Advertencia: esto es un relato erótico, por lo menos lo escribí en su día con esa intención, si lo conseguí o no eso ya es otra cuestión.
El final
Quiero reunirme con ella en el lugar del no retorno, volver a hundirme en los lagos de profundas aguas azules que eran sus ojos, estrecharla entre mis brazos mientras las largas guedejas de oro nos envuelven a los dos. Quiero volver a presionar sus labios con los míos, rememoro el sabor de su boca, a veces sabía a moras silvestres y otras a miel y leche como dice el Cantar de los Cantares. Besarla y olvidarme de todo…
Mis hijos y mis nietos bien podrían ser los de un extraño, en nada se parecen a mí y menos a ella. ¡Qué Dios y los dioses de mis antepasados los maldigan! Hace mucho que no voy a Coventry y tengo que hacer demasiado esfuerzo para recordar cuando recibí la última visita de un monje. El rey Eduardo nos llevará a la ruina, mi profetisa celta-sajona me lo reveló cuando yo todavía era un hombre joven y fuerte.
Me llamo Leofric, soy el conde de Mercia, mis viejos huesos han vivido demasiado, más de lo que quiero recordar. Fui un guerrero alto y fuerte, capaz de quebrar el cuello de un hombre con una mano pero hoy o soy más que un despojo humano aquejado de toda clase de achaques. Quizá fue mi impiedad la que me condenó a no encontrar la paz postrera en los campos de batalla en los que derramé mi sangre y la de mis enemigos.
Dicen que ella era casta y piadosa, ¡ dicen que yo la obligué a cabalgar desnuda a lomos de un caballo blanco porque me negaba a bajar los impuestos de Coventry! Nadie la ha conocido como yo, nunca la han comprendido pero ella y yo éramos uno. Si conociera aquello que los hombres llaman compasión ,la sentiría por aquellos que intentaron apartarla de mi lado con sus oraciones y su falsa piedad.
Despierto o dormido sólo la veo a ella, una chiquilla peinada con trenzas, con flores silvestres delicadamente entrelazadas entre las sedosas hebras y sonrisa pícara, olía a primavera; una dama cabalgando desnuda a lomos de un corcel de una blancura resplandeciente porque ella era mi amada Lady Godiva, mujer, esposa, diosa y hechicera de arrebatadora belleza; mi Godgyfu, la única verdad que ha habido en mi vida.
El reto.
Era el mes del Espino Blanco, el largo y crudo invierno ya había quedado atrás y en el castillo se celebró una cacería y un banquete para celebrar la llegada del buen tiempo. Contratamos a unos artistas ambulantes que cantaban, bailaban y hacían trucos de magia y más que comer nos embriagos con cuernos llenos de cerveza. Lady Godiva adornó ella misma la mesa con flores y sacó su mejor vajilla, sentada a mi lado contemplaba como nos comportábamos peor que las bestias, hombres y mujeres por igual, mientras permanecía en silencio pero aún así podía notar su furia; a los demás los podía engañar, a mí no. Cuando la situación se hizo insostenible para las muchachas que servían la mesa porque eran manoseadas por caballeros con las ropas manchadas de restos de comida y de bebida, las manos grasientas, ordenó que se retiraran.
-¿ Alguien de los aquí presentes, señores y señoras mías puede entender como nuestro anfitrión soporta la castidad de su esposa? Ninguna dama más casta ni hermosa como Lady Godiva, ¿ cómo podría compararme a ella?
-Lady Odelia, vos nunca habéis conocido lo que es la castidad, vuestro marido era cornudo antes de casarse con vos y lo sigue siendo- Cerdic rió y bebió un trago largo de cerveza- Siempre pensé que Godgyfu sería para mí pero este cabrón de Leofric se me adelantó, ¡sois un perro mi querido amigo!
Lady Godiva no probó la carne, todo aquello le daba náuseas; el bardo entonó canciones obscenas que fueron coreadas por los caballeros y las damas. Le dio un pedazo de carne al mastín negro como una noche en el Erebo que la acompañaba a todas partes, el suelo del salón daba asco, estaba lleno de desperdicios que los perros devoraban con más modales que los humanos. Reí porque me sentía alegre y elevé mi cuerno para brindar por Lady Godiva derramando la mitad de la cerveza. La ira ardía en los ojos azules de mi esposa, quizá los demás la tendrían por una piadosa dama sajona pero yo la conocía.
