Nuestros ojos tienden a observar lo raro, se sacian con el morbo y lo insólito; una casualidad ajena con el desayuno o la cena. Quizá algún dato de farándula para digerir las penas, una a una nos limpiamos las lágrimas con el paño de la impotencia de alguien que ha caído algo más abajo.
No es algo extraño entonces que cuando Tim entra a una habitación sea notado, es bastante algo para destacar en una masa, una descuidada chaqueta le cubre la joroba y lo rodea el hedor que te recuerda a algún mal viaje en taxi. No es raro,no lo soy; ni un poco más que mis ojos recorriendo con una extraña pasión las arrugas de la frente de un hombre de mediana edad que descansaba en el parque, como si esas grietas revelarán los secretos enterrados por los años bajo ellas; escudriñando, buscando un sentido a aquella locura, a la que robaba las noches.
Después de todo, no hay nadie normal, todos me miran al pasar como uno más, pero a la vez una mancha en su vieja pared, como aquellas venas que se ven en las manos de las señoras mayores mientras toman con ellas una fruta en el mercado, tratando de robarle la juventud a la dulzura de la fruta. Ellos son los raros, ¿no?. Tan secos y arrugados, tan tristes y preocupados por sus periódicos y los aguaceros; como si su blasfemia y furia retrocedieran una gota hacia la nube. Tan tontos.
Tan delicada era la caricia del árbol en las manzanas que se dejan caer al creerse abandonadas, eso debe ser. Si es tan obvio para mi; pero ellos no conocen la verdad. Que mientras sus ojos se cierran, el mundo deja de respirar. No lo ven, sencillamente no pueden; ni siquiera conocer el sonido de la canción de la planta que extraña a su jilguero.
Ni me ven a mi, en la esquina de su cuarto mientras ellos fingiendo que duermen para enloquecer me con su indiferencia, tanta indiferencia que me llena de ronquidos, silbidos y un par que no despiertan para no volverme a ver. Que atrevida es la ceguera de sus ojos.
Al menos esta noche planeo, quizá casi tanto como aquellos que pretenden no despertar del ataúd; un poco de venganza a la ignorancia, porque no ven, o no quieren hacerlo. Quizá no lo hacen por ignorarme, pero que más da.
Esta noche los ignorare yo…
En los ojos del corazón
4 Comentarios



Cuánta tristeza y ternura al mismo tiempo, Yamino. Me gustó mucho. Mi voto
Tus comentarios siempre engrandecen la escasez de mi experiencia. Un abrazo.
El final encierra una parábola exquisita. Felicitaciones!
Definitivamente rebosas de sentimiento. Me gusta mucho el concepto de “locura”, “normalidad”, ese que ningunos de nosotros —y todos— tenemos claro; porque está en nosotros, pero tan adentro que rara vez podemos entenderlo. Voto y saludos amistosos.