Maté a mi amante después de yacer con ella, la estrangulé con mis propias manos y sentí cada uno de sus estertores, el temblor de su cuerpo. Tenía mis manos alrededor de su cuello y ella me miraba con sus ojos que recordaban a la miel virgen muy abiertos, yo sentía que su pupila era como un agujero negro que me atraía hacia sí para arrastrarme a un abismo sin fondo. Yo sentía como el frío que poco a poco la iba consumiendo pasaba del cuerpo de ella al mío a través de mis manos, instrumento de muerte.
-Te amo, ahora te quiero más que nunca- le dije y, era la verdad, aunque yo entonces no lo sabía.
Ella me arrastraba al eje del universo o del infierno que estaba contenido en sus pupilas pero entonces los ojos se le cubrieron con la capa vidriosa de la muerte y antes de que exhalara su último aliento, solté su garganta y la abracé atrayendo su cuerpo contra el mío y me abalancé sobre boca como un lobo hambriento y bebí de ella y lloré, no por ella porque al fin era libre si no por mí.
Maté a mi amante. Yo la amaba y ella me correspondía con una pasión y una lealtad que habrían asustado a cualquier hombre. Pero no a mí.
Ella era lo que siempre había estado buscando, la persona que había estado esperando desde la infancia, la que no sabía si existía bajo el sol.
Le cerré los párpados y la volví a besar en los labios fríos. Ella siempre había sido pálida y su óbito acentuaba la blancura de su piel, tan suave que me recordaba a pétalos blancos de rosa. El blanco era el color de la muerte y del luto, mi amante me lo había dicho tiempo atrás cuando yo le había comentado que era la única mujer que conocía que elegía aquel color para su ropa, Yo la velé, recordé que el lecho de un difunto debía estar enfrentado a la puerta de la alcoba, encendí las velas que se habían consumido y mientras la bañera se llenaba de agua tibia la desnudé como había hecho un millar de veces antes de aquella vez, tenía grabados a cincel en el corazón la belleza serena de su rostro y cada línea y curva de su cuerpo; era una mujer que transmitía fragilidad o la había transmitido cuando estaba viva. Muerta, era impertérrita, inalcanzable para mí, eterna.
Recordé, ¿ qué otra cosa podemos hacer cuando nuestra única compañía es un cadáver?¿Habían comenzado ya en ese cuerpo que pertenecía al ser que más amaba los procesos de la descomposición?Qué fría estaba, recordé que ella siempre tenía frió y que me pedía que la abrazara-
-Dame el calor de tu cuerpo, amor mío- me decía- es lo único que consigue alejar, durante unos instantes el frío que brota de mi corazón y me paraliza.
Y yo la abrazaba con tanta fuerza que le cortaba el aliento y permanecíamos así, íntimamente entrelazados, ajenos a todo porque el tiempo se medía por los latidos de nuestros corazones que latían al unísono, con un ritmo tan ancestral como el de la propia tierra
“Ante esta cueva se sentaba la ineludible madre Rea, tocando un tambor de bronce para captar la atención del hombre y obligarlo a escuchar los oráculos de la diosa …”
Aquel pasaje escrito por la pluma de Robert Graves me obsesionaba, ella era la diosa, Eurínome, la que según el mito de la creación pelasgo era la Madre de Todas las Cosas que había danzado desnuda en el principio. Mi amada era la diosa, era una sacerdotisa realizando una danza ritual en la profundidad de los bosques, a veces su piel era blanca y perlada como la luna, otras tenía la tez oscura de las hijas de las fuentes del Nilo. Tan suave, tan flexible bajo mi cuerpo, tocarla me hacía estremecer internamente porque era una criatura sensualmente dotada para el arte del amor, se entregaba sin reservas. Cuando la besaba escuchaba en mi mente el eco del retumbar del tambor de bronce de Rea.
-Bésame- me pedía ella.
Yo era el dominante en la relación, mi amante no era exactamente sumisa pero se adaptaba a todos mis deseos. Pero besarla… nunca antes había compartido tanto en un beso como con ella, cuanto más la besaba más la deseaba.
