Me encontraba fijo, observando el árbol de navidad, un pequeño pino de artificial hoja perenne plateada y brillante, adornado de luces parpadeantes, figurillas de renos, santas, moños y muchas esferas rojas.
– Yggdrasil, ¿qué te han hecho?. – murmuré para mi con algo de pesadumbre. Debería dejar de hablar sólo, no me había percatado de la presencia de un tío.
– ¿Cómo lo llamaste?. – me preguntó. Lo mire de reojo y con voz suave pero firme le aseguré:
– Lo llamé “Yggdrasil”. – centré mi vista en el árbol. – En su copa está el Valhalla.
– Vaya bicho raro el que parió mi prima. – dijo a nadie en particular, y siguió su camino. Yo seguí observando un rato más el árbol. Bajo este estaba la pila de obsequios que serían abiertos en navidad, brillando por su ausencia el que estaría destinado a mi persona. No importaba, yo sabía que era y lo tendría antes que nadie. Había tenido que esperar todo el año por aquel regalo. No podía comprarlo por mi mismo, aun habiéndome graduado de bachillerato no se me permitía trabajar, y siendo menor de edad por los faltantes seis meses hasta mi cumpleaños, no tenía opción.
Verdaderamente agobiante era el calor de aquella pequeña ciudad, a la que infructuosamente me había resistido a viajar. Mucho más agradable me resultaba el clima de mi ciudad natal, la mal lograda capital del país, un desastre urbanístico, sin duda alguna, pero que aquellos años tenía el clima más agradable en el que he vivido.
Noviembre, ese mes que tanto me gusta. El principio de Noviembre significa el inicio de la temporada de frío, significa el comienzo del soplo helado del viento, cuyo sonido al pasar es envolvente y agradable. La frescura que arrastra consigo invade hasta los huesos, trae una atmósfera que no se iguala en otras épocas del año, y que me provoca una añoranza en esos meses que el frío es ausente… No obstante yo estaba en aquella ciudad, pequeña, calurosa, y generalmente calmada. En realidad para mi no era realmente una ciudad, sino un pueblo grande, parcialmente estancado en la época de la colonia española, con fallas de infraestructura producto de los intentos maltrechos de alcaldes mediocres y corruptos. Ya era diciembre, y es notorio como la época transformaba a las personas, aquella gente tenía incrustado en el cerebro algún mecanismo que les cambiaba la personalidad durante todo el mes, y ese pueblo grande, oficialmente ciudad, cobraba un nivel de actividad que me resultaba difícil de comprender.
Ignoro cuanta será real y cuanta hipocresía y falsedad; me refiero a la alegría que expresaban todas esas personas. Era un poco inaudito, todos dándose amables saludos, estrechando manos, devolviendo sonrisas, vendiendo navidad. Mientras esto sucedía, yo era un simple observador, un contemplador de los poco que sabía que aquella celebración supuestamente cristiana tenía un origen pagano.
Quizá una forma de haber detenido aquello en tiempos pasados hubiese sido que existiera algún tipo de entidad de protección de derechos de autor, de esas como las que lanzan anuncios por radio quejándose de que la gente intercambia casettes con música. Con esa misma bravura debieron quejarse los escandinavos cuando los invasores cristianos tomaron a Yggdrasil y lo convirtieron por fuerza al cristianismo, como ya lo habían hecho con otras cosas y personas. Según los ideales que nos venden ahora, una acción como esa es ilegal… Quizá tendría que pensarlo mejor, porque realmente me gusta intercambiar casettes, la música de la radio es pura basura.
La navidad es pagana, lo quieran admitir o no los cristianos. Por eso yo celebro navidad, pero la verdadera navidad, la que en tiempos medievales, e incluso de fines de la colonia, me hubiese costado la vida en la hoguera por ser una celebración blasfema y hereje. Aunque debía celebrarlo a mi modo, a escondidas. Sabía que podía hablar de las cosas paganas porque mis familiares nada sabían de las tierras y cultura nórdica, sólo me verían como a un extraño, pero no como a un hereje. Eso hubiese sido un problema, uno mayor a el que debía enfrentar.
Pertenecer a una familia ultra conservadora y que se creen cristianos hasta la médula conlleva consecuencias. La más longeva de mis parientes, la madre de mis tíos, primos de mi madre; una católica empedernida, pasaba sus últimos meses de vida. Era triste, la anciana que nunca nos trató bien ahora estaba enferma de cuanta cosa uno pudiera imaginarse. Todo le dolía, todo le molestaba, y estando en aquella condición era difícil no compadecerle y negarle algo.
No se si por esa causa o por alguna otra, pero el hecho es que tenía el capricho que alguno de sus sobrinos nietos se convirtieran en devotos acólitos y sirvieran a su dios en la sacristía de la parroquia. Y el elegido para ese sacrificio había sido yo. Mi chance de negarme era tan válido como una división entre cero en el conjunto de número racionales.
