Era su broma favorita, la repetía constantemente entre sus amigos y la decía todos los días al empezar el programa televisivo de noticias del que era el principal comentador: “Todos los días me despierto y lo primero que hago es revisar la página de esquelas del periódico para ver si no aparezco, si no estoy ahí, entonces me levanto y comienzo mi día”. Bueno, eso no era totalmente exacto.
Pero el 27 de agosto se levantó puntual a las 7 de la mañana, se duchó, se puso un traje obscuro y una corbata roja, su uniforme casi diario, y bajó a desayunar. La cocinera, dona Gertrudis, le había preparado su desayuno favorito: huevos benedictinos con jamón canadiense sobre una rodaja de pan tostado, café muy cargado y un vaso de jugo natural de naranja.
Mientras desayunaba hojeaba descuidadamente el diario hasta que llegó a la sección de las esquelas, ¡y zaz!, allí mismo, ocupando casi media plana, aparecía una esquela anunciando su defunción: “Ayer, a las 11:30 de la noche, dejo de existir el conocido periodista y comentador de televisión Jacobo Martinez, víctima de un infarto al miocardio. Su familia y seres queridos participan que el velatorio tendrá lugar el día de hoy, en las capillas Galloso, a partir de las diez de la mañana. El entierro se llevará a cabo esta misma tarde, en el Panteón de Dolores, a las 5 de la tarde. El cortejo fúnebre partirá de la funeraria Galloso a las 4 pm en punto.”
Sin despertar de su asombro llamó a gritos a la nana Gertrudis, quien no apareció por ninguna parte. Se dirigió entonces, casi corriendo, a su automóvil y enfiló a toda velocidad a la mencionada funeraria. Como llegó antes de las diez de la mañana el lugar estaba casi vacío. Notó que en la placa de la entrada se anunciaba que el velatorio del Licenciado Jacobo Martinez tendría lugar en la sala número 4, y sin pensarlo dos veces se encaminó apresurado hacia dicho lugar.
Los preparadores de la funeraria habían ya terminado su trabajo y en el fondo de la sala se encontraba un precioso ataúd color caoba, con filigranas por los cuatro costados y media tapa abierta que permitía observar al huésped de medio cuerpo. Como no había nadie Jacobo atravesó casi corriendo el salón y se plantó ante la tapa abierta. Y lo vio: ligeramente más maquillado que cuando aparecía en televisión, con el cabello pelirrojo meticulosamente peinado y engominado, y vestido con el traje obscuro y la corbata roja que siempre fueron su emblema, en la caja se encontraba su propio cadáver.
Sin saber que hacer, entró en lo que la psicología moderna llama una “crisis de angustia”, empezó a gritar que aquello no era posible, que a pesar de sus 54 años él era un hombre saludable, que aquello tenía que ser un error, ¡que él no estaba muerto! Sin embargo, a pesar de que la sala 4 había empezado a llenarse, Jacobo se dio cuenta de que nadie escuchaba sus gritos.
Entonces trató de hablar con familiares y amigos, pero nadie le prestaba atención. Era obvio, pensó, que aunque él estaba presente en espíritu, su cuerpo físico estaba ya extinto, en el ataúd.
Profundamente confundido y deprimido se sentó en una de las sillas vacías mientras tenía lugar el servicio religioso. Al terminar éste, observó que la mayoría de los presentes, todos parientes y amigos, se dirigía hacia su esposa Teresa para darle el tradicional pésame, mientras otros se servían del café colocado en una mesa lateral y algunos hasta degustaban los pastelillos colocados en una bandeja de plata.
Le molestó mucho que el pésame de su primo Gerardo se prolongara tanto en el abrazo a su viuda y que fuera notorio que su esposa lo disfrutaba. Tardaron más de cinco minutos abrazándose y rozándose los cuerpos y hasta hubo un momento que a Jacobo le pareció que su primo paseaba descuidadamente las manos sobre el trasero de Teresa.
Sin saber que hacer se acercó al grupo de hombres que hacían ronda en torno a la mesa del café. Tristemente sorprendido constató que la mayoría conversaba sobre futbol o política, con brevísimas menciones al difunto, algún “pobre Jacobo, tan bien que se veía”, o “quien lo hubiera sospechado de un hombre tan sano”, y seguían con sus conversaciones sobre lo que realmente les interesaba. Alguno llegó a comentar, no sin cierta picardía, “y que va a ser ahora de la viuda, todavía esta buenísima, yo, si se deja, le doy un lleguecito”. Esto fue el colmo y Jacobo se retiró muy decepcionado del grupo de sus “amigos”.
Después pasó al contingente femenino, que se agrupaba en el otro extremo del salón. Ahí la conversación giraba más que nada sobre la moda, y los distintos modelos que parientes y amigas se habían puesto para asistir al velorio. Curiosamente la más criticada era su esposa Teresa, quien lucía un vestido negro muy ajustado, adornado con una mascada color naranja. Lo menos que dijeron de ella era que parecía una prostituta, pero eso sí, muy elegante.
