El niño perdido
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Afeita su cara lentamente. No quiere un solo corte. Nunca lo ha tenido. El mimo lo aprendió de su padre en la adolescencia. Hoy, la cuchilla tiene un filo oxidado y un uso excesivo. Lo soporta su gastada piel. La áspera escoba unta suavemente una densa crema en su rostro. La lluvia de pelos grises gira sobre el agua en el lavabo. Él barre y corta, y golpea tres veces sobre el marmol. Los ojos azules miran, pero ya no observan. El espejo muestra la edad, pero su cerebro siempre la ignora. El peine traza una perfecta línea hacia la derecha, tal como aprendió de su madre. Sabe de la importancia del orden de su pelo; la apariencia ante todo. Cuelga un viejo colmillo en su cuello y sonríe satisfecho ante su rostro limpio y vacío. Observa la muda doblada; blanca y con iniciales. Desdoblados los pantalones y colgada la camisa. Escondidas en la mochila sus protecciones. Y a un paso, su infancia. Hace girar la rueda naranja del monopatín y sonríe más. Acaricia el rostro azul que le recorre el brazo y tuerce el gesto. Lo pintó una guerra. ¡Dispara! ¡Dispara! El juego fue una bala con sangre de verdad.

Atrás quedan espacios. Los puzzles a veces tienen demasiadas piezas, la vida poco tiempo, y no siempre todo se termina.

Ella tiene un suspiro idéntico cada mañana. Besa al aire con una sonrisa y busca una presencia desaparecida; perdida. Esconde la tristeza de la vejez sobre un bidé, cuando entre lágrimas lucha por tocar su instante. Acaricia el recuerdo que late entre sus piernas, y en silencio, suspira el placer perdido.

Rosa cocina a diario en una esquina del hogar. La voz de él, ausente, espera su oportunidad. Nunca parece regresar. Nadie cambia uno a uno el canal, sin orden, sin criterio, con el ansia en el único pensamiento. El cajón amontona fotos. El reloj vive sumido en la pereza. Los lloros de la única nieta matan la rutina callada a media mañana.

La soledad llegó tras la advertencia. La prohibición repetida. La amenaza. Rosa cerró con llave, pero fue insuficiente. A cierta edad, el cerebro desordena el correcto funcionamiento. Escapó a su infancia sin saber regresar. Perdido sin encontrar. A ella le aterra que nunca llegue la respuesta; el regreso; el encuentro. Se castiga, pero no sabe digerir la culpa de su perdida. La desaparición es una puñetera incógnita.

La fotografía es exacta. Es precisa y nítida. Tal como sus recuerdos. Rosa llora. Acaricia el papel y asiente. Sus pantalones son idénticos. Lleva coderas, unos guantes y luce una brecha en Ella frente. Aparece más delgado, sin camiseta, levemente despeinado y junto a un enorme monopatín de ruedas naranjas. “¿Es él?”. La pregunta le arranca una lágrima. La respuesta, una sonrisa.

8 Comentarios
8 Comentarios
  1. Que bonito me ha emocionado

  2. Gran fresco de la vida ¿cotidiana?, también hermoso final. En lo personal hay algunos excesos descriptivos…. mínimos pero allí están (y más teniendo en cuenta ese gran remate fina, escueto, justo, perfecto).
    Mis saludos caballero!
    Nicolas

  3. Gracias, Elena, por leer por aquí. Es una historia que tenía de una imagen que robé de la realidad.

  4. Nicolás, tenía la imagen de esa persona tan grabada, que quise escribir cada detalle, por eso tan descriptivo.
    Un placer tenerte por aquí!
    Un abrazo!

  5. Hermoso y agridulce final.

  6. Delicada forma de contar una historia tremendamente real y complicada (según me ha parecido entender) que me ha emocionado…
    Un saludo!!!

  7. Perdonen mi ausencia… Pero he andado tan atacado con tantos líos…
    Gracias Taiku por seguir leyendo por aquí!!! Un abrazo!!

  8. Has entendido perfectamente, Musas, jejeje!
    Nos vamos leyendo, aquí y allí…
    Un abrazo!!

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