-¿ Cómo puedo complaceros?- le pregunté en voz alta, después de ordenar que se hiciera el silencio.
Se escucharon risas y comentarios obscenos en voz baja.
-¡Silencio!- mi voz retumbó como el trueno en el salón- Godgyfu mía, decidme como puedo complaceros.
-Leofric, comportaos como un caballero y no como un cerdo y me sentiré satisfecha.
-¿Tan sólo eso…?
Ella tenía la cabeza gacha, el cabello recogido en una larga trenza que le caía sobre un hombro y e perdía por su regazo. Miré la blanca y esbelta línea de su cuello y me dije que no había ninguna mujer más hermosa.
-Deseo que bajéis los impuestos de los ciudadanos de Coventry.
-¡Eso es imposible y de sobre lo sabéis, esposa!
La risa de Lady Wilda resonó en el salón, la dama era una de las grandes confidentes de Lady Godiva.
-Pedidme lo que queráis- le dije a mi esposa- Alhajas. Tierras. Lo que sea.
-Bajad los impuestos de los ciudadanos de Coventry- repitió ella.
-Solo bajaría los impuestos si vos, esposa mía, cabalgaseis desnuda hasta el centro de la plaza de Coventry!Lo juro ante Dios!
-¿ Queréis que me exhiba públicamente? Damas y caballeros, sois testigos de las palabras de mi esposo y de su juramento, ¡ yo, lady Godiva, cabalgaré desnuda hasta el centro de Coventry dentro de siete días!
El Principio
Cuando entré en la alcoba apenas iluminada por la llama vacilante de las velas me encontré con Lady Godiva ataviada todavía con la túnica nupcial, sentada en una silla de alto respaldo con una expresión pensativa y preocupada en su bello rostro. Hinqué una rodilla en el suelo y le besé la mano en señal de pleitesía. Godgyfu hizo un gesto para que me apartase.
-Deseo ver a mi esposo, poneos de pie en el centro de la habitación- me ordenó.
Obedecí. Lady Godiva me contempló con aquellos enormes ojos celestes que tenía y yo recé porque se sintiera complacida.
-Dicen que soy un hombre atractivo- comenté de forma casual pero ella no se rió ni tampoco esbozó ninguna sonrisa.
-Leofric, esposo, quitaos la ropa. Quiero contemplaros desnudo- cuando Godiva hizo esa petición estaba mirando al suelo pero yo cumplí su orden y permanecí desnudo esperando su mirada de aprobación y de admiración. Era mi esposa. Quería arrojarme sobre ella pero conseguí permanecer inmóvil tan excitado y duro como un semental en celo, como una estatua de mármol de un dios pagano y, aunque no hacía excesivo calor en la estancia, empecé a sudar.
Lady Godiva no me miraba, tampoco se movía, recordé que había recibido una estricta educación y maldije mi estupidez en silencio. Entonces me atravesó con una mirada que era inocente y antigua a un mismo tiempo, una mirada que me hizo estremecer y que me estrujó el corazón como si la mano de ella se hubiera abierto paso entre los músculos y huesos de mi pecho y lo hubiera tomado….
-¿ Os complace lo que veis. esposa mía? - inquirí despreocupadamente.
Godiva se incorporó y se acercó a mí, era una mujer alta pero aún así yo le sacaba cabeza y media. Extendió la mano derecha y me tocó el antebrazo izquierdo con la yema de los dedos, una caricia sutil, fugaz.
-Decidme esposo mío, ¿ me rodearéis con estos brazos tan fuertes en un cálido e interminable abrazo?
Con un dedo recorrió lentamente mi extremidad.
-Sí- asentí con un auto control que no sentía .
-Eso me complace, mi señor- dijo.
Jugueteó con el vello que cubría mi pecho mientras gruesas gotas de sudor resbalaban lentamente por mi frente pero ella parecía no darse cuenta. Y yo… sólo pensaba en desgarrar su vestido y…
-¿ Podré apoyar mi cabeza en la llanura de vuestro pecho y escuchar los latidos de vuestro corazón?
