El viejo Esteban era el encargado de dar vida a la noche, en el momento cuando se disponía a encender las farolas del pueblo, que hacía pasar a los habitantes de las penumbras más densas, donde extrañas figuras se reflejaban a través de la luna llena, a una claridad que les permitía ver y reconocer a los ya conocidos rostros que de forma taciturna paseaban por sus calles.
Esteban guardaba una tristeza que se reflejaba sobre su cansado y agrietado rostro, su caminar pesado y lastimero completaba la faena diaria, en una rutina que parecía no tener nunca fin. Esa rutina diaria le dejaba tiempo para leer y para soñar despierto con un mejor mañana, un sinfín de cosas que lo sacara de esa gris y monótona vida, que sólo tenía pequeños momentos de alegría.
Vivía en una casucha de una habitación, acompañado de su viejo perro con el cual compartía su soledad y la comida, quien dormía acurrucado al pie del catre, en el cual Esteban descansaba día tras día después de completar sus labores. En el pueblo era un personaje más, muchos solo hacían un gesto al encontrarlo en la calle, pocos le dirigían la palabra, nadie le daba una migaja de afecto. Para ellos, Esteban, no era más que el señor, que noche tras noche, encendía las farolas de su pueblo. Cuando la luz del sol anunciaba la llegada de un nuevo día, este desaparecía por esas horas de sus vidas y recuerdos.
Había llegado hace muchos años al pueblo, hacía tantos que ya no recordaba que lo había traído hasta allí, solo recordaba que había escapado de su pueblo natal huyendo de la tragedia. Había perdido a su familia en un voraz incendio, mientras él se encontraba laborando en el campo. Al llegar de la faena, sólo encontró restos chamuscados de lo que antiguamente era su hogar, su esposa e hijos habían sido consumidos por las llamas y ni siquiera quedó un cadáver para darle cristiana sepultura.
Cuando decidió cambiar de rumbo en su vida, no lo pensó dos veces, con las pocas pertenencias que tenía, decidió tomar el tren rumbo a cualquier sitio desconocido. Al llegar al primer pueblo que encontró en su camino, se dirigió a la oficina de empleos, donde el único disponible, era el encendedor de farolas. Esta labor debía cumplirla con puntualidad a partir de las seis de la tarde y concluirla sólo cuando todas las luces de la plaza quedaran encendidas.
De las farolas del pueblo, las de la plaza eran sus preferidas, dispuestas en circulo cubrían toda la plaza y luego cruzaban diagonalmente hasta estar casi unidas en el centro de esta. Aquí su caminar cansado se transformaba al encender las farolas, en un enérgico accionar que semejaba al rápido accionar de las aspas de un molino de viento.
Con las brasas ardiendo de una tea que portaba, iba de farola en farola tarareando una alegre canción, la cual repetía una y otra vez como un ritual aprendido y bien ejecutado, con una sincronicidad solo comparable a un reloj suizo.
Cuando se encontraba encendiendo las farolas que formaban un pequeño círculo en el centro de la plaza, fueron apareciendo los personajes que noche tras noche le acompañaban y con amena tertulia daban un vuelco a su triste vida diurna, cuando encendidas las farolas de la plaza, esta se tornaba en un ameno encuentro de amigos anacrónicos. Uno a uno hasta completar ocho, fueron apareciendo ante sus ojos, el primero en hablar fue el violinista, que tomando el violín y posándolo sobre su hombro, enfiló su arco sobre este y una linda melodía comenzó a llenar los espacios con su hermosa y serena sonoridad, entonces dijo:
-Mi música la llevo en mi corazón viajero del tiempo, para llenar de amor a quienes perdieron la fe en él- dijo con voz segura y llena de dulzura.
