Fría mañana de invierno en el pequeño pueblo.
La playa desierta, el cielo plomizo, el mar gris, el viento helado e implacable.
Un nuevo día donde el sol no se mostraría, las gaviotas recorrerían la orilla en busca de alimento y Mateo se adentraría en el bravo mar con su pequeña lancha, sus cañas y sus redes.
Era anciano ya. Según los vecinos tenía más de 80 años. Sus manos callosas conocían y habían sufrido el rigor del clima, del agua, del trabajo. Sus arrugas eran surcos en el rostro, su barba blanca, su sombrero negro. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos. Tenían el mismo azul del mar, eran como dos gotas del océano. Supieron ser vivaces, alegres y curiosos. Ahora se veían cansados, tristes.
Todas las mañanas enfrentaba el mar en su pequeña embarcación, obtenía una buena pesca y regresaba.
Solo lo hacía para subsistir y para canjear por herramientas, alimentos y tabaco en el mercado del pueblo.
Los atardeceres lo encontraban sentado en una banqueta cerca del mar. Pasaba el tiempo allí, fumando su pipa sin sacar la vista del horizonte. Como esperando algo.
Estaba solo. Su esposa había muerto diez años atrás y a pesar de los ruegos de sus tres hijos, el decidió vivir en su pueblo costero, lugar que había elegido con su mujer 30 años antes. Estaba a 70 metros de la playa, toda de madera, algo modesta pero muy confortable y cálida. Su esposa la había arreglado y él se esforzaba en mantenerla tal cual lo hacía ella.
Entrada la noche, aseguraba puertas y ventanas, encendía los faroles, la chimenea y el ambiente se tornaba cálido y agradable
Cuando tenía hambre cortaba verduras, trozaba el pescado y colocaba todo en una vieja cacerola de hierro que colgaba de un gancho sobre los troncos de la chimenea.
Mientras aprovechaba para leer. Era un ávido lector. Su esposa le había construido una biblioteca contra una pared que contenía decenas de libros.
Allí se sentaba entonces en una vieja mecedora, tomaba sus pequeños lentes, encendía su pipa, se servía una copa de vino y comenzaba la lectura. Solo el aroma de la comida lista interrumpía la misma.
Cuando su cuerpo le pedía reposo, se acostaba en su enorme cama, con cinco mantas al menos para no sentir frío durante la noche.
Apagaba la chimenea y se acostaba. Rezaba un Padre nuestro y un Ave María, miraba la foto de quien fue su compañera durante 45 años, le daba un beso y decía susurrando: “Que sea pronto por favor”. Y el sueño lo vencía.
Se despertó en medio de la noche y no volvió a conciliar el sueño. Dio vueltas un rato hasta que decidió levantarse a tomar un vaso de agua.
Llenó el vaso y levantó la vista hacia la ventana de la cocina que daba a la playa. Y cual fue la sorpresa cuando divisó una silueta saliendo del mar. Fue a buscar sus lentes para ver mejor.
Salió de la casa. Pero nadie había. El viento helado cortaba la piel, el ruido del mar era estremecedor. Se metió en la casa e intentó volver a dormir. En vano. Prendió la chimenea, se preparó un te y se sentó en la mecedora con la intención de avanzar con el libro que estaba leyendo hasta que escuchó arañazos en la puerta. Se levantó pesadamente, se dirigió a la puerta, la abrió y un enorme y hermoso siberiano le saltó encima.
Repuesto de la sorpresa no podía creer que el perro no era otro que su viejo Jack. Mateo se deshizo en abrazos y caricias, el perro le lamió las manos, la cara, se puso en dos patas… La emoción era grande.
Le acercó un plato de agua y restos de comida, algo que Jack agradeció devorando todo en segundos.
Pasado un rato, Mateo sintió mucho cansancio y se acostó en la cama, algo que su perro imitó al acostarse a los pies de la misma.
