Ídolo caído
4 de Enero, 2013 32
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Cuando aquel servil individuo irrumpió en su despacho menospreciando su autoridad, hubiera querido estrangularlo, pero la magnitud del enojo había atenazado sus miembros y paralizado la capacidad de reacción. Sumida en ese grado de perplejidad aniquilante, observó cómo el conserje con semblante de impropia suficiencia e inusual ironía se aproximaba hasta la mesa para arrojar un sobre; después, sin pronunciar palabra giraba ciento ochenta grados, se alejaba con aire chulesco y desaparecía sin dignarse cerrar la puerta.

Su mirada se posó con rapidez en el sobre. Con letra manuscrita de trazos firmes y deformes, rezaba: “Confidencial y urgente”, y en la línea siguiente: “Alexa Nieto”.

Rasgó el sobre con nerviosismo y confusa leyó el escueto comunicado: “Queda relevada de su cargo. Recibirá órdenes”. No, no era una broma. El papel llevaba impreso, junto al vértice superior derecho, el membrete de presidencia, y abajo la inequívoca firma del ejecutivo. Descolgó el teléfono y supo que la línea había sido cortada; a continuación, verificó que las comunicaciones informáticas no funcionaban.

Las horas transcurrieron lentas, interminables, sin recibir noticias. Sólo en dos ocasiones abandonó temporalmente el despacho para ir al baño. Y cada vez, frente al espejo, se recompuso los surcos que su llanto había dejado en el maquillaje. Primero fue un lloro de incomprensión, intermitente y de rabiosa impotencia; después, sosegado y constante, interrumpido apenas por profundos suspiros.

Decidió marcharse cuando, ya avanzada la tarde, la mayoría de los empleados habían abandonado las oficinas.

Poco después, su potente coche de directivo enfilaba la autovía de circunvalación. Llovía con intensidad. Los paneles luminosos, cada cierta distancia, anunciaban peligro por pavimento deslizante. En un momento dado, durante un instante, perdió el control del vehículo; sin embargo, reaccionó a tiempo y reanudó la marcha sin contratiempo. Fue un momento brevísimo, pero el sobresalto dejaba en suspenso los negros presagios. Aquella estricta nota no admitía interpretaciones alternativas. Decididamente, sabía que su fulgurante carrera quedaba truncada. “La multinacional no perdona ni olvida”, se repetía sin cesar como un estribillo dañino y persistente.

Asumir su nueva situación llevaría tiempo. De algún modo tendría que reorientar su vida, pero, tal vez, determinados hábitos no admitan cambios bruscos sin ocasionar escándalo.

Alexa, apenas encumbrada, se había entregado por entero a la transnacional en detrimento de su familia. Todo lo supeditó a su carrera. Con el tiempo, su marido no soportaría su obsesiva entrega y por ende su desidia familiar. La noche que se plantó ante ella para decir que se marchaba con los niños, experimentó una suerte de liberación. Disimuló con impostado malhumor y, sorteando el asunto, respondió:

—No estoy para esas cosas. Haz lo que creas oportuno.

Obtuvo respuesta la noche siguiente, cuando al regresar se encontró sola y embargada por una sensación de incomodidad hasta ahora desconocida. En su interior se sucedieron oleadas de emociones encontradas. Por una parte, se hallaba con la libertad que durante años había añorado; de otra, una suerte de desasosiego anegaba su ánimo. Deambuló por la casa, estancia por estancia, en estado de creciente crispación; después, vencida, como si tratara de sacudirse la angustia, se dijo: “¡A la mierda!”.

Sin poder evitarlo, anticipaba imágenes futuras que muy pronto resultarían ordinarias. A su paso surgirían sonrisas irónicas y grupitos murmuradores. Empleados que de un modo u otro habían sufrido las consecuencias de sus decisiones arbitrarias, personas que solo días antes temblaban al oír la aproximación de su firme taconeo y el creciente frufú de sus habituales faldas de seda. Nunca le había temblado la mano al aplicar las políticas de la compañía, a veces desmesuradas, o al administrar las oportunas y graduales dosis de tensión e incertidumbre tan necesarias para mantener el amansamiento de los asalariados.

El tráfico a pesar de la lluvia era fluido. En un momento dado, tomó referencia visual de los edificios que flanqueaban la autovía. Calculó que en diez minutos se encontraría cómodamente sentada y abandonada a sus cavilaciones. Con el tiempo, aquella vivienda se había vuelto demasiado grande, fría, desolada… La presión psicológica que ejercía sobre ella aquel inmenso espacio se recrudecía a la vuelta de cada uno de sus innumerables viajes. Por el contrario, en otro tiempo, con la presencia de los niños y de su marido, esas mismas dimensiones se le antojaban escasas, incluso extremadamente reducidas, cuando, absorbida por asuntos profesionales, anhelaba el aislamiento no solo mental sino también físico. Pero la soledad deseada que disfrutó durante algunas semanas, tal vez fueran días, se había convertido en un cruel adversario tras la fuga de su familia.

