El principio de su fin
19 de Marzo, 2012 10
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-1 raya, 2 rayas, 3 rayas…
Todavía me acuerdo de ella.

-Hijo, ¿cómo vas? -mi madre como todos los días se acercaba a mi rincón secreto entre bidones y vallas de metal para preguntar por mí.
-Bien, pero apenas estoy empezando.
-Me alegro pequeño, no te entretengas mucho o sabes que se enfadarán si llegas tarde.-me sonreía y acariciaba la cabeza revolviéndome el pelo, marchándose a trabajar.

-4 rayas, 5 rayas, 6 rayas…

Mi madre había envejecido mucho en los últimos meses, desde que nos mudamos a ese lugar. Teníamos que compartir casa con mucha gente, la verdad es que prefería cuando vivíamos solos, todo estaba siempre ordenado, olía a bizcocho recién hecho cuando llegaba del colegio y tenía una historia nueva que contarme todas las noches. Desde hacía 3 meses no sólo compartíamos casa, ya no habían más bizcochos, ni ropa cuidadosamente doblada, ni siquiera historias para dormir, porque a nuestros compañeros no les gustaba fantasear, decían que bastante tenían con la realidad como para pensar en otras cosas. Qué ridiculez. ¿Quién no querría soñar? Había un señor mayor, con la nariz muy chata y regordeta que no le gustaban nada los niños o no le gustaba yo, porque cuando andaba cerca siempre se alejaba de mi lado, murmurando barbaridades. Por suerte en aquel barrio había muchos niños y podía jugar con ellos cuando nos daban tiempo libre.

Había otras cosas que no me gustaban, como el olor a humo que había por allí una vez al mes, era muy desagradable y siempre coincidía con las grandes colas de mi barrio frente a un gran edificio gris, debía de ser un lugar muy prestigioso y común, quizás venía gente importante, porque allí estaban largas horas hasta que conseguían entrar.

-20 rayas, 21 rayas, 23 rayas…- empecé a lanzar piedrecitas contra la valla, a ver si conseguía atravesar sus rombos metálicos.

En este nuevo vecindario había mucho espacio para jugar pero las camas en casa eran incómodas, el colchón era fino y casi notaba la cruel dureza del suelo. Se oían muchos ronquidos y por las noches siempre había una mujer que lloraba y una niña pequeña, morena y flacucha, que tiritaba de frío, escuchaba sus dientes castañear incluso desde mi regazo, a metros de distancia.

-75 rayas, 76 rayas, 77 rayas…- Desistí en mi intento con las piedras, me senté de nuevo en el suelo pero apoyándome en uno de los bidones del descampado.

Tampoco me gustaba la comida, cuando la había claro, sólo nos daban sopa, menos algunos días que eran especiales y nos dejaban probar un poco de pan duro, un trozo por persona.

-99 rayas, 100 rayas, 101 rayas…

Mamá solía contarme entonces las historias a escondidas, aun se acordaba de muchas aunque no tenía libros en los que fijarse. Otras tantas se las inventaba, pero es que mamá tenía mucha imaginación para esas cosas y creaba muchos personajes de cuentos fantásticos. Mis favoritos eran los superhéroes.

-150 rayas, 151 rayas, 152 rayas…

Desde que nos vinimos aquí a vivir, no había tenido que volver a la escuela, pero me dolían los callos de las manos de trabajar. Alguna vez me dijeron que tenía buenas manos por lo pequeñas y útiles que eran, mis trabajos eran los mejores, pero no me daban ningún premio nunca, tampoco me felicitaban, ni me estaba permitido ponerme enfermo. Quería ser científico y llevar una bata blanca para mezclar cosas y que explotasen, todas burbujeantes y llenas de colorines. Los niños normales querían ser profesores o médicos, pero a mí siempre me habían gustado los experimentos. Aun creo que los sueños puedan cumplirse y mamá decía que así sería, que nos tendríamos que mudar pronto, que lo conseguiríamos. Esperaba que tuviese razón.

-200 rayas, 201 rayas, 202 rayas…- Se parecía a aquel día. Hoy volvía a haber humareda, ya iban tres seguidos, qué extraño. El cielo se cubría de gris y era imposible respirar ni al aire libre.

Un día mamá vino llorando y me abrazó con fuerza antes de que se la llevaran a aquel edificio grande donde se acumulaba la gente en grandes colas, no sé por qué mamá querría ir allí, pero no pudo explicármelo porque la arrastraron antes de articular palabra alguna en la lejanía más que “¡no les creas, no les creas nunca, no dejes que te lleven a darte una ducha!”. Intenté correr para darle un beso, no tenía muy buena cara y temblaba. El señor policía me dijo que no podía ir pero que no me preocupase. No supe qué hacer, intenté ir de nuevo y me obligó a sentarme en el suelo, mirando contra la valla metálica, esperando hasta que mi madre entrase.

