Eran los años setenta, y Tegucigalpa, desde luego, era muy diferente de lo que es hoy día. La cuadra en la que vivo era tan diferente, que si se compara una foto actual y una de hace veinte años se pensaría que son lugares totalmente distintos. En aquellos años, antes de que yo llegase a la colonia, el lugar era una invasión rural, rodeada por árboles y monte, la calle era de tierra y piedras, y las casas no eran más que chozas de madera o adobe levantadas en medio de un terreno no muy grande ni muy pequeño. Ranchita es como llamaban a cada casa, y solar al terreno.
Un terreno por familia, y cada terreno era separado de los otros con rústicas cercas de palos y alambre de púas, apenas suficientes para que los pollos y otras aves de corral no fueran de un terreno a otro mientras estuvieran fuera de los gallineros. También abundaban las plantas por cada casa: mangos, naranjos, marañones, guayabos, chícharos, frijoles, patastes, chiles, etc, etc, y de cuando en cuando, si era posible, los vecinos intercambiaban alguna fruta o vegetal.
El agua se obtenía de un pozo que estaba en el terreno de la vecina que vivía más al sur de la invasión, ninguna de las casas contaba energía eléctrica, el alumbrado público era inexistente, y de sanitario se tenía una letrina por casa.
Aquella gente vivía en comunidad, apoyándose mutuamente y trabajando lo mejor posible para poder sobrevivir. Muchos se iban muy temprano a trabajar, y regresaban hasta tarde, cansados, a pasar el tiempo con sus familias y vecinos.
Por aquel entonces la preocupación de la comunidad no era la guerra fría entre los yanquis y los rusos, ni la ya extendida guerra de Vietnam. No, a ellos les afligía algo mucho más cercano, algo que realmente los ponía en zozobra y que los obligaba a encerrarse en casa desde las siete de la noche, no había excepción, debía ser así, porque después de las ocho de la noche, desde los árboles y el monte que había al sur, con un estruendoso ruido y un galopeo potente se escuchaba el pasar por la calle de una poderosa y oscura bestia, cuyo perturbador sonido era como el de un salvaje toro. Además del poderoso ruido, quien tuviese suficiente valentía y acercara su vista a las hendiduras de puertas y ventanas, podría apreciar infernales chispas de fuego dejadas por el paso del monstruo, al cual se le conoció como “El Toro del infierno”.
Nadie lo había visto directamente, pero tampoco nadie tenía duda de que sonaba como un toro, y que este debía ser algún tipo de demonio del averno que salía a la caza de los malos obradores y desprevenidos.
Todos le tenían miedo, ni un sólo vecino se atrevía a abrir la ventana para verle, pues temían que al verle fuesen arrastrados por la bestia hasta el mismísimo infierno.
Así era la vida en aquel lugar, desde el amanecer hasta el atardecer, una lucha por sobrevivir, de alcanzar lo necesario para hacerse con la comida del día, que no era nada fácil, y por eso las plantas y animales eran indispensables en cada casa, los patastes y frijoles eran las más populares, y en cada ranchita varias gallinas, gallos y pollos cacareaban todo el día desde la madrugada.
Quizá los alimentos más preciados eran los llamados huevos de amor, cuyo sabor es realmente delicioso, y fuera del color blanco típico que conocemos de los huevos comunes, los huevos de amor son generalmente rosados, y con una yema mucho más amarilla que la de los huevos que hoy encontramos en los supermercados.
La odisea era despojar a la gallina de los huevos, pues son bravísimas y no dudan en picotear a quien se acerque a sus preciados huevos, sea animal o humano, incluso su propio dueño. Entre un perro furioso o una gallina con huevos y pollitos, la gallina asusta mucho más.
Claro que nunca se le quitaban todos los huevos a una gallina, siempre se le dejaba que empollara algunos, desde luego para poder tener pollos que comer después, o incluso la propia gallina, dado que la sopa de gallina era muy popular, y vaya que tomaba trabajo prepararla.
La tarea por la tarde era llevar a todos los animales a sus corrales y gallineros, que eran totalmente cerrados y techados, de madera y láminas de zinc, pues nadie quería que sus animales fueran raptados por el Toro del infierno. Cerca de las seis de la tarde todos los animales estaban guardados, y la calle desierta, todos los vecinos estaban en sus hogares, cenando, y esperando que pasara el Toro del infierno para poder dormir.
Días tras día la rutina se repetía, cada noche, en aquella calle de tierra y piedras, después de las ocho de la noche se escuchaba el pesado galopeo e infernal ruido que hacía el Toro del infierno al pasar, ese estridente sonido que provocaba que aquella gente sintiera profundos escalofríos, elevasen oraciones a su dios, y que más de alguno pasara una mala pesadilla una vez conciliado el sueño.