Añoraba, sin duda, su presencia, aunque las carreras y gritos constantes de los niños volvieran a perturbar sus reflexiones. Cómo olvidar las zalamerías de su marido cuando aparecía de improviso interrumpiendo su concentración. Si pudiera revertir la situación, en ello pondría todo su empeño. Sobre todo con su nuevo y obligado estado, sin tener que pensar en viajes, en mercados, en contratos, en estrategias… Además, dentro de la transnacional no presagiaba un futuro agradable. Quizá se encontraría abandonada a su suerte, sin cometido alguno, simplemente estaría presente como mobiliario obsoleto y molesto. Y por si fuera poco, sería objeto de burlas y comentarios ruines. En ocasiones, ella misma, había sumado su voz a críticas despiadadas sin el menor sentido de la caridad. No imaginaba entonces que sus encantos personales pudieran caer a precios de saldo.

Con alguna reserva, admitía para sí que el estatus alcanzado obedecía no solo a capacidades profesionales, sino que su físico había ayudado decisivamente. Contaban también, cómo no, los calculados deslices sexuales en los comienzos de su fulgurante escalada.

Las primeras veces dudaba, resistía, daba vueltas, pero, metida en esa rueda infame, la ambición acabó primando sobre su moralidad y la noción sobre ella terminaría definitivamente por diluirse. Siempre había observado ciertos principios como algo inviolable, como una invisible aunque infranqueable línea roja. Pero su conducta varió gradualmente sin que el cambio resultase perceptible. La elección de vestimenta, la cara adecuadamente empolvada, los pechos siempre bien colocados y realzados por algún mágico sujetador de diseño avanzado fueron consignas inalienables.

En ocasiones pensaba que la fascinación que irradiaba su persona era artificial, pura fachada. Ante esos fugaces e incómodos pensamientos quedaba atenazada por temor a ser descubierta, a que su máscara cayera de improviso, sin remisión y sin piedad. Sabía bien que partir de ahora, en su nueva posición, ya sin tapujos, sería objeto de murmuraciones. Sí, desaparecería el temor a sus arbitrariedades y los miedos se transformarían en ataques frontales, indiscretos y voraces.

Tenía dinero, sí, quizá más del que pudiera necesitar, pero insuficiente pilar para sustentar su ego. Acababa de perder el más importante, el poder prestado que hasta horas antes había detentado.

 

 

©Del libro de relatos “Algo que contar” 2011.
T.H.Merino

32 Comentarios
  1. Muy buen relato, T.H., saludos y mi voto.

  2. Un relato genial, T.H. Nunca sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos.

    Un abrazo y mi voto.

  3. Mientras más subes, más dura es la caída.
    Excelente relato amigo, me gustó como pintaste al personaje con todas sus miserias.
    Un abrazo.

    • Es cierto, Moli, y a veces la condición humana lleva a situarnos en el borde del precipicio.
      Gracias, amigo. Recibe mi abrazo.
      T.H.Merino

  4. Parece que mientras duermo todo el mundo publica y publica y me pierdo de todo.
    Que alegría leerte.
    Una situación tan común independientemente del género de la persona en cuestión. Innumerables familias viven estas situaciones, donde los afectos más cercanos son relegados al último lugar, y como siempre las consecuencias no se dejan esperar.
    También lo que muchos hombres y mujeres tienen que ceder en el terreno sexual en aras de una promoción o un despliegue profesional. Situaciones todas lamentables.
    Tu personaje en cuestión asimilará las lecciones, solo que le llevará demasiado tiempo. Aún está en pañales. Porque la vida es implacable con todos, a todos nos enseña, algunos necesitamos más tiempo, otros menos, pero a todos nos llega.
    Me ha encantado.
    Un corazón rojito, un gran, gran abrazo y mis genuinos deseos porque este 2013 se benéfico con todos nosotros, que la paz, el amor, la alegría y la armonía entre otras vivan en nuestros corazones.
    Que los anhelos de tu alma sean realidad.
    Afectuosamente,

    • Gracias, Lucía, para mí un placer que leas mis relatos. Pienso que la sociedad,las instituciones, las empresas… fijan unas reglas a veces alienantes para el desarrollo de las personas como seres humanos.
      Seguramente la protagonista vivirá stuaciones nuevas que le reportaran sinsabores.
      Mis mejores deseos para tí, amiga, y mi cálido abrazo.
      T.H.Merino

