El profesor observaba a sus alumnos. Se disponía a sacar una víctima a la pizarra. Había que corregir unos problemas que había mandado como deberes el día anterior. A Pablo esos ejercicios le había parecido terriblemente difíciles, no los había hecho y temía hacer el más completo de los ridículos si le sacaban, además de llevarse una severa reprimenda por parte del profesor. Pablo trataba de esconderse entre sus compañeros, miraba el cuaderno. Intentaba por todos los mediso que el profesor no lo viera, que no reparara en él.
El silencio reinaba en el aula. ¿Quien sería el elegido?, ¿quien tendría que enfrentarse en la pizarra con uno de aquellos terribles problemas?. El profesor, subido en la tarima, sentado en su silla, era el rey del mundo, era más que el mismo Dios. Parecía regodearse en el sufrimiento de sus alumnso y demoraba la elección del realizador público del problema. Dudaba en cuanto al espectáculo que haría representar en el escenario de la pizarra. Podía decantarse por un alumno empollón y mirar satisfecho el resultado de su tarea de “desasnar” a los chicos. Podía, por el contrario, sacar a un negado para las matemáticas e indignarse por el nulo interés de algunso de sus alumnso, a los que auguraba un futuro profesional como peón de albañil o como barrendero.
Como no podía mantener la emoción por tiempo indefinido, se decidió por uno de sus pupilos.
__Jaime Andrade, a la pizarra.
Suspiros de alivio en los alumnso. Ya podían levantar la vista del cuaderno, ya podían respirar, al menos mientras durara la actuación de su compañero.
Pablo miró el reloj con la esperanza de que no quedara mucho de clase y que mientras su compañero hacía el problema en la pizarra, pasara el tiempo y que la campana, siempre salvadora, acudiera cual séptimo de caballería en su auxilio.
La decepción se apoderó de Pablo cuando miró el reloj. Quedaba mucho tiempo: media hora de clase. Tiempo suficiente como para ser llamado para salir a la pizarra. Media hora en una clase de matemáticas era una eternidad. De todos es sabido que el tiempo no discurre siempre de la misma manera, que media hora de un momento de felicidad es un corto instante, algo que pasa enseguida, pero media hora de una clase de matemáticas es una eternidad, toda una vida. Es un espacio de tiempo inmensamente largo en el que pueden pasar muchas cosas, por ejemplo, ser llamado para salir a la pizarra a realizar un problema que no se ha hecho y del que no se tiene ni idea.
Demasiados problemas, demasiado tiempo como para confiar en la suerte de que el profesor no reparara en él, no se acordara de él. Estaba, sin embargom dispuesto a luchar hasta el último instante, a tratar de esconderse entre sus compañeros, a quedarse mirando el cuaderno como si tratara de hipnotizarlo para que el profesor, amo y señor de la situación, no viera su cara.
El chico al aqu eel profesor había sacado terminó el problema. Era el momento en que otro alumno debía salir. De nuevo la tensión, los nerviso.
__Pedro Ramirez, a la pizarra.
De nuevo suspiros de alivio en los alumnos, salvo en los empollones, que habían luchado contra los problemas hasta altas horas de la madrugada venciendo al final, y que deseaban lucir el resultado de su victoria. La suerte continuaba sonriendo a Pablo, pero ¿por cuanto tiempo? El reloj avanzaba muy despacio. Esa media hora era una eternidad. Sin duda en esa media hora a Dios le hubiera dado tiempo a crear el mundo, a crear al hombre y luego a descansar. Con lo corta que es una media hora de recreo, de piscina, de cine, o de cama cuando es el tiempo que queda para levantarse. El tiempo no siempre discurre de la misma manera.
El alumno que esta en ese momento en la pizarra había hecho mal el problema. El profesor empezó a ironizar sobre su ineptitud para las ciencias exactas. El humor del profesor hacía reir a los alumnos, que, por otro lado, se creían en la obligación de reir todas las ocurrencias del profesor, fueran o no graciosas. El profesor acabó poniendo un mote humillante a la pobre víctima de la pizarra provocando una carcajada general. El propio Pablo, presa de una especie de síndrome de Estocolmo, rió con sus compañeros, sabiendo que si él era el proximo en salir, las ironias del profesor se repetirían y se le pondría un mote todavía más humillante para regocijo de sus compañeros con un sentimiento de solidaridad todavía no desarrollado.
Tenía que ocurrir algo, tenía que ocurrir algo, se repetía Pablo sin cesar. Quizá podía entrar el conserje para dar al profesor alguno noticia que le hiciera salir del aula. Tal vez podía declararse un incendio en el centro y todos tuvieran que salir corriendo. Tal vez una amenaza de bomba pusiera fin a la jornada escolar. Podía declararse la tercera guerra mundial, podía ser el fin del mundo. En fin, cualquier cosa más llevadera que aquella tortura, que era como jugar a una especie de pena de muerte.
¡Menos veinte! Solo menos veinte. Sin duda aquel profesor había hecho un pacto con los dioses para detener el tiempo en sus clases. Ya se veía sin remedio en la pizarra, haciendo el ridículo, víctima de las ocurrencias de su formador.
Repentinamente al profesor se le ocurrió dar una explicación de ciertos conceptos. ¡Todavía podía salvarse! Le había dado pena a los dioses. Aquella pesadilla podía terminar felizmente con la agradable música de la campana.
