Actúan: Fraire, Foucault, algunos simbolistas, una marsopa marina al final, y una pera.
Juan Luis Fraire Carranza es quizá el poeta más grande del fin del siglo XX, lástima que un día cualquiera desapareció sin dejar más que un puñado de papelitos que nadie se molestó en conservar.
Es el único escritor que conocí en mi juventud –confesión que no alaga a nadie-, llegué a admirarle de manera pueril casi patológica. Percibía en él una extraña condición de autenticismo, quiero decir que las poses y los clichés en él lucían originales, como una habilidad casi imposible de hallar en un poeta simbolista, pero Fraire no era un poeta simbolista, era más bien auténtico maldito, un tal vez iluminado con una lámpara de negrra luz.
Nada me queda de su obra (ni un papel, un verso), los pocos escritos que conservaba los quemé por necesidad en una fogata a mitad del desierto del Catorce, luego de haberme zampado dos docenas de peyotes y una sopa Maruchan. Quemé todo con el pavor de que jamás pudiera sacarme sus textos de la cabeza y tuviera que cargarlos para siempre a todas mis mudanzas. Me aterraba la idea de terminar tan obsesionado que tal vez algún día, a mitad del sueño, me detuviera en seco y saliera corriendo al cajón, sólo para revisar que los manuscritos siguieran ahí.
Quienes le conocimos, veíamos con pánico que jamás hiciera una copia de sus manuscritos, o que los guardara en la bolsa de la camisa, para luego liar con ellos sendos cigarrillos de marihuana.
Una vez me atreví a preguntarle por qué no guardaba sus poemas:
- Sólo escribo para los dioses o para los muertos; los dioses y los muertos no necesitan leer – me dijo. Nunca entendí la sentencia, y él jamás se molestó en aclararla.
Para Fraire siempre fui un jovencito avispado y bondadoso, lleno de luz adolescente, alterado por la buena conciencia de que algún día, no sabría cómo ni con qué pretexto, escribiría algunos poemas domésticos, escritos para un público saludable, de tipo que lee a Cortázar con satisfacción y que se siente culpable por arrojar la orillita del pan blanco a la basura
En realidad Fraire se equivocaba: yo no era ni avispado ni bondadoso, simplemente disfrutaba fingir que era feliz; me causaba mucho placer tal perversión… ya había muchos idiotas fingiendo saudades y melancolías de pacotilla, con sus lentes negros y sus miradas lánguidas que no convencían a nadie. No, yo prefería fingir que era feliz.
De Fraire me quedaron sus frases violentas y certeras… solía decirme que la literatura era como una mujer, una mujer que…
“…para violarla sin hacerle daño, hay que amarla mucho, y sobre todo, conocerla primero”… también me impresionaba su conocimiento sobre corrientes y personajes casi desconocidos; su habilidad para estar actualizado en torno a escritores que aun no llegaban a las librerías. La manera en que hablada de sus obras y sus vidas como si fueran grandes amigos que no ha visto en años. Nunca pude resolver cómo es qué sabía todas esas cosas en una generación sin internet, en una urbanidad sin bibliotecas, en una adolescencia tan estúpida como la nuestra.
Pero lo que mas me intrigaba era que Fraire jamás leía: siempre estaba hurgando entre los libros, los abría al azar, los hojeaba, pero nunca lo vi sumergido en una la lectura; y aún cuando leyera a profundidad ¿qué podría haber entendido? siempre estaba borracho o drogado, fumando en el jardín o correteando lagartijas.
En aquel tiempo era común verlo llegar a la cafetería con una gigantesca Remington de veinte kilos. Era viejísima. Tomaba por asalto la mesa del centro y comenzaba a teclear como una prueba de velocidad. Escribía todo lo que veía: las conversaciones de la gente, los gritos del conserje, los ladridos de un perro, un suspiro… Escribía de forma desenfrenada, aporreando las teclas como un niño que de sacarle algún ruido a un piano.
Para evitar el engorroso cambio de hojas, hizo un gigantesco rollo de papel continuo, como habría hecho Kerouak cuando escribió su patético y aburridísimo On the Road.
