Era la última semana de enero; un impresionante e intenso terror se había metido hasta en el más apartado rincón de la ciudad de Los Reyes, en el Estado de Michoacán, dado que habían matado o se había suicidado un sacerdote muy estimado por la gente, el padre Ignacio Sandoval, director del prestigiado colegio particular llamado “Fray Juan de San Miguel”, que atiende a unos mil doscientos alumnos, de kínder, de primaria, de secundaria y de bachillerato.
Unos días después, Toño recorrió los cincuenta y pico de kilómetros que separan a las ciudades de Sahuayo y de Los Reyes, con la intención de indagar la causa de la muerte del padre director.
Recorriendo las calles de esa muy próspera ciudad aguacatera, había llegado a las inmediaciones del colegio.
Le llamó la atención el estridente bullicio de una parvada de alumnos que iban ora para acá, ora para allá, como moscas con un ala destrabada, dado que ya habían salido de clases, y, unos de la mano de sus mamás y otros en lujosas camionetas o en autos de todas las marcas, se habían ido a sus casas.
Toño se metió a las instalaciones del colegio, en donde se quedó muy impresionado por una fotografía del sacerdote asesinado o suicidado, vayan ustedes a saber, que colgaba de una pilastra del vestíbulo, con un lacrimoso cartelón en el que se leía: “Tus alumnos, tus compañeros y los padres de familia no te olvidaremos; siempre vivirás entre nosotros”.
Las últimas madres de familia que habían ido por sus hijos (unas cargando a un pequeñito que se les adhería a sus pechos saboreando la abundancia y la alegría de la vida, así como el inagotable cariño materno) ni caso le hacían a la foto y menos al letrero, y a Toño le zarandeó la cabeza de fea manera la idea de que fuera una expresión hipócrita lo expresado en el letrero, pero cada quien -se dijo-, habida cuenta de que así es la vida, generalmente ingrata y cruel.
Caminó por el vasto y techado patio de recreo.
Regresó al vestíbulo y reparó en un joven (que, al parecer, era profesor de la institución) que tenía la cabeza entre las manos, sentado frente a una mesa.
Se le acercó.
-Buenos días.
No le hizo caso el fulano. O, para decir lo cierto, no le hizo nada de caso.
-¿Le pasa algo, maestro?
Con lentitud el hombre levantó la cara, en la que Toño notó algo parecido al miedo.
-Es que… no sé… -respondió el sujeto.
-¿No sabe qué?
-¡Qué será lo que me ocurre!
-¿Sobre qué?
-¿No supo? ¡Hace unos días se suicidó el señor Director! Fue como a estas horas, a las cinco de la tarde –siguió contando el hombre, sin abandonar la expresión de angustia-. Yo estaba aquí, como siempre, sentado frente a esta mesa, cuidando el orden y la disciplina. Que los niños no empujaran a las niñas. Que no se pelearan. El señor Director no atendía ningún grupo escolar; se dedicaba nada más a los asuntos administrativos de la institución. A las doce de la mañana se había ido a su casa, en Yurécuaro, y al regresar, a eso de las cinco de la tarde, pasando frente a mí, rumbo a sus habitaciones, me había dicho que allá me esperaba para que le ayudara a instalar una video que acababa de comprar. Si usted gusta, señor, hágame el favor de acompañarme a donde vivía y trabajaba el Padre. Hacia allá se dirigieron; llegaron a la puerta principal del departamento. Toño observaba la construcción, en lo que el profesor seguía con su información:
-Aquel día, vine aquí con la intención de instalarle la video; toqué a la puerta; salió el Padre y me indicó que me esperara un poco, que él me llamaría, y regresé a mi puesto. Ya se habían ido todos los alumnos. También yo recogía mis cosas para marcharme en cuanto atendiera el asunto del Director, cuando me estremeció un estruendo que se escuchó en sus las habitaciones. Asustado y en extremo preocupado corrí a enterarme de lo que pasaba. Sin tocar la puerta me metí al primer cuarto de la planta baja, y vi al Padre en un charco de sangre, recostado en la cama, con una pistola en la mano. Con sumo cuidado lo estaba yo levantando, tomándolo por la cabeza, cuando de pronto llegaron en tropel los estudiantes y los padres de familia, pues la espeluznante noticia había corrido por toda la ciudad como un hilo de pólvora encendida (disculpando la trillada frase popular), y escuché, cual zumbido de enjambre nervioso de abejas africanas, el alboroto de la gente que no cabía en los enormes patios; todos se hacían preguntas angustiosas. Se presentaron los policías investigadores de la brigada de homicidios del ministerio público. Les conté lo ocurrido, o lo que yo sabía.
-Bien, señor profesor, muchas gracias por sus atenciones –dijo Toño.
Se despidieron.
Pero antes de salir del instituto, a hurtadillas nuestro amigo se escabulló al departamento del muertito. En el pequeño jardín que había a un lado de la entrada, entre el púrpura sedoso de las amapolas, las abejas seguían con su inquietante bulla.
