Todo el mundo sabía que después de que un grupo de vecinos de El Güirio (ranchito localizado a más o menos veinte kilómetros de distancia de la ciudad de Sahuayo) se habían quejado ante el Encargado del Orden de que un muchacho de unos 25 años de edad, Agustín García, ofendía a las mujeres con palabras y actos obscenos, doña Esperanza Hernández, su mamá, lo tenía encerrado en un cuarto de su casa.
En la Dirección de Seguridad Pública del municipio me informaron que sí era verdad lo que había hecho la señora con el joven, por lo que le agarré tal coraje, que deseaba ponerla a freír en aceite hirviendo.
Dos días después, a las dos de la tarde, en mi carrito me dirigí al rancho en cuestión. El camino era intransitable, con infinidad de charcos llorones que quién sabe qué decían al paso de las llantas.
Después de muchos contratiempos llegué a mi destino, en donde, bajándome del carro para estirar las piernas, me sentí con derecho de rabiar.
Se veían dos calles, retorcidas y enlodadas, pues era tiempo de lluvias.
A lo lejos se escuchaba el ronco y apagado ladrido de un perro.
Encontré la placita, que era como todas las de los pequeños pueblos, una tertulia de viejitos que ya no tienen nada qué hacer en sus casas, por lo que se reúnen tarde con tarde para contarse sus sinsabores en pláticas que son más bien monólogos intercalados.
-Disculpen, señores –dije, acercándome a unos que estaban sentados en una banca-, ¿saben de un joven al que su mamá lo tiene encerrado en un cuarto de su casa?
Nadie contestó, por lo que me retiré molesto.
Preguntando aquí y allá encontré la casa del Encargado del orden, don Juan Oseguera, quien vivía en una calle que, a causa de las lluvias, con mil aprietos se escapaba del reproche de pocilga.
Lo saludé en la puerta, y me invitó a pasar, como si fuera yo un amigo o algún viejo conocido. Encendí un cigarro, que, por el tiempo que utilicé para que brotara la braza, parecía el primero de mi vida. Pero me había propuesto quitarme el malhumor que me habían dejado los ancianos, y me ocupé un buen rato en platicar con el hombre, soltando de vez en cuando una nubecilla de humo.
Le conté a don Juan el motivo de mi presencia en tal lugar.
-¿Sabe usted de un joven encerrado por su propia madre en un cuarto de su casa?
-Ah, sí, es Agustín, el loquito; la gente dice que le falta un tornillo en la cabeza. Me llegaban con infinidad de quejas, por lo que fui a platicar con doña Esperanza del asunto, y me informó que agobiada por tantas acusaciones contra su muchacho, lo había metido en un cuarto que cerró por fuera.
Y después de despedirnos, me fui a buscar a la señora.
En el camino, una joven de muy buen ver, que barría la calle, me dijo:
-¡Pobrecito de Agus! ¡Tan guapote! ¡Tan buen muchacho!
Al escuchar esto, me sentí invadido por un sofocón, un malestar, un mareo.
-¿Qué diablos pasa aquí? Mi admiración por el Encargado del Orden se fue tiñendo, pincelada tras pincelada, con tonalidades grises ¿Agustín es un joven perverso, o, como dice esta señorita, lo han privado de su libertad injustamente? – Me preguntaba.
Por fin encontré la casa de doña Esperanza.
Con cierto temor toqué a la puerta, presintiendo que, enfurecida, saldría con una tranca en la mano, y me pareció como si fuera yo a pedirle prestada la ponzoña a un alacrán.
Se abrió la puerta, y me sorprendió que sin más ni más doña Esperanza me invitara a entrar.
-Hágame el favor, tome asiento –me dijo-. Me imagino el motivo de su visita; viene a saber sobre mi muchacho, ¿No es así?
-Este… mire… yo…
-No se apene; la gente habla de uno, a veces bien, pero más bien mal, y nadie investiga lo que sucede en realidad.
Doña Esperanza estaba pálida y empezó un lloriqueo que era, al mismo tiempo, asustado, colérico y preocupado.
Su desgarbada figura me quitó la inquina que llevaba contra ella, y después, con algo en el rostro que pudo ser descrito como mueca, me siguió diciendo:
-¡Cómo hay gente mala! Las autoridades lo metieron allí (señaló con el dedo un cuarto enrejado). La gente fue con el Encargado del Orden a contarle un montón de falsedades, y éste, con dos policías que trajo de Sahuayo lo encerró con candado llevándose la llave.
Por una rendija yo le meto la comida, y no una vez al día, como dicen; en la mañana le llevo el almuerzo, luego la comida y la cena por la noche, pero él, sin probar bocado, me avienta los platos, con coraje. ¡Pobrecito! Ha de pensar que yo lo encerré, pero no; ¡una madre no es capaz de tal maldad! Ahora duerme mi muchachito; pero puedo despertarlo; venga, vamos.
-¡Agus… Agus…! ¡Quieren conocerte!