No recuerdo por qué comencé a hablar de Fraire, quizá porque hace unos días Izak H3 me regaló una copia de la revista que hicimos hace dieciséis años, y porque ahí encontré algunos de sus versos. Quizá también lo recuerdo porque en los últimos días me he tropezado –sí, tropezado- con la palabra “simbólico”, en todas sus formas: Símbolo, simbolismo, simbolista. Incluso creo haber escuchado que alguien pronunció en la radio la palabra “simbologizante”
- El poema está simbologizante – puta madre, suena como que el poema ha sido atacado por una enfermedad incurable.
Nunca he sido afecto a los simbolismos: estar aquí -quiero decir-, el estar como un acto del ser -quiero decir-, la sensación de existencia -quiero decir-, todo este asunto de estar vivo -quiero decir- me parece un símbolo ya demasiado indescifrable, como para alimentar aun más la incertidumbre.
Quiero decir que soy incapaz de emitir un juicio ecuánime sobre un texto simbólico, de hecho, dudo que alguien pueda hacerlo ¿cómo podría? al final del camino, cualquier interpretación no es más que una de las millones de interpretaciones que pululan en el aire, y siempre tengo la impresión de que mi interpretación es la peor de todas.
Cuando me encuentro frente a una creación simbolista, termino recordando sin remedio la siguiente historia:
Un famoso pintor simbolista, cansado de ser simbolista, decidió pintar una hermosa pera. La pintó sobre un lienzo regular; con una textura de relieve esponjoso, y un verde tan claro y tan real que se antojaba morderla.
Cuando La Pera se presentó en galerías, los críticos –acostumbrados al estilo simbólico del pintor- quedaron apabullados, se miraban unos a otros, levantaban al extremo sus cejas rubicundas, otros estaban sumidos en la completa inopia. No entendía por qué carajos una autoridad del simbolismo como lo era el pintor, había pintado una pera tan real y deliciosa. Sin embargo, la crítica decidió ocultar su ignorancia.
Cuando uno de los periodistas se acercó al crítico de mayor autoridad, éste aseguró que el cuadro reflejaba sin duda un ejercicio de emancipación –obviamente simbólica- de las relaciones histórico-político-sociales de la mujer. Luego de esa respuesta, otros críticos se animaron a opinar: algunos vieron en La Pera un intrincado acertijo relacionado con los prolegómenos diseminados del arte. Otros vieron a Dios.
Un crítico catalán se decía convencido de que al sincretizar la biblia de los eusqueras septentrionales con el castellano bárbaro, se obtenía un extraño versículo que aseguraba –simbólicamente, claro- que la fruta prohibida de la biblia era una pera.
Hubo algunos arriesgados que, tras meses de observación, publicaron un ensayo donde sostenían que La Pera imbricaba con suaves metáforas los conceptos de ley y sexualidad impuestos por Foucault en los setenta (el ensayo se publicó en la revista Le Simbolik, con una foto del calvo pensador en la portada, vestido de verde y con la cabeza en forma de pera).
Sin embargo, uno de los periodistas hizo algo que a nadie -ni siquiera a los críticos- se le había ocurrido hacer antes: preguntar al pintor el significado de La Pera.
El pintor dijo:
- Pinté una pera porque tenía antojó de una pera.
Los críticos enfurecieron y rechazaron su declaración. Sabían que el pintor estaba escondiendo en esa lacónica respuesta un subjetivísimo simbolismo de primera nota. Para sustentar sus dichos, acudieron a grandes autoridades de la psicolingüistica que aceptaron el reto de descifrar el símbolo oculto en la frase “Pinté una pera porque tenía antojó de una pera”
Los sesudos psicolingüistas, discípulos de Sassure y Trubeskoy, determinaron que la reiteración de la palabra “pera” en la respuesta del pintor era la afirmación preconciente de que una de las múltiples interpretaciones de los críticos era correcta.
Entusiasmados con la idea, críticos y periodistas presionaron al pintor para que diera otra respuesta. El pintor volvió a decir, con más laconía que antes.
- Pinté una pera porque quería comer una pera.
Los críticos descubrieron que el pintor había cambiado sustancialmente su respuesta: en esta ocasión ya no dijo tener “antojo de una pera” sino que “quería comer una pera” es decir, había pasado del antojo (sensación – sospecha – volición) a un “querer comer una pera” como cosa sustancial harto objetiva.
Los psicolingüistas confirmaron las sospechas de los críticos, y los críticos se sintieron cada vez más cerca la verdad, luego calcularon que dicha verdad no la obtendrían de la boca del pintor, que además de ser un afamado artista de la plástica simbólica, destacaba por su erudición en torno a dicha corriente.
