Hubo un tiempo en el que mi amigo Julio y yo compartimos muchas cosas, sobre todo disfrutamos de un verano caluroso y de la alegría desbordante de nuestra juventud que lo arrollaba todo.
Trabajábamos para un tío suyo, empeñados en hacer rentable una tienda en la que no podías dar cinco pasos seguidos.
Julio era tímido, con esa timidez que dan los diecinueve años, pero cuando salíamos juntos se transformaba su carácter, se volvía más extrovertido, se sentía arropado en mi compañía. Su tío tenía un terreno en un barrio rural, todo lleno de árboles frutales, con una preciosa casa y una piscina donde llevamos un día a las chicas. Fue al comienzo del verano, cuando el aire trae ese olor dulzón y los albérchigos brillan en las ramas doblándolas con su peso. La evocación de aquel día siempre se me escapa entre los dedos, apenas guardo en la memoria una comida frugal y un baño casi inexistente, la vuelta apresurada al trabajo andando desde el barrio, tampoco contribuyó a fortalecer ese recuerdo. Lo que más vivo permanece en mí, fue la equivocación al distribuir las parejas. Parece mentira pero no sé cómo se llamaba la que me tocó a mí, una muchacha rubia de la que no he podido retener su nombre ni sus rasgos, podría averiguarlo pero me parece pueril intentarlo, sé que hablamos de algo, pero me siento culpable por no recordar ninguna de nuestras conversaciones.
Después del improvisado día campestre, quedamos para salir una tarde los cuatro juntos, estuvimos tomando varias copas en un garito en el que casi no nos veíamos. Al regresar hacia casa, cambiamos por un instante nuestra pareja. Mí corazón paró en seco, son esos momentos en los que percibes que té falta algo dentro del pecho, que tu vida carece de sentido sin esa persona que tienes al lado.
Beatriz era una luz que irradiaba felicidad, la conocí en un tiempo donde Escuelas Pías y Cerdán iban a tener nombre de emperador romano, sus ojos me sonreían al pasar y mi timidez impedía que de mi boca saliese ningún saludo. Pero como todas las cosas que se vuelven diarias, cotidianas, una tarde de verano vencí la vergüenza y nos saludamos, luego, día a día, creció el tiempo que le dedicábamos a nuestro saludo contándonos las cosas que queríamos que el otro supiera de nosotros. Su risa era fácil, contagiosa, tenía en el cuerpo la belleza de dieciocho rosas recién abiertas, y mis labios desearon los suyos.
Después de esa salida, las chicas perdieron interés por nosotros, nos enteramos que las dos tenían novio y nuestra relación se limitó a los saludos diarios al pasar por delante de la tienda. Pasó el tiempo y nuestras vidas cambiaron de lugar, de perspectiva, de amigos. Cuantas búsquedas y encuentros fallidos purgaron nuestra juventud. En el mes de Marzo la presiento, como se evoca a la primavera, fresca, resplandeciente, enamorada del sol y las mañanas nuevas.
En un tiempo pensé que ella me quería más allá del cariño apaciguado por la amistad, el corazón a veces se deja engañar, se equivoca queriendo, sufriendo, amando, latiendo locamente con desesperación.
Nuestras vidas se volvieron a encontrar dos años más tarde, cuando trabajaba en otro establecimiento. Sus continuas visitas, enredaban mi alma en un tirabuzón de sentimientos dispares, de sensaciones encontradas. La amistad enmascaró mis sentimientos hacia ella, quise ser su amigo y me perdí los otoños de tonos naranja, los inviernos de escarcha y besos pálidos, las primaveras ajenas a mí.
El mes de Marzo nos sorprendió con sus días grises y lluvias constantes, nos dimos cuenta del amor antes de que el amor nos cobrase peaje por no plegarnos a sus designios. La ciudad nos fue disolviendo entre sus calles, nos hizo peatones de lo absurdo, nos hizo mirar hacia otra parte.
La ceremonia se desarrolló en una pequeña ermita en el valle del río Aragón, solamente una docena de amigos estuvo con nosotros, acompañando ese momento. Pensé besarle “cosas bonitas” en la boca para olvidarnos del dolor que atenazaba su cuerpo. Unos meses antes, en el Hospital Universitario de Pamplona, le dijeron que no era operable, que se había extendido y la metástasis le alcanzaba casi toda la cabeza.