-237 rayas, 238 rayas, 239 rayas…- Ya se había disipado la cola, otro día más.

No volvía a verla. ¿Qué había sido de ella? ¿Qué había pasado en aquel lugar? No podía haberse ido sin mí.

-298 rayas, 299 rayas, 300 rayas…- Estaban empezando a mirar en mi dirección, cómo odiaba que hiciesen eso. No me dejaban ni cinco minutos de libertad.

Aun me acuerdo de ella, de mamá. Porque aunque nunca más volviese a verla, al irse aquel día que la nube gris cubría el cielo, siempre recordaré su sonrisa, sus abrazos cariñosos, su suave y delicada piel, pero sobre todo, esa voz que me llamaba todos los días a media tarde. A ella nunca se le olvidó mi nombre, pero a mí si se me olvidó el suyo. Había sido mamá, eso no cambiaría, pero desde que nos mudamos se lo cambiaron a uno muy extraño, entonces se llamaba 21318 y llevaba una plaquita encima del uniforme para que no se le olvidara. Muy pocas cosas me gustaban de ese lugar pero sí tenía algo claro: detestaba el color azul, lo detestaba hasta morir, tanto como cuando se mezclaba con el blanco en los feos uniformes que nos hacían llevar en ese barrio lleno de extrañas gentes. Parecían pijamas viejos. A mamá le quedaba bien, todo le sentaba bien, aunque en los días antes de marcharse estaba tan delgada que le quedaba muy grande. Yo todavía no necesitaba otra talla, y también llevaba la plaquita con mi nombre: 21319, porque había pasado tanto tiempo que ni mi propio nombre recordaba, el de verdad.

-998 rayas, 999 rayas, 1000 rayas…- se estaban acercando.
-¡21319! ¡Sonderkommando! Ya está bien de holgazanear, vuelve al trabajo, ¿o te crees que se hace solo?

Odiaba cuando ese policía rubio de ojos azules, robusto, me gritaba en la lejanía mientras contaba las rayas de los uniformes de mis últimos compañeros, nos habían trasladado hacía un mes a una zona especial, aislada. Ahora comprendía las palabras de mi madre tiempo atrás. Como cada tarde, los recuerdos se mezclaban con mis pasos descalzos deslizándose por el pedregoso suelo hasta el edificio gris en aquel recinto vallado que yo solía llamar hogar.

10 Comentarios
  1. Beatriz Losilla: una raya, dos rayas, tres rayas… así se escibe, amiga. Como lo haces tú, lo haría algún famoso escritor consagrado.
    Felicidades
    Volivar

    • Son muy grandes las palabras que acabas de decirme, Volivar, qué más quisiera yo (: pero poco a poco espero llegar algún día a hacerlo como ellos.
      Gracias amigo.

  2. Un tema terrible, un horror que desafía los límites mismos del ser humano, para no olvidar, que resuene siempre en nuestras mentes el Nunca Más!! . Muy bien escrito, gracias por compartir. Saludos

  3. Me ha recordado a “El niño con el pijama de rayas”. Al principio pensé en alguna historia acerca de droga, por eso de las rayas, luego ya fui intuyendo el campo de concentración… desgarrador.

    • Cuando yo iba por la mitad también me recordó al libro y no me gustó mucho al principio, pero bueno, son historias distintas al fin y al cabo con el tema en común…
      De lo que me alegro es de haberte despistado un poco :)

  4. Saludos calurosos, bien escrito, una historia completa, lo único que no me llamaba la atención es el título, es un lugar común.
    Por eso no quería leerlo, pero aquí estoy satisfecha.
    Natalia Villalva

    • Me alegra que te decidieras a leerlo a pesar del título, un pequeño voto de confianza a veces puede merecer la pena. Pensé en ponerle “El trabajo hace libre”, como dice el cartel con la B invertida que está escrito en una de las entradas al campo de exterminio de Auschwitz, y otros tantos títulos más, pero finalmente se quedó este.
      Gracias y un saludo Natalia (:

  5. Cuanta inocencia robada en la brutal historia de la humanidad. Que los recuerdos no se esfumen como ese terrible humo gris que sube al cielo.
    Maravilloso relato Bea. Sigue así

    • Es un tema horrible pero da mucho que hablar… La historia de los Sonderkommandos es de las peores que conozco.
      Gracias por esas palabras, se intentará continuar en la línea :)

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