La carrera por descifrar La Pera, convertida ya en una de las obras más peculiares de este gran artista, hizo que los propios críticos se enemistaran entre ellos y se agudizaran las pugnas: buscaban a toda costa difamar la interpretación simbólica del colega de al lado, sumirla en el escarnio, la burla y la estulticia. Fue así como las críticas ente los críticos se volvieron carniceras y disímbolas. El temor no era infundado: en cuanto el pintor accediera a reconocer que alguna de las críticas era la efectiva, el resto de críticos quedaría hechos unos imbéciles, por eso cada crítico se veía obligado a sostener y justificar su interpretación a cualquier costo.
(Cualquier semejanza entre estos críticos y los críticos de poesía mexicana es mera y subrepticia circunstancia)
Uno de los críticos tomó ventaja: en lugar de crear su propia interpretación de La Pera, dedicó varias jornadas a recabar en silencio toda la información de los demás críticos. Procesó toda esa información y la ajustó de manera que pareciera que los argumentos de los demás colegas se basaban en el suyo. Durante meses se mantuvo escondido, trabajando en su libro de interpretaciones periles. Incluso los colegas lo miraba con lástima al creer que había renunciado a continuar en lo que terminaron por denominar “El proyecto de La Pera” o simplemente “The Pera Project”.
Cuál fue la sorpresa de estos críticos cuando recibieron una invitación de este crítico para asistir a la presentación de su libro “Claves de la Pera”.
El libro se volvió un best seller y estuvo varias semanas compartiendo la estantería con otros libros que buscaban descifrar el libro de un escritor de apellido Brown.
Enfurecidos hasta la locura, los críticos asistieron a la presentación del libro. Ahí estaba también el pintor, que fue literalmente arrollado por los periodistas que se morían por saber qué opinaba del libro “Claves de la Pera”
El pintor dijo.
- No lo sé, no lo he leído – los críticos no le creyeron, sabían que de nuevo estaba haciendo uso de su autoridad de simbolista. Determinaron que la frase, al contener dos negaciones (NO lo sé, NO lo he leído) buscaban en esa doble negativa una afirmación. Elevaron la respuesta a su forma algebraica, la subatomizaron y la desvectorizaron hasta concluir que dos NO se pueden eliminar, y también que dos NO, como signo negativo, podía darles un SI.
Los críticos optaron por la eliminación de signos negativos, finalmente cambiaron la eliminación a la suma de ambos NO, para obtener un SI.
Contentos por estas resoluciones, asumieron que el pintor Sí había leído el libro y que Sí había usado las dos negativas para rechazar las interpretaciones del crítico simbolista que ya se había autoproclamado autoridad en la interpretación de La Pera.
Esto ahorraba mucho trabajo en las investigaciones de los críticos; ahora sólo tenían que leer el libro a profundidad, utilizar como matrices de operación el proceso histórico-artístico del pintor, y así obtener un mapa de interpretación para determinar qué páginas del libro le habían gustado al pintor y cuales habría rechazado.
Pocas semanas después, sospechosamente, el crítico autor del best seller “Claves de la Pera” murió atropellado, y entonces… no recuerdo qué pasó entonces; quizá una marsopa marina llegó y se comió a los demás críticos y al pintor y a la jodida pera…….Y todo se lo llevó la puta chingada……………………………….tengo hambre.


Jajajaja!
Tan divertido como absurdo.
“…tengo hambre.”
Un abrazo, Fárrago.
Luna
Cierto Luna, a veces escribir da hambre.
Alba, no entendí mucho lo de las sentencias para la posteridad (soy algo obsesivo con eso) ubicar cuáles son.
Anaura, me alegra que alegra que te haya alegrado el día.
A todos muchas gracias por leer y comentar.
jajajaj me encantó el final, es fantástico!!!!
Andaba yo alucinada con la cantidad de sentencias para la posteridad, que en boca de otros y en la tuya propia has escrito en este relato, y de repente ese final me ha descolocado. Como me gustó, disfruté mucho.
P.D. Me hubiera gustado que el pintor contestara: Si quieres que te lo diga, es pera. : ).
Me encanta! Que manera divertida de empezar el dia, leyendo esto…una bonita carta de amor a la critica… Espero leerte mas.
