La fábula de los tres proscritos
9 de Enero, 2013 22
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En la cima de una montaña, más allá de cualquier pueblo o ciudad; más allá de cualquier camino transitado por el hombre, existía una cabaña solitaria. Una casita de madera toda ella recubierta de jazmines que, al amanecer y al anochecer, según el día, desprendían un dulce aroma a nostalgia y alegría. De hecho, su perfume podía infundir cualquier sentimiento o emoción gracias al curioso personaje que en ella vivía. Podemos llamarlo el Hacedor de Cuentos, pues de su pluma surgían todos los relatos que han sido, y serán, contados por abuelos, trovadores, escritores o poetas.

Cada mañana se despertaba con el alba. Se preparaba un tazón de chocolate y esperaba a que llegaran los ruiseñores para darle noticia de los hechos y sucesos acaecidos en las aldeas y villas de los humanos. Con esa información, se sentaba en su enorme mesa de madera de roble, asía la pluma de un pavo real y, tras mojarla en el tintero, empezaba a escribir. Al terminar el cuento, enrollaba el pergamino en el que había sido escrito y se encaminaba a lo alto de un risco, bajo la plateada luz de la luna llena. Allí esperaba la llegada del viento de las musas y le lanzaba el rollo. El viento lo recogía para llevarlo hasta los humanos. Por el camino las letras cobraban vida y se separaban de la hoja, convirtiéndose en pensamiento. Y ese pensamiento alcanzaba a algún hombre capaz de comprenderlo y de sentir la necesidad de plasmarlo, como cuento, en un papel.

Sin embargo, últimamente, los ruiseñores contaban hechos tristes. La vida de los humanos se había vuelto complicada. El bien y el mal habían perdido la nitidez de sus fronteras y, por eso, las historias que nacían en aquella cabaña eran cada vez más oscuras y retorcidas.
El Hacedor echaba de menos la sencillez de otras épocas. Añoraba aquellas historias de princesas encantadas, de aquellos cerditos tan peculiares, de aquel pato tan feo o de aquella descuidada niña que se dejaba engañar por un lobo. Y así fue como un día decidió escribir tres historias como las que había creado tiempo atrás, con animales que hacían de personajes malvados y enseñanzas de provecho para la vida. Una vez terminadas, enrolló los pergaminos, en las que estaban escritas, y se fue al risco donde le esperaban la luna y el viento. Lanzó los pergaminos al aire y, como siempre, el viento los acogió en su seno. Pero sucedió que, esa noche, el viento de las musas andaba un poco despistado y los dejó escapar, perdiéndose en un bosque de pinos. Estuvo buscándolos hasta que se cansó y, entonces, decidió dar media vuelta y disculparse por su descuido ante el Hacedor.

Los pergaminos fueron cayendo entre los arboles. De los tres, dos llegaron hasta el suelo. El tercero se quedó enganchado en el nido de un cuervo que comenzó a picotearlo, pensando que era un ave que quería hacer daño a sus huevos. Al comprobar que sólo era un papel escrito se tranquilizó y empezó a leerlo.

— ¡Esto es intolerable! —graznó una vez terminó su lectura.

Y es que el cuervo sabía quien era el responsable de la historia que había leído. Era el mismo que había escrito otras en las que siempre aparecía como ave de mal agüero, como mensajero de la muerte. Puede que fuera por su recién estrenada paternidad, que le hacía más sensible a la ignominia, o puede que no, pero el caso es que decidió ir a visitar al Hacedor para pedirle explicaciones. Comprobó que los huevos todavía no estaban listos para eclosionar y levantó el vuelo.

Por el camino se encontró con una serpiente que, a duras penas, se arrastraba por el camino. Portaba enrollado en su cola un pergamino parecido al que había leído el cuervo. La dura expresión de su cara le hizo pensar que también estaba muy enfadada y decidió preguntarle.