Se despertó casi a las 8 de la mañana. Se sentía muy bien. Se levantó, preparó todo y salió como todos los días a pescar. Pero esta vez con su viejo y fiel compañero. La pesca fue excelente, la lancha estaba atiborrada de pescados. De hecho pensó en no salir a pescar al día siguiente para no recargarse.
Pasó la tarde caminando por la playa con Jack, quien corría todo lo que se cruzara en el camino, aves, olas, espuma.
Llegada la noche preparó la cena para dos, comió con su perro y cuando el sueño lo venció, se acostó. Su viejo perro también. Durmieron hasta que a media noche alguien golpeó la puerta.
Se levantó, miró por la ventana y abrió con prisa mientras las lágrimas surcaban su agrietado rostro; era su hermano. Se fundieron en un abrazo interminable, sentido, lloraban ambos y no podían parar de hacerlo.
Se miraban y no podían creerlo. Pasada la emoción del reencuentro comenzaron a conversar animadamente, tantos años sin verse.
Los sorprendió el amanecer charlando. Pero a pesar de no haber dormido, Mateo se sentía muy bien, sus huesos dolían menos y sus piernas parecían más firmes.
Tomaron el desayuno y salieron con la pesca del día anterior para venderla en el Mercado. Le pareció extraño a Mateo que estuviera cerrado y el hecho de no haberse cruzado con nadie del pueblo. Pero no se preocupó, estaba demasiado ocupado en disfrutar la compañía de su hermano y de su perro.
Regresaron, charlaron, caminaron por la playa y llegada la noche, aguardaron a que la comida estuviera lista leyendo algunos de los libros de la biblioteca. Incluso Mateo comenzó a escribir algunas notas, algo que no hacía en años. Guardó la hoja en uno de ellos.
Esa noche el sueño los venció temprano. Se acostaron en la cama grande y se durmieron inmediatamente.
Hasta que a la medianoche otra vez la puerta.
¿“Quien será ahora”? dijo Mateo con una sonrisa emocionada.
Abrió la puerta…
Era Samantha, su esposa. Sintió morir cuando la vio. Cayó de rodillas al piso. Ella suavemente lo levantó, enjugó sus lágrimas y lo abrazó. Se aferró a ella como el ser humano se aferra a la vida. No podía dejar de abrazar a su amada esposa. Era como que no dejaría se alejara otra vez. Algo repuesto comenzó a mirarla. Estaba tan bella y hermosa como cuando la conoció 45 años atrás.
En cuanto pudo le preguntó; “¿Que haces aquí?”
“Vine a quedarme”. Le respondió con voz quebrada por la emoción.
“¿Para siempre?”. “Si, mi amor para siempre. Ya nada nos va a separar Mateo”.
“Y nos quedaremos aquí, en este playa, juntos los dos, tu hermano y Jack”.
Mateo no podía hablar de la felicidad que lo embargaba y solo atinó a abrazar a su compañera de toda la vida. Y su hermano se unió al abrazo interminable mientras Jack miraba a sus dueños moviendo la cola enérgicamente.
Y el amanecer los sorprendió conversando, riendo, recordando anécdotas.
Día distinto. Un sol radiante y un viento suave y templado, era una invitación para caminar por la eterna playa. Su hermano se quedó en la casa, Mateo, Samantha y Jack salieron felices como antes y se perdieron en el horizonte…
“¿Cuando lo encontraron?” preguntó la hija con voz acongojada.
“Esta mañana. Unos vecinos nos informaron que hacía una semana que no lo veían y decidimos entrar a la casa. Estaba en la cama y aparentemente se murió mientras dormía. Sus manos aferraban un libro. Es éste por si quiere Usted verlo”
Una lágrima rodó por su mejilla al ver el párrafo del poema de Pablo Neruda que se encontraba resaltado:
Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
¡Amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
Amarte más.
Y todavía
Amarte más
Y más.
Además había una hoja escrita por su padre que decía:
“Hija, quiero que sepas que esta noche vendrá tu madre a quedarse conmigo y para siempre. Estoy muy feliz.”
