En aquél verano mi amigo Alejo y yo nos aficionamos bastante a los casinos. Al menos una vez por semana quedábamos y reuníamos entre los dos apenas diez euros para jugárnoslos a la ruleta. Siempre teníamos algún sistema que nunca funcionaba. El de aquella vez consistía en ir apuntando el color de los números que iban saliendo hasta que viésemos que un color se repetía demasiado, y entonces ahí, apostábamos al contrario. No nos fue bien, al menos no demasiado, estábamos convencidos de que aquello tenía que tener algún truco, algún secreto que nos desvelara el tinglado y cómo ganar, pero ni rastro de la buena suerte.
Y allí estábamos, mirando los colores que salían en la ruleta electrónica desde las seis y media y apuntándolos en el móvil: RRNRNNNR. Los dos estábamos callados, mirando cómo giraba la bolita y pensando que aquello no nos iba a servir para nada, pero aún así seguíamos, tenía emoción aquello. El maldito juego. Cada vez que apostaba podía comprender a cualquier ludópata. Toda esa tensión contenida, los números, la probabilidad, el azar, los ojos como platos siguiendo la trayectoria de la bolita… Durante aquél verano vimos a muchos jugadores más o menos expertos, incluso una vez vimos a un viejo jugador de fútbol que tenía bastante fama de apostador. Allí la gente igual se dejaba cincuenta euros en un solo minuto y sin cambiar el gesto, y luego tal como se fue, le vuelve todo el dinero perdido y más en apenas un cuarto de hora.
A eso de las siete y media se sentó en la esquina de la mesa un señor bastante mayor, con pinta de abuelote simpático, tenía aspecto de argentino e incluso guardaba cierto parecido con el ya difunto Benedetti. Se sacó una libretita del bolsillo y empezó a anotar los números que habían salido y que estaban registrados en la pantalla. Lego, se concentró en hacer lo que supuse que serían unos cálculos de cabeza y empezó a hacer circulitos. Al rato de hacer eso, mira a su alrededor, se fija en nosotros y se acerca a Alejo y a mi.
-Mira, chicos, perdonad. ¿Lleváis aquí mucho tiempo?-
-Desde las seis y poco, más o menos.-
-¿Y habéis apuntado los números que salían?-
-No. Nosotros jugábamos a color.-
-Vaya, con eso no se hace fortuna. Qué lástima-
-¿Por?-
-Porque, mira- y me acerca la libreta que tenía entre las manos y empieza a señalarme un par de números que había redondeado.
-¿Qué pasa?- pregunté.
-Estaba todo aquí. Si hubiese llegado a mi hora me habría hecho rico-
-¿Rico, rico?-
-Hombre, no rico de miles de euros, pero un buen pellizco que hubiese llevado, tal vez dos mil-
-¿Qué tienes, un sistema?-
-No exactamente. Verás, yo creo que hay algo cósmico en todo esto, en el azar, ¿sabes? Hay como fuerzas que actúan de alguna manera, no me preguntes cómo porque no sabría explicarlo. No sé si es física, matemática, buenos cálculos o qué, pero hay algo que hace que salga ese número, y ese algo lo siento yo en algunos momentos, lo noto dentro.-
-¿Y por qué no apuestas ahora?-
-Ahora ya no, se pasó la ocasión. Me sucede siempre en torno a las siete. Y hoy he llegado tarde. Lleva saliendo lo mismo varias tardes seguidas.-
Nos quedamos los tres callados, mirando la ruleta. Me había caído bien, tenía algo que me inspiraba confianza. Volví a mirarle y le dije:
-Oye, ¿y a qué te dedicas tú?-
-¿Yo? Soy poeta-
-¿En serio?, ¿cómo te llamas? A lo mejor te he estudiado en el instituto o algo-
-Jajaja. No, no creo que lo hayas hecho. No tengo nada publicado, no me interesa. Un amigo quiere que le envíe unas cosas para su revista pero, no sé, tampoco tengo necesidad de eso .La poesía es algo más profundo, es como una forma de vida. Hay que ser poeta sobre la hoja y en la vida. Ya lo decían los griegos.
-Yo también escribo-
¿Poesía o prosa?-
-Prosa, a veces-
-Pues eso está bien. Está muy bien. Escribir te hace ver las cosas de una forma muy distinta, ¿verdad?, a mi es lo que más me gusta. La poesía y la ruleta. Mi vida es una novela. Te lo juro. Yo podría escribir un libro sobre mi vida y no me llegarían ni mil páginas para contarlo todo. He estado en el Caribe jugando a la ruleta, y una mujer preciosa que estaba a la mesa no paraba de insinuárseme, y yo no les hacía caso, ¿sabes por qué? Porque la fortuna me estaba susurrando al oído. Yo estaba ganando dinero, la suerte estaba encima mía, en mí, guiándome, y no podía perder ni la concentración ni la oportunidad. Y esa mujer, hermosísima, tentándome, no sólo a tocarla o a besarla, sino simplemente a desviar la mirada hacia ella. Pero ni caso. Le dije “déjame en paz, cariño, ahora estoy con otra”. Y seguí jugando a la ruleta-
-Y tú… ¿de qué vives exactamente?-
-Jaja, bueno, yo… de lo que puedo. Ya sabes, de lo que se encuentra por ahí-
Seguimos hablando otro rato más. Al final Alejo y yo nos largamos y el viejo siguió allí, con sus números, sus círculos, sus cálculos y su cosmos. Volvimos a pasar varias veces más por el casino aquél verano, sobre la misma hora, pero no lo vimos más por allí.
“O se forró o acabó arruinado”, me dije. Yo apostaría por lo segundo, pero menos mal que nunca se me ha dado bien el juego.




Eloy, esto es muy bonito; qué bien describes a esos convulsivos jugadores de ruleta que esperan una fortuna del azar, ocurriendo, casi siempre, lo contrario… muy buen relato, como para releerlo muchas veces.
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No hubo que describir demasiado, fue completamente verídico, y la verdad cuando ocurrió me lo tomé como algo normal hasta que meses después volvió aquello a pasar por mi cabeza.
Muchísimas gracias por tu apoyo. Un saludo.