En uno de esos mediodías que resultan abundantemente soporíferos y en los cuales la ropa se torna en una segunda piel, abordé muy a mi pesar, el expreso ejecutivo que me llevaría de regreso a mi anárquica, pero querida ciudad de Caracas. Justo en el asiento delantero se acomodaron mi esposa y mi hijo, también agobiados por el calor reinante.
El bus cual moderno horno microondas nos cocinaba, gracias a su inefectivo sistema de aire acondicionado, que se encargaba de repartir el calor en forma equitativa, a todo lo largo y ancho de la unidad. Me resigné ante la realidad y decidí pasar mis manos sudorosas por un libro que había llevado en mi equipaje, a fin de tornar entretenido el viaje de retorno. Tras leer unas pocas páginas, noté que en el asiento de al lado se había sentado un niño con una botella de agua, de la cual bebía en pequeños sorbos con cara de aburrimiento. Lo observé y el niño a su vez me miró; como si ya estuviera acostumbrado a entablar conversaciones con extraños, me espetó:
- Hola soy Wilson
- Me llamo Henry – le solté a mi vez
- Tengo ocho años
- Ahh, está bien- le dije con cierta apatía
Tras una metralla de preguntas de todo calibre, el sueño acudió a socorrerme y se apoderó de él de forma casi inmediata, respiré aliviado; porque ya había terminado el paredón ante el cual me había encontrado minutos antes, musité una extraña jerigonza ante el hecho y a pesar de que me agradan los niños, vi esto como una señal divina, que me mostraba el camino de un merecido descanso. El cansancio visual que ya traía; producto de la lectura con la luz mortecina que se desprendía del techo, me indujo a entrar en un pesado sueño, que solo concluyó a solo unos metros antes de llegar al terminal de destino.
Al tratar de incorporarme noté que el asiento de tela estaba mojado, giré la cabeza buscando la botella de agua del niño que aún dormía y solté:
- Este coñito se le derramó el agua de su botella y ha mojado todo mi asiento
Salí como pude, tratando de llegar con mi esposa y mi hijo rápidamente al sitio donde aparcaban los autobuses, y así poder tomar las escaleras para subir y luego bajar la rampa que conducía a la salida, en eso escuché una voz a lo lejos que gritaba:
- Taxi, taxi- dijo el desconocido con voz gangosa y estropeada quizás por el alcohol
Acercándome a él, le pregunté:
- Por cuanto me llevas al Palacio - dije, con voz azarosa.
- Son cuarenta mil de los viejos, cuarenta de los fuertes - soltó con un dejo de pillo enmascarado.
- Ok, - le dije.
Tras recorrer el camino a casa, pensé que al llegar descansaría por unas cuantas horas, a fin de recuperar mi cuerpo magullado por ese corto, pero carbonizante viaje. Tras dar unas cuantas vueltas por atajos para mi, innecesarios, llegamos a las inmediaciones de mi hogar. Al momento de abrir la billetera para cancelar la “carrerita”, saqué el dinero, le pagué lo acordado al chofer y cuando me disponía a secarme el sudor de la frente, con el pañuelo que guardaba en el bolsillo trasero de mi jean, un olor a amoniaco que salía de este y la extraña humedad que tenía, me hizo pensar en la botella de agua de mi pequeño compañero de viaje. Recordé entonces que la había bebido sorbo a sorbo, y que ese olor peculiar no provenía precisamente de la botella, mirando a mis acompañantes con cara de desconcierto, solo atiné a decir:
-Hola soy Wilson



Hegoz, gracias por compartirnos tus experiencias en ese autobús qe te llevó a tu ciudad, Caracas.
Por cierto, dices que es caótica, y pienso:¿Hegoz estará refiriéndose a alguna -ciudad- de la república mexicana?
Volivar
Buen Relato, gracias por compartir. Saludos.