Bartolomé de Osuna era un joven descarriado, muy sibarita y vividor a costa de los dineros de su padre. Este quiso poner fin a los excesos de su vástago y lo encomendó a Fray Aguilar, buen amigo de la familia desde hacía muchos años, para que intentara conducirlo por el buen camino. El buen camino transitó por España y por las Américas, a donde Fray Aguilar llegó para reunirse a la expedición de Hernán Cortés llevando consigo al joven. Juntos llegaron a Tenochtitlán. Fue entonces cuando Bartolomé comenzó a despertar: la magnificencia de aquellas culturas plenas de arte y de ingeniería le hicieron más sosegado y receptivo, y la refinada educación que había recibido durante su infancia afloró y se hizo patente. El joven pasó a formar parte del círculo del conquistador hasta tal punto que una noche recibió una llamada de su preceptor según la cual acudiría al inminente encuentro de Cortés con Moctezuma II, emperador de los aztecas.
La noche señalada los españoles fueron conducidos a una cámara magníficamente construida. La sola visión del Emperador dejó boquiabierto a Bartolomé. Moctezuma hizo un movimiento casi imperceptible y una bellísima joven entró en la cámara portando una bandeja sobre la que reposaban varios cuencos llenos de un líquido oscuro y humeante. Bartolomé se quedó prendado de la joven, del color canela de su piel, de sus formas perfectas, su cabello trenzado, sus maneras refinadas y su mirada humilde. Pero cuando se le ofreció el cuenco y bebió aquel líquido, su sabor nuevo y distinto terminó de embriagar sus sentidos y sufrió un desmayo como consecuencia de la ebriedad de placer.
Fue transportado a su tienda, donde pasó el resto de la noche sufriendo pesadillas en las que veía a la joven de piel canela cocinando chocolate y rodeada de una serpiente emplumada. Despertó empapado en sudor; Fray Aguilar estaba a su lado. El fraile le hizo entrega de unas semillas de cacao y le envió de regreso a España considerando que su formación estaba completada. El joven se negó e insistió en regresar a la cámara del Emperador, causando la risa de Fray Aguilar.
El joven fue conducido a la costa y embarcado por la fuerza; aún intentó volver a nado a Yucatán saltando por la borda, pero fue capturado, izado de nuevo a bordo y amordazado. En este episodio extravió las semillas de cacao.
Desde su llegada a España se le perdió la pista. Sólo se sabe que pasó muchos años intentando cruzar de nuevo el océano para volver a sentir la embriaguez que causa el placer intenso del espíritu y de los sentidos.




Interesante relato, Antonio, mi voto y un abrazo.
Muchas gracias Vimon, me alegra que te haya parecido interesante. Un abrazo.
Una historia interesante, curiosa y bien narrada. Te sigo. Abrazo y voto. T.H.Merino
Muchas gracias T.H., nos leemos. Un saludo.
Buenos días:
Me gusta! Primero por adentrarnos en la historia, en este caso la del nuevo mundo la conquista de Tenochtitlán, y por otro lado o en segundo lugar, por ese detalle de la mujer que prepara el chocolate, bella y dulce rodeada por una serpiente, que representa la tentación …
Muy bueno, felicidades y mi voto.
Muchas gracias Rosario, aprecio tu amable comentario, a ver si pronto se nos ocurre otra historia acerca de este gran alimento