Extasiado por tan hermosa música que brotaba de esas cuerdas, Esteban soñaba despierto con otra vida más placentera. Tan extasiado se encontraba, que no se percató de la presencia de Pierre, el pintor, bohemio artista de las noches parisinas, que paleta en mano, llena de un arco iris de pigmentos desparramados sobre la madera, apareció de la nada y con su inconfundible acento bretón español, exclamó:
-¡Hay de mi! que soy llamado a aparecer ante ustedes, en estas horas en las cuales mi obra debe ser producida- dijo con sorprendente amargura.
Esteban se sentó en uno de los bancos de la plaza para escuchar a sus contertulios, cuando le tocó el turno al cartero, quien empezó su conversación, diciendo:
- Estoy tan cansado de caminar, llevando cartas de un lado a otro, este es el único momento en el que puedo descansar y hablar con todos mis nuevos amigos.
-Yo esperaba ansioso tu llegada- comentó Esteban con la alegría reflejada en su rostro – tus anécdotas de los tantos viajes que haces y que aquí nos vienes a contar, alivian la triste vida que llevo.
- ¡Es verdad amigo! exclamó irrumpiendo con su voz gutural el zapatero – nos llevas a mundos que aún en la realidad de mis sueños no puedo ni siquiera imaginarlos.
Esteban, giraba la cabeza de un lado a otro, como buscando a los otros interlocutores, esperando a quien siguiera en su parlamento improvisado. En eso se escuchó la voz del zapatero, quien se adelantó al centro del círculo que formaban los demás, diciendo:
-De donde vengo he calzado a todos los de mi pueblo, ese ir y venir de tanta gente me lo deben a mí, de no ser así andarían descalzos con callos y ampollas, ya no podrían caminar y mucho menos correr, de lo hinchado que estarían sus adoloridos pies.
Esteban no pudo menos que soltar una sonora carcajada por las ocurrencias de su amigo el zapatero, de todos era el que más lo hacía reaccionar de esta forma. Expectante y con un ligero encogimiento de hombros, aguardaba quien sería el próximo.
Abriéndose paso entre los demás, salió una extraña criatura de un poco más de 1,30 metros de altura, de cabello rojizo y el rostro lleno de pecas; era el carterista, el personaje más joven que noche tras noche se aparecía en la plaza, quien exclamó:
-No sé qué hago aquí delante de tanta gente honesta, a estas horas solía despojar de sus carteras y pertenencias a los viajeros del tren, creo que necesitaré más practica si sigo acompañándolos noche tras noche.
Esteban, con el rostro marcado por una extraña mezcla de rictus de sorpresa con una media sonrisa que le avivaba el rostro, le dijo:
-Muchacho ya es hora de que dejes esa vida, mira que yo ya estoy viejo y necesito un ayudante, que si bien no pagan mucho, alcanza para sobrevivir.
- De perder el tiempo ni me hablen- dijo la prostituta, la única mujer de los extraños visitantes de la plaza – A estas horas siempre me encuentro dándole placer a mis clientes, que debido a mi experiencia y a lo cariñosa y comprensiva que soy, me pagan muy bien.
Esteban, como hombre viejo y solitario que era, sintió una especie de nostalgia al escuchar las palabras de la mujer. Hacía muchos años que no sentía el calor de un cuerpo femenino, la tragedia por la que había pasado, lo había dejado con el corazón seco, como para intentar aproximarse a una mujer y amarla como Dios manda.
En una de las esquinas se encontraba un personaje que sentado en un banco de la plaza, con el torso inclinado hacia adelante y la cabeza casi enterrada entre las piernas, se incorporó como un resorte y se dirigió a la prostituta, diciéndole:
-Pensar que pagaba por una como tú, todos los viernes me escapaba de la iglesia y buscaba el placer vedado para mí, vivía un infierno día tras día, con los compromisos con Dios y con la Iglesia que se cruzaban con mis deseos de hombre.
Alzando y bajando la cabeza como implorando a Dios, el cura volviéndose hacia la prostituta, le dijo:
-No te juzgo por lo que haces, mujeres como tú aplacaron los mil demonios de la carne, conocí el paraíso sin haber muerto, ahora tengo la certeza que soy más hombre que cura- estas últimas palabras sonaron con un dejo de nostalgia.
