-¡Trata de arrancarlo, Lu! ¡Trata de arrancarlo, por dios! –la apremió Lola.
Lucrecia se giró hacia la derecha, la miró fijamente a través de sus gafas y con serenidad, le respondió:
-Hace más de treinta años que no conduzco, así que no me metas prisa porque será peor.
Lola permaneció unos segundos con la boca abierta y los ojos de par en par, pero enseguida reaccionó con determinación.
-¿Treinta años? ¿Treinta años? ¿Y me lo dices ahora? Anda, baja inmediatamente. Conduciré yo, si no las perderemos.
Lucrecia que no estaba acostumbrada a que nadie le dijera lo que tenía que hacer, y mucho menos esa maniática de las correcciones que no podía pasar por alto ni una coma, se quedó perpleja, sin saber qué decir. Para cuando quiso reaccionar, Lola ya había bajado del coche y le abría la puerta para que saliera.
Lucrecia un poco atarantada por la situación, y consciente de que no podía montar una escena en la primera cita de dos señoras como ellas, prefirió callar y obedecer.
Sin darle tiempo a abrocharse el cinturón, en cuánto subió al asiento del copiloto, Lola emprendió una carrera por aquellas calles estrechas del casco viejo de la ciudad.
Lucrecia no quería ni mirar. A cada giro, a cada volantazo de Lola, creía que se quedarían incrustadas en cualquier portalón del barrio. Las manos atenazadas al asiento, los gemelos en tensión y el corazón a la altura de la garganta.
-¿Estás bien, Lu? –le preguntó Lola con voz dudosa.
-Lo estaría si dejaras de perseguirlas –dijo con un hilillo de voz. -Julieta y Leocadia son espíritus libres ¿recuerdas? No puedes evitar que sigan a sus propias fantasías. Te diré más. Sus vidas son eso, un cúmulo de fantasías. Sin ellas, no existirían.
Lola frenó. Lucrecia tenía razón. Además ¡qué carajo! su reunión sería mucho más placentera sin ese par de “incordios”.
-Vamos, Lu. El café de las horas nos espera.
Las dos mujeres cogidas del brazo se encaminaron, ya sin prisas, a ese lugar de decoración tan barroca y envolvente a la vez mientras se iban narrando episodios de sus vidas como se desgranan los gajos de una mandarina.



La ligereza de tus textos al leerlos me impresiona. Los diálogos, con imágenes que arrancan sonrisas y esos, siempre peculiares, personajes que habitan tus letras.
Como siempre, me ha encantado!!
Saludos!
me gusta mucho..es fresco y da giros..
…Tiene mérito conducir después de treinta años sin hacerlo, Julieta, así como perseguir a los espíritus libres en coche. Y también la agilidad y desenvoltura con que escribes… TE SALUDO:
LeeTamargo.-
Julieta Vigo: ¡Que cuento tan emocionante! Mira que llevarnos por esos caminos increíbles a velocidad vertiginosa persiguiendo nuestras fantasías! En verdad que eres excelente narradora. Qué forma la tuya de hacernos percibir lo que generalmente hacemos: perseguair lo inperseguible, pero, ni modo, así es la vida… siempre buscando algo, y a gran velocidad, con el latente peligro de “incrustarnos en cualquier portalón del barrio”… Me uno a las felicitacioanes tan merecidas que recibes por tu literatura, tan amena, tan interesante.
Atentamente
Volívar Martínez Sahuayo, Michoacán, México
Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios. De verdad, que me alegraís el día con ellos. Trataré estar a la altura en las próximas entregas de Lola / Julieta.