La mujer que entró a mi oficina aquella calurosa tarde de verano podría haber detenido el tráfico vestida en un hábito de monja. Pero este no era el caso porque su cuerpo estatuario estaba enfundado en un vestido rojo bermellón que dejaba ver un generoso escote y unas piernas estupendas, altas y bien torneadas. El cabello rubio y ondulado enmarcaba un rostro angelical cuyo centro eran dos ojos de profundo azul. Tuve tiempo de estudiarla detenidamente a través de los reflejos ambarinos en el vaso de whisky que me estaba sirviendo.
— Un momento— le dije.
Agité ligeramente el líquido y apuré el vaso de un sólo trago. El efecto del licor golpeó mis sienes desde dentro, me hizo mover ligeramente la cabeza y sentir un mazazo en la nuca. La mujer, de pie en el vano de la puerta, me miró con curiosidad:
— Se hace usted el duro. ¿Me quiere impresionar detective?
—Cuando alguien entra a mi oficina, nunca interrumpo lo que estoy haciendo— le contesté—. Además, no todos los días mujeres como usted se aparecen por esta puerta. Después de todo este es un vecindario difícil. Me sorprende que haya llegado hasta aquí sin ser molestada. ¿Vino en taxi?
— Traje un coche—contestó con brusquedad—. Me están esperando afuera.
Eché una ojeada por la ventana. Enfrente el edificio había aparcado un lujoso auto de siete plazas. Una belleza de plata y cromo que ocupaba casi dos lugares de aparcamiento. Al lado, un hombre alto, vestido con esmero, se paseaba nerviosamente y lanzaba miradas intermitentes hacía mi despacho. Cuando nuestras miradas se encontraron, desvió inmediatamente la vista.
— Espero que él sí sea duro— me limité a decir—. Ese auto aquí es como poner una botella de champaña en un centro de acogida.
La mujer guardó silencio.
— ¿Puedo sentarme?
— Le ofrecería la silla pero un resorte sale del centro. Si de todos modos se quiere sentar, mejor hágalo en la orilla para no maltratar su vestido.
La mujer se sentó inclinándose ligeramente. Luego puso una pierna sobre otra.
—Espero no le moleste —dijo.
Sacó un cigarrillo de una pitillera plateada. Lo extrajo con delicadeza tomándolo entre el pulgar y el dedo medio. Me la imaginé haciendo un movimiento de similar delicadeza, cuando cada noche enrollaba las medias bajándolas por sus muslos. Intenté ver las iniciales grabadas en el estuche pero lo cerró con prisa, guardándolo rápidamente en su bolso, como si alguien intentara robárselo.
— ¿Le molesta si fumo?
— No podría molestarme menos —contesté, alargándole el encendedor.
Como sólo había tomado un trago aquella mañana el pulso todavía me temblaba así que tuve que enderezarlo sujetando la muñeca con la otra mano para mantener la flama firme. Ella acercó el rostro: el tabaco prendió y por un instante el azul de sus ojos tomó un color acerado, y el rojo de sus labios, pareció derretirse como si estuvieran pintados con sangre.
— Espero que no le molesta que no tenga un cenicero —le dije—, puede tirar la ceniza donde le plazca, o si quiere después apagar la colilla en el escritorio; mañana van a embargar los muebles de cualquier modo.
— Esta en una mala racha. ¿No es verdad detective?
— Por decirlo brevemente — le respondí.
— Bien pues entonces hoy es su día de suerte —me dijo—. Tengo un trabajo para usted.
No pude evitar sonreír ante su propuesta:
— No sabe cuántas veces me han dicho exactamente lo mismo.
Ella se puso ligeramente nerviosa.
— No se preocupe—le dije acodándome en la mesa—. Siendo o no mi salvación, la escuchó con toda atención.
— Al verme llegar así, con estar ropa, con chofer y carro pensará que soy rica, pero no siempre ha sido así, he conocido la verdadera pobreza.
