Entre los cimientos del edificio, a pesar de las reparaciones, aún se podía escuchar soplando el viento que nacía de ninguna parte, la humedad del sótano pudriendo cadenciosa el entarimado; la grieta de la ventana extendiéndose día tras día con su indefectible chasquido a las seis de todas las mañanas.
El despertador sonaba en sincronía con la extensiva fisura del cristal. La casa se llenaba del espumajoso ruido de la ducha y ellos se despertaban en las camas individuales que habían juntado para no pagar por una cama de matrimonio en su piso de alquiler.
Alicia buscaba su madriguera, y José a la santa con la que compartir pasiones.
Se encontraban en cada amanecer bajo el caudal de la ducha y volvían a prometerse un paraíso y trece rosas, pero sólo podían regalarse una margarita arrancada de cualquier acera; y todos sus pensamientos.
José y Alicia solían marcharse a trabajar juntos y compartían el transporte público hasta que ella se bajaba enfrente del supermercado donde trabajaba de patinadora, enviando recados y esquivando las cabezas, las miradas y las manos; al anciano que siempre le sonreía mirándole a las piernas, y Alicia entonces necesitaba un abrazo donde volver a perder esa condición de carne y curvas con que los clientes irrogaban a sus jóvenes compañeras. Y patinando recorría el pasillo lejos de ojos agresivos y encontraba siempre una esquina nueva donde descansar de las vacuidades del deseo insatisfecho.
Con el último expediente de regulación, José había perdido su empleo. Por la fuerza de la costumbre, y por no borrar de su recuerdo el álgido beso de despedida, acompañaba a Alicia hasta el trabajo y, dejando pasar el siguiente autobús, se marchaba caminando hasta la oficina de trabajo temporal donde hallaba sueldos semanales pasando datos a un árido sistema informático u organizando inventarios de cachivaches metálicos cuya función desconocía.
La exigua inestabilidad de sus dos sueldos permitía a Alicia y a José vivir trazando su versión de una historia de la intrascendencia en las ciudades anónimas. A veces José no encontraba razones por las que arrostrar de nuevo al empleado de la oficina, que le saludaba ya con rutinaria desgana y un “otra vez usted por aquí” pegado a los labios. Y en su irrelevante fábula, como en tantas fábulas que habitan el mundo, también era una mujer, su Dulcinea, quien aportaba el comienzo y el argumento, el deseo satisfecho y el beso de tacto inverosímil.
El incoativo sonar de la ducha y la voz de Alicia musitando desafinada una canción de cuna se incautaban del viento, de la humedad, de las ruinas y del sueño. Y cada amanecer con su piel y su firmeza aportaban una nueva solidez a los días y un motivo para la esperanza; para que la historia de dos vidas en equilibrio encontrara su continuidad. Sin alardes, nada que destacase en lo superficial, sin rostro ni nombre, miembro indiferente del denso mar de desconocidos, José había encontrado el apoyo de una santa que no era consciente de su condición.



¡Qué hermosa historia de amor!
Me gusta mucho el uso del verbo escuchar en el primer párrafo: no solo se oye al viento, sino a la humedad y a la grieta. Quedan muy humanizados. Cobran otra entidad.
¡Buen trabajo, Carlos!
A veces en la tranquilidad de sentirse amado, todo parece un poco más humano, también las grietas, y hasta el viento helado.
Muchas gracias!
Una historia irrelevante echa con todo el Corazón
gracias Carlos.
Gracias a ti por tantos ánimos, siempre es un placer leer tus comentarios (y tus poemas, por supuesto)
Excelente trazo de los personajes y notable toma de distancia con respecto a su monótono y gris día a día.
Se atisban, a través de esta prosa pulcra y cordial, las ilusiones breves que orientan el sentido de esta pareja en su existir. Pero creo que es un acierto, dejar apenas como posibilidades esas esperanzas que nunca se consolidan del todo.
Muy bueno
Saludos!
Me temo que en la vida real las esperanzas tampoco se acaban de consolidar nunca del todo, salvo quizás (seamos optimistas) en el amor.
Muchas gracias por comentar, saludos!
Una historia llena de imágenes con sonidos, luces y miradas.
“pero sólo podían regalarse una margarita arrancada de cualquier acera; y todos sus pensamientos”
Me recuerda en cierto modo, a Jimmy Liao…
Muy cercano e íntimo.
Un abrazo,
Luna
Supongo que ahora me arrepiento de no haber leído nunca a Jimmy Liao, para poder compararme un poco (y salir perdiendo en la comparación).
Muchas gracias por tus palabras, que encuentran siempre qué busco transmitir con las tonterías que escribo.
Un abrazo!
Pues te lo recomiendo. Sus libros no son novelas; son historias dibujadas, con frases sueltas muy bonitas. (Si lo buscas, al que me refiero concretamente es a “Desencuentros”, aunque “Hermosa soledad” es precioso).
Con todo, un abrazo!
Carlos Ray: gracias, muchas gracias por regalarnos esta muy hermosa historia de amor…
Es muy bonito tu estilo, muy ameno, que llega a los más interno de nuestro ser.
Volivar (Sahuayo, Michoacán, México)
Gracias por tus palabras, volivar, comentarios así siempre dan ánimos para seguir escribiendo.
Un saludo!
Lindo y conmovedor el relato lleno de amor y esperanza en medio a un cotidiano difícil. Me encantó. Felicitaciones.
A mí me encanta que te haya encantado, muchas gracias.
Un saludo!