Muy bueno, eres bueno, tienes mucho oficio. En algún punto me hizo acordar a Los Detectives Salvajes de Bolanio, un abrazo!
Gracias Nicolás. Confieso con no poca vergüenza que no he terminado ese libro de Bolaño, aunque todavía recuerdo algunos pasajes que me parecieron muy buenos. El viernes pasado en la ciudad de México hicieron un homenaje a Santiago Papasquiaro, aquel poeta cofundador de los Infrarrealistas que sirviera de modelo a Bolaño para el personaje de Ulises Lima.
No soy partidario del infrarrealismo, no entiendo qué propone, pero llama mi atención que Bolaño le haya dedicado tantas páginas en su novela.
Un abrazo y gracias por leer.
(acabo der enterarme cómo funciona esto de enviar comentarios, es divertido)
me ha gustado mucho…gracias por nutrirnos,espero que haya más frutas pronto.
Vaivén e intensidad; tensión y ligereza; prosa menuda que conduce la lectura, ánimo que conduce al ánimo; erudición desgarbada como desgarbado el traje con que anda la narración: no todos los relatos andan, y este hasta se viste.
Gracias por hacer literatura.
Aparte: no encuentro ningún atisbo a Los detectives salvajes de bolañito, ni celebro la condescendencia con que aceptas que algunos pasajes te parecieron muy buenos. No obstante, sí tengo porque celebrar y, por supuesto brindar: vuestro humor, síntoma [para no decir característica] indefectible de una inteligencia sana.
Mi admiración: puede intuirse el derrotero de las narraciones que andan.
Salud!
Gracias Dumal. El texto -como se puede apreciar- no busca otra cosa que ejercitar el brazo. Un boxeo de sombra que no pierda el ritmo. Me alegra que la erudición no alcance cotas más arriba del desgarbo, que esa era la intención inicial: un efecto sintético, casi paródico (que no patético); como esas sabrosas peras de plástico que en el frutero incitan al paladar, y que aùn sabiendo que son mera ornamentación no dejan de antojarnos.
Yo tampoco encuentro relación con Bolaño, aunque sí hay pasajes que me parecieron muy buenos, sobre todo aquellos donde los viserales no dejan de cacarear su intelectualidad, su pose descafeinada… son como esos chistes malos que de tan malos terminan por hacernos reír, o como esos cliché que de tanto repetirse terminan por volverse originales.
Agradezco enormemente el interés y el tiempo brindado, y espero que en futuros textos pueda contar con sus agudos comentarios.
Muy buena, me encantan tus escritos!
Muchas gracias, saludos.
Fárrago: tu Historia de la pera simbolista; es un excelente texto, ilustrado atinadamente con nombres de famosos escritores y personales ilustres…
Expresiones de alto vuelo, y esto merece las felicitaciones de tus lectores.
Sin embargo, amigo, el cuento es otra cosa: es una narración en la que impera la sencillez, la espontaneidad, lo inteligible; por allí lo he expresado: Antón Chejov hacía un cuento excelente de cualquier hecho de la vida ordinaria, y no ilustraba el texto con expresiones excelsas… era sencillo, claro, llevaba al lector por el camino de la cotidianidad más humilde, pero haciendo conciencia de lo bello o atroz del hecho que narraba.
Atentamente
Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Volivar, gracias por tus comentarios. Coincido contigo en torno a que la sencillez debe predominar en el cuento por encima de los retruécanos estilísticos; de hecho, Historia de la Pera… intenta una crítica contra la exhaustiva búsqueda de mensajes raros y ocultos que los críticos tratan de encontrar a toda costa en las obras. La idea surgió de un libro de ensayo donde el autor -un español, no recuerdo su nombre- asegura que Pedro Páramo está escrito en sesudas “claves” y que la verdadera novela es una excelsa y rubicunda lista de mensajes ocultos sobre la historia de México y el perfil sociológico de los mexicanos, mensajes que Rulfo urdió al más puro estilo Dan Brown para dejar constancia de su conocimiento antropolófico… el ensayo llega a rayar en lo paranoico, (ojalá algún día te lo pueda compartir, sólo como referencia) ni siquiera terminé de leer dicho ensayo, pero me dio pie a escribir esta parodia de la crítica, y como tu bien sabes, entre los elementos de la parodia destaca la exageración, de ahí que el texto se mantenga en un estilo culteranista.
Gracias por leer.