El pescador en el Támesis
7 de Julio, 2012 6
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En la cabina se oye un pitido y la voz de la azafata anuncia que comienza el descenso al aeropuerto de Heathrow. Simon había oído tantas veces esa letanía que ya su cuerpo reaccionaba de manera automática. Poner el respaldo en posición vertical, abrocharse el cinturón, apagar su portátil, subir la bandeja. Y pensar que había gente que envidiaba su vida, pensó Simon apurando su último trago del Bloody Mary. Ahora venía la parte que más le gustaba de todos los vuelos. Cerró los ojos y espero a que sus oídos se fuesen taponando lentamente, como si estuviese debajo del agua. Justo ahí cuando no estaba en ninguna parte y nadie podía interrumpirle con preguntas y preguntas, ni le atosigaban para que tomase decisiones. A veces tenía la sensación de que el mundo no sabía pensar. Pero allí, en ese momento, no había nada salvo el leve murmullo de los motores.

El avión aterrizó sin mayores complicaciones. Simon desembarco con los oídos aún taponados. Hizo el amago de taparse la nariz para soplar con fuerza, pero su mano se quedó a medio camino. Por qué no alargar este placer un poco más. Después de todo, conocía el trayecto de memoria, no le hacía falta escuchar, ni las fanfarronadas de otros hombres de negocios. Ni las quejas de esposas infelices o las conversaciones a gritos por el móvil. Todo eso estaba lejos muy lejos, atenuado en sus oídos, como si hubiesen bajado el volumen al mínimo.

Una vez en el tren, disfrutando de la vista de la campiña a través de la ventana, Simon pensó que no se estaba nada mal. Si tan solo sus oídos pudieran quedarse así para siempre… ya no tendría que escuchar más tonterías. Si uno lo piensa bien, se decían tantas cosas inútiles que más de la mitad de las conversaciones eran completamente innecesarias. Recargar la oyster card en la maquina. Comprar en le supermercado, bastaba con leer la cantidad en la caja registradora. <<No, gracias. No necesito que me digan si quiero más>>. Para saludar bastaba una sonrisa amable o una leve inclinación de cabeza. No estar 5 minutos hablando sobre el tiempo.

Llegó a casa, recogió el correo y lo dejó en la entrada junto a una antigua foto de Sarah, su hija a la que hacía años que no veía, en ella llevaba un traje de bailarina. Hacía tiempo que no se fijaba en la foto. La sacó el día de la fiesta del colegio, Sarah estaba tan contenta aquel día, soñaba con convertirse en bailarina cuando fuese mayor, meses después llegó el divorcio. Acarició el cristal del marco y la guardó en un cajón. Se hizo un sándwich con las 4 cosas que había en la nevera. Colgó el traje. Cenó sobre la barra de la cocina mientras respondía algunos correos del trabajo y se fue a dormir.

A la mañana siguiente no oyó el despertador. Miró la hora y, al ver que eran las nueve, metió un salto. Se fue corriendo a la ducha y una vez debajo del agua noto que no oía el agua. La notaba en su piel pero no la oía. Sus oídos se habían taponado aún más durante la noche. Intentó en vano destaponarlos tapándose la nariz y soplando, también intento bostezar, que a veces resultaba efectivo. Incluso mascar y tragar saliva, pero nada, no había manera. Preocupado mandó un mail a la oficina para avisar que iba al medico, se terminó de vestir y fue al hospital.

Los médicos no consiguieron dar con la causa de su “sordera” y dijeron que debía ser algo psicosomático debido al stress. Una manera técnica de decir que tu cuerpo te esta hablando y será mejor que le escuches que nosotros no tenemos ni idea de que te pasa. Le dieron la baja, pensando que con unos días de reposó todo se solucionaría.

Simon no salía de su asombro, era como si su deseo de la noche anterior se hubiese cumplido. Salió del hospital y se dio cuenta de que realmente no tenía ninguna obligación aquel día. No tenía que trabajar ni asistir a interminables cenas, ocupándose del networking, fingiendo interesarse por conversaciones insustanciales. Hacía un buen día y decidió ir a pasear por el Embarkment. Le gusto la tranquilidad que había allí, sobre todo la que se veía en los pescadores que se sentaban al borde del Támesis tranquilamente, sin que nadie los molestase. No lo pensó mucho y se fue a una tienda a comprar una caña y cebo.

Los días siguientes volvió siempre al mismo lugar, se llevaba la caña y pasaba el rato pescando. Allí sentado no existía el dolor, ni vació, ni fantasmas del pasado, no necesitaba huir hacia delante sin dirección. Había decidido apearse de la vida y aquella era su parada; no sentía nada y no quería sentir nada. Así era feliz. Sustituyo sus trajes de marca, por los vaqueros y una chaqueta de pana. Dejó que su barba canosa fuese creciendo, sin descuidarla. Y dejó de usar el móvil.

