Hundidos y salvados
6 de Junio, 2012 6
7
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

“Son ratas, sólo ratas” pensaba mientras recogía las evidencias de su crimen. El fuerte olor a carne quemada se colaba en su sistema impidiéndole pensar con claridad; las lágrimas se derramaban silenciosas marcando el rastro en sus sucias mejillas.

El escenario a su alrededor le parecía tan irreal que aún tenía la débil esperanza de que todo fuera una pesadilla de la cual despertaría de un momento a otro. Se rehusaba a aceptar que atrás habían quedado los días de paz en los cuales la palabra muerte ni siquiera figuraba en su diccionario.

— ¡Más rápido, más rápido! —La gruesa voz del general lo sacó de golpe de su ensimismamiento —Todavía quedan muchos.

Varios cuerpos no habían perdido del todo el calor por lo que lo asaltaba la idea de que pudieran levantarse y tomar venganza. Agitó descontroladamente la cabeza e intentó concentrarse una vez más en su trabajo; remover los cadáveres de las cámaras de gas no era una tarea en absoluto sencilla, despojarlos de sus cabellos, de las piezas de oro que algunos tenían en la dentadura, ordenarlos y prepararlos para los atroces procesos a los que se verían expuestos luego. La sangre se le helaba de tan siquiera imaginarlo.

Pero sin lugar a dudas, más allá de todo remordimiento o asco que pudiera sentir, el trabajo más horrible en el campo era el de conducir a aquella gente cual vacas al matadero; sin discriminar entre niños, mujeres o ancianos a la larga o a la corta todos tendrían el mismo final, solamente los hombres que podían ser explotados tenían la posibilidad de prolongar su agonía por algún tiempo más. Era perfectamente consciente de que si le hubieran asignado la tarea de “recibir a los nuevos” no hubiera sido capaz de cumplirla; un irrefrenable deseo de prevenirlos e incitarlos a huir se apoderaba de él cada vez que los veía llegar, aferrados los unos a los otros, con la viva expresión del terror gravada en sus rostros. Y sin embargo, siempre giraba la cabeza hacia otro lado y continuaba su camino apretando bien los labios para reprimir la voz.

¿Qué era lo que le impedía hablar? No era más que el miedo a perder la vida por desobedecer las órdenes; en el campo no se jugaba, un movimiento en falso y pasaría a formar parte de una pila de cadáveres. Por más que su conciencia le indicara que lo que estaban haciendo era incorrecto, su instinto de supervivencia lo convencía de que su vida era más valiosa que la de cualquier otro y que debía hacer hasta lo imposible para conservarla. El miedo lo paralizaba y lo único que podía hacer era llorar, mas sus lágrimas, obviamente, no solucionaban nada, miles seguían muriendo mientras él descansaba en una cama relativamente cómoda.

Era repugnante ver como muchos disfrutaban de su trabajo, regocijándose mientras veían sufrir a esas desdichadas personas e inflando el pecho con orgullo cuando algún superior los halagaba.

“Animales sin sentimientos, eso es lo que son”

Más de una vez se paseó por su mente la idea de suicidarse, al menos así la culpa ya no lo perseguiría. Esa era la salida fácil, un disparo y aquel odioso nudo en su garganta desaparecería, mas, pensándolo dos veces, llegaba a la conclusión de que eso hubiera sido un acto muy hipócrita. El hecho de que desapareciera no cambiaría nada; limpiarían su sangre, moverían su cuerpo y continuarían como si nada hubiera sucedido…

Un día algo inesperado ocurrió: allí donde reinaba la muerte una pequeña figura cobró vida, por un instante sospechó que sus temores se estaban volviendo realidad y le pareció sentir cómo las demás figuras comenzaban a retorcerse. Su cuerpo se paralizó y por un momento dejó de respirar. La niña que se encontraba tendida frente a él, no debía tener más de diez años de edad, respiraba con dificultad y, a pesar de que no era capaz de pronunciar palabra alguna, se reflejaba en su mirada un pedido de auxilio. Milagrosamente, no había nadie cerca que pudiera notarla, se sacó su abrigo, la envolvió y la cargó sobre su hombro como si se tratara de un cadáver más, después de cerciorarse de que no lo seguían corrió hacia uno de los baños cercanos y se encerró allí.

