Libres de rancio pudor, los árboles mostraban la casta desnudez de sus ramas. Tras despojarse del verde sayo, permanecían erguidos, valientes, expuestos a la inclemencia de la estación.
Las calles, impávidas, vestidas de otoño, evocaban las risas y algarabías de los niños.
Encaminé mis pasos al parque de María Luisa, lugar que solía frecuentar cuando la nostalgia se hacía ocupa de mi corazón. Recorrí avenidas, jardines y glorietas decoradas con azulejos sevillanos. Vagué entre coros de pájaros cantores, majestuosos pavos reales de bello plumaje y elegantes cisnes nadadores.
Embrujada por el romanticismo que se respiraba en cada uno de los rincones, aspiré el amplio abanico de olores provenientes de jazmines, adelfas, laureles, rosaledas, madreselvas y enredaderas trepadoras. Las fuentes arabescas coreaban un melodioso canto, acrecentando con el hechizo de la trova la sensación de paz que reinaba en el edén.
El crepúsculo ceñía el parque con una aureola rojiza, dotándole de una melancolía singular.
De pronto, escuché el doloroso lamento de un hombre:
“Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.
Oigo, flotando en olas de armonía,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran…¿Qué sucede?
Dime.
- ¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!”
Me volví, y allí estaba él, presidiendo la glorieta, protegido del sofocante calor por un gigantesco y añoso ciprés de los pantanos, frente a la escultura de bronce que representa “el amor herido”, envuelto en una capa española plegada sobre el hombro izquierdo, a modo de una clámide griega. Abatido, con el rostro entre las manos y los cabellos enmarañados, como una aparición proveniente de otro siglo, se erguía la inequívoca figura de don Gustavo Adolfo Bécquer.
No podía dar crédito a la imagen que tenia delante. Froté mis incrédulos ojos, ansiando forjar en realidad lo que temía fuese fantasía.
Me acerqué, con sigilo, para no perturbarle.
Como si adivinase mi presencia, levantó el rostro y me miró fijamente. No pude articular palabra alguna; tan solo dejé que mis pasos, cual autómatas caprichosos, me llevasen a su lado. Nuestras miradas se fusionaron; mi lengua, ágil donde las haya, se tornó torpe. Apenas acerté a pronunciar un nombre, entre la sorpresa y la admiración:
- ¡Don Gustavo!
- ¡Señorita! - exclamó sorprendido para, a continuación y con reverencia, ofrecerse a besar mi mano.
He de confesar que sentí pudor ante el gentil gesto de mi amado. Sí, de mi amado, digo; porque él era todo lo que yo siempre había soñado en un hombre mortal…y que nunca había encontrado.
- ¿Por qué llora? - pregunté, ahora sin el menor recato, al sentir su dolor como mío.
- ¿Llorar? Los hombres no lloran - replicó el poeta -. Es el viento de la tarde que, en su vaivén caprichoso, trajo hasta mis ojos la mota de un viejo recuerdo trasnochado por el paso del tiempo; y éstos, ofendidos por semejante agravio, se tornaron en caudal liberador para expulsar a semejante usurpador.
¡Dios, cuánto amor se advertía en su mirada y cuánta tristeza se adivinaba en su alma! ¡Cuánta pasión contenida y cuántas ilusiones truncadas!
Hincando la rodilla izquierda en tierra, comenzó a recitarme aquel poema que yo tantas veces había leído en soledad:
“Tu pupila es azul, y cuando ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana,
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella”.
Dos lágrimas asomaron prontas a mis ojos. Hacía tanto tiempo que nadie me obsequiaba con aquellos versos, que casi había olvidado la inquietud que en mí podía despertar un elogio tan hermoso.
- ¡Oh! Ahora la que llora es usted - exclamó Bécquer, acariciando con su pálida mano mi mejilla.
- Discúlpeme, no pude evitar emocionarme al escuchar tan bellos poemas.
- Al mirarme en sus pupilas, he sentido que reconocía su esencia - musitó Gustavo Adolfo -. Mi corazón, durante tantos años dormido, ha sufrido la sacudida de su mirada. No pude evitar recitar lo que siento. Mis emociones se tornaron verbo, siendo los versos mi voz y la pluma mi garganta. Tal vez sea usted mi Julia Espín y yo…
- Siga por favor.
- ¿No siente usted lo mismo que yo? - interrogó con anhelo Bécquer -. ¿No cree que cuando la llama del amor devora un corazón, éste se reencuentra una y otra vez con su alma enamorada?
Asentí con una leve sonrisa. Tenía la impresión de conocerle desde siempre. Su mensaje, lejos de asemejarse a una elucubración, reflejaba las emociones que en mi pecho palpitaban.