Por supuesto, no me estaba revelando algo que no supiera ya. Me había dada cuenta casi inmediatamente Y no era por la apariencia barata. He visto millonarias de cuarta generación que se visten con menos discreción que una puta del muelle. Tampoco el acento, porque todas esas fiestas y reuniones sociales se lo habían pulido hasta hacerlo indistinguible. Pero había algo en su actitud que la delataba inmediatamente. Un cierto nerviosismo, una inadecuación que a veces se descubre menos en una reunión social que en la intimidad: los ricos de verdad no tienen que impresionar a nadie, pero sobre todo no tienen que impresionarse a sí mismos. Había algo demasiado afectado en su forma de hablar, de moverse, una reafirmación constante de lo que era.
Comenzó entonces a contarme su biografía lo que la hizo consumir todo el cigarro y encender otro. La escuché sin interrumpirla, aunque no presté demasiada atención. La historia era tan típica que podías dejar de escuchar un tiempo y después llenar con facilidad los agujeros faltantes: Infancia llena de carencias, la llegada de la adolescencia y el súbito descubrimiento de su propia belleza de la que todo mundo quería sacar ventaja, la lucha por no usarla hasta reconocer que si la iba a aprovechar tenía que hacerlo al máximo lo que finalmente había terminado con un matrimonio con un millonario. Era una pena porque encontrando el dinero desafortunadamente creyó que ahí alcanzaría felicidad pero era lo contrario: él era celoso, y además miserable a pesar de su dinero. Ella vivía con lo justo para mantener las apariencias.
Estaba a punto de encender el tercer cigarrillo cuando tuve que interrumpirla.
— No es que todo esto no me interese pero sería mejor que fuéramos directamente al punto.
La rubia belleza retrocedió, ligeramente incómoda.
— ¿Le molesto?
—No es eso. Sólo creo que estamos haciendo las cosas mal, linda. Después de todo, no tengo que enterarme de todo su vida hasta que no me diga a qué ha venido a buscarme. ¿Cuál es el asunto? ¿Infidelidad, extorsión, chantaje? ¿O es algo peor? Si usted lo nombra puedo decirle si me interesa y cuál es mi precio.
—¿Es que maneja algún tipo de tabulador , detective?
—No en realidad. Depende de tantas cosas: el cliente, el riesgo, incluso como me haya caído el almuerzo de la mañana. Pero le garantizo que lo único que no tomo en cuenta es la situación económica en la que me encuentro. Podríamos estar ahora mismo en el vigésimo piso de un rascacielos en Park Avenue, con una bonita vista al río, muebles de caoba, tapetes importados y una secretaria de sonrisa de dentífrico que me interrumpe cada cinco minutos con té, galletas y recados telefónicos. Igual le cobraría lo mismo.
— Muy generoso de su parte, pero de cualquier modo el dinero no es lo importante.
— Es gracioso que diga algo así en un lugar como éste.
—Perdóneme si soy directo —dije sirviéndome un nuevo trago—. Pero hace ya mucho tiempo que deje de andarme con rodeos.
—Bien—, dijo ella—. Sin rodeos será. Necesito de sus servicios para que devuelva algo.
—¿Devolver? Esa sí que es nueva, no la había escuchado antes ¿Y de que se trata?
— Es un, brazalete, de diamantes. Me lo regaló mi marido, por nuestros cinco años de casados. Es ridículo, un regalo ostentoso que jamás usaré. Odioso además porque me ha tenido muy limitada de dinero, y luego me da esto que vale más que una casa. Supongo que lo hizo para que me sintiera más miserable. No lo puedo usar, lo tiene guardado en la caja fuerte.
—¿Y cómo es que ahora lo quiere devolver ?
—Un día vi que la caja estaba abierta, y sin poder contenerme lo sustraje. Mandé extraer algunas piedras y las sustituí por falsas. Lo que gané con ello es mi único capital.
—Bien pensado planear para el futuro —asentí— Lo único que no entiendo es porque no lo devuelve usted misma.
—No puedo, tendría que entrar en su despacho, esa vez fue casualidad: siempre está cerrado, y además dudo que tenga la suerte de que la caja vuelva a estar abierta. Si mi marido me descubriera haciéndolo seguro que me mataría.
—¿Y que la hace pensar que yo podría hacerlo mejor?
— Su experiencia por supuesto. Además, no será difícil. Yo le abriré la puerta de la casa. Usted sólo tendrá que entrar al despacho y poner el collar de vuelta.
— ¿Y la caja?
— Es un mecanismo muy sencillo, para mí es un rompecabezas pero no creo que tenga ningún problema en abrirla.