Llevé el cadáver de mi amante hasta el cuarto de baño y lo metí en la bañera, incluso me había preocupado de echar sales de baño aromatizadas. Su cuerpo todavía era flexible porque hasta las tres horas del fallecimiento los cuerpos no se vuelven rígidos, cuando la rigidez desaparece al cabo de un día, comienza la putrefacción. Ella había pedido que quería ser inhumada, le tenía terror a la cremación.
Todavía no podía permitirme sentirme culpable, no mientras no cumpliera con todo lo que le había prometido a ella.
Yacíamos en la misma cama en la que tiempo después le quitaría la vida
-Hay una manera de vencer a la muerte.
-Querida mía, te obsesionan esos viejos manuscritos- deslicé mis dedos por sus cabellos y la besé en la sien izquierda.
-Hay una parte que no he conseguido traducir, si tuviera las tablillas de arcilla originales todo sería diferente, podría comprenderlo.
Yo la besé en la mejilla, luego en la boca de forma posesiva para que se olvidara de todo excepto de nosotros, la invadí con mi lengua hasta que ella me rodeó con sus brazos. Deslicé mis labios por la línea esbelta de su garganta y llegué a sus pechos.
-No, ahora no- me pidió.
Pero yo desoí su ruego, deseaba, al mismo tiempo, mecerla contra mi pecho suavemente y poseerla íntimamente mancillando aquella piel inmaculada que ni los rayos del sol estival conseguían broncear.
Acaricié sus pechos en círculos y luego los lamí, me gustaba el sabor de su piel, ella jadeó y me intentó apartar pero yo sujeté sus muñecas con una mano y la obligué a colocar los brazos encima de la cabeza, sobre la almohada., mientras mis labios seguían torturando sus pezones y mi otra mano se deslizaba por su vientre y luego por el interior de sus muslos. Me enloquecía.
-Dime que no me deseas- le ordené- no puedes, ¿verdad?- volví a besarla en la boca- Dime que no me amas.
Toqué con mis dedos el centro de su feminidad y noté su humedad meliflua y cálida, la acariciaba y ella se abría para mí como una flor bajo los rayos del sol. La penetré, me deslicé en su interior, con ella perdía el control como si hubiera probado un antiguo elixir hecho de amanita muscaria, el hongo que los antiguos tomaban para entrar en éxtasis porque era entonces cuando los dioses o los difuntos hablaban a través de ellos.
-Prométeme que harás lo que te pida- me dijo ella en voz baja, realmente, un susurro, apenas un pensamiento audible.
Durante una fracción de segundo pensé que debía negarme, en esos momentos hubiera prometido cualquier cosa porque yo me hallaba embriagado por ella, toda su dulzura me intoxicaba. Entonces coloqué sus piernas sobre mis hombros y me olvidé de todo…
Mas ella no lo hizo.
Lavé su cuerpo con cuidado, como había hecho en otras ocasiones La amaba tanto que casi no podía soportar la idea de no tenerla, ella me había arrastrado al Abismo y la maldije en silencio por lo que me había obligado a hacer. Cuando consideré que estaba limpia la saqué de la bañera, quité el tapón para que se vaciara, la envolví en una toalla y la volví a dejar sobre la gigantesca cama antigua.
Tenía preparada la ropa con la que la debía vestir, una túnica de estilo antiguo con pliegues que dejaba uno de sus redondeados hombros al descubierto y las sandalias de cuero dorado y en su cuello un colgante hecho con una moneda antigua, griega o fenicia, no lo recordaba que tenía una inscripción medio borrada por el tiempo. Ella lo había leído para mí y las palabras habían sonado extrañas. Quemé el incienso como me había pedido que hiciera, esparcí los pétalos de flores sobre su cuerpo, quemé algunos con un pequeño mechón de sus cabellos dorados y pronuncié las palabras que ella me había enseñado, un antiguo ensalmo en una lengua hablada en tiempos pretéritos en el Medio Oriente o en la India. La letanía tenía una cadencia siniestra, algo me heló la sangre a medida que la pronunciaba pero lo hice y con las cenizas del incienso, las flores y su cabello ungí su frente, su pecho, sus pies y las palmas de sus manos. Me había convertido en un rey-sacerdote pagano de Ur o de Lagash.
