Era esa una tibia y seca noche, solo interrumpida por los sonidos y destellos de las ciudades modernas, y también del insomnio.
Él presionaba las teclas de su celular y veía la hora, transcurría lenta y pesada, pero avanzaba y cada vez que lo tocaba y se encendía le mostraba como disminuía el tiempo que le quedaba para dormirse antes que el teléfono móvil, hiciese las veces de partera, anunciando la llegada del nuevo día, entregándole su estruendosa melodía, justo a las 6 AM,…flotaba el tiempo, y seguía siendo imposible acariciar el sueño. Maldito insomnio.
A su lado ella dormía, plácida, impasible, no parecía estar en este mundo, él la contemplo durante unos minutos, sintió el rítmico silbido musical que producían sus labios con cada exhalación, le hubiese gustado ver sus ojos, pero el sueño es todo oscuridad. Él hizo reposar las cuatro aristas de su cuerpo alternadamente en las sábanas y nada, únicamente podía pensar. En su mente, todo era día, y un día agitado que no le permitía conservar el aliento, cuando lograba desembarazarse de algún pensamiento, otro lo atacaba, intentó emular a los valientes espartanos en su defensa de las Termópilas, entregándolo todo a cambio de no permitir el ingreso de nuevas imágenes en su cabeza, sin embargo el traidor de Efialtes era aliado del insomnio, del maldito insomnio.
Buscó en sus recuerdos los buenos tiempos, los momentos apacibles, los instantes de ternura, buscó ese algo que le permitiese abrir las puertas y sumergirse en el profundo sueño, pretendió no tener miedo, y nada, nada!! solo desvelo.
Esta vez no calentó leche, ni comió algo dulce, tampoco insistió con las pastillas, ya había tomado más de la cuenta, la miró nuevamente, estaba desparramada a su lado, los vientos que emanaba su boca se transformaban en un hálito rancio, desagradable, que le impedía dormir, la rozó suavemente, intentando que cambiase de posición, tuvo que utilizar una presión extra en sus manos y su cuerpo para lograr que virase a babor, dejando por fin de arrojarle el vaho en su rostro, ese vaho que le impedía dormir, pero nada, y ella seguía allí, inmutable sin hacer nada por calmar su angustia, ella dormía.
Hurgó en sus huellas más profundas, buscando el consejo de su abuela para situaciones como esta, no pudo encontrar más que el bendito vaso de leche tibia, pero lo había bebido tantas veces y lo único que había obtenido eran ganas de orinar, y todo insomne sabe que la orina es una aliada monumental del maldito insomnio.
En solo dos horas sonaría la alarma. Una mezcla de desesperación y resignación se apoderó de su ser, él sabía que debería esperar un día completo para volver a intentar dormir, un día completo de actividad, de pensar, de fingir, de aturdirse, todo un día de conciencia.
Qué poco tiempo le quedaba para intentar dormir, ya se veía en la ducha, con la modorra a cuestas, tratando de despabilarse, de un sueño que no fue, de algo que jamás sucedió.
Escuchaba con claridad el ceceo de la suspensión del colectivo, que pasa por la esquina de su edificio, y con solo ese sonido, evocaba su viaje, veía el rostro apagado pero frenético del colectivero, los pasajeros amontonados dejándose llevar, el tráfico, el humo, las intersecciones, las rutinarias esperanzas viajando, acercándose … en ese instante creyó que se dormía, lo pensó.
Sus deseos otra vez le jugaban una mala pasada, el sueño intentaba hacer pie en la plancha enjabonada de un barco pirata, ya ni siquiera podía cerrar sus ojos, la crispación corría por sus venas, lo invadía, lo llenaba, pero por un segundo tuvo miedo de dormirse, qué horizonte le depararía el sueño, qué lugares? qué sensaciones? habría percepciones?. El desconocimiento genera el miedo o tal vez sea el conocimiento de la finitud, quién lo fortalece. El saber que una esperanza desfallece cada noche, se tropieza cada mañana y solo encuentra un destello gastado de neón en un futuro, que a las claras no es futuro, aterra y el sueño no lo auxilia, el maldito insomnio lo agiganta, lo enerva y lo desquicia.
La vió, a su lado, echada como un perro, resoplando y roncando, acompasadamente, expulsando rastros de la muerte por su boca, él sabía que ella era la causa por la cual no podía dormir. Tomó el libro que comenzó a leer aquella noche en la cama, se trataba de una novela policial sin mucho vuelo, pero si con mucha sangre y sexo, que pensó en aquel momento lo ayudaría a dormir, extrajo de sus páginas un abrecartas, que le había servido de señalador, lo apretó fuerte con su mano derecha y lo introdujo cinco veces debajo del seno de ella, las cataratas de sangre fluían descontroladamente, le aportaban tibieza a su fría mano, le pareció estar bebiendo una taza de leche tibia, ella no gritó, no se movió, no hizo absolutamente nada, solo sangró y sangró.
Sus pensamientos volvieron a azotarlo, la tibieza de la sangre, fue un oasis pasajero, pero ya no sentía furia, sino angustia y desolación, no podía respirar, una fuerza sobrenatural lo agitaba por sus hombros, lo sacudía y seguramente le provocaría la muerte, fue en ese instante que sintió el alivio y creyó, existe Dios, me está castigando por lo que he hecho, pero ya es demasiado tarde.
Sus ojos se abrieron, ella estaba sobre él sacudiéndolo,
Juan, no quería despertarte, por lo de tu insomnio, pero me asustaste, hace rato que estas roncando como un cerdo, te trato de mover y no reaccionas, hasta tiraste el libro que había sobre la mesa de luz, sin darte cuenta, gritaste dormido, pero recién parecía que habías dejado de respirar, me asusté mucho y mirá, hasta creo que me pegaste tu insomnio, hace como dos horas que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormirme. – dijo ella (Aliviada)
El aluvión de palabras le fue casi incomprensible, no supo si estaba vivo o muerto, despierto o dormido, su corazón estallaba y sonaba con más fuerza en su cabeza que en su pecho, se levantó de la cama y tomó una ducha.