—Quizá —dije yo—, pero el procedimiento no es más que un robo. ¿No se equivocó de lugar? Yo me dedico a investigar crímenes no a perpetrarlos.
—Entiendo que es una petición extraña. Pero es un situación extraña también. ¿En quién podría confiar entonces? ¿Cree que debería de confiar en dejar entra a mi casa a un ladrón?
—¿Y cómo sabe que no la engañaré? Si ha llegado hasta acá es porque sabe que mi reputación no es precisamente inmaculada.
—He escuchado también que aunque parezca muy duro al final del día termina siempre del lado correcto. Para cualquier otro la tentación sería demasiado grande.
— Entonces lo que usted necesita es un ladrón honesto.
— Mas bien un profesional capaz.
—¿Y el nombre de su marido es?
—No es algo que importe mucho en ese momento. Lo sabrá a su tiempo, cuando venga a la casa.
—¿Trae el brazalete con usted?
—No me atrevería, como usted mismo me dijo es un barrio muy peligroso.
—Bien, resumamos. Usted quiere que me introduzca en su casa, aproveche un descuido de su marido, fuerce la caja ,introduzca de nuevo el brazalete y salga: todo limpio, sin violencia de por medio.
—Exactamente.
—¿Y cuánto me pagaría por eso?
— Si es eso, espere un momento.
La rubia sacó una servilleta, y usando su lápiz de labios garabateó en ella una cifra. Luego me la extendió.
Me quede estudiándola un largo rato. Era una cantidad generosa pero me intrigaba más como era que el bilet que había usado para escribir en el papel tenía un tono tan apagado y en sus labios alcanzaba ese brillo tan encendido.
— Esto sería un anticipo —dijo ella nerviosa—Si todo sale bien puede ponerle otro cero. Debo confesarle que estoy desesperada. Es algo que necesito con urgencia.
—Es una oferta interesante —le dije extendiéndole de nuevo la servilleta—. Pero no a ese precio.
—No entiendo qué me quiere decir con eso —contestó ella sorprendida—, sobre todo, dada su situación. Con esto podría pagar sus deudas, mudarse a otra oficina y empezar de nuevo. Incluso podría retirarse con tranquilidad.
— Sí, no lo dudo. .
—Quizá no leyó bien la cantidad.
— Cómo le dije, no acepto el caso.
—¿Puedo saber por qué?
— Tengo más razones que brazos tiene un dios hindú. Pero no la quisiera fatigar demasiado. Después de todo no tiene mucho tiempo y tiene que buscar a alguien más para el trabajo
Sus mejillas se encendieron. Era claro que la estaba enfadando.
— Creí que era un profesional —dijo visiblemente alterada.
— Mire, no es algo personal, son negocios Sólo para empezar he estado viendo a través de la ventana al hombre que usted identificó como su chofer. Ha hablado con varias personas, con dos de ellas durante más de cinco minutos. Parece conocer demasiado bien a la gente del barrio. Y cómo le digo este no un barrio bueno. ¿Es quizá su amante? ¿O el guardaespaldas de su amante?
El ángel rubio quedo congelado. Paralizado como una estatua de cera.
— No sé de qué me habla.
Yo creo que sí, yo creo que es la misma razón por la cual teniendo el dinero para comprar a los mejores detectives de la ciudad, ha venido a verme mí. Pensó que yo estaría desesperado y podría hacer cualquier cosa por dinero. Pero cómo le dije yo mido el riesgo y cobro lo mismo sin importar la situación en la que me encuentre. Lo último que quiero es acabar implicado en un asesinato.
— Insisto, no sé de qué habla,
— Puede fingir si quiere. Sólo le aconsejo que sea más cuidadosa, empezó con muy mal pie. No me gustaría ver esa preciosa cara afeada por la tinta barata de la sección policíaca de los periódicos.
La mujer se levantó y me dio la espalda. Sabía que estaba dispuesta a lo que iba a hacer, que no lo dudaría un momento. Su problema era de otra índole. He visto asesinos que matan con frialdad, y luego pierden los nervios porque no saben cómo limpiar la sangre. Para ella era una cuestión práctica, todos sospecharían de ella, necesitaba desviar la atención a alguien más.
—No le voy a agregar una preocupación más. Su secreto está a salvo conmigo.
