casi incontrolables ganas de vomitar cuando percibo su hálito de podredumbre y pecado. No me refiero al pecado escrito en la Biblia, me refiero al pecado de existir. Sí, la existencia es un pecado. No sé por qué no se mueren todos de una vez y me dejan solo a mí y a la lluvia, al delicioso aroma de la lluvia. Es sólo cuando llueve o cuando duermo en mi habitación que puedo liberarme de aquel aroma que circunda hasta en las iglesias.
Eso último lo descubrí un domingo por la mañana. Había salido de la casa de algunos amigos después de haber bebido toda la noche. Aún estaba algo ebrio y solo como de costumbre. El barrio donde me encontraba aquella mañana era desconocido para mí; a pesar de las indicaciones de mis amigos por tomar la ruta correcta, mi estupidez o tal vez mi ebriedad me llevaron a tomar el bus equivocado. Cuando me hallé perdido en aquel putrefacto bus (olvidé mencionar que también odio los buses, no resisto ni sentarme en sus sillas, ni escuchar su música de inodoro) me bajé inmediatamente para intentar ubicarme y tomar otra ruta que me llevara a salvo a mi casa.
Me puse a deambular. Prendí mi último cigarrillo. Después de esperar varios minutos intentando deducir las confusas rutas de los buses, decidí tomar otro camino. Tenía un fuerte dolor de cabeza; el cigarrillo que recién me había fumado, empezó a cobrar efecto en los rezagos de alcohol en mi sangre.
Volteé por una calle. Pésima decisión. Ésta estaba completamente saturada de seres humanos ¡De apestosos seres humanos! Algunos quizá ni se habrán bañado aquel día, aunque daba igual, su aroma hace mucho ha estaba concentrado en el ambiente. En aquel momento mi olfato se encontraba más sensible que nunca, hasta el punto de alcanzar a percibir el aroma de sus sexos.
Sin darme cuenta me hallaba en medio de esa plebe. Ya no podía dar vuelta atrás, además me invadía un miedo espantoso, unas ganas de llorar o de gritar. Sin embargo, decidí salir de allí lo más pronto posible. Todos me miraban; escrutaban mi cabello; me hablaban en términos que no comprendía; vendían infinidad de productos que no deseaba; quemaban palosanto que, de alguna manera, acrecentaba más el aroma insano de sus cuerpos; hurgaban mis vacíos bolsillos… Todos, todos rozaban mi ropa dejando grabados en ella los vapores de su piel.
Observaba sus ojos por instantes: todos eran iguales, vestían diferente, pero eran iguales. Llegué a creer que eran la misma persona, el mismo andrajo de especie. Sentí pavor al creer que era yo igual a ellos. Imaginé mi rostro como el de ellos. Intenté correr pero era imposible, no había espacio. Ya comprenderán ustedes cómo me sentía.
En medio de aquel laberinto humano, adornado con las casetas de su infinidad de productos, divisé a lo lejos un espacio libre de humanidad. Agradecí a los infiernos ver aquel lugar, pues ya me faltaba el aire. Después de varios minutos de forcejear entre aquella informe masa; de esquivar sus ofertas y palabras, logré llegar allí apenas respirando.
Pero el espanto que avisté casi me envía al suelo. ¡Oh Suicidio, dónde estabas en aquel momento! Allí congregados alrededor de no sé qué, había cientos de seres humanos con sus manos elevadas hacia el cielo; liberaban el hedor de sus axilas que parecía dirigirse hacia mis fosas nasales. Creí presenciar una nube de sus aromas sobre ellos y sobre mí. No respiraba oxigeno, los respiraba a ellos. Mis pulmones lloraban entre mi pecho, y lo peor, no tenía más cigarrillos.
No sabía qué camino tomar: a mi izquierda, a mi derecha, en todas las direcciones, había seres humanos esperando a que los oliese. En el suelo había otros mal formados, con ojos de miseria; me pedían monedas, pedían que los oliese. Estiraban sus manos hacia mí, negras por el polvo del suelo, emitían algo así como un lamento. Pero yo sólo quería huir, volar hacia el espacio, hacia otro planeta o hacia un desierto.
A unos metros había una iglesia. Mis ojos se iluminaron; mi corazón se aceleró. Recordé las clases de religión cuando estuve en el colegio, donde pregonaban que en el templo de Dios se encontraba la salvación, símbolo de la pureza del cielo. Por lo tanto, creí encontrar allí un aroma hermoso, un elixir embriagante para asfixiarme placenteramente. Era esa mi salvación.
Sin dudarlo me dirigí a aquella gigante edificación. Me abrí espacio a empellones. Ya no me importaba si me tocaban; si en mí quedaban grabadas su piel y sus manos, igual allí dentro limpiaría mi cuerpo. Me volvería el más santo de los santos. No volvería a salir de allí.