  5. Merino: una narración muy bien elaborada; como siempre, con excelente aplicación de las reglas gramaticales, sintácticas y estilísticas.
    Un gran mensaje para cuando alguien esté encumbrado, no sufra mucho al ver que su castillo de derrumba.
    Te felicito.
    Mi voto
    Volivar

    • Gracias, Volivar, se te echaba de menos, aunque la verdad yo también estuve ausente hasta ayer; en este caso por vacaciones. Por mi parte, trataré de ir poniéndome al día. He visto el título de al menos dos relatos tuyos que aún no tuve ocasión de leer.
      Mi afecto y mis mejores deseos.
      T.H.Merino

  6. Mi voto y un saludo. Un relato genial, no se puede decir más.

  7. Excelente lato, querido amigo. Describes a la perfección el declive de una mujer que antepuso lo verdaderamente importante, al triunfo efímero. Felicidades. Un beso y mi voto.

  8. lato, no; quise poner: relato. Un beso.

  9. Bueno, hoy estoy algo espesita, no me he expresado bien. La mujer, en cuestión, antepuso el triunfo efímero, a lo verdaderamente importante. Ahora, si.

    • Desgraciadamente, amiga Cencienta, creo que hay muchas personas, hombres y mujeres, que anteponen los quiméricos triunfos al desarrollo personal. Muchas vesogracias y un beso. T.H.Merino

  10. Merino muy bueno como todos los tuyos, tienes un estilo propio que ya voy reconociendo. Me ha encantado. MI voto.
    Te deseo que este año recién comenzado esté lleno de paz y amor. Besos.
    Bea

    • Gracias, Bea —permíteme—, por tus siempre generosos comentarios. La referencia al estilo propio, me llenó de satisfacción. Mis mejores deseos para ti y un beso. T.H.Merino

  11. Buena lección de valores, una historia que a much@s debería hacer reflexionar por habitual en este mundo de tiburones en el que hemos convertido nuestra sociedad, en la que lo importante es devorar incluso a tu propia familia, al final se corre el riesgo de convertirse en presa.
    Muy bien escrito, mi enhorabuena.

    • Sí, Óscar, mi percepción de la sociedad es plenamente coincidente con la que expresas en tu comentario (incluso lo de convertirse en presa). Muchas gracias, y mi afecto. T.H.Merino

  12. Relato de nivel, de los que te atrapan sin piedad hasta la última frase, de los que se meten hasta las entrañas del personaje, un relato que escala a las alturas de la humanidad pero que también bucea por las bajuras.

    Un saludo TH !

    • Apreciado José María:
      Agradezco mucho esos gratos comentarios que insuflan no poco ánimo al autor. Un verdadero placer que leas mis relatos.
      Recibe mi afecto,
      T.H.Merino

  13. T.H. después de haber leído muchos de tus relatos, creo que ya puedo distinguirlos de entre los demás, sin necesidad de verificar el nombre del autor. El estilo queda bien definido: uso de un vocabulario amplio y rico, perfiles psicológicos de los personajes, tramas inspiradas en lo cotidiano, la voz narrativa en tercera persona…etc. Disfruto siempre de la lectura de tus textos.

    Una observación. En esta frase:

    Asumir su nueva situación llevaría tiempo. De algún modo tendría que reorientar su vida, pero, tal vez, determinados hábitos no admitan cambios bruscos sin ocasionar escándalo.

    ¿Has pensado en usar el subjuntivo para el verbo admitir? ” …. no admitieran….”
    A mí me suena mejor.
    Un abrazo.

    • Agradezco, Julieta, tus generosas conclusiones. Añadir, no obstante que no siempre selecciono la misma perspectiva personal (hay en este medio varios relatos escritos en primera persona).
      Respecto al uso del subjuntivo en la frase citada, coincido contigo en que suena mejor; problamente en este caso mi pretensión fue darle certeza (no posibilidad) al significado de la frase.
      Reitero mi agradecimiento tanto por la lectura como por el análisis del texto.
      Mis mejores deseos para este año recién estrenado y un abrazo.
      T.H.Merino

  14. Excelente relato, TH Merino. “No somos lo que creemos que somos, sino las decisiones que tomamos”. Muy bueno. Mi voto

  15. Es el primer relato tuyo que tenido la oportunidad de leer y me ha impresionado el estilo. La amplitud del vocabulario utilizado, la tensión emocional, … hacen un gran relato de una historia sencilla. Mi voto

  16. Muy bueno, sobre todo me gusto tu estilo, mi voto.

  17. Estimado amigo.
    ¡Que magnifico relato.!
    Es bueno regresar y encontrarse con esto.
    Un personaje riquisimo que no aprenderá nunca a ser feliz. Tampoco a vivir.
    Nada es impuesto. Es una elección. Y no me pareció ella titubeara.
    Es una opinión nada mas.
    Excelente de verdad.
    Abrazo y voto.

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