-Sí- volví a asentir.
Me acarició el rostro con la yema de los dedos, un roce más suave que el de las alas de una mariposa pero hacía días que no me afeitaba y maldije en silencio mi olvido y el de mi escudero. Recorrió la línea cuadrada de mi mandíbula y luego posó un dedo sobre mis labios..
-Esposo…¿ Podré escuchar sabias palabras e interesantes historias pronunciadas por vuestros labios? ¿ Me deleitaréis con vuestra conversación? ¿Me besaréis hasta dejarme sin aliento?
-Sí, esposa mía, señora mía- me limité a asentir de nuevo pensando que ella se había propuesto enloquecerme y que lo iba a conseguir. ¿ No era la mujer la que había cometido el Pecado Original?Así era como lo enseñaba la iglesia y Lady Godiva tenía fama de ser una dama de gran piedad aunque empezaba a sospechar que bajo su aspecto inocente había mucho más de lo que se mostraba. Y yo iba a averiguarlo, quería arrancar los velos de su misterio.
Los mirada de Godgyfu descendió hasta mi verga, parpadeó, se mordió el carnoso labio inferior y supe que no se atrevería a tocarme porque ella era una novicia inocente. El tiempo se hizo eterno mientras yo seguía sudando y haciendo uso de toda mi voluntad para no arrojarme sobre ella como una bestia surgida de las profundidades del Inframundo. Lo imposible sucedió, mi Godfygu cerró su mano sobre mi miembro erecto… y lo soltó en el acto como si se hubiera quemado con un hierro candente en la fragua del herrero.
-Godgyfu…
Curiosa, ella la volvió a tocar, esta vez con un pulso más firme, comprobando su textura. Sonrió.
-¿Os habéis propuesto matarme, mi amada esposa?
-Sólo siento curiosidad- respondió ella y me acarició el glande con el pulgar… oh, sí,definitivamente Lady Godiva quería matarme o volverme loco o tal vez ambas cosas- ayudadme a quitarme estos ropajes porque puedo suponer que vos también deseáis contemplarme sin ellos, es lo justo
-Nada me complacería más, Lady Godiva… sois una mujer fuera de lo común.
Me eché a reír porque estaba seguro de que me había casado con una inocente y cohibida dama sajona cuando en realidad era una diosa celta totalmente pagana. Si, en mi Godgyfu la sangre galesa de sus antepasados era más fuerte; era más celta que sajona, como la terrible y mítica reina Boadicea que había puesto en jaque a las legiones romanas durante años, era una sacerdotisa instantes antes de realizar un rito, de someterse en sacrificio a los dioses del amor y de la fertilidad. Era Blodeuwedd coronada de flores blancas… era mi esposa, mi Lady Godiva y yo la deseaba como nunca había deseado a ninguna mujer antes que ella. Desnuda para mí y sólo para mí…
La besé. No fue un beso tierno ni contenido, el tipo de beso que un hombre da a su amante menos experimentada, si no rudo, posesivo y avasallador. Invadí su cavidad con mi lengua y saqueé a conciencia cada rincón, sólo quería beber de ella, intoxicarme de ella. La atraje hacia mi cuerpo sin dejar de besarla, ansioso de sentir su piel suave contra la mía, que sus senos se aplastasen contra mi torso y que sintiera la dureza de mi masculinidad. La besé una y otra vez hasta que me consideré lo suficiente pero no totalmente saciado de ella.
Las mejillas de Godgyfu estaban encarnadas, tenía los ojos brillantes y temblaba, ¡ la había asustado! No era más que un torpe bruto. Le acaricié el rostro con los nudillos de mis dedos, era una mujer de increíble belleza.
-Lamento haberos asustado, he pasado demasiado tiempo en el campo de batalla- y en compañía de las rameras, pensé-
-No me habéis asustado, Leofric- sus brazos rodearon mi cuello- pero exijo conocer el motivo por el que habéis dejado de besarme.