Cierta noche, una mujer llamada María sería vencida por la curiosidad. Sabía que si miraba al monstruo sería arrastrada al averno, o al menos eso sospechaba, y que eso supondría que podría perder más que su vida, pero quería saber como era la bestia endemoniada, tenía tanta curiosidad que se convenció que si no abría demasiado la ventana, si sólo la abría lo necesario para lograr ver al Toro por entre la hendidura aumentada, quizá este no se daría cuenta y podría contarle a todos como era la brutal bestia. Se armó de todo el valor que pudo, y esa noche se acercó a la ventana de su casa, que su esposo ya había cerrado, su familia se preparaba para dormir, en sus habitaciones, esperando que pasase el ruido de la bestia y sin percatar la ausencia de María.
Poco después de las ocho de la noche, escuchó el paso del Toro, que, como siempre, venía por la calle desde el sur. Se armó del último valor necesario, impulsada por la creciente curiosidad, abrió la ventana lo suficiente para asomar el ojo derecho, justo cuando el toro pasaba frente a su casa, y lo vio… No podía creer lo miraba, estaba muy asombrada, abrió la ventana por completo, se llevó las manos a la boca y ahogó un grito. A la luz del candil se apreciaba que su cara se ponía roja, pero no estaba roja de miedo, ni porque fuera a ser arrastrada al infierno, estaba roja de ira, pues sus ojos no observaban un toro infernal como creía que pasaría, lo que miraba era… un vecino malicioso alumbrado por la luz de la luna llena, un individuo pícaro, un cretino de mala fama, de tan mala que se le conocía como Pancho Picardía, y era él quien con una sorprendente habilidad bufaba tal cual un toro lo haría. Pero no sólo eso, pues para hacer el ruido estremecedor arrastraba unas pesadas cadenas de hierro, y las chispas las creaba golpeando las piedras del camino con un largo machete.
María, indignada por como ella y todos los demás vecinos habían sido engañados, llamó a su familia, les contó lo que vio y fueron todos, aun algo temerosos, hacia la ventana, y lo vieron allí, a Pancho Picardía corriendo de un lado a otro, buscando algún pollo que se hubiera escapado, y bufando de tal forma que podría engañar hasta a un toro real.
María y su familia se fueron a dormir, reprimiendo la ira y muy indignados por como habían sido engañados por tanto tiempo. A la mañana siguiente le contaron a toda la comunidad lo que habían visto, y acusaron a Pancho, quien se defendió y dijo que María y su familia mentían, que el toro realmente existía y que lo que María quería era que todos fuesen arrastrados por el toro al infierno para poder quedarse con sus bienes (que no eran muchos, por cierto).
Un caluroso debate se había levantado, pero la mala fama de Pancho hizo que la gente creyeran las palabras de María y sus familiares, se llenaron de ira y no creyeron las patrañas del malhechor, todos querían lincharlo y cobrarle algún que otro animal que habían perdido por causa del “toro”, sin embargo se abstuvieron y decidieron esperar a la noche.
Todo parecía como siempre, las casas a oscuras y cerradas, los animales en sus corrales y gallineros, y ni una alma en la calle, pero si había una diferencia, esa noche todos estaban atentos, esperando el paso de Pancho Picardía imitando un toro. No obstante el tiempo pasaba y el toro del infierno brillaba por su ausencia. Eran más de las nueve de la noche, y el toro aun no había pasado, algunos vecinos salieron entonces, se juntaron y se pusieron de acuerdo para ingresar en la casa de Pancho.
Con cautela lo hicieron, avanzaron por el solar hasta la parte trasera de la casa, y entonces, a la luz de varios candiles, lo vieron, Pancho estaba guardando unas cosas, y en cuanto miró a los vecinos se quejó de la intromisión, pero los vecinos lo ignoraron, entre tres hombres lo agarraron y tomaron lo que guardaba, que para sorpresa de ellos se trataba de dos pesadas cadenas y un machete desafilado.
Desde esa noche el mito del toro del infierno se desvaneció, y la fama de Pancho se hizo aun peor, nadie le creía nada y lo tenían tachado como un cretino mal viviente.
Algunos se hicieron menos supersticiosos, otros siguieron creyendo en cosas inexplicables y alegaban que lo del toro fue una farsa, pero muchos otros misterios no; en cambio hubieron algunos que se volvieron escépticos y no volvieron a creer en mitos, fantasmas ni dioses o demonios.
Pancho Picardía, naturalmente, intentó volver a manipular a las personas, en especial a los nuevos vecinos que iban llegando con el paso del tiempo, pero todo nuevo miembro de la comunidad era advertido de las mañas de Pancho y le era contada la historia que aquí he escrito, la historia de un Toro endemoniado que arrastraba a los desprevenidos al mismo infierno, la historia del Toro del infierno.



Un relato muy interesante que no dudo provenga de alguna vieja leyenda. Mi voto y un saludo.