Hastiado de tanta hipocresía decidió salir a la calle a respirar aire fresco mientras partía el cortejo fúnebre. Reflexionó entonces que el verbo “respirar” tal vez no se aplicaba ya a su actual situación. Se sentó en un banco en el jardincito de enfrente y pensó que quizás conservaba aun algún poder físico, porque si no, ¿como fue que llegó hasta acá manejando el auto? ¿O se había venido volando?…No estaba seguro. Bueno, para entonces ya no estaba seguro de nada.
A las 4 en punto de la tarde partió el cortejo fúnebre. Sin saber exactamente que hacer, aprovechó un descuido de los encargados de la funeraria, que dejaron por unos momentos abierta la puerta de la carroza después de colocar el ataúd, y se trepó a la misma acomodándose al lado de su cuerpo exánime, al fin y al cabo nadie lo podía ver.
Llegaron al panteón de Dolores poco antes de las cinco y la carroza se aproximó lo más posible a la que iba a ser su tumba, la cual había comprado apenas el año pasado, especulando que tardaría mucho en ocuparla. ¡Lo que es la vida!, pensó.
Los deudos se arremolinaron alrededor de la fosa abierta y fue precisamente su primo Gerardo el encargado de decir las últimas palabras. Hablo sobre su personalidad, sobre su carrera de periodista y sobre otras cosas más que Jacobo ya no oía, presa de una profunda angustia y una melancolía que superaban lo humano.
Los enterradores iniciaron la labor de descender cuidadosa y lentamente el ataúd, pero cuando les faltaba más de un metro para llegar al fondo una de las cuerdas se rompió y el ataúd cayó como plomo, haciendo un ruido ensordecedor al chocar con el fondo.
En ese instante Jacobo despertó… ¿o no?



¡Por Dios Vimon! Es peligroso y además políticamente incorrecto exponer una visión tan real sobre lo que consideramos amistad en la actualidad.
¡Magnífico relato! Pienso que Jacobo por fin despertó.
Por cierto, si lo tienes a mano, pásame el teléfono de su mujer.
Un Abrazo.
Oscar
Muy bueno Vimon, y ese final…. intrigada estoy!! Madre mía sería espantoso ver tu propio funeral. Tienes mi voto. Abrazos.
Vimón… el final ha sido tremendo. Buena forma de tratar este tema tan espinoso como es el de la muerte; me ha gustado como el protagonista asiste a su propio funeral y es partícipe de lo que allí acontece. Felicidades amigo y mi voto. Un abrazo.
Vimon, y que se despierta, uf, amigo… qué maestría al describir lo que yo también critico, que para la mayoría no valgamos más que un cacahuate. Asisten al velorio nada más para chupar (no sé si esta palabrita en la capital mexicana signifique lo mismo que por acá en provincia: tomar vino).
Mi voto, para que pases a Portada. Un escribor mexicano tan bueno en este oficio, debe estar allí, y así será, amigo. Estarás en los 30 autores finalistas.
Un saludo
Volivar (Sahuayo, Michoacán, México)
Vimon, una vez más me sorprendes. Enhorabuena y voto. Saludos, Antonio.
Oscar, Soraya, Erg, Volivar, gracias amigos por tan estimulantes comentarios. Saludos y abrazos.
Antonio, muchas gracias por tus comentarios y tu voto.Un abrazo.
¿O no?
Terrible.
Asi es, mi estimada mariav, un final abierto…Saludos.
Me gustó mucho, felicitaciones. Un gran saludo desde Buenos Aires.
Gracias, nanky, un saludo muy mexicano desde Jamaica.
Bien, VIMON, tienes en mí una nueva seguidora. Me gusta lo que escribes y cómo lo escribes. Enhorabuena.
Gracias, Shu, yo tambien te sigo. Saludos.
Increible!!!a mi parecer creo que Jacobo despertó, y su forma de vida cambió radicalmente. Estupendo relato!!
estupendo e inquietante relato VIMON felicidades
Tomrad y ZERACHIEL: Gracias por sus valiosos comentarios. Un abrazo.
Buena historia y excelente narrativa, enhorabuena y saludos.
Gracias, Jul, por tus comentarios. Un saludo.
Buen relato. Me gusta más que al final no despierte. Te voto.
Gracias, Aurora, por tus comentarios y tu voto. Un saludo.
graciasVIMON muy bueno un dia de estos me atrevere yo a colocar unos relatos feliz dia a todos
Gracias a ti, Bal. Y animate a subir algo tuyo, para eso es esta red. Un saludo.
¡Felicitaciones ! gran relato, me encantó. Con un final un tanto intrigante.
Un saludo!
Gracias, Aesus, un abrazo.
¡¿Eh?! ¡Me dejaste con la intriga! Jajajajajaja. ¡Me encantó! Vaya, que a la muerte se le puede sacar más de un relato…
Dejaste un final abierto: ¿Fue un sueño? ¿Una broma? ¿Lo estaba “viviendo” como fantasma? ¿O qué…?
Gracias por sugerirme la lectura de éste relato. Tienes mi voto.
Un abrazo.
Gracias a ti, Martha, por leer y comentar. Y no, no hay un final concreto, el desenlace se deja al criterio del lector. Un abrazo.