El ritual era lento, pesado y repetitivo. Ella estaba muerta, muerta, muerta, muerta. Yo la había estrangulado con mis propias manos porque me lo había suplicado aunque no era disculpa, demasiado bien lo sabía. Cumpliría con el trato macabro que había hecho con mi amante y después me entregaría a la policía. Diría que la había matado pero no el motivo que me había llevado a hacerlo y expiraría parte de mi culpa en prisión. Era lo correcto.
En dos ocasiones volví a repetir ella ceremonia mortuoria paso por paso.
Caí rendido sobre ella y sentí como sus dedos me acariciaban la cabeza y luego mi barba.
-Tienes que prometérmelo.
-Lo que quieras.
-Quiero que me des muerte con tus propias manos.
-No sabes lo que dices.
-Lo has prometido, ¡ júralo!
-No puedo hacer eso y lo sabes.
Sus ojos se anegaron de lágrimas, no soportaba verla llorar pero sentí que me estaba utilizando.
-Hay una manera de regresar del otro lado… te contaré como…
-Son fantasías, mi amor.
-Yo regresaré y, después, serás tú el que regreses de la muerte y estaremos siempre juntos.
-No puedes creer eso, carece de toda lógica científica…
-Te equivocas, lo creo y tú también lo harás.
Sí, había tenido razón.
Era un asesino.
En lugar de llevarla a un psicólogo o a un psiquiatra que le arrancara de raíz sus ideas delirantes, ya que o no era capaz de hacerlo, me había dejado embaucar por sus palabras y manipular por sus lágrimas. Yo la amaba más que a cualquier persona en el mundo y por ella habría hecho cualquier cosa, incluso arrojarla a las garras de la muerte con mis propias manos.
Cavé la tumba en el jardín bajo la lluvia, casi a oscuras. No importaba, no tenía vecinos que pudieran sospechar nada y la enterré en la tierra, sin féretro, porque esa había sido su voluntad. La besé por última vez y coloqué su cuerpo en la tumba y lo cubrí de tierra.
Después, nada. Me dejé caer sobre la tumba de tierra y no recuerdo nada más, cuando abrí los ojos la posición del sol indicaba que pasaba del mediodía pero ni siquiera entonces pude permitirme pensar que aquello era una pesadilla. El cadáver de mi amante yacía en la tumba que yo había excavado para ella. Entré en la casa y me metí en un baño, no en el que la había bañado a ella o a su cuerpo sin vida y dejé que el agua de la ducha se llevara toda la tierra y la suciedad.
Lamenté que el agua no pudiera lavar mi conciencia. Sentía un dolor insoportable, sordo, durante unos instantes pensé que iba a sufrir un infarto y me sentí aliviado pero me equivocaba, los dioses, aquellos dioses en los que ella creía, Rea tocando su tambor de bronce ante la cueva de la isla de Creta, Eurínome danzando, Dionisios llevando a su séquito de bacantes al más puro desenfreno en el que cometían asesinatos rituales, desmembramientos y canibalismo, no iban a otorgarme un final tan feliz. Porque las deidades antiguas, al contrario que el Dios cristiano, desconocen la piedad y la compasión.
En el comedor cogí una botella del mueble bar y llené un vaso hasta el borde, whisky o ron, no me importaba, lo apuré de un trago y luego me serví otro y aún llené otro tercero. Tenia un arsenal de bebidas alcohólicas aguardándome. Pero recargué el viejo Smith & Wesson que había pertenecido a mi padre.
Durante los tres días siguientes no hice otra cosa que embriagarme, no me atrevía a volver a ver su tumba y no quería recordar; el dolor seguía allí, tan intenso como al principio pero el alcohol embotada mi mente y me parecía que era un poco más soportable. A veces, me quedaba dormido en el sofá o más bien en una especie de duermevela y soñaba con ella, soñaba que la tenía entre mis brazos, desnuda, viva, amorosa, dulce.
La tercera noche bebí como un cosaco hasta que perdí el conocimiento. Todos los relojes de la casa se habían detenido cuando mi amante había expirado pero de madrugada me despertó algo. Un sonido, un ruido fuera. La policía, pensé en mi delirio, han enviado a unos policías para sacarme de esta pesadilla. Pero no era cierto, no había llamado a nadie y el teléfono, aunque no lo había descolgado para comprobar si había línea, no funcionaba. ¿Llamaban a la puerta o arañaban la madera?