—Amiga serpiente, ¿dónde vas tan enojada? —preguntó el cuervo posándose en el suelo.

— ¡El motivo de mi enfado es la historia que está contada en este papel! —respondió la serpiente sin dejar de arrastrarse—. Voy a ver al Hacedor porque estoy harta de ser la mentirosa, la manipuladora, la que tienta a los humanos a pecar.

—Yo acabo de leer un relato suyo y también aparezco como un malvado —confesó el cuervo—. Ya que también voy a ver al Hacedor, deja que te recoja con mis garras. Volando llegaremos más rápido.

La serpiente aceptó y, tras dejar el pergamino en el suelo, emprendió el vuelo con el cuervo. Cuando se encontraban a punto de llegar vieron a un lobo con otro pergamino enrollado entre sus dientes. Supusieron que también iba a ver al Hacedor y la serpiente le llamó.

— ¡Hermano lobo!, ¿acaso vas a ver al Hacedor de cuentos? —siseó la serpiente.

—¡Cómo no ir a verlo! Es inaudito —aulló el lobo—. Voy a quejarme por tantas historias difamatorias contra mí, ¿no es bastante con acusarme de devorar niñas, corderos o abuelos que ahora vuelvo a ser el rufián de un nuevo cuento?

—Compartimos tu indignación —añadió el cuervo—. Estoy cansado de volar con el peso de la amiga serpiente y, dado que los tres vamos al mismo destino, ¿te importaría que me posara sobre tu lomo?

— ¡En absoluto! —Confirmó el lobo—. He oído historias acerca de vosotros y no os dejan en mejor lugar que a mí. Posaos pues y vamos a cantarle las cuarenta al autor de estas historias.

Aquella noche el Hacedor se encontraba, como siempre, al aire libre, junto a una fogata. Estaba contrariado. Momentos antes el viento le había informado de la pérdida de las historias. Había aceptado sus disculpas pero le daba mucha rabia que un cuento cayera en el olvido. Y ese día habían sido tres. De repente observó que algo se movía entre los matorrales. Se preguntó quién podría ser. Allí no lo visitaba nadie, excepto los ruiseñores que le venían a contar las noticias del mundo. Cuando pudo distinguir la silueta del visitante se asustó. Era una figura extraña. Parecía un ser de cuatro patas y tres cabezas. Además tenía alas y un rabo que se enrollaba y desenrollaba.

— ¡Hacedor nos debes una explicación! —demandó un coro de tres voces.

—Por favor, ¡no me hagáis daño! —Suplicó el Hacedor—. Sólo sirvo para crear cuentos que hagan soñar, pensar, divertir o enseñar.

— ¡De eso venimos a hablar! —volvió a clamar el coro de tres voces.

Cuando la fogata iluminó al extraño ser, el Hacedor respiró aliviado. Se trataba de un lobo, con una serpiente enrollada en su cuello y un cuervo posado sobre su lomo.

— ¡Ah! sois vosotros, y ¿qué es lo que os ha hecho venir? —Demandó ufano el Hacedor—. Pero ¿y mis modales?…mejor que antes pasemos a mi cabaña donde sin duda habrá un delicioso chocolate caliente que ofreceros.

Entraron en la cabaña y el Hacedor invitó a los animales a acomodarse alrededor de la mesa de roble. El cuervo se posó sobre el tablero. El lobo se sentó, apoyado sobre sus patas traseras, en una silla. La serpiente se enrolló sobre una de las patas de la mesa asomando su cabeza. El Hacedor les acercó a cada uno un tazón de chocolate caliente y se sentó con ellos.

—Y bien, ¿qué os trae por aquí? —les preguntó.

— ¿Por qué he de ser yo el malo de todos los cuentos —comenzó el lobo—. ¿Por qué he de ser el que engaña a los pobres cabritillos o a los niños para comérselos? ¿Son mis afilados dientes?, ¿es que los humanos no crían cerdos, terneros o gallinas para comérselos después? ¿