En el torno sin fin de
la ingle se enreda un hombre
Dylan Thomas
La estación de tren estaba tan oscura y húmeda el domingo 20 de Mayo como la ladera de la cordillera que se divisaba bajo un sombrajo de nubes negras. Por encima de ese plato chorreante, cuya desbordante sopa goteaba sobre la calle, las cumbres bien podrían recibir la luz del sol sobre el manto de leche derramada el mes anterior. Eso al menos pensaba Graciano mientras se subía el cuello de una pestilente y rezurcida chaqueta en la ya cabían dos tropezones de carne como la suya. Sentía sed y hambre. Nadie le esperaba en su pueblo. Quizá, pensó, no habría llegado la carta donde anunciaba su regreso veinticinco años después de partir.
Su mente estaba más oscura que el día y no cesaba el rodar caótico de la madeja de confusión de su cerebro: una inmensa bola que crecía y crecía tras sus pasos, amenazando con aplastarle. Por la calles no circulaban apenas vehículos y solo algún viandante con paraguas. Entró en un café, con los cristales opacados por el vaho, enfrente de la estación. Era el bar de Julián. Ahora las maquinas de café resoplaban más ruidosas que las del tren. Pidió un café cortado y se lo sirvió su amigo. Había perdido casi todo el pelo y ganado un enorme barrigón.
—Se ha jodido el tiempo. Vaya un porculo para mi artrosis—Julián gruñó y guardó silencio. Miró sin pestañear como Graciano se tomaba el café.
—Pues sí. Creía que iba a hacer mejor. ¿Qué te debo? —Pagó, salió del café e hizo un ademán extraño a un lado como si esquivase la dichosa bola de confusión.
¿Cómo era posible que no le hubiera preguntado por donde se había perdido, a que se dedicaba, si tenía hijos, una mujer, una familia? Uno de sus mejores amigos del pueblo del que se largó tantos años antes le había saludado como si se hubieran visto el día anterior. Y ¿Por qué razón él mismo le había seguido la corriente? Se empezaba a sentir extrañado tras su periplo. No debería volver a sucederle. Permanecería alerta.
Atravesó los soportales de la Plaza Mayor para refugiarse de la lluvia que ya se ponía impertinente. Desde ella, atravesando unos de sus arcos, subía la calle en cuesta hacia su casa. Decidió que sería él quien lideraría la conversación del próximo encuentro con algún conocido y comenzó la retahíla mental “hola, que bien te veo, estás casi igual, te casaste, cuántos hijos,…todas esas cosas” y… a continuación, “pues mira yo he estado todos estos años en, en, en…”. Frenó en seco ¿Dónde había estado, en qué pueblos o países? ¿De dónde venía? Solo sabía una cifra: veinticinco años y un tren, pero ningún topónimo, ninguna palabra ni referencia. ¿Qué ocupaciones había tenido ese tiempo, cual había sido su trabajo? Como habría dicho Julián, todo era un verdadero porculo. Era mejor que nadie le preguntase: no sabría qué contestar.
Cuando se disponía a atravesar el arco de la plaza tropezó con Eva. A pesar de los años estaba guapísima y arrastraba el carro de la compra de la que asomaba un ramillete de apio. Quedó mudo ante ella y su porte de cortesana de Amadonta, allí donde éstas no eran criaturas infelices desterradas de la moral, sino jóvenes que consagraban a Afrodita su belleza agradecida. Estaba todavía hermosa, estaba claro que los amores no correspondidos duraban mucho más que los otros. La ropa ligeramente mojada le caía hasta dibujar todos los detalles de su cuerpo. Sus caderas cuadradas y la longitud de sus piernas enaltecidas por unos tacones, quizá excesivos para su edad y la lluvia, permitían mirar franca y directamente a los ojos del enmudecido Graciano.
—Buenos días, Graci ¡Menudo día de San Bernardino tenemos! —Seguía tan desvergonzada como beata.
—Bu…bu..Buenos días ¿San Bernardo? —acertó a balbucear Graciano, cada vez extrañándose más a sí mismo.
— ¡No hijo, estás tú bueno!…en el colegio ya parecías un sonao tan ausente como la virtud en los prostíbulos. De eso sí que sabes truhán… donde te has refugiado tantas veces. ¡Anda, calabacín!..San Bernardino de Siena, el predicador, el franciscano. El que eligió San Francisco Ferrer para curar a las rameras y expulsar el demonio de su cuerpo.