-Godgyfu, mi Godgyfu, hay otros lugares de vuestro cuerpo que quiero adorar…
Caímos sobre el lecho enredados en un abrazo íntimo y en su larga y pesada cabellera dorada; Lady Godiva se hallaba dotada de una innegable sensualidad, devolvía con pasión cada ósculo que yo le regalaba, cada caricia; me abrazaba, me exploraba y yo sentía su aliento cálido y su risa. Ninguna de mis amantes se había reído pero ella… era diferente. Tocó mis antiguas cicatrices de guerra.
-Estuvisteis a punto de morir- susurró.
-Soy un caballero, un guerrero, cuando mi rey me lo ordena quito la vida de otros hombres y ellos me pueden arrebatar la mía- acaricié uno de sus pechos- no os preocupéis dulce Godgyfu, no pensemos en la guerra ni en la muerte, gocemos el uno del otro.
Pero ella me tiró del pelo que entonces lo llevaba largo y que era de un tono más claro que el suyo y me obligó a mirarla a los ojos, tan azules, tan profundos que uno podía sentir que se hundía en ellos por toda la eternidad
-Escuchadme Leofric: no moriréis en el campo de batalla, vuestra vida me pertenece- y luego añadió algo que no puede comprender en lengua de Cimri, un ensalmo, un encantamiento de hechicera celta que no haría ninguna buena mujer cristiana.
Yo estaba ebrio de ella, me embriagaba su aroma, el tacto de su piel, sólo pensaba en acariciarla, en saborear cada parte de su cuerpo joven. Sus largos cabellos dorados me ataban a ella como cintas de seda
-Soy vuestro, sí- respondí- permitidme amaros, lady Godiva, esta noche, todas las noches, toda la vida.
Le susurré al oído palabras de amor, palabras obscenas que avivaron la llama de su deseo y toqué su sexo con mis dedos, cuando se abrió para mí me hundí en ella sin piedad. Dentro de ella. Era como haber caído en la rueda de la eternidad, como si todo el universo, toda la vida se hubieran condensado en aquel momento, en nuestros cuerpos cubiertos de una fina capa de sudor. El tiempo había dejado de tener sentido en algún momento de la noche, sólo existía el ahora, no había ni pasado ni futuro; sólo eternidad, sí, la eternidad estaba en Godfygu, con ella, en aquel goce insoportable.
Me deslicé dentro de su cuerpo suavemente. Más fuerte. Despacio. Tenía que comprobar en su rostro arrebolado que era lo que le agradaba más, lo que le causaba delirio de placer pero mi diosa pagana se adaptaba a todo como el agua al recipiente que la contiene. Me rodeó el cuello con los brazos y me besó con una pasión y urgencia que igualaban a las mías. Finalmente caí rendido sobre ella.
Godiva.
Ella elige uno de los caballos preferidos de su esposo, el conde de Mercia, el animal es blanco como la nieve y posee una musculatura poderosa. Sonríe para si misma, monta a horcajadas y deja caer el manto bermellón que la cubre mostrando su desnudez ante los sirvientes que agachan la cabeza porque la aprecian pues es ella quien cura sus enfermedades con sus pociones de hierbas y los hombres de sus esposo que la observan con aparente frialdad. Entre ellos van varias damas y un sacerdote que se persigna y arenga contra el pecado de la carne y el sacrificio de Lady Godiva.
A ella todo le da igual, excepto la sensación de poder y de libertad que la embriaga. Realmente los otros poco pueden ver de su desnudez porque su caballera dorada es tan larga y espesa que la cubre como si fuera un manto y resplandece como el oro bajo el brillante y cálido sol de Mayo.. Coventry no se encuentra lejos pero no le importa. Hace avanzar al equino al trote, sus pechos todavía más generosos tras su reciente maternidad se balancean siguiendo el ritmo marcado por el animal, el aire fresco hace que sus pezones se pongan erectos y duros y juega con las guedejas de oro de sus cabellos, escondiéndolos o mostrándolos, como si de un espíritu travieso se tratase.
