Entre bosques y lejanías
18 de Enero, 2012 5
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bosque

INVIERNO:

“Hola mi amor yo soy tu lobo”

Erase una vez un bosque -como otros tantos bosques- lleno de árboles, de animales y de corazones solitarios. Un lugar lleno de palabras escritas, de sensaciones por transmitir y lleno también de almas paseando ganas de transmitirlas.

Una noche -seguramente de luna llena- en casa de paloma PC coincidieron un oso y una ardilla. La ardilla era pequeñaja, escurridiza, casi volátil como corresponde a su especie. Su pelo era brillante y muy fino, oscuro y con mechitas color cahoba. Sus ojos eran negros y muy expresivos.

La ardilla se hacía llamar Megara pero muy pronto su amigo, Osopeki, la dio un nombre mas cortito y dulce: Megui.

En el bosque cada noche se citaba mucha gente que hablaba y hablaba, pero que decía pocas cosas. A Osopeki no tardó en llamarle la atención la ardilla Megui y empezó a hablar y sentirse muy a gusto con ella. Cada noche la buscaba, puntualmente a la misma hora, y aunque ella lo ignoraba, la perseguía hasta encontrarla. Algunas veces se le escapaba o se escondía; entonces se acostaba triste.

Odiaba de forma especial un gnomo que la tenía medio secuestrada, se la llevaba y se perdían en medio del bosque…

A base de empeño y constancia, Osopeki logró captar la atención de la ardilla Megui y entablaron una relación constante, casi diaria.

Eran tiempos invernales, allá por el mes de Febrero, cuando mejor se está cerca del calor con el que uno se siente a gusto estar. Y la verdad es que los dos se acostumbraron a estos encuentros diarios, de la mutua compañía, de compartir un rato y explicarse un montón de cosas, pero sobretodo, de comprobar que día a día -al hablar- se transmitían calor y sensaciones agradables.

Transcurrieron los días y casi cada noche se encontraban en el bosque. Pasaban de todo y de todos. No existía ningún otro animal, sólo ellos dos. Era tal la adicción de compartir madrugada que si algún día no era posible acudir y encontrarse, se acostaban tristones, con la sensación de que el día les había escatimado algo…

Transcurrió todo muy rápidamente, tan rápido como apareció también una necesidad mutua de verse fuera del bosque cibernético, en un ambiente real, humano.

Ninguno de los dos entendía muy bien cómo habían llegado a aquella situación: sentir una imperiosa necesidad de verse, para llevar a la realidad una sensación cada día más fuerte, más obsesiva

 

 

VERANO: “Sí, sí, somos tu y yo…”

Y llegó el día: Barcelona, calor, nervios…

Era un 25 de Agosto. Era el día de cambiar imaginación por realidad, de convertir en material lo que hasta ayer había sido sólo una aureola de sensaciones, unas caras a las que dar rostro, una piel que tocar, un cuerpo que recorrer…

Fue como si, de pronto, dos invidentes -viejos conocidos- recuperaran la visión y afrontaran la realidad, cara a cara. Fue romper el hielo en un segundo para reencontrar el calor que se habían transmitido intensamente antes, comprobar que existían; que aquel bosque y todo lo demás era real.

Eran unos momentos de felicidad esperada y deseada. Una felicidad limitada a menos de 18 horas; poco tiempo para traducir palabras en situación viva y directa.

Osopeki había planeado casi todo para complacer al máximo a su querida ardilla, pero como suele ocurrir en estas situaciones, todo salió muy distinto de lo que él había previsto. Para empezar su ardilla era muy diferente a lo que él había imaginado. Se sintió demasiado afortunado por la situación y no acertó en encauzar su actitud, en crear el clima adecuado.

Como oso genuino, Osopeki, fue brusco en planteamientos que llegaron a asustar a su ardilla querida. Y todo porque tenia planes de felicidad conjunta, tenia claro que podía ser feliz haciendo feliz a su Megui.

Osopeki, además de oso tontón, era iluso. No reparó en pensar que la impresión que Megui pudiera tener de él no fuera la que ella esperaba, la que hubiera podido imaginar y, a partir de aquí, estuvo torpe

En realidad era una actitud fuera de lugar y que, por descontado, Megui no merecía. Tardó días en darse cuenta, pero aún así nunca quiso dar la batalla por perdida.

Lo que la ardilla Megui nunca supo es que, aquella noche mientras ella dormía, estuvo mirándola muy fijamente, muy cerca, sintiendo el calor de su cuerpo, observando su frente despejada, su piel morena y dándole sutiles besos sin que ella se diera cuenta. Para él era una situación muy agradable: ver a su querida durmiendo plácidamente y pensar –desear- repetirla muchas veces. La observó con ternura, mucha ternura, pero también con tristeza pensando en que –a lo peor- no tendría una segunda oportunidad para enmendar errores, para repetir esta situación, quizás porque ella no deseara hacerlo.

Al dia siguiente le sobraron horas (que estupidez!) esperando el momento de la despedida. Osopeki siempre odió las despedidas pero ésta era particularmente hiriente, de aquellas que uno se va con la sensación de que todo ha terminado y no sabe muy bien si habrá una continuación, una continuación que se desea y que no quieres renunciar a ella.