Cuando terminó la baja, su situación no había cambiado. El medico, sin saber muy bien que hacer, le concedió una incapacidad parcial indefinida hasta que se recuperase. De vuelta a casa, se acercó a la ventana y esperó. Sabía que el mail no tardaría en llegar. Él habría hecho lo mismo en su lugar. Miró a los coches y la gente pasar. Pensó en lo que se parecían a una colonia de hormigas. Moviéndose todas a gran velocidad, exprimiendo los segundos, en una carrera frenética, igual que él hasta hacía unos pocos días. Tranquilamente se dirigió al portátil, lo encendió, abrió el correo y allí estaba. Su despido. No se molesto en leerlo. Se preparó un sándwich una botella de agua, cogió la caña y se fue a pescar.

Jen, una veinteañera endurecida por la vida y la mala suerte, trabajaba de camarera en un pub del Embarkment. En sus pausas se acercaba al río a fumarse un pitillo y otro al salir, si hacía bueno. Un día que estaba especialmente cansada, se sentó en uno de los bancos donde estaba un viejo pescando.

- ¿No parece que haya muchos peces eh? – Preguntó Jen por decir algo.

El viejo ni se movió. Jen repitió la pregunta más alto y, al ver que seguía sin responder, le golpeó en el hombro para llamarle la atención. – ¡Eh! ¡Te habló a ti! – Le espetó.

Simon, se giró lentamente con cara de sorpresa y una ceja levantada. Vio a la joven que le miraba con cara de pocos amigos y le hizo gestos para indicarla que era sordo, se encogió de hombros y se volvió otra vez a pescar. Jen, se quedó muda y volvió a fumar en silencio. De repente, se reveló y le entraron ganas de hablar, aunque no la escuchase o precisamente porque no la escuchaba. Le habló del tiempo, de sus compañeros de trabajo, cosas rutinarias. Al terminar el cigarrillo le dio un toque en el hombro a Simon y le dijo adiós con la mano. Simon inclinó la cabeza a forma de saludo.

Pasaron un par de días antes de que Jen volviera a sentarse en el banco. Había salido a fumar, escapando de la angustia que sentía aquel día. Atrapada en aquel agujero. Sin darse cuenta se encontró sentada de nuevo junto al viejo pescador. Lo miró y empezó a hablar.

– Asco de vida. – Escupió Jen. – Si ya lo decía yo, no te puedes fiar de nadie. Con ese trabajo habría conseguido salir de este agujero. Karen me dijo que era algo seguro y yo me lo creí. Empecé a hacer planes, iba a tener una vida, en lugar de andar malviviendo como hasta ahora. O eso pensaba yo. Esta mañana me llama la muy zorra y me dice que lo del trabajo no va a poder ser, porque no, sin explicaciones. Como si no pasase nada. Eso es lo que yo llamo una amiga. Cuanto menos gente necesites mejor. Tú si que sabes, sentado aquí en este banco.

Al terminar el cigarrillo le dio un toque en el hombro a Simon y le dijo adiós con la mano. Simon inclinó la cabeza a forma de saludo.

Según volvía al trabajo, se le cruzó por la mente la idea de que quizás aquel viejo también estaba fingiendo y no era sordo de verdad. Se dijo a si misma que era una tontería pero no conseguía quitarse la idea de la cabeza. Cogió una bolsa de plástico, la infló, y se acercó de nuevo al banco. Puso la bolsa tras la nuca del pescador y la reventó con todas sus ganas. Aquel viejo ni se inmutó. Sintiéndose más segura, Jen volvió al trabajo.

Después de esto Jen empezó a sentarse regularmente en el banco. Aquel viejo era una buena compañía. No iba a responder, ni opinar ni inmiscuirse en su vida, como hacían los demás, fingiendo ser amigos para luego darte una puñalada. Al final cada uno iba a lo suyo sin excepciones. No tenía que preocuparse por un sordo. En cierta manera, le envidiaba, sin tener que responder ante nadie, completamente libre, haciendo lo que le gustaba, eso era vida.

Simon, se terminó por acostumbrar a la compañía de aquella chica, no sabía lo que decía, tampoco le interesaba. No quería sentir, pero tener alguien al lado le reconfortaba. Y los ratos que ella estaba allí eran más agradables. Era fácil acostumbrarse, por eso intentó ignorarla con más fuerza.