Sus ojos eran de lluvia. Las venas azuladas resaltaban en la blancura de su cuerpo. Haré fluir todo el mar desde mis ojos para anegarla con mi sufrimiento.
Después de la ceremonia, con el adiós todavía en la punta de los dedos, conduje en dirección al túnel de Somport, aferrando el volante con rabia. Beatriz me sonreía con esa palidez en los labios producto de la quimioterapia.
Iremos directamente a París, creo que le dije y ella descansó su cabeza suavemente en mi hombro. Era liviana, su peso menguado por la larga enfermedad, se había visto reducido a la mitad. Su cara, reflejada en el cristal de la ventanilla, flotaba etérea entre los pinos que pasaban raudos, como una aparición en la niebla de la montaña.
Las cumbres oscurecían la carretera, dejando pasar los rayos del sol en pequeños trechos, como focos que descubriesen de repente el vehículo e intentasen perseguirlo entre las serpenteantes curvas. Cuando alguno nos alcanzaba la luz irisaba la pelusilla en los brazos de Beatriz, que se estaba quedando adormilada por el efecto del calor. Su cabello castaño hacía tornasoles y cambiaba de color según la dirección en la que giraba.
Llevábamos unos kilómetros siguiendo hipnóticamente a un duende verde pintado en la parte trasera de un camión de transporte pesado. La caja era inmensa, de esas que suelen estibar contenedores en dos alturas. Ocupaba casi toda la carretera y me impedía el adelantamiento cada vez que lo intentaba. Después de varias tentativas me resigné a tener la inmensa mole pegada a mi parabrisas con el duende bailando delante de mí a 80 kilómetros por hora.
El túnel se encontraba a poca distancia delante de nosotros y al mirar un instante por el retrovisor, en una curva, divisé que nos seguían otro duende inmenso como el que llevábamos delante y una docena de vehículos más.
Cuando entramos en el túnel, Beatriz seguía dormida y su palidez se veía acentuada por la iluminación, su cara brillaba como esas muñecas de porcelana que habíamos visto en un escaparate de la ciudad.
La marcha se ralentizó y en un momento las luces rojas de todos los vehículos se encendieron tiñendo el túnel de un tono anaranjado, fantasmal. El duende empezó a frenar gritando y soltando humo por las pastillas, hasta que nos detuvimos por completo, sintonicé la emisora del túnel que sabia tenían por haberlo leído en el periódico. A la vez, por la megafonía interior nos comunicaban, que había una retención por un accidente en la boca francesa, (pensé en un chiste malo pero solo fueron unos segundos), también que apagásemos los motores para no saturar el aire del túnel. Miré hacia atrás y sin llegar a ver al conductor del otro duende, vi que estaba pegado excesivamente a nosotros casi rozando el parachoques de nuestro coche.
De repente el silencio se adueñó del túnel y los duendes apagaron sus luces laterales manteniendo las de posición. Encendí un cigarrillo e intenté volver a sintonizar alguna frecuencia para escuchar noticias, pero como antes la radio se había quedado muda, solo el refrito de la estática salía por los altavoces.
El sopor me fue venciendo, apagué el cigarrillo aplastándolo en el cenicero, como si él tuviera la culpa de aquella situación. Me quedé dormido un breve espacio de tiempo. No sabría precisar cuánto pero fue corto.
Desperté con suavidad a Beatriz explicándole lo que había pasado, le dije que volvía enseguida, que iba a mirar un momento en los otros coches. No sé por qué pensé en llevarme las llaves, pero me pareció ridículo.
Me encaramé en el estribo del duende que teníamos pegado en la trasera del coche, los cristales eran ahumados y no se veía nada del interior, tiré de la manilla de la puerta y noté que estaba bloqueada, di unos pequeños golpes en el cristal de la ventanilla y no respondió nadie a ellos. El siguiente coche también estaba vacío. Un matrimonio me sonrió desde una berlina que estaba detrás. Él llevaba un aparato de esos para la sordera y me dijo gritando en exceso, que cuándo íbamos a seguir, que llevábamos así tres días. Pensé que estaba loco, con una ligera palmadita en el brazo lo dejé discutiendo con su mujer, que le decía que no tenía que haber bebido agua del lavabo. Los tres coches siguientes también estaban vacíos. Una furgoneta con matrícula holandesa, con cuyos ocupantes no pude entenderme, me pedían agua ¡Water! ¡Water! Me gritaban desde las ventanillas.