Haciendo un derroche de atrevimiento, cogí una de sus frías manos entre las mías, como si al hacerlo pudiese perpetuar aquella escena.
- ¡Don Gustavo! - indagué -. ¿Consiguió, aunque solo fuera por instante, el amor de la mujer a la que veneraba?
- Permítame, joven, guardar mi intimidad. Hay cosas que un caballero no relata jamás. Según dicen algunos, tuve tres amores: el amor ilusionado, el amor poseído y el amor perdido. Tal vez, y solo tal vez, los tres amores sean el mismo. Únicamente puedo decirla que amé con delirio. ¡Bendito amor! - exclamó con nostalgia, para proseguir con desaliento -. En él encontré la felicidad; pero, como usted sabe, hay amores que se malogran en el camino. Será por orgullo, será por destino…
Era cierto, y yo le comprendía como nadie. Mi corazón había galopado desbocadamente por un amor que nunca fue del todo mío. No porque no me amase, sino porque…Bueno, ¿qué importa el motivo? Como el poeta romántico refiere, cuestión de honor es guardar celosamente la intimidad; y al igual que los caballeros, existen cosas que una dama no debe revelar.
El lírico se estremeció. Le pregunté:
- ¿Tiene usted frío?
- Podría llamarse así - respondió con gesto triste, lamentando -. Es la sensación gélida que produce la soledad de los muertos. ¡Hace tanto tiempo que la siento en mis huesos!
- ¡Qué injusta es la vida! - exclamé, bravía -. ¡La muerte, en su juego caprichoso, se lo llevó a usted tan joven!
- Tal vez no fue ella quien me llevó. Quizá fui yo el que se dejó ir - alegó con notable indiferencia -. Según refiere la historia, la causa de mi muerte fue una tuberculosis; pero el verdadero motivo, acaso, resultó ser el desamor.
No encontré réplica a sus palabras. Solo pude permanecer en silencio junto a él, con su mano entre mis manos. No quería soltarla, como si temiese que, al hacerlo, aquella mágica visión se desvaneciese.
- ¡Le amo! - grité en el silencio de la tarde.
- ¡Yo, la sueño! ¡La deseo! ¡Soy esclavo de sus ojos! - clamó el gran poeta romántico, a la vez que ensortijaba un mechón de mi cabello entre sus lánguidos dedos.
Unas estrofas nacieron de sus trémulos labios:
“Tu aliento es el aliento de las flores,
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día,
y el color de las rosas tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza
a un corazón para el amor ya muerto,
tú creces de mi vida en el desierto,
como crece en un páramo la flor.”
- ¡Le amo! - repetí nuevamente -.¡Le he adorado siempre!
- Lo sé y, créame, la correspondo -. No sabe cuánto lamento estar exento de cuerpo y no poder consumar esta pasión, que me abrasa el alma.
Me estrechó contra su pecho con frenesí y continuó recitando, como si temiese no tener tiempo suficiente para expresar todo lo que sentía:
“Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada”.
Nos quedamos en silencio y, sin poder contenernos, nuestros ardientes labios se fusionaron.
Lo que a continuación sucedió no voy a relatarlo, porque, como refirió Don Gustavo, hay cosas que nunca describe un caballero ni, por supuesto, refiere una dama.
No sé el tiempo que nuestras almas permanecieron fundidas, tal vez fue una eternidad, o tal vez un solo instante. Solo sé que, al salir de aquel ensueño, la tarde tenía una luz especial Una rosa roja reposaba en mi regazo y junto a mi oído pude escuchar un susurro semejante al silbido del viento, que al compás del caer de las hojas, comenzó a recitar unos versos:
“Dos rojas lenguas de fuego
que, a un tronco enlazadas,
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama;
dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan;
dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata;
dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca;
dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden;
eso son nuestras dos almas”.
FIN



Poético, lírico, de una profunda belleza.
Muchas gracias por el relato que a mi reconcilia con sentimientos más profundos.
Richard
Muchas gracias, me alegro mucho que los sentimientos que brotan de mi alma, concecten con tu corazón.
Cenicienta literaria
Cenicienta literaria: muy bonito, felicidades. Mi voto.
Volivar
Gracias, es para mi muy importante los ánimos que me brindas.
Un abrazo
Enhorabuena por este cuento de amor lleno de poesía, de conocimientos y de originalidad.
Gracias por tus inmerecidos elogios. Soy una gran admiradora de Bécquer, es por eso que surgió este cuento de la mágica conexión entre subconsciente y corazón.
Un abrazo