Siente que todo su cuerpo es extremadamente sensible, desde los delicados pies hasta la cabeza, un calor cosquilleante sube por sus muslos blancos hasta su vientre y desciende desde sus pechos siguiendo los senderos invisibles trazados por los labios y las manos de Leofric. Las imágenes eróticas se suceden en su mente, siempre Leofric y ella, no las encierra si no que las deja libres como se siente en esos momentos, libre, cálida y poderosa; es consciente de la fuerza, del poder del animal que tiene entre sus piernas, una humedad meliflua se desliza desde el centro de su cuerpo.
Ya no es Lady Godiva, es Rhiannon, la Gran Reina, una poderosa deidad de tiempos pretéritos…
En Coventry ella aparta su cabello de sus pechos y de su vientre para que la puedan observar a placer y lo hacen claro que lo hacen aunque con el tiempo la leyenda diga que todos los ciudadanos excepto uno apartaron la vista temerosos y avergonzados. Y, al mismo tiempo, obrando la magia que sólo ella conoce se las arregla para parecer casta e inocente. ¿ Quién es Godfygu si no una hechicera o una diosa ancestral?
En el centro de la plaza la aguarda Leofric con las autoridades de Coventry, el conde ha perdido el reto desde el mismo momento en que lo pronunció. Arde de celos y aún así no puede dejar de admirar el valor o la locura de su esposa, él mismo, como todos y cada uno de los presentes se queda fascinado por su belleza mientras Lady Godiva desmonta del corcel blanco y avanza hacia él cubierta tan sólo por sus cabellos, los niños y las muchachas han arrojado pétalos de flores sobre el suelo y ella camina sobre una fragante alfombra multicolor… ha vencido. Leofric va a su encuentro y ella se arrodilla ante él.
-Mi esposa, Lady Godiva ha cumplido con su parte del trato, yo cumpliré con la mía.
La hace levantarse y cubre su desnudez con su propia capa negra, ella se siente agotada y la tiene que sostener mientras sólo piensa en cabalgar con ella hasta el castillo porque Godgyfu es una enfermedad del alma, la única dueña de su corazón.
***
Algunas aclaraciones.
Este relato es una interpretación personal sobre la leyenda de Lady Godiva dama sajona del siglo XI.. .si es realmente un personaje histórico o una leyenda surgida de los antiguos mitos de las Grandes Diosas Madres, como Rhiannon que solía aparecer montada en un caballo blanco lo dejo a vuestra elección.
Los nombres de Godiva y de Godgyfu son los mismos sólo que el segundo es el nombre sajón mientras que el primero está latinizado.
El rey Eduardo que Leofric nombra al principio es Eduardo el Confesor que falleció sin descendencia. En el año 1066 Guillermo el Conquistador, duque de Normandía que tenía derechos sobre el trono inglés venció al último rey sajón, Haroldo en Hastings, el 14 de Octubre de ese año en el que una nueva era comenzó para Inglaterra.




Brillante interpretación de la leyenda.
Muy sensual. Gran descripición de la época. Una prosa magnifica.
Algunos detalles ortográficos pero que no empañan el buen trabajo que nos has brindado.
Un beso y un voto.
Muchas gracias por tu comentario, Richard. Tengo la costumbre de escribir en un cuaderno y cuando paso mis relatos al ordenador, escribo a toda prisa y no siempre me paro a corregir los errores tipográficos, así que siempre se me cuela alguno.
Eresh: un relato de gran sensualidad. Me gustó muchísimo. Si corrigieras ortografía y puntuación, quedaría perfecto. Hacelo!! Mi voto
Muchísimas gracias. Lidyfeliz, la leyenda de Lady Godiva siempre me ha fascinado. Sobre los errores tipográficos, desde luego que tengo que corregirlos, como le comenté a Richard, suelo escribir en un cuaderno y cuando los paso al ordenador siempre acabo cometiendo errores por las prisas… no es bueno correr tanto.
Besos
Me ha encantado.
Un beso y voto
Muchísimas gracias, Diadenes . Besotes
Genial, amiga mía. Y tanto que conseguiste tu propósito, un erótico con ese estilo tuyo tan único.
Besos miles y mi voto.
Ereshkigal: qué relato tan bonito; describes la sensualidad con entusiasmo, y sin hundirla en el lodo; todo lo contrario, la enalteces. Felicidades.Mi voto
Volivar