Regresé al coche con Beatriz y vi que tenía la frente perlada de sudor, le cogí las manos frías como trozos de hielo y ella me regaló una de sus maravillosas sonrisas en la que deposité un beso tratando de no alarmarla. Le puse por encima una chaqueta de punto y me acerqué al camión que teníamos delante, también estaba vacío ¿Por qué no me sorprendió? En un furgón frigorífico que había a continuación, encontré una pareja que hacía el amor ruidosamente en la cabina. No me hicieron ningún caso. Los dos coches siguientes también estaban vacíos. Uno con todas las puertas abiertas tenía un capazo en el asiento posterior con un niño llorando amargamente. Le metí el chupete en la boca y cesó de llorar mamándolo con fuerza. En el coche siguiente, una pareja francesa estaba bebiendo unas latas de cerveza, el conductor un tipo grande y peludo como un oso bajó la ventanilla unos centímetros y me gritó “Merde” y continuó bebiendo y riéndose.
Volví apresuradamente a mi coche y Beatriz no estaba en él, las puertas completamente cerradas y la chaqueta de punto abandonada en el silencio, no la veía por ninguna parte. Corrí gritando su nombre hacia la entrada del túnel y nadie respondió a mi llamada. Lo intenté en la otra dirección hasta quedarme afónico y el silencio, única respuesta, fue impresionante.
Los motores arrancaron llenando con su rugido ese silencio. Regresé torpemente, esquivando los coches que empezaban a rodar y el duende que tenía delante, había reculado chafándome toda la parte del motor. El camión que tenía detrás y los demás vehículos, llenos de repente de personas que no había visto, me pasaron haciendo sonar las bocinas sin parar a interesarse por mí. Me subí en un intento inútil de ponerlo en marcha, pero el motor estaba completamente destrozado.
De repente vi pasar el rostro de Beatriz pegado al cristal de un deportivo, sus ojos me miraron vacíos, como una máscara veneciana de carnaval. Me quedé de rodillas junto al coche gritando su nombre con desesperación, pero ella ya no me podía oír.
Me volví a meter intentando como un idiota que aquel amasijo de hierros cobrase vida, seguí intentándolo una y otra vez hasta que la batería se quedó muerta.
El sueño liberó mi cuerpo desnudándolo de las cicatrices. Al despertar, me miré en el retrovisor y me vi con barba de varios días, las manos las tenía sucias y llenas de arañazos, la camisa rota y se notaba un olor a estadizo dentro del coche.
Luces, sirenas, quedé deslumbrado unos instantes mientras la Guardia Civil se fue aproximando lentamente. Se detuvieron junto a la chatarra que no se parecía en nada al vehículo con el que comencé el viaje. Me pidieron que saliera lentamente y cacheándome les conté lo sucedido en el túnel. La pareja se echó a reír diciendo que el túnel todavía estaba sin inaugurar y que no circulaba nadie por allí. Me esposaron sin dejar de reírse y sus carcajadas como una cruel realidad rompió mi cuerpo, abriéndose camino hacia mi cerebro.
Me metieron en la parte trasera del todoterreno. El rostro de Beatriz pegado al cristal flotaba etéreo entre los pinos. Mientras, empieza a llover y los cristales se llenan de pequeñas sonrisas, con los labios de ella en cada gota.
Las sirenas siguen sonando sin que nadie las persiga, las montañas testigos mudos a los que preguntar con voz de piedra, dejan escapar sus lágrimas para que Beatriz sea eterna.
Compartimos nuestras respectivas bodas con ilusión, la mía unos años antes que la suya. Contemple su mirada feliz al observar a mi hija con dulzura, con esos ojos en los que a veces me perdía, con esa calidez que ella ponía en todas las cosas. Algo se rompió dentro de mí, o por lo menos creo ahora que escribo esto que así fue, no podría asegurarlo.



Muy buen realto, gracias por compartirlo. Saludos
Muchas gracias por tu lectura, me gusta que te parezca bueno, eso es que te ha llegado. Me siento bien por ello, repito… Gracias.