A los diez minutos de irse, Osopeki la llamó, empezaba a sentirse muy mal, quería agarrarse a ella como fuera, quería volver a oir su voz, decirla que lo sentía, que le perdonara por su comportamiento, que la quería como no había querido nunca a nadie antes.

De vuelta lloró. En la soledad, las lágrimas convertían en borrosas las líneas de la carretera. No sentía vergüenza porque nadie le veía y aprovechaba la soledad para desahogarse; se sentía desgraciado.

Llegó a pensar que no le hubiera importado si un camión se le echaba encima y todo se acababa en un minuto; presentía unos días oscuros, tristes y sin motivación.

 

OTOÑO: “Pero… ¿qué pasó?”

Esta era la única pregunta al dia siguiente. Osopeki suponía que ella también lo estaría pasando mal y que tendría demasiado tiempo para pensar y darle vueltas. La llamó y la encontró distinta, como muy distante, casi huraña. Fue para Osopeki una situación muy descorazonadora, una muestra evidente de que algo se había roto y de que quizás no tendría retorno.

En el recuerdo de Osopeki hay todavía una huella definida, negativa de estos dias. Por amor y sólo por eso, le pidió que le diera más tiempo para demostrarle lo que por ella sentía. Seguramente, su ardilla Megui ignoraba que -nunca en la vida- había luchado por nada ni por nadie como lo hizo por ella.

Fueron días muy duros hasta que logró volver a encauzar la situación. Cayeron todas las hojas y el bosque se quedó desnudo, con un manto de alfombra que presagiaba la llegada de un invierno particularmente

puntual y frio.

 

INVIERNO (Otra vez):

“Recuerdas, amor? Yo era tu lobo…”

Nada era parecido al invierno anterior. Osopeki intentó asumir el cambio y, sobretodo, tuvo claro que lo más razonable era dejar a un lado a Megui. Que Megui fue sólo un vehículo para empezar a conocer a Marisol y que ella era la auténtica ardilla inalcanzable de sus amores.

 

Llegaron las Navidades y con ellas aquel obligado clima de ternura, de fragilidad pero también de melancolía. De recordar a personas queridas que ya no tienes, de querer a quien deseas y no tienes cerca.

Osopeky tenía una repetida sensación de vacío. Demasiada obsesión personal magnificada, sentida en cada momento del dia. Quizá no supo jamás transmitirla, o no acertó en hacerlo.

 

Una vez más, la confirmación del absurdo de la vida. Tocar la felicidad pero no poder alcanzarla nunca. De ver que pasan lo días, que se acorta el tiempo y no se llega a ninguna parte. Una vida que se vive para trabajar y no al revés, ¡qué contrasentido! El tiempo no nos deja tiempo para nosotros mismos y llegamos al final sólo para darnos cuenta de lo poco que hemos vivido la vida.

 

A Osopeki le esperaban crudos días de invierno. No quería seguir con la tensión de seguir viviendo una situación sin un final feliz o, por lo menos, de vivir la ilusión de que fuera posible.

En la lejanía del bosque, se agarraría a la esperanza de que -por una vez- la vida le concediera un deseo, sólo uno…

 

Aunque, después de todo… ¿qué se podía esperar de un oso enamorado de una ardilla?


5 Comentarios
  1. “De ver que pasan lo días, que se acorta el tiempo y no se llega a ninguna parte. Una vida que se vive para trabajar y no al revés, ¡qué contrasentido! El tiempo no nos deja tiempo para nosotros mismos y llegamos al final sólo para darnos cuenta de lo poco que hemos vivido la vida.” Me pareció una reflexión muy interesante. Gracias por compartir

  2. Yojan: ni modo, amigo… así es la vida: buscar y buscar la felicidad y cuando piensas que la has atrapado, surge la desilución. Muy bien tus expresiones, (por ciento, coincido con Nanky, que supo hacer una excelente crítica: “Una vez más, la confirmación del absurdo de la vida. Tocar la felicidad pero no poder alcanzarla nunca. De ver que pasan lo días, que se acorta el tiempo y no se llega a ninguna parte. Una vida que se vive para trabajar y no al revés, ¡qué contrasentido! El tiempo no nos deja tiempo para nosotros mismos y llegamos al final sólo para darnos cuenta de lo poco que hemos vivido la vida”.
    Seguramente tienes los cuentos de Guy de Maupassant de cabecera en tu cama.
    Atentamente
    Volivar Martínez. Sahuayo, Michaocán, Mëxico

    • Hola amigo, agradecido por tu amable comentario al artículo. Saludos desde España a tu bonito país que conozco un poco. Un abrazo. Javier

      • ´ªªNada era parecido al invierno anterior. Osopeki intentó asumir el cambio y, sobretodo, tuvo claro que lo más razonable era dejar a un lado a Megui. Que Megui fue sólo un vehículo para empezar a conocer a Marisol y que ella era la auténtica ardilla inalcanzable de sus amores.—ºº

        Sencillamente no me extraña ,estas cosas se intuyen cundo quiza las personas no son lo suficientemente sinceras y viven en los mundos idilicos de Piter Pan.Tocado
        y hundido <-Muy bien narrado y esclarecedor,mejor sin nombres propios,pueden delatarte.
        Un abrazo__~¬

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