Las palabras demonio y cuerpo resonaron en los oídos de Graciano mientras fijaba su mirada blanda en la masa carnal de Eva hasta subirla hacia los ojos negros de la mujer y descansarlos allí mientras permanecía con la boca abierta. Hacía cábalas: la llegada del tren, veinticinco años, la lluvia, la amo… ¿qué es el amor sino hambre y deseo carnal, qué es la sed sino deseo de trasegar todos los flujos destilados de ese cuerpo? Se la comía y bebía con la mirada, pero estaba petrificado.
— ¡Abuela, abuela! —una niña se abalanzó sobre el cuello de Eva y le plantó un beso interminable— ¡Yo te llevo el carro!—se lo arrebató y empezó un slalom entre las columnas de los soportales.
— ¡Vaya diablillo de niña! ¿Qué te parece? Debería regañarla por andar pisando los charcos, pero es lo mismo que hacíamos nosotros. Bueno, hijo, ya veo que no me cuentas ná ¿Vas a ver a tu padre? Estaba hace un rato asomado a la ventana. Me ha dicho que la lluvia le ponía contento y el jardín se os iba a poner muy hermoso.
La palabra hermoso le provocó un terremoto interior y tras un instante de sucesivas réplicas se abalanzó sobre ella, apretándole las tetas, luego el culo, envolviéndola con sus brazos y mordiéndola sin provocar daño, protegiendo las dentelladas con sus propios labios. Eva gritó, se bajo las faldas y el vestido, le propinó un empujón. Se recompuso el pelo y le amenazó con el dedo.
—Otra vez. Como vuelvas a hacerlo te zurro a base de bien, pedazo mameluco. Eres muy mal zagal. Te van a encerrar de nuevo. —Dijo señalando a Fermín, el policía municipal, que sonreía ante la escena sin intervenir— Anda, ve con tu padre y ayúdale a salir. Está clareando y se va quedar un buen día.
Eva tomó a su nieta de la mano y prosiguió su camino, mientras la niña se volvía y le gritaba a Graciano:
— ¡Malo, malo! ¡! Mi abuela te va a pegar!
La palabra pegar se le tatuó en las sienes mientras miraba el andar saltarín de la niña. La geometría de su cabeza trazó la imagen de Eva tal y como ¡por fin! Consiguió recordarla: la misma forma de andar, los mismos calcetines blancos, la misma falta tableada, la coleta…no, no… la niña no llevaba coleta, no podría arrastrarla del pelo, pero la esperaría. Ya no volvería ninguna mocosa a coquetear con él sin recibir su merecido castigo. Veinticinco años…la llegada del tren, cincuenta años…la llegada de Eva al pajar de su tío Cosme. Se la había jurado a la niña y principió echándola mal de ojo.
—Hola, padre. Ha escampado ¿quieres salir a dar una vuelta? Toma la garrota y apóyate, vamos a dar un bureo.
—Vamos hijo… ¡a ver lo que me aguanta el cuerpo hoy! Estás empapao… ¡la leche que te dieron! ¡Sécate un poco, joder! Seguro que te has quedao como siempre mirando los trenes que van y vienen. ¡Cada vez estás más gilipollas! Cualquier día te encierran de nuevo y no sé quién se va ocupar de mí. Casi prefiero que te pases el día en la casa de tus furcias. Ahí te quieren de verdad. Un día un tren te va meter un meneo y no me va a quedar más que un pedazo de carne pa enterrar. Por cierto… ¿has comido algo? Coge algo pal camino, llevas dos días con tus fulanas y estás más tieso que la mojama.



Ladislao Tze: esto es una hermosa narración, que conlleva nostalgia… emoción de volver al terruño… de recordar viejos amores…
Todo un arte narrativo. Felicidades
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Gracias, Jorge
De este estoy más satisfecho, me he currado las palabras (demonio, cuerpo, hermoso, pegar) que provocan la reacción en un personaje que, aun enajenado mental, siente nostalgias y emociones tal como dices….
Tengo más tíos y primos en México que en España (Chihuahua y DF)
Salud
Ladislao (Guillermo Escribano, Madrid)
Me ha gustado mucho tu forma de contar un retorno. Te voto.
Gracias, amigo, por tu lectura. Los votos me dan igual.
Excelente relato. Felicitaciones y mi voto.
Gracias por la lectura, es muy cortés po tu parte.
mas paranoias?? gg me ha gustado mucho!
hola, Viole. Anda que de paranoias…¡ja, mira tú quien habla!
jeej… verde que te quiero verde…