Era aquel día de noche buena, cerca de las tres de la tarde, y la casa era un caos. Todos nos alistábamos para ir a la misa correspondiente, como buenos cristianos. Más ironías en mi vida, pues no me gusta estar rodeado de mucha gente, y allí me encontraba, a una hora de salir con una veintena de familiares a participar de una misa en la que yo sería el encargado de la naveta, pasando tiempo en un altar rodeado de una docena de acólitos y un párroco que me daba mala espina.
Pero tenía algo de motivación. La misa comenzaba hasta las siete de la noche, salíamos temprano porque debíamos comprar el mejor producto que se vende en época navideña: pólvora. Su explosividad hace que mis ideales pasen momentos de suspensión, y que otros surjan por momentos esporádicos.
Sabía que me dirigía a pasar algunas horas de terrible aburrimiento, horas que sentiría más largas de lo que realmente son. Pero me animaba a soportar aquello porque después de eso podría quemar toda aquella pólvora, y tenía geniales planes para hacerlo. En mi interior se esconde algún pirómano. Traté de no introducirme en mi burbuja de fantasía en la que quemaba todo, me mantuve en la realidad, así que con mi típica calma me vestí con el formal traje negro, tomé mi alba y mi cíngulo, los doblé impecablemente y me senté a leer “El Príncipe” mientras esperaba a que el resto estuviese listo.
Finalmente salimos con algunos minutos de retraso, íbamos en auto, y pasamos por el mercado de pólvora. Compré todo lo que me permitieron, ese año la emoción era un tanto mayor, por fin pude comprar los petardos más grandes que se venden por libre distribución. No sé porqué se les llama “cebollas”, supongo que tendrá que ver su tamaño, similar al de una cebolla grande, y que son esféricas. También me hice de un par de cajas de “chispitas del diablo”, volcanes, luces de bengala, silbadores, mariposas, y muchas marquetas de petardos pequeños. Podía ser un niño, pero en lugar de una tienda de dulces tenía un mercado de explosivos legales. Debo admitir que esa parte de la tradición me gusta mucho.
Después de realizadas las compras nos dirigimos a la catedral. En el camino mi tía me dio mi regalo. Podría abrirlo antes que todos, pero sólo por una razón simple: era una cámara fotográfica, y yo podría sacar fotos desde una perspectiva que pocos logran tener. Desde luego, las fotos serían para la mayor de mis tías abuelas, la causa de que yo estuviese como acólito allí.
Cuando llegamos a la catedral me despedí de mis familiares y me dirigí a la sacristía, no sin antes haber recibido burocráticas alabanzas por participar como un monaguillo, y en una labor “tan importante” como el llevar la naveta. También me recordaron que debía tomar buenas fotos.
Ellos no lo sabían, pero tenía una razón muy particular por la que escoger la naveta: ¡no teníamos que soportar la homilía!. Al menos no en directo. Era simple: entrar, esparcir el humo del incienso, salir, y esperar. Repetir el proceso para la lectura del evangelio, la consagración de las hostias y el fin de la misa. Y mientras no estuviera a la vista de los feligreses no tendría que pasar dos horas con la cara estirada.
La misa comenzó y todo fue según lo planeado. Estaba en la sacristía, en la parte lateral de la catedral, sentado junto con mi compañero encargado del incensario, tratando de estar pendientes del momento de volver al altar. Esperaba ansioso el fin de la misa, una vez que terminara, tomaría las fotos y luego podría sacar mi pirómano interior.
Estaríamos en la sacristía, pero la homilía se escuchaba con suficiente claridad. Siendo noche buena, el sacerdote soltó un gran monólogo hablando de la familia, la importancia de esta y demás cosas que con un poco de moral y lógica ya se saben. Pero el párroco se extendió más de la cuenta, y mientras tanto yo estaba aburrido y comenzaba a desesperarme. Traté de mantener la calma, y para matar tiempo, mi compañero y yo comenzamos a quemar algunas pastillas de carbón extra; como era noche buena, y en noche buena todo debe salir bien, teníamos algunos insumos sobrantes. Pero hicimos bien, teníamos muy vivo el carbón cuando fue momento de entrar al altar para terminar la misa. Sentía alegría.
Terminamos aquella larga eucaristía, y fuimos a la sacristía a ordenar las cosas y prepararnos para irnos. Mientras hacíamos eso, mucha gente llegaba a saludar al sacerdote, pasaron particulares, monjas, un par de diáconos, y el coro de niños. Poco a poco el recinto se fue despejando de toda esa ilusa humanidad hasta que sólo quedamos el chico del incensario y yo, este se fue y yo tenía unas fotos que sacar antes de volver con mi familia. No podía regresar con las manos vacías.
