Sodoma y Gomorra excedían en belleza y perfección al resto de las ciudades de la antigüedad. Sedma, Adma y Bela no eran sino un amasijo de callejuelas laberínticas, sucias y pestilentes pero Gomorra, su vecina, estaba trazada con perfecta armonía. Sus murallas de argamasa formaban un círculo perfecto dividido por calles rectas de trazo regular, donde las casas se miraban una a otras como si se reflejaran en espejos. En Goyim, Tidal y Seenar la arena del desierto penetraba en las casas y cegaba a los habitantes pero Sodoma, su vecina, poseía jardines, prados y fuentes que superaban en belleza al oasis más perfecto. Muchos viajantes que llegaban sedientos y cansados del largo viaje en el desierto y entraban en la ciudad pensaban que habían muerto y que se hallaban en el reino que Dios guarda para sus elegidos. Era legendaria la avenida que partía en dos a la ciudad, sembrada de palmas de dátiles que se sucedían con pasmosa regularidad, todos de igual altura y anchura. Si la alquimia de la construcción era dominada por los habitantes de Gomorra, en Sodoma el ingenio del hombre había casi igualado al paraíso terrenal. Ambas ciudades podían en verdad llamarse hermanas pues se completaban una a otra como dos amantes que al mirarse se regocijan en su belleza y aumentan con ello su hermosura. Además, la perfección de la traza de las dos ciudades era compañía constante de la religiosidad de sus habitantes que a cada instante invocaban el nombre del Altísimo. En los templos las hogueras estaban permanentemente encendidas y de los altares escurría la sangre de las bestias del sacrificio. La conducta de los ciudadanos mostraba siempre el más profundo acatamiento de la escritura, y era proverbial la severidad que tenían para los que, aun desconociendo las leyes, violaban la más normas de la ley, y así sucedió en muchas ocasiones que algún extranjero que no conocía las costumbres fuera brutalmente apaleado por infringir el más mínima de los preceptos.
Y aunque Dios buscó en las ciudades no encontró un solo pecador, una sola mala obra. Y vio que las dos ciudades podían ser llamadas con justicia el paraíso en la tierra. Y así fue que mandó a dos ángeles para probar a sus habitantes. Estos viajaron por todo el orbe y mintiendo proclamaron por todo lo alto los vicios de los habitantes de Sodoma y Gomorra, la liviandad de sus costumbres y el olvido en el que tenían al Señor, y en una y mil lenguas maldijeron y denigraron sus nombres que a partir de entonces quedaron en la ignominia. Pero los habitantes de las dos ciudades aceptaron la voluntad divina y dieron gracias a Dios por la prueba a la que Éste los sometía. Entonces Dios mandó una lluvia de fuego y azufre que en un solo día destruyó Sodoma y Gomorra. Cuando los habitantes escucharon el estruendo de mil tormentas y vieron el cielo teñido del rojo de la sangre salieron a la calle a clamar a Dios. Mientras las llamas destruían los templos y las casas y abrasaban sus cuerpos y los de su hijos, no hacían sido dar gracias una y otra vez al Señor por recibir esta última gran prueba de su sabiduría infinita.



pues si que cambia la historia tu relato…
!jatetú! que yo me había creído a pies-juntilla lo que proclamaron los ángeles… ais… si es que echamos mucha cuenta al ronroneo morboso..
una duda, si los de Sodoma se llaman sodomitas… como es el gentilicio de gomorra?
an , que no te dicho, estupendo tu relato.
Gunga Din, en verdad que me he quedado asombrado por esa narrativa, en la que le inviertes de todo: cultura, imaginación, ficción… logrando que el lector siga y siga leyendo, con la intensión de saber hasta dónde llegas… y vaya que el final es, digamos, asombroso. Seguramente eres admirador de los grandes cuentistas de la historia.
Atentamente
Volivar Martínez, Sahuayo, Michoacán, México
Muy bien escrito el cuento, rico en detalles, dejando el lector curioso para saber como se desarrolla y termina, ya que, rompes con toda la tradición bíblica conocida. Muy Bueno. Felicitaciones.