Volteó a verme con una mueca torcida que definitivamente no era una sonrisa de agradecimiento. Sabiendo lo que iba hacer daban ganas de escupirle en la cara y sin embargo su belleza me detenía. Salió sin detenerse, escuché su tacones crujir contra los tablones desvencijados del piso. Momentos después la vi salir a la calle y hablar con el hombre a través de la ventana. Comenzaron una discusión acalorada. El hombre dio varias vueltas sin dirección como sin saber adónde irían después. Luego, con violencia, hizo entra a la mujer al automóvil, y arrancaron a toda velocidad.
Los vi alejarse. Luego, incliné la silla hacía atrás lo que la hizo chirriar ligeramente. Sin levantarme me desplacé hacia los archiveros y abrí uno de los cajones. Mañana se lo llevarían todo. Eran treinta años de recopilar información: todo se perdería pero no podía importarme menos. Tengo mala vista así que tuve que pasar dos veces por todos los papeles hasta encontrar lo que estaba buscando. Era una nota breve de hacía cinco años. Ahí estaba John James Wiscomb, inversionista inmobiliario, filántropo y criador de caballos de carrera, el mismo J. J. W. que se hacía grabar el nombre en la pitillera de plata de la rubia. Si no se hubiera fumado el tercer cigarro, jamás hubiera podido ver bien las iniciales. Como dije mi vista se ha deteriorado muchísimo en los últimos años. En el articulo se hablaba de la desaparición de la mujer de Wiscomb en una situación de lo más extraña. Sin secuestro, sin nota de rescate, simplemente desvanecida en el aire, en la casa del millonario: para mí era claro lo que había pasado, pero no habían podido culparlo porque jamás había aparecido el cadáver. Recuerdo que esa nota era la única que había publicado sobre el asunto: Wiscomb había sabido callar pronto a la prensa. Bueno el día de hoy le tocaría pasar por lo que había pasado su esposa. Pero sospechaba que esta vez sí encontrarían el cadáver. Afortunadamente ya no sería yo quien tendría que cargar con toda esa mierda.
Estaba satisfecho. Había resuelto un caso de hacía cinco años y un asesinato que estaba apenas por suceder. No es que importara mucho, no me pagarían un centavo por ello y además si la rubia era lo suficientemente lista no habría ningún arresto. Pero no podía dejar de sentir cierto orgullo. Lo había hecho todo sin siquiera salir de la oficina. No estaba mal para un hombre en sus cincuenta entrados, alcohólico y a punto del retiro. Me serví entonces otro trago de whiskey y deje que el líquido quemante corriera lentamente por la garganta.




Absolutamente delicioso, una perlita de los 50 que ha caído por aquí. Mi más sincera enhorabuena, y me ha encantado volver a leer un texto que me ha recordado el estilo de Raymond Chandler. Una cosita, en el párrafo en el que ella se saca un cigarrillo, está mal puntuado (es decir, debería ser un párrafo aparte, porque tal y como está parece que el siguiente guión con pregunta, lo hace el detective y no la chica).
Un saludo, y mi más sincera admiración de tu escrito.
Excelente relato, muy imaginativo y muy bien narrado. Felicitciones y saludos.
Todavia estoy un poco timido con las técnica de los dialogos.
Te felicito, esta muy bien logrado.
Gracias por sus comentarios y observaciones. La verdad es que me encanta el estilo de Chandler y este relato es una copia-homenaje. Me costó trabajo pero al mismo tiempo me divertí mucho haciéndolo. Me alegra tanto que les haya gustado.
Quiero creer que no has pretendido copiar a nadie y que hay algo o mucho tuyo en esta historia bien ambientada, con personajes y diálogos trabajados, y donde se disfruta de una recreación muy lograda. Buen trabajo, Juan Manuel.
Te saludo:
LeeTamargo.-
Me impresionaste, que relato tan estupendo, felicidades
Un relato genial, con un ambiente muy bien conseguido.
Sólo dos cosillas: “Siendo o no mi salvación, la escuchó con toda atención.” Ahí el verbo sería en primera persona, “escuché”. Y justo después ella dice: “con estar ropa” sería “esta ropa.”, si no me equivoco.
Un abrazo, Juan Manuel.
Laura