Me tomé mi tiempo para tomar las fotos, mis familiares estaban acostumbrados a esperarme hasta cuarenta y cinco minutos después de terminada la eucaristía, y yo no pensaba estar más de veinte en la faena fotográfica. Capturé las imágenes lo mejor que pude, con la esperanza de hacer un buen trabajo y que me dejaran en paz de una vez. Me sentía en la obligación de tomar las fotografías, me habían regalado aquella cámara con plena intención de que capturara esas imágenes, pero no me importaba, realmente quería aquella cámara y además debía justificar que yo hubiese abierto mi obsequio antes que nadie.
Después de los veinte minutos que había calculado regresé a la sacristía, aun me quedaba rollo para unas ocho fotografías, lo gastaría luego, en el pasar de la noche. Me dirigí a tomar mi alba y cíngulo, pero no lo hice, había escuchado una suave voz, casi hablando en susurro.
– ¿Era así en el principio?. – preguntaba esa desconocida voz.
– Así está escrito en la biblia, hija mía. – reconocí las palabras del sacerdote.
– ¿Dios manda a hacer estas cosas?. – volvió a preguntar la desconocida, que sin duda, era una niña pequeña. El cura estaría explicando alguna cosa de la biblia.
– Así es pequeña, está en el génesis.
– ¿Con esto dios perdonará mis pecados?. – preguntó la niña manteniendo un tono esperanzador.
– Así se redime todo pecado, serás salva y agradarás a dios. – le aseguró el clérigo.
– Padre, ¿Qué debo hacer exactamente para ser salva?. – Debía ser una niña con muchas preguntas, y como muchas otras veces, imaginé el sermón típico que dan a ese tipo de preguntas.
– Debes tomarlo de esta manera. – escuché que contestó el cura. Hizo una pausa y prosiguió:
– También te servirá de práctica para cuando hagas la primer comunión, y dios estará orgulloso de tí. Debes hacerlo como si fuera una paleta, de esas que tienen forma de palo. – Tras esas palabras comprendí lo que realmente pasaba. Los nervios me tomaron por sorpresa y vacilé en lo que debía hacer, al tiempo una inmensurable cólera me poseía, y me esforcé lo más posible en tomar una decisión. Sentía como la ira envolvía mi cuerpo, la rabia tomaba el control, y mi conciencia luchaba para tomar rápidas y acertadas decisiones.
Escudriñé con la vista la sacristía, y no muy lejos de mi había una base metálica para los cirios pascuales. Me moví en silencio, tomé la base y comprobé que podía esgrimirla como un arma. La apreté fuertemente con mis manos, y con paso firme me acerqué a la puerta, esta estaba cerrada, pero sin llave, la empujé con una fuerte patada y entré con la base metálica alzada lista para golpear. Miré a mi derecha, y allí estaban: la pobre e inocente criatura sin prenda alguna, a punto de ser violada, y un sacerdote pederasta que en vestimenta de Adán huía, pero no tenía donde ir. Di unas zancadas tan rápido como pude, y le alcancé, entonces miré que el cura estaba abriendo un bolso pequeño, pero no vacilé, y apenas estuve lo suficientemente cerca le golpeé tres veces en la cabeza. Este cayó al suelo retorciedose de dolor, y un flujo de sangre emanaba de los lugares donde le impacté. Con mi pie empujé el bolso, y un arma de fuego salió de esta, la empujé también. Corrí de regreso a la sacristía mientras le gritaba al desgraciado:
– Pagarás esta y las que haz hecho. – La niña estaba en estado de conmoción. Cuando estuve cerca de ella coloqué en el suelo la base para cirios, que se había deformado un poco por los golpes. Rápidamente busqué por el suelo sus ropas, encontré su vestido blanco, lo levante, se lo dí a la niña y le dije:
– Ponételo como puedas. – Corrí hasta llegar donde se encontraba mi cámara, la tomé, y a gran velocidad regresé donde en pie yacía la niña, aun desnuda, sin llorar, sin vestirse, sin hacer nada. Le tomé una foto para que sirviera prueba, pero fui cauteloso de que el sacerdote se pudiera ver también. Caminé rápido, pasando la palanca de la cámara para tomar la siguiente foto, me coloqué cerca del sacerdote y lo fotografié tres veces. Este se estaba arrastrando y no quería arriesgarme a que tuviese otra arma, le pateé la cabeza, las costillas y los testículos.
Busqué el arma por el suelo, la vi y con una escoba que tenía cerca la moví con cautela, temía que al golpearla se disparara. Regrese donde la niña, que seguía estupefacta, le quité el vestido de las manos y como pude se lo puse, la tomé en mis brazos y la saqué de allí.