Un día de primavera, en el que el sol brillaba con fuerza, Jen compró dos cafés para llevar. Se sentó al lado de Simon y le dio uno. Cuando cogió el café, Simon vio a una chica fuerte, demasiado fuerte y demasiado orgullosa para su propio bien. Le dio pena. Levantó rápidamente la taza para agradecerle el café y dio un sorbo para apartar la mirada. Seguir mirándola era como verse reflejado de joven. Las heridas no sanan siendo fuerte, sólo se ignora el dolor, él lo sabía. Era una huida hacia adelante sin fin. Pero ese ya no era su problema, él ya había tenido bastante.

- Hoy hemos terminado Paul y yo. – Dijó Jen, tras darle un sorbo a su café. – Ha empezado a soltar un montón de mierda sobre la confianza. Pero quien coño se ha creído. ¿Qué hay que hablar? Nada. Yo no tengo que darle explicaciones a nadie. Aquí cada uno ya es mayorcito. La cosa funciona o no funciona. Si no pasas las pruebas no hay nada que decir. Si no ha sabido comprenderme es su problema. Y encima va y me dice que él no es un juguete, que está harto de sentirse todo el rato comparado con el pasado. Ha cogido la puerta y se ha ido. Capullo. Pues me iré a Malta yo sola. A disfrutar del Sol y del mar. Has estado alguna vez en Malta. ¿No? No sabes lo que te pierdes. La Valeta es una ciudad cojonuda, y la gente es super abierta, sin dobleces ni malos royos. Sabes qué, quizás me vaya allí definitivamente. Monte un pequeño negocio y que le den.

Simon notó que algo tensaba la cuerda de la caña. No había pescado nada en todos los días que había estado allí y tampoco esperaba pescar nada. Empezó a recoger carrete para recuperar su presa. Sonrió cuando vio aparecer ante él una enorme bota negra con la suela despegada, menudo cliché. Sin embargo, cuando fue a desenganchar el anzuelo descubrió que había una pequeña caja de madera dentro de la bota. La caja era vieja, sencilla, sin adornos ni grabados. Dejó caer la caña al suelo. Sacó la caja de la bota, la agarró con las dos manos y se sentó en el banco. Puso con cuidado la caja sobre su regazo, le pasó la mano para apartar parte de las algas que se habían aposentado en su superficie y la abrió. Ante sus ojos apareció una pequeña bailarina, que daba vueltas sobre si misma. Simon empezó a sollozar en silenció, sin alaridos pero sin pausa, un torrente que manaba de dentro y no iba a parar. Jen se acercó. Puso la mano suavemente en su hombro y, antes de poder decir nada, escuchó a Simon decir:

- La música, ya no puedo oír la música. –

Era la primera vez que Jen le oía hablar, pensaba que era mudo. Temblando, se sentó a su lado y le abrazó. Noto cómo un dique se rompía dentro de ella y, sin poder evitarlo, las lágrimas empezaron a fluir. Lloraba por todo lo que podría haber sido y no fue, por todo los miedos, por toda la rabia, por todos los silencios. Lloraron juntos por sus heridas dejando salir el dolor que llevaban dentro hasta vaciarse.

Al día siguiente, cuando Jen llegó a trabajar vio que Simon no estaba pescando en su sitio de siempre. Se acercó preocupada para asegurarse que no se hubiese puesto en otro banco. Pero no lo vio. Se giró para volver al bar y entonces se fijó en un paquete que sobresalía de debajo del banco. Se agachó. El paquete tenía escrito su nombre con una caligrafía elegante y firme. Se sentó en el banco y abrió el paquete. Era la caja que música que Simon había pescado el día anterior. Aunque ahora estaba limpia. La abrió y vio que al lado de la bailarina había una nota. Tomó el sobre entre sus manos:

“No dejes de escuchar la música como hice yo.”

No luchó por contener la lágrima que se asomaba a su mejilla. Guardó la nota en la caja, la apretó contra su pecho y emprendió su camino.

 

6 Comentarios
  1. Acabo de leer una gran historia, la moraleja final me ha tocado. La solución no es obviar, dejar de sentir, sino arriesgarse. Estas son las auténticas historias, las que te ayudan a crecer. Mi enhorabuena y voto.

  2. Xavipen: muy hermoso; qué belleza; algo que no puedes hacer a un lado hasta llegar al punto final. Aunque yo te aconsejaria echarle un ojo a los acentos (o tildes). Por ejemplo: pones medico,sin acentuar la e. hay verbos en tiempo pasado que no acentúas. Y no pones signos de interogacion al hacer la pregunta siguiente: Has estado alguna vez en Malta.
    Pero, eso se corrige; lo importante es que tienes dones, inmensos, bellos para este bello arte.
    Volivar (mi voto) (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

    • Gracias por tu comentario y por las correciones. Reconozco que se me suelen escapar algunas erratas, por mucho que intento revisar los escritos. La ortografía nunca fue mi fuerte, ni con el corrector ortografico del word. Un saludo!

  3. Muy buen relato, Xavipen, saludos y mi voto.

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