Juan
27 de Junio, 2012 4
5
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

Ayer me dirigía en mi auto al trabajo, concentrado en mis peleas diarias con otros automovilistas; con el que tenía adelante y no avanzaba, con el de atrás que me tocaba bocina y con los que tenía a la izquierda y a la derecha… no sé porque peleaba ya que influencia en mi camino no tenían, pero los insultaba. Por las dudas. Y ellos me devolvían los insultos. Un día más. Nada nuevo bajo el sol en esta gran ciudad.

Cuando pude avanzar me dispuse a escuchar un CD del Sr. Astor Piazolla, el mejor músico argentino. Comenzaron a sonar las primeras notas de la mejor canción de Astor que es Adiós Nonino y mi mente comenzó a disparar imágenes y recuerdos.

Escuchar ese maravilloso tema es recorrer la historia de esas callecitas de Buenos Aires, con suma nostalgia y melancolía.

Calles de empedrado que vieron pasar a los ejércitos victoriosos en aquellas batallas coloniales y modernas.

También vieron pasar a los ejércitos perdedores.

Calles que vieron caer gente muerta y que terminaron bebiendo la sangre derramada.

Que conocieron el nacimiento del tango.

Que conocieron el andar cansino de los caballos tirando las carretas de la época, para dar luego paso a los primeros automóviles.

Que conocieron la llegada de miles de personas que habían llegado en barco a esta ciudad, la cual abría sus puertas a todos sin excepción. Llegaban desde España, Italia, Polonia, Grecia y tantos otros países.

Familias enteras con la esperanza de comenzar una nueva vida, mejor, lejos de la guerra.

Calles que conocieron a Sábato, Borges, Piazolla, Adolfo Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo, leyenda viviente el Sr. Mariano Mores, entre tantos otros.

Calles que conocieron multitudes.

Multitudes para llegar al Luna Park y ver pelear a Carlos Monzón o Ringo Bonavena.

Multitudes para llegar a la cancha de Boca y ver jugar a Maradona o Bochini.

Multitudes para llegar a la Plaza de Mayo convocados por el Presidente de turno.

Y en ese viaje por esas callecitas de Buenos Aires, uno no puede evitar encontrarse con Juan.

¡Querido Juan!

Dejaste este mundo a tus 78 años cuando te disponías a llegar a los 100. Lo querías.

No te dejaron. ¡Pero que vida viviste! Todo lo que tenías que hacer lo hiciste.

Y sabíamos.

Sabíamos que Buenos Aires era tu alma y tu taxi, la razón de tu existir.

Verte salir a las 7 de la mañana, con tu corbata, camisa, jean y zapatillas.

Eras feliz Juan.

Levantarte todas las mañanas, lavarte, tomar tu café con leche y galletitas, arrancar el motor de tu taxi y dejarlo calentando por 5 minutos como mínimo, terminar de arreglarte, subirte al auto, colocarte el cinturón de seguridad y partir para recorrer esas calles que te aguardaban y que vos tanto conocías. Eras feliz Juan. Mucho.

Conocías cada rincón de Buenos Aires, no había calle que no conocieras.

No había bar en el que no habías tomado un café, no había fonda en la que no habías comido un plato de fideos o pizzería donde habías comido una fugaza con fainá y moscato.

Conociste miles de personas, cientos de experiencias, decenas de anécdotas. Te emocionabas cuando algún artista o persona pública subía a tu taxi. Y no te daba vergüenza preguntarle sobre temas personales. Con la franqueza de un niño.

Las mujeres que te abordaron, los hombres que también lo hicieron y aunque siempre lo negaste, con alguna mujer terminaste en algún albergue oscuro y escondido de la ciudad.

Subirte a tu taxi todas las mañanas y recorrer esas callecitas lo hacías por amor, amor a la vida.

Luchador incansable, ávido lector en tus ratos libres. Buen padre y buen esposo.

Un ACV menor intentó matarte y lo resististe con la misma valentía con que enfrentaste la vida y fue tu hermana, sin pensar, que te dijo que no debías ni podías manejar más tu taxi.

Una sentencia. Sin apelaciones. Dejaste de luchar porque no concebías tu vida sin tu taxi y tus calles. Las sentías tuyas. Amabas esas calles y las calles te amaban a vos. Eran tu vida.

Y fue en Navidad que te dejaste morir porque sabías que no podrías volver a manejar.

Y allí quedó tu taxi, inmóvil, en el garaje de tu casa, esperando tu regreso. Llorando. Y se niega a ser conducido por alguien más. Le diste vida Juan, la tuya. Tu alma está en ese auto.

Y las callecitas de Buenos Aires dejaron caer sus lágrimas por vos. Aún te extrañan. Dejaste un espacio vacío.

Es un humilde homenaje a tu memoria. Te lo merecés.

Y es también un homenaje a todos aquella personas mayores que trabajan por amor a lo que hacen, que son muchos. Su mayor recompensa es que la sociedad les permita hacerlo. Con eso…son felices. ¿Parece poco? Para nada. Estamos hablando de la Vida. Nada menos.

 

Buenas noches.

4 Comentarios
  1. Buen homenaje a Juan y a tantos otros.

  2. ¡¡Esas calles………que se merecen mi voto y yo quiero llegarlas a recorrer¡¡¡¡¡¡

  3. Seguro allá donde esté se siente muy orgulloso por este homenate. Muy bueno Richard. Un saludo y mi voto

  4. Richard: leyendo esto, dan ganas de conocer Buenos Aires; debió de ser muy popular tu personaje, Juan, para merecer un comentario que sacaste del alma.
    Mi voto.
    Un saludo
    Volivar

Deja un comentario