Para desgracia de Pablo, la explicación del profesor, lejos de las interminables disertaciones de otros momentos, fue breve. Tan corta que el mismo Baltasar Gracián la hubiera aplaudido, ejemplo vivo que había sido del mejor conceptismo. Quedaba pues tiempo para continuar con el disfile de condenados a la guillotina matemática.
El profesor miraba a sus alumnos para elegir presa. Pablo confiaba en que, tal vez por el poco tiempo que quedaba, el elegido fuera un alumno de confianza, un empollón, futuro científico, banquero o político que realizara con prontitud el ejercicio. El profesor, sin embargo, no pensaba de la misma manera y optó por un alumno que le permitiera ejercer sus aptitudes de showman frustrado ejerciendo la ironía, la burla y el escarnio público sobre un alumno sin interés hacia la ciencia exacta.
__Pablo Martinez, a la pizarra.
Pablo Martinez era él. Su lucha había sido inútil. Sin duda el profesor llevaba toda la clase observándole. No se había olvidado de él a pesar de sus intentos de esconderse tras las cabezas de sus compañeros. La intención de sacarle a la pizarra había estado todo el tiempo presente en él, pero había preferido darle esperanzas para, al final, hacerle salir al escenario escolar que consttituye la pizarra.
Ni conserje con malas noticias, ni bomba, ni guerra mundial ni fin del mundo. Y el sonido de la campana, lejano, todavía muy lejano. Tenía dos opciones. Una: confesar desde su sitio que no había hecho el problema y aguantar sentado la reprimenda, gracias del profeesor y risotadas del resto de los alumnos, y la otra: levantarse y salir a la pizarra haciendo creer que había intentado algo para demorar ligeramente la bronca y las risas que se producirían de todos modos. Optó por la segunda opción. Siempre era mejor hacer creer que había intentado algo. Pero el show del profesor, las risas y él ejerciendo de patético payaso con cara seria estaban asegurados.
Pablo se levantó con gesto resignado y avanzó por el pasillo con pupitres a los lados que le llevaban a la pizarra. Lo que sentía debía ser parecido a lo que sentía un condenado a muerte. La escuela prepara para la vida. En este casso, prepara para una situación tan extrema como la de ser ejecutado.
De repente Pablo se despertó. Ante su vista no había una pizarra, sino una lampara colgando del techo. No estaba en un aula sino en un dormitorio. No era por la mañana, sino que era de noche. No entraba la luz del sol por las ventanas, sino que por la ventana del cuarto entraba algo de luz procedente de las farolas de la calle. No tenía trece años, sino cuarenta. A su lado, su mujer dormía. En otro dormitorio dormía su hijo. Al día siguiente tenía que hablar con un directivo de una editorial para ver si le publicaban su libro.
Pablo dio un suspiro de alivio. Su viaje en el tiempo había terminado. No era la primera vez que se producía y sin duda no sería la última. Pensaba que era una pena no ser consciente de que se está en un sueño para evitarse el sufrimiento. Cuando las escenas del pasado regresaran a sus sueños, de nuevo la misma angustia, de nuevo esperar el sonido de la campana, la entrada del conserje, un conflicto mundial o el fin del mundo.




Buen relato, Alca, con un final sorpresivo pero realista. A veces los fantasmas de la juventud nos persiguen toda la vida. Solo un detalle, con todo respeto: cuida los errores de dedo, porque hay varios y desvirtuan el relato. Saludos y mi voto.
Gracias por el comentario. Tienes razón con los errores de mecanografía porque estropean el relato y la verdad es que me da mucha rabia haberlos descubierto cuando he leído el relato publicado. Intentaré corregirlos en futuros relatos antes de su publicación. Un saludo.
Alca: uf, me remonté a mis años escolares, cuando las matemáticas eran mi coco, y como Pablo, también le huía a las risas y a las burlas, cuando en el pizarrón no sabía explicar ni que 2+2 era cinco.
Me hiciste recordar mis años de estudiante, y aunque las matemáticas me hicieron sufrir, la nostalgia ahora me borra esas penas, y los recuerdos de mis compañeros de estudios me alegran mis días, muchas veces tristes.
Gracias, Alca,por esto que escribiste.
Felicidades
Volivar
Gracias por el comentario. Pues si, los recuerdos escolares son una mezcla de sufrimientos y de nostalgia. Saludos literarios.
Me he reído con tus ocurrencias, algunas frases son geniales. Quizá terminar un cuento diciendo que todo había sido un sueño es un lugar común demasiado utilizado pero tú le has dado un matiz original. Enhorabuena y voto.
Gracias por tu comentario y por lo de las frases geniales. Saludos literarios.
Buen relato, has mantenido la tensión hasta que se despertó. Te digo lo mismo que el señor Vimon corrige los errores por que a veces cuesta leerlo. besos para Golon y para ti también,
Gracias por el comentario. Tendré cuidado con la mecanografía. Besos de Alca y Golon.
Gracias por el comentario. Tendré en cuenta lo de los errores mecanográficos. Besos de Alca y Golon.
Buen relato, de lo mejor que he leído por aquí. Saludos. V.
Gracias por tu comentario. Saludos literarios.
¡Típico! Quién no ha tenido un sueño así: en que las tareas no se hacen o no se sabe nada para el exámen del día. ¡Cómo odio tener esos sueños, se sufre mucho! Jajajaja…
Te felicito.
Mi voto.