— ¿Estás bien? —Cuestionó con un dejo de desespero a la vez que la sentaba en su regazo —Oye, oye, no te desmayes, por favor, no te desmayes —En vano intentaba mantenerla consciente, aunque era obvio que casi no le quedaban fuerzas.

La dejó un segundo en el suelo mientras le servía un poco de agua, tragó lentamente, mientras abría por completo sus ojos. Temblaba de manera incontrolable, su cuerpo sólo estaba cubierto por el abrigo, y parecía que quería salir corriendo cuanto antes de aquel lugar.

—Ma… ma… mamá —su voz era aguda y temblorosa — ¿Dónde? —cada vez más lágrimas se acumulaban y comenzaban a desbordarse sin control.

¿Cómo había sido posible que aquel ser indefenso sobreviviera a la cámara de gas? Era incapaz de comprender del todo la situación, solamente tenía una cosa en claro y eso era que no podía permitir que algo malo le sucediera. La abrazó con fuerza e intentó calmarla. La niña había hablado en alemán, así que no había problemas con la barrera idiomática.

—No te preocupes. ¿Cómo te llamas?

Su nombre era Matilda, tenía nueve años y la historia de cómo había sobrevivido era tan increíble que parecía sacada de un guión de cine. Cuando llegó con su familia al campo, luego de ser separada de su padre, ella, su madre, tías y abuelos fueron llevado a las “duchas”, una vez allí los mayores se percataron de que en realidad no eran tal cosa y se abalanzaron sobre la niña para que no pudiera respirar aquel gas mortal; siendo incapaz de moverse, Matilda se desmayó y cuando recobró el conocimiento su familia ya no estaba.

Sintió un balde de agua helada caer sobre su cabeza, al no encontrar las palabras para consolarla se limitó a abrazarla una vez más mientras ideaba un plan para sacarla de ahí. Lo primero sería encontrar a su padre, de seguro que lo habían enviado a trabajar, luego tendría que convencerlo de que en verdad quería ayudarlos a huir, y podían intentar salir durante la noche; “difícil pero no imposible” repetía para sí mismo.

De repente la puerta cayó, los gritos de Matilda se mezclaron con los de los soldados y los disparos. La cubrió aún sabiendo que era imposible salvarla. Ambos se hundieron en el charco de agua y sangre sin siquiera tener la oportunidad de defenderse.

Los soldados tiraron la basura, limpiaron el lugar, volvieron a su trabajo sin emitir palabra alguna y así finalizó otro día en el campo.

6 Comentarios
  1. Terrible relato, pero muy bien narrado, Niza. Un abrazo y mi voto.

    • Gracias por leer, comentar y darme un voto, Vimon. Me alegra que te “guste”. Un abrazo.

  2. Niza: qué narración… un contraste perfecto en las conductas humanas; bien estructurada narrativa, Felicidades.
    Volivar

  3. Me uno a las felicitaciones.

    Me parece apoteósico el modo en que has logrado reconstruir los horrores de Auswitch-Birkenau. Esta vez nos has colocado en la óptica de los antagonistas, que como bien apuntaste, la conciencia de seguro les ardía pero ellos mejor se aguantaban.

    Tienes mi voto, si se pudiera te daba doble voto.

    • Tantos buenos comentarios van a hacer que se me suban los humos, gracias igualmente. La verdad es que siempre me pareció que no todos los alemanes puden haber si do tan malos como nos los dibujan, conciencia me parece que tenemos todos.

Deja un comentario