Todos los días me levantaba dos horas antes para no llegar tarde al trabajo, y esa mañana no fue la excepción. Bajé los peldaños de la escalera casi con los ojos cerrados, pues vivía allí desde hacía muchos años y esto me permitía conocerlas de memoria. Cuando salí y tiré la puerta detrás de mí, vi cómo un camión de bomberos, una ambulancia, y dos autos de policía bloqueaban la calle. Mi curiosidad no se hizo rogar a pesar del atraso que tenía. Busqué la razón de la presencia de esos vehículos, y quise saber porqué los agentes de policía desviaban los autos y peatones por otro lado. Casi me da un infarto al darme cuenta que un incendio había arrasado la noche anterior con la tienda El Paraíso, (así se llamaba el negocio de Don Humberto), ésta quedó reducida en chatarra. La tienda quedaba a dos edificios del mio.
Recuerdo que tenía mucho problema en conciliar el sueño, y cuando lograba “dormir”, éste era muy liviano. Pero esa noche, precisamente esa noche me tomé cinco gotas de Laroxyl para no despertar hasta el otro día. El efecto no se hizo esperar, ¡dormí como una piedra!, de lo contrario me hubiera dado cuenta del incendio. La medicina no me permitió escuchar las sirenas, ni las ambulancias, ni mucho menos sentir el humo. Cuando vi El Paraíso reducido en cenizas, realicé que podíamos perder todo en cuestión de algunas horas, y recordé que la noche anterior había ido a comprar algunas cosas que necesitaba. Don Humberto, como siempre muy sonriente y atento, me había deseado las buenas noches. ¿Por cierto, donde estaba que no lo veía?… El incendio había subido hasta el segundo piso, corriendo éste la misma suerte que la tienda. De un momento a otro sentí un escalofrío que invadió todo mi cuerpo. Recuerdo busqué la temperatura con mis ojos en el tablero de la Alcaldía: 18 grados centígrados. ¡Paris se había levantado definitivamente esa mañana hermosa y radiante!
Los comentarios de la gente se escuchaban por todas partes. En medio de la aglomeración vi uno de los vendedores de la tienda, dudé algunos momentos en hablarle, pero finalmente me acerqué y crucé con él algunas palabras. Lo que me dijo me dejo con la boca abierta… Luego me dirigí a la parada del bus como un zombi, éste llegó dos o tres minutos más tarde. Todos los que estábamos allí nos apeamos en fila india. Una vez dentro del bus comencé a escuchar una vocecilla que me decía:—“¿y qué tal que eso te hubiera pasado a ti?”—. De inmediato por mis ojos comenzaron a pasar escenas muy espeluznantes. El incendio comenzaba abajo en el Bar de los Punks, o en el apartamento de mi hijo, (los tres vivíamos en el mismo edificio), por supuesto los vi gritando como locos: —¡Mamá, mamá! ¡Fuego, fuego!—. Mientras yo dormía como una piedra arrullada por los efectos del Laroxyl. Vi como las llamas devoraban todo, pero también vi cuando desperté sobresaltada y asfixiada por el humo. Una vez en pie, abrí la ventana y me dispuse a bajar colgada por una sabana o una cuerda, (al estilo película), pero pensé que el fuego devoraría inmediatamente la cuerda o la sabana. Tenía que buscar una solución y pronta, antes que mi cuerpo se dorara y chamuscara como un Kokoriko a punto de comer. Me pregunté cómo salvar mi pellejo, y como escapar de aquellas llamas infernales que comenzaban para ese entonces a montar hasta el cuarto piso. ¡No hay de otra! —Me dije—, ¡me tiraré por la ventana! De inmediato realicé que mi muerte sería desastrosa: ¡caería aplastada como una papilla y quebrada hasta el último de mis huesos! ¡No, la idea definitivamente no me gustaba! Sacudí mi cabeza buscando otra salida, ¡y esta sí que funcionó! Me vi bajando en los brazos de un apuesto bombero que había arriesgado su vida por mí…
El bus llegó a la estación del metro y ni cuenta me di. Recuerdo pasé las maquinas sonámbula como un cadáver ambulante y bajé abordar el tren. Mientras esperaba, saqué mi teléfono con el fin de anunciarles a mis hijos por medio de un texto la mala nueva. Al escribir mis manos temblaban, y de mis ojos no se borraban las imágenes de El Paraíso, o mejor dicho de lo que había quedado de la tienda. Neveras, estanterías, cables, botellas, latas, y comida, ¡todo reducido a cenizas! Dentro del tren pasé cuarenta minutos como todos los días. Las puertas de éste se abrían y cerraban con estrepito, mientras la gente subía y bajaba corriendo, y yo, no quitaba mis ojos del teléfono esperando una respuesta de mis hijos, como si fuera de vida o de muerte. —¡Nada! ¡ellos no decían nada, y esto me sacaba de quicio!—. Debo confesar que miraba sin cese el mensaje que les había escrito, pues ya comenzaba a dudar de lo que había visto…
El tren llegó por fin a la estación Iena (donde trabajo), al salir, busqué como todos los días la escalera eléctrica y me dispuse a ser vomitada por ésta en la calle. Ya estaba a punto de llegar a la salida del metro, cuando me di cuenta que la bota izquierda de mi pantalón estaba atascada en uno de los peldaños de la escalera. Me incliné y como pude jalé, y al hacerlo casi me caigo de bruces. Recuerdo sentí un frio que subió por todo mi cuerpo, y puso al instante mis pelos de punta. Luego sentí un calor como una hoguera que me consumía toda, toda. —¡No me perdonaba que el peldaño hubiera hecho un festín con mi bota!—… En ese instante, justo en ese instante que peleaba conmigo misma, sonó “el bip, bip” de mi teléfono anunciándome un mensaje de mis hijos. ¡Por fin! —Dije muy contrariada—, y sin mirar a ningún lado, comencé atravesar la Avenida del Presidente Wilson, y al hacerlo, mis manos manipulaban el teléfono mientras mis ojos devoraban la respuesta de mi hija…
Hoy, seis días más tarde y en el silencio de mi eterna morada, acompañada de mis diminutos amigos que se contraen al sentir la frescura de mi carne, solo recuerdo el ¡Piiiii! ¡Piiiii! ¡Piiiii! del camión…



Enhorabuena, transmites muy bien los sentimientos de la narradora. Te envío mi voto.
Maria Edith: veo que has publicado mucho en esta hermosa red; pero, amiga, tienes talento, pero, y perdona, falta un poco de atención a la ortografía y a la sintasis.
Son instrumentos muy importantes en las letras, sobretodo si queremos que sean bellas, pues de eso depende que seamos o no leídos.
Esto es sólo como un consejo de un amigo, un amigo que desea ver triunfar a una compañera.
Muchas gracias Antonio. Gracias Volivar por leerme, y por las sugerencias que me haces, las tendré en cuenta
Abrazos a los dos!
Me gustó mucho el cuento.
La tensión, la angustia, la incertidumbre están claramente expuestas en el relato.
Muy interesante.
Muchas gracias.
Richard
Gracias Richard por leerme, me encanta que te haya gustado el micuento
Abrazos!