El joven, de semblante desabrido, era un hombre más que flaco, demacrado, con cabello negro e hirsuto, áspero como la cola de una yegua, de largas uñas, con la barba que le llegaba hasta al pecho.
Se enderezó, nos miró, y lanzó un gruñido hueco.
Sobre la boca redonda y la nariz boluda tenía los ojos fijos y sin mirada. Se agachó, tomó un plato y lo arrojó contra la puerta, gritándole despectivas obscenidades a su madre.
-¡Vámonos, vámonos! –Dijo la mujer-, me tiene mucho coraje.
Después, sentados bajo las ramas de un enorme mango, agobié a la señora con mis cuestionamientos.
Doña Esperanza, preocupada, con magnánimas exhibiciones de pantomima amplió lo que ya me había contado.
Entre las ramas de los árboles el viento cantó su canción metálica, que sólo se comprende cuando nos llega el momento de las lágrimas, del abandono, de la soledad y de la muerte.
-Doña Esperanza, no se por qué no ha puesto usted una denuncia ante el Ministerio Público.
-Ay, m’hijo, no me creerían. Sería mi palabra contra la de la autoridad, y la autoridad, “pos” es la autoridad; uno debe de ser dócil y sumiso, y más cuando se está en la clase de los súbditos; al Encargado del Orden yo lo respeto; es más, le digo a la pasada: “Que tenga usted buen día, señor”.
Un perro enclenque, al explorarme largamente el pantalón, se convenció de que yo era una buena persona y fue a echarse debajo de un guayabo.
Yo había llegado al rancho con una desacertada idea sobre doña Esperanza, que, poco a poco se hizo confusa, luego contradictoria, hasta que, por fin, supe la verdad.
-Adiós, señora; que el Señor se quede en su casa y que no falte en la de nosotros, para que nos perdone por hablar de los demás con ligereza.
Me despedí, apenado, y me salí. Tomé el camino de regreso, acongojado.
Eran las siete y pico de la tarde; más exactamente las siete y diez minutos; se avecindaba ya la noche en los montes, en los matorrales.
En el camino, “sacándole” la vuelta a los baches de la horrorosa brecha, le metí el acelerador hasta al fondo al auto para llegar, cuanto antes, al entronque con la carretera pavimentada para tomar el rumbo de Sahuayo.
Entrando a la ciudad me dije que la vida no es absurda, que posiblemente tampoco sea un disparate, sino tan sólo un horno en el que nos vamos consumiendo sin darnos cuenta, y que el del joven Agustín ya tenía debajo demasiada leña ardiendo.
La noche iba muy avanzada en su camino.
-¿Qué horas son? ¡Sépalo Dios! –Me pregunté, y yo mismo me contesté.
El viento quería entrar, furioso, por las ventanas de mi auto.
Y después de estacionarlo en la cochera, me fui a mi cuarto buscando el sueño; me tiré en la cama, y antes de pegar las pestañas, me repetí a mí mismo, como una verdad evidente y sin límites, que dormir no es más que un simulacro de la muerte, o un espacio para evadirnos de tantas contrariedades que nos presenta la vida.



Estimado Volivar, he leído tu cuento y me gusta, las escenas de sufrimiento de ese joven y las condiciones de vida que lo acechan, la ignorancia y la falta de asistencia del Estado, esto me recuerda a un chico que estaba en igual condiciones en un barrio acá en mi cuidad, Me gusta Volívar, la historia tiene una lectura legible y con escenas completas.
Un abrazo
Natalia-
Estimado Volivar, parece que recortasteis un momento de la vida misma para después pegarlo en el papel o en la computadora y cambiado por palabras. Muy buena la narración. Felicitaciones. Saludos desde Brasília.
Gracias Volivar por regalarnos este hermoso relato, lo voy a guardar para releer, con más detenimiento, estoy de vacaciones y los niños, me tienen a su merced!
Gracias por compartir.
Nanky: extraño tu narrativa, aunque me doy cuenta de que estás de vacaciones.
Y te agradezco tus palabras, que han hecho mucho bien. En la cárcel y en las penas se conocen los amigos. Gracias por todo.
Un saludo.
Volivar
rosemarie s. torres: eres una persona a quien he aprendido a estimar, por lo que escribes, por compartir con tus amigos tu linda literatura.
En cuanto se publica algo de tu inspiración, me apresuro a leerte, para deleitarme, e instruirme, y para aprender a ser una persona de nobles sentimientos.
Gracias, amiga.
Volivar.
Natalia, querida compañera en esto de la literatura…. gracias por leerme, por tus alentadoras palabras. Eres linda, no cabe la menor duda.
Atentamente.
Volivar (Sahuayo, Michoacán, México)
Me ha gustado mucho tu historia. La verdad es que las personas cuando no entienden algo suelen pisotearlo, como en tu historia, encerrándolo al pobre muchacho en verde intentar ayudarlo.
La podre madre pagando la ignorancia de quien lo condenan.
Saludo