Esteban, quien había estado atento a todo lo que habían dicho sus contertulios, buscó y señaló con el dedo índice a un ser obeso que vestido con traje y corbata negra, observaba a todos con picara sonrisa, era el político, quien se incorporó de su laxitud y expresó:
Me han sacado de mis obligaciones diarias, mi búsqueda del poder, me ha llevado a no perder el tiempo en tontas reuniones, con seres que a la postre no me dejarán nada, sólo en mi mundo los usaba para escalar posiciones y recibir sus votos- alzando la mirada y con gesto pícaro acompaño a estas últimas palabras.
Esteban, se dio cuenta que cuando estaba reunido con estos personajes, el tiempo se evaporaba ante sus ojos, faltaban segundos para cumplirse la hora de apagar las farolas y allí todavía se encontraban, esperando a desaparecer cuando aparecieran los primeros rayos del sol, que anunciaban un nuevo día.
Así fueron pasando los días y los mismos personajes se encontraban con Esteban en sus diarias tertulias nocturnas, hablando de temas bien disimiles; pero que le dejaban a nuestro amigo nuevas lecciones de vida. De allí se iba a descansar a su modesta habitación, donde su fiel perro le esperaba meneando la cola y lanzando unos cortos y nerviosos ladridos.
Una noche lluviosa de un día viernes, cuando Esteban ya había encendido todas las farolas de la plaza, notó que los personajes que noche tras noche le acompañaban, no aparecían, buscó y volvió a mirar por todos lados y nada, ninguna señal de la presencia de alguno de ellos. Sólo notó la presencia de tres personas; una mujer y dos niños, que sentados en uno de los bancos se mojaban con el agua de la pertinaz lluvia que ese día caía sobre el pueblo.
Se dirigió hacia el banco ocupado por los extraños, que acurrucando sus cuerpos trataban de protegerse de la lluvia. El niño, el cual parecía ser el menor de los dos, gemía con un llanto que desgarraba el corazón de Esteban, la hembra, le decía algo que el farolero no llegaba a entender por el ruido de la lluvia y los truenos que con un ruido ensordecedor enmarcaban la noche pueblerina. Ya cerca de ellos, les preguntó:
-¿Qué hacen aquí mojando sus cuerpos con tan terrible tormenta?, les va a dar un resfriado, vayan a refugiarse a la posada del pueblo, donde podrán guarecerse y secar sus ropas- dijo con denotado interés a los extraños.
El niño seguía llorando y la hermana consolándolo, mientras la madre, alzando la cabeza, le dijo con voz grave y profunda:
-Hemos venido a este pueblo, en medio de esta lluvia a buscar a quien una tarde de un día del mes de enero, hace ya muchos años, nos dejó en medio del más espantoso incendio que no pudimos evitar, cuando inconsciente dejó las brasas de su cigarrillo aún ardiendo y se fue a trabajar el campo.
Esteban, atónito y con un agudo dolor en el pecho, reconoció la voz de la mujer, más no su cuerpo. Unos débiles rayos de sol anunciaban ante las nubes, que renunciaban a taparlos, los albores de un nuevo día, que iluminaba de luz natural a la plaza. En la noche, las farolas de la plaza, no habría quien las prendiera.



!Muy buen relato. Muy imaginativo. Felicitaciones, mi voto y saludos!
Gracias por leer el texto !!!. y también por tu voto
Enhorabuena, te voto. La considero muy apropiada como breve pieza teatral.
Gracias por tu opinion !!!
Por cierto, ¿es tuya la fotocomposición?
La hice en Photoshop con imagenes que encontre dispersas en la web: dos elementos, las farolas o faroles y el anciano (selinger)
Muy buen relato. Un gran saludo desde Buenos Aires.
Gracias Nanky, saludos y un grab abrazo !!!