A orillas del lago de Chapala, en el poblado conocido como el Callejón de la Calera, perifoneando en un auto pequeño, hace dos semanas vendía yo, o intentaba vender, el semanario sahuayense conocido como “La Verdad”.
A todo volumen salía de las bocinas la invitación al público lector: ¡Compre su periódico La Verdad en este carro de sonido, y entérese de lo que ocurre en la región!
Y por más vueltas que yo daba (a decir verdad, el auto era el de las vueltas) en las dos calles que forman el pueblito, nadie se me acercaba con la intención de adquirir un ejemplar.
Habida cuenta de que era domingo, la gente se había ido de compras a la cercana ciudad de Tizapán, en el Estado de Jalisco, y me angustiaba aquella soledad.
Intentando recuperar el imprescindible optimismo de un vendedor, apagué el aparato de sonido, y le di con rumbo a la playa en donde el chapaleo del agua, auxiliado por el viento, mecía las pequeñas lanchas pesqueras (amarradas a un árbol) que chocaban unas contra otras, fastidiándose, a juzgar por los gruñidos que lanzaban por las rendijas de sus tablas de madera esponjada y carcomida.
Me asomé por la ventanilla del vehículo, y “se me fue el santo al cielo”, como se dice vulgarmente, al observar que las torpes garzas, trepadas en las canoas, para atrapar “popochas” (truchas) alargaban el pescuezo, yéndose algunas “de cabeza” al agua.
Me senté en una banca de madera, y de pronto, una música extraña, tal vez nunca escuchada en el pueblo, me sacó de mi abatimiento y me hizo dirigir la mirada a una cercana capilla de donde brotaba aquella excitada y brava armonía, expresando cambios tan bruscos que después de correr, impetuosa, sobre las olas del lago, regresaba mansa y humilde a la orilla de las aguas lacustres, para regresar al templo de donde se había escapado.
Y con rapidez inaudita dirigí mis pasos al santo recinto. La poca gente que no se había ido de compras, ya estaba allí, observando, absorta, a un joven que con arrebato tocaba el órgano tubular que había en el coro (parte alta, entrando por la puerta principal).
Me di cuenta de que el organista era un individuo muy joven, y su virtuosismo me esfumó el malhumor que en aquella mañana me había atosigado.
-Seguramente es un estudiante de algún conservatorio de Guadalajara, que estará de paseo, y que al llegar a este poblado, encontró dónde practicar lo que, tal vez, su maestro le dejó de tarea, ya que aquí hay joyas que datan de los tiempos coloniales, como ese órgano tubular –pensé.
Me subí al coro; me acerqué al organista, que dejó de teclear.
-Vas muy aventajado en tus estudios musicales, jovencito, te felicito –le expresé, eufórico, a modo de saludo.
-Es verdad; fui el preferido del maestro –me dijo, agachado, observando los viejos registros del viejo instrumento musical.
Y siguió:
Después de mis largas prácticas en el clavicordio para soltar los dedos, me llevaba con él para que le ayudara en otro de sus trabajos; un trabajo agotador, pues teníamos que limpiar el polvo acumulado en los tubos de los órganos de todas las catedrales que había en la ciudad.
Cuando arreglaba alguno como éste, el hombre me pedía mucho aire del fuelle para los pulmones del instrumento, así decía, mientras revisaba los registros, y probaba el teclado tocando octavas paralelas, en armonías contrapunteadas, en terceros y en sextos.
-Amigo, no te entiendo –le dije-; estamos en el siglo veintiuno y lo que me cuentas es del tiempo en el que no existía la tecnología.
-Después te explico –contestó-. Ahora quiero que sepas lo que una vez me ocurrió:
-¡Más aire, muchacho idiota! –me gritaba el maestro, mientras él, después de revisar los registros, probaba el teclado del órgano de la catedral principal de la ciudad.
-Y yo, muy niño aún, me esforzaba en extremo subiendo y bajando la palanca del fuelle empujando el aire que necesita el maestro, que después de apretar o aflojar una o más tuercas, para estar seguro de que había solucionado el problema improvisaba alguna Fuga o una Tocata, con sus minuendos y crescendos en octavas paralelas y cambios violentos en los registros.
Día a día nos dedicábamos a esa tarea después de que él daba sus clases en la escuela de la iglesia de Santo Tomás.
Pero –prosiguió el joven-, una vez, después de apretar aquí y aflojar allá, el hombre inició los tres semitrinos iniciales de lo que ahora llaman ustedes Tocata y Fuga en re menor de Johann Sebastian Bach, que por cierto, acabas de escuchar, y gritando desesperado me exigía tanto aire, que yo, irritado, con tal fuerza subí y bajé la palanca del fuelle, que los tubos despidieron una gran nube de polvo que invadió todo el lugar, dejando ciego al maestro, que, gritando muy enojado, me reclamaba que le había arrojado el polvo a propósito.
Al darme cuenta de lo que había ocasionado, precipitadamente corrí rumbo a la escalera de caracol para bajar al primer piso y alejarme de aquella famosa catedral de Leipzig.
-No me estés cuenteando, amigo.
-Me doy cuenta de que no me crees –me replicó-, pero, debo decirte que no he podido entrar al paraíso celestial hasta que purgue mi culpa, recorriendo los pueblos y ciudades del mundo, que aún tienen en sus templos estos antiguos instrumentos musicales.
-Para los ignorantes y crédulos deja esas narraciones que sacabas de tu cabeza, y toquemos a cuatro manos esa obra que conocemos los dos, porque también yo estudié música en el famoso conservatorio de Las Rosas, en Morelia.
Y eso hicimos; con impresionante arrebato iniciamos los contrapuntos iniciales de la famosa Tocata, pero, al atacar las octavas paralelas, mis dedos chocaron contra los suyos, y dejé de tocar, al notarlos fríos en extremo. Fijamente me le quedé mirando, y al darme cuenta de que bajo su desmadejada cabeza, que cubría con un ancho sombrero, tenía una calavera espantosa, pegué tremendas zancadas para bajarme del coro e irme a mi auto para regresar a toda prisa a Sahuayo.
Han pasado los días, y gran parte del tiempo la paso en un rincón de mi casa en donde tengo la computadora (u ordenador), pues ocurre que sólo allí puedo retener la razón que ha querido huir de mi sesera.
Gracias a Dios que al paso de los días otros quebraderos de cabeza me han distraído, y poco a poco me estoy olvidando de lo que me ocurrió en aquella población ribereña del lago de Chapala.



Estimado amigo Volivar, el cuento es muy entretenido y si hasta el momento le rehuyo a entrar a una Iglesia, a partir de ahora no entro ni mamado. Un abrazo
Doy gracias a aquel profesor mio de inglés que había estado viviendo en México y que el español que usaba estaba lleno de expresiones como las tuyas. Nos las solía explicar y aun me acuerdo, por lo cual tu texto se me hace más fácil. Es estupendo, la verdad.
Se me hacen muy amenos tus relatos y a la historia siempre hay más jugo del que parece para sacarle. Un texto que transmite familiaridad unas tantas veces y cuyo final trastorna, además tienes el detalle de poner entre paréntesis aclaraciones de las expresiones jaja, fantástico Volivar.
N anky: te agradezco t u comentario.
Volivar
Beatriz Losilla: tu siempre tan amable conmigo. Gracias por dedicarle un tiempo a lo que escribo.
volivar
Un gran susto me he llevado, al terminar su cuento, por cierto, muy bien realizado.
Gracias, Nora, me gusta saber que has leido lo que pongo en esta red literaria.
Un saludo
Volivar