Cuando estuve frente a la puerta, vi que ese lugar también estaba lleno de humanos: de hombres, mujeres, niños, hasta un perro dormitaba entre la plebe. Sin embargo, creí que estos eran ya seres purificados, sin aroma alguno. Yo también quería purificarme, entonces, entré rápidamente; guardé la respiración para darle asombro a mi olfato con aquel inefable aroma, cerré mis ojos y respiré hondamente. Fue ahí cuando sentí desde mi estomago nacer unas inmensas ganas de vomitar; tuve que controlarme para no llamar más la atención. Tal vez el aroma a vomito hubiese sido más apetecible que aquel aire viciado a incienso y suéter de lana.
Un cura que hablaba a todos sus feligreses pronunció estas palabras: “Acérquense hermanos, a recibir el cuerpo de nuestro señor Jesucristo, él purificará vuestros pecados”. Como un loco corrí entre la multitud en busca del cuerpo de Cristo. Ya no podía respirar. Ese hediondo aroma se había apoderado de mi oxigeno. Todos me miraban, al mismo tiempo que empezaban a entonar una tonta canción: “Él es el señor mi Dios digno de alabanza, a él el poder, el honor y la gloria. Hosanna…”. No he podido olvidarla desde entonces.
Todo ese juego de los sentidos, esa sensibilidad hacia cada humor y sonido me enloquecían. Me abrí paso entre la gente con rostro de desesperación; con expresión de recién ahogado. Algunos decían: “pobre hombre”; otros exclamaban: “Busca el cuerpo de Cristo”; una anciana murmuró: “Así de grandes serán sus pecados que desea confesarse con urgencia”.
Después de nadar entre ese mar de humanos, finalmente llegué a un salón un poco más solitario que el resto de la iglesia, aunque igual no dejaba de apestar. Uno que otro ser humano de rodillas en un rincón lloraba en silencio; otros, sentados en sillas, balbuceaban alguna oración con expresión de dolor.
Por curiosidad acerqué mi nariz hacia mi ropa y me di cuenta que el aroma a ser humano estaba más impregnado que nunca. Quería deshacerme de esas prendas, encenderles fuego. Luego olí mis manos, también el aroma estaba allí; olí mis brazos, el aroma no cesaba. Todo mi cuerpo olía a ellos. Yo era como ellos. Ese aroma era mío. Ese era mi humor. Yo también contribuía a viciar el ambiente. Todo mi organismo apestaba a ser humano. Los odié aquel día, los odio ahora y también me odio yo. Ya no soporto ni mi propio aroma.
Mi desesperación aumentaba mucho más. El cuerpo de Cristo no se me aparecía. Avisté al otro extremo del salón a un cura sentado en su confesionario, bendiciendo a una pecadora, quien satisfecha y con expresión de redentora, se sentó a hablar con Dios. Ya no sabía qué hacer, no sabía cómo quitarme este hedor de mi piel, de mi cabello, de mis ojos. Corrí hacia el cura, me hinqué ante él y le dije: “Perdóneme padre porque he pecado”.




“Llegué a creer que eran la misma persona, el mismo andrajo de especie. Sentí pavor al creer que era yo igual a ellos.” Me gustó y estoy seguro que en la relectura voy a encontrar muchas cosas interesantes.
Dannyarteaga: has sabido hacer algo muy interesante con un tema tan cotidiano, tan nuestro, tan pegado a nosotros.
Eres excelente en el arte de escribir. Te felicito.
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Muchas gracias Volivar por sus palabras. Es gratificante saber cómo las costumbres y las palabras pueden unir naciones distintas. Espero sigamos compartiendo este arte.
Gracias,
Saludos desde Bogotá, Colombia
EL CUENTO ESTÁ MUY BIEN NARRADO ME HA GUSTADO MUCHÍSIMO, MÁS DE LAS PARTES DE CUENTO EL FINAL ME TRABÓ LA IMAGINACIÓN UN POCO, PERO INSISTO ME HA GUSTADO, LO ÚNICO QUE SI CREO ES QUE LA PALABRA AROMA NO ES SINÓNIMO DE HEDOR, AROMA ES UNA FRAGANCIA QUE PUEDE ESTIMULAR EL OLFATO O ALGO ASÍ, PERO EL CUADRO DESCRIPTIVO ERA REPUGNANTE POR ENDE ES COMO QUE NO AJUSTA, PERO ABRÍA QUE ESTUDIAR UN POCO LA SINTAXIS Y CONCORDANCIAS.
MUY BIEN, MANDO UN APLAUSO.
NATALIA - ECUADOR
Gracias, Natalia, tendré muy en cuenta tus comentarios, sobre todo aquello del aroma. me alegra de todos modos que te haya cautivado.
Saludos desde Bogotá, Colombia
de nada sigue escribiendo
un abrazo
Natalia- Ecuador