¡Dios Santo! Yo, que me consideraba ateo antes de cumplir los quince años, me persigné porque incluso en medio de mi delirium tremens era consciente de lo que aquello significaba. Agarré una de las botellas abiertas que había en el suelo y bebí un largo trago.
Nadie regresa de la muerte…
Ella estaba al otro lado de la puerta de entrada, intentando entrar para reunirse conmigo, lo sabía tan bien como conocía mi propio nombre. Ella, la mujer a la que yo amaba, la que había estrangulado con mis propias manos y sepultado en la tierra.
No es ella, pensé, sea quien sea no puede ser ella, el alma nunca regresa a la prisión de la carne una vez que alcanza la libertad.
Ella entró en la casa, se movía despacio pero en el silencio podía escucharla. Pensé en apagar las luces pero quería verla, mi amada convertida en un zombi o en un lázaro viviente Aguardé a que ella me encontrara, no me cabía la menor duda de que lo haría.
Se detuvo en el umbral de la puerta; era ella que había regresado de entre los muertos, con la túnica blanca con que yo la había vestido cubierta de lodo y tierra, su blanca piel manchada de tierra, el cabello desgreñado. Hubiera debido correr hacia ella, cogerla, estrecharla entre mis brazos en un abrazo infinito pero no pude porque la criatura que estaba ante mí no era mi amante, era algo, otra cosa, un demonio ancestral que se había apoderado de su cuerpo y le había insuflado vida.
Sonrió lascivamente, de una manera en la que mi dulce amada jamás habría hecho.
-He regresado a casa- dijo y su voz sonó como la de ella, pero tenía un timbre ligeramente distinto, era una copia casi exacta pero en absoluto idéntica- La puta de tu amante está en el infierno donde la he enviado y pronto te reunirás con ella pero primero me vas a follar como el perro que eres hasta dejarme saciada. Después te mataré como hiciste con ella, sólo que tú sentirás un dolor multiplicado por mil y devoraré tu carne, ven a besarme los pies.
Supe que nada tenía sentido y que nada merecía la pena, había liberado a un demonio obsceno sobre la faz de la tierra pero no tenía fuerzas para enfrentarme a él, otros tendrían que hacerlo. Cogí el revólver, cerré los ojos porque quería tener la imagen de ella en mi mente, tal y como había sido cuando estaba viva y no la imagen de aquel demonio que usaba su cuerpo, recordé el primer beso que nos habíamos dado, la primera vez que habíamos hecho el amor, una tarde que habíamos pasado en el lago, remando en una vieja barca y riendo… apreté el gatillo.
FIN
Nota: este relato lo publiqué hace tiempo en otra página, al igual que los poemas que voy subiendo.




Ereshkigal: me tuviste sin aliento de principio a fin. Un relato fascinante de un amor enfermizo, digno de ser llevado a la pantalla grande. Te felicito. Mi voto
Muchas gracias por tus palabras, Lydifeliz. Sí que es un amor enfermizo y, aunque no lleguen a esos extremos, me temo que en este mundo hay demasiada gente que sufre esa pasión enfermiza. Besos.
Escalofriantemente genial Ereshkigal.
Muchísimas gracias, preciosa!
Ereshkigal: muy impresionante narración. Felicidades.
Mi voto
Volivar
Muchas gracias, Volivar, te lo agradezco porque por lo poco que te he leído eres un excelente narrador y observo que tienes criterio propio. Así que de nuevo, gracias
Besos.
Una historia tremenda amiga mía. Yo, ya pude disfrutar de ella en esa otra página que comentas, así que solo me queda dejarte mi voto y decirte que sigas escribiendo y compartiendo.
Miles de besos, feliz día niña.
Gracias, preciosidad: escribir nunca dejo de escribir, para eso tengo mis cuadernos paperblanks ( son una de mis obsesiones para escribir) garabateados con mis versos y mis historias… seguiré compatiendo pero espero que tú tampoco lo dejes de hacer porque ya sabes que eres una de mis musas oficiales.
Besos.