Se asomó por la puerta semiabierta y se sorprendió al no ver la cama que había dicho el profesor, sino un escritorio, por lo que empezó Toño a sospechar que había sido un asesinato y no un suicidio lo que al señor Director le había ocurrido.
Salió al patio, tomó fotos del departamento, y regresó al vestíbulo, en donde el hombre encargado de la disciplina le siguió contando:
-Enterramos al Padre con todos los honores, pues era muy estimado por la gente; en esta ciudad nunca se había visto una multitud tan impresionante y compungida detrás de un muerto. Y no obstante que ya todo ha vuelto a la normalidad, yo cada vez estoy más preocupado.
-¿Por qué, profesor?
-Porque el colegio ha recobrado su cotidianidad; los profesores imparten sus clases; los alumnos estudian y salen al recreo para luego irse a sus casas, pero yo tengo que quedarme aquí hasta muy tarde.
-¿No tiene a dónde ir después de sus horas laborales?
-De tener, sí tengo, pero cuando en el colegio reina el silencio al irse el último de los alumnos, se me engarrotan las piernas y no puedo pararme de la silla, pues de la esquina aquella (la señaló con el dedo sin voltear a verla) sale el Padre Nacho y me llama con una voz tan profunda y hueca como si brotara de una olla de las que hacen las indígenas de la Meseta Purépecha Michoacana:
-“Toño, te espero en mi cuarto, para que me ayudes a instalar la video que acabo de comprar” –me dice-. Yo me quedo trabado por el miedo; y cuando después de un rato nuevamente intento levantarme, vuelve a salir el padre, llamándome para lo mismo, para que le ayude con la instalación de esa cosa que ha comprado.



Que terrorífica historia. Podre hombre, los buenos, siempre se van.
Gracias por la historia me ha gustado.
Saludos
Gracias, Nalleba, por leerme.
Yo estoy pendiente de lo que tú escribes, pues me gusta mucho.
Atentamene.
Volivar
ESTIMADO VOLIVAR, QUÉ GUSTO LEER TU CUENTO, me ha gustado, creo que hemos conincidido en el terror y estoy trabajando unos cuentos de este estilo, bueno desde el 7 de febrero no he podido conectarme al intenet, estuve muy enferma, me hospitalizaron y me operaron de emergencia, estuve 12 dìas en la clìnica y hasta hoy en cama, pero hoy pude ponerme de pie y sentarme a escribir. Bueno te dejo espero pronto publicar un cuento en falsaria. Qué gusto Volivar, qué gusto leer tus cuentos y ver esta página. un fuerte abrazo. Natalia
Mi muy estimada Natalia, en verdad que me ha causado inmensa pena saber que has estado enferma y hospitalizada…. Y me pregunto: ¿por qué la vida, la terrible vida se aferra en hacerle daño a la gente más valiosa?
Deseo que ya estés bien de salud, para seguir con esto de los cuentos en la red… me encanta lo que escribes… cuando no aparece publicado algo tuyo, uno piensa que algo malo debe ocurrir… pero, por suerte, ya estás bien de salud, y con la pluma en ristre para alegrar o poner a pensar a tus amigos.
(Un abrazo a la distancia -dice nuestra amiga Gudea -que también se ha olvidado de sus amigos que tanto la estiman-, eso espero, que sólo sea un olvido, que su ausencia temporal de Falsaria sólo sea eso, falla de tiempo, y nada mas.
Volivar
Me enganchaste con ese “lo habian matado o se habia suicidado” del principio, anadido como una sencilla circunstancia pero tan sugerente! Que bien intercalas el horror con las observaciones algo melancolicas,quizas ausentes, de tus narradores.Gracias por compartir!
Buen relato de terror. Me recuerda en su estilo a una leyenda urbana.
Anarua (he recibido tu correo, en el que corroboré lo que pensaba de ti: que eres una pesona con gan preparación; te felicito, y te agadezco tu comentario a mi narrativa, tan valioso para mí… considerando de quien viene.
Gacias infinitas.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Davidcrespo1984: gracias por leerme. Me siento muy alagado por venir este comentario de un señorón de las letras.
Atentamente
Volivar
Definitivamente hay seres especiales que nacieron para escribir relatos como este. En ellos logran transmitir una plèyade de emociones y sentimientos diversos,que nos llevan a a volar con la imaginaciòn como pasaporte a los sueños. El terror,la risa,la nostalgia y la reflexiòn social es el factor sorpresa que nos comparte en este hermoso refugio de letras. Tiene mi voto y mi admiraciòn y respeto por sus letras.
Musa peregrina: eres muy amable al leer esto que publiqué hace meses, que por cierto se había quedado olvidado.
Debo decirte que te estimo, que deseo saber más de ti, como sucede con los amigos, en este caso a los que une la literatura.
Volivar