Iba corriendo tan rápido como mis pies lo permitían, sabía que mis familiares me esperaban al final del estacionamiento, pude verlos y les grité a mis primos:
– ¡José, Manuel!. ¡Ayúdenme, rápido, es una emergencia!. – Aquellos al verme correr con la niña también emprendieron carrera en mi dirección, y para mi alivio la niña comenzó a llorar, sus lágrimas me dieron alivio, pensé en que estaría bien, lo que había escuchado me indicaba que la había rescatado a tiempo. Mis primos me alcanzaron, y jadeando me preguntaron:
– ¿Qué te pasa?. ¿Y esa niña?. – Le di la niña a José, y la cámara a Manuel. Emprendí carrera de regreso a la sacristía y mientras me alejaba le gritaba a mis primos.
– ¡Ese maldito es un pederasta, quería violarla, llamen a la policía!… – hice una pausa breve para tomar aire. – ¡Y a los bomberos también!. – corrí como nunca lo había hecho, y llegué a la sacristía. El canalla había logrado arrastrarse hasta donde estaba el arma, me asusté, pero noté que tenía dificultades para para manipularla, supuse que tenía puesto el seguro e intentaba quitarlo. Tenía tanta adrenalina corriendo por mi sangre, que con la fuerza de mi brazo bastó para abrir la gaveta donde se encontraban los implementos de la misa recién celebrada, tomé el incensario y se lo tiré en la cabeza. El golpe fue certero en la nuca y el cretino se desmayó.
Examiné las gavetas y encontré el keroseno que se iba a utilizar para la fogata de fin de año. Lo tomé y rocié la sacristía, corrí al altar y también lo rocié. Regresé a la sacristía, busqué los fósforos, los encontré rápidamente pues yo mismo los había guardado, los puse en el bolsillo de mi camisa, arrastré al criminal desnudo hasta la puerta de la sacristía, tomé mi alba y la empapé con el keroseno, encendí un fósforo y le prendí fuego, entonces la tiré al mueble de madera mas alejado que había rociado con el combustible. Se cubrió de llamas inmediatamente.
Seguí arrastrando a aquel desgraciado, mis primos habían llegado casi a la puerta de la sacristía. En cuanto los vi les grite:
– Regresen, este idiota quiso quemar la catedral con él dentro, allí todo está en llamas. Lo saqué para que pague ante la justicia. – Mis primos me ayudaron a arrastrarlo hasta el final del estacionamiento, donde estaba un tío esperándonos. Mis otros familiares se habían dividido, unos se llevaron a la niña a un hospital para que la examinaran, otros fueron en busca de su madre.
Mi tío se quitó la camisa y cubrió al sacerdote, queríamos lincharlo allí mismo, pero sabíamos que debíamos esperar, ya tendría su castigo. Manuel tomó una toalla que siempre estaba en el auto, y con esta limpió un poco la sangre de la cabeza del cura. Diez minutos mas tarde llegó la policía.
Los bomberos tardaron casi media hora en llegar. Para cuando arribaron el fuego se había extendido tanto que fue imposible salvar la catedral.
Según los informes de la prensa, la estructura colapsó a la una y treinta de la madrugada del veinticinco de diciembre. «¡Feliz navidad!» me dije cuando me enteré de la noticia.
La niña estaba bien, no había sido violada, pero vivió una fuerte experiencia que le dejaría un trauma para siempre, podría vivir, pero desarrollaría una fobia a todo clérigo y persona vestida de manera parecida. Tristemente, tres niñas y un niño ya habían sido violados por el sacerdote. Rápidamente se le encontró culpable por el delito de violación infantil, intento de homicidio, posesión ilegal de armas, y del incendio premeditado de la catedral. Fue condenado a treinta años de cárcel. Desgraciadamente la legislación no permite una pena mayor. Pero no importa, se haría justicia.
El diario dio bastante información en los primeros días posteriores al arresto, pero nosotros sabíamos que el verdadero castigo aun estaba por llegar.
El ex párroco pederasta murió ocho meses más tarde, víctima de sida, sífilis y una infección bacteriana que adquirió en el recto. Se había aplicado la norma en la penitenciaría central. Todo aquel que llegue por violador, morirá violado. Entonces se hizo justicia.
La iglesia católica nunca se pronunció sobre lo sucedido. Muchos padres de familia exigieron cuando menos una disculpa pública por parte de la iglesia, pero el obispo evadía el tema. Se cree que otros curas pederastas son encubiertos por el obispo, y que incluso este ha violado menores de edad en los pueblos alejados.
Por mi parte, sigo acolitando, observando de cerca a el enemigo, y cuando una iglesia arda en flamas de noche buena será porque un pederasta más habrá caído.



Muy dramatico relato, K’iin, y muy bien narrado. Saludos y mi voto.