“Sé feliz, ama todo lo que puedas y no te preocupes por nosotros.”
“Los amamos a los tres”
“Tus padres”
Una sonrisa se le dibujó en el rostro al saber que estaban juntos otra vez.
F I N



Una bonita historia de amor. Que muerte más dulce la de Mateo. Realmente sería precioso que todo ocurriera de esa manera, sin dolor y que un reencuentro con los seres queridos fuera posible. Preciosas las líneas de Pablo Neruda que acompañan tu texto.
Un abrazo y mi voto.
Hola Luna.
Muchas gracias por tus palabras.
La verdad no la sabemos pero contamos con la imaginación y el amor.
Un beso.
Maravillosa historia amigo, Richard; en verdad creo que nuestros seres queridos vienen a buscarnos para acompañarnos en “el viaje”, que no es otra cosa, que retornar al hogar, de donde vinimos el día que en que decidimos encarnarnos para evolucionar espiritualmente.
Felicidades.
Un beso y mi voto.
Mi querida dama.
Muchas gracias por tus palabras.
Y muchas gracias por estar siempre ahí, acompañando a este aprendiz en el dificil pero apasionante camino de la literatura.
Es un gran honor.
Un beso enorme.
¡Que tonto soy Richard! me emocioné hasta las lágrimas.
¡Bravo amigo! haz escrito un poema lleno de amor, un lujo poder leerte.
Te dejo un fuerte abrazo, gracias.
Amigo mío.
¿Que siente una persona cuando logra conmover con un relato?
Se sienten ganas de abrazar a esas personas y agradecer de todas las maneras posibles sintiendo que no es suficiente.
Así mi amigo, me siento yo.
Muchas gracias.
Un gran abrazo.
Bellísimo relato, Richard; entre El viejo y el Mar de Hemingway y el poema de Neruda, me inundaste de sentimientos. Te felicito. Mi voto
Hola Lidy.
Un gran honor recibir tus comentarios.
Muchas gracias.
Un beso enorme.
Muy buen relato, Richard, felicitaciones y mi voto.
Estimado amigo.
Muchas gracias.
Siempre es un placer recibir tus comentarios.
Un gran abrazo
hermoso cuento, amigo, especialmente para una noche invernal como esta. Así quisiera morir también.
Amigo Albin.
Muchas gracias por tus amables comentarios.
Y es verdad, este invierno invita a leer.
Un gran abrazo.
Emoción hasta el final, me ha dejado grato sabor por ese amor que hay en tu relato.
Un saludo y mi voto
Hola Marazul.
Un placer saber que este cuento ha generado tu emoción.
Quiere decir que pude satisfacer esa exquisita sensibilidad que tienes.
Muchas gracias.
Un beso
Magnífico Richard, esta vez me has emocionado. Admiro tu prosa, que los sepas.
Abrazos.
Amigo mío.
Es mucho.
¡Que enorme placer tener cerca a gente como vos.! Y que afortunado me siento.
Muchas gracias y un gran abrazo.
Que relato tan sentido y delicado. Richard, eres un excelente escritor (a mi así me lo parece). Me emocionó muchisimo leer este cuento tan hermoso. Gracias. Un fuerte abrazo.
Muchisimas gracias Reka.
Es un gran honor recibir tus palabras.
Me enorgullece.
Un gran abrazo.
Mis lágrimas rodaron mientras lo leía, es verdaderamente hermoso tu relato, siempre he mantenido la firme creencia que a la hora de la muerte, los seres queridos que han fallecido vuelven para otorgarles la bienvenida al Más Allá.
Tienes un merecidísimo voto.
Y un fuerte abrazo.
MI estimada Martha.
Muchas gracias por tus bellos comentarios.
Y me enorgullece sobremanera haber logrado la emoción en una fantástica escritora con una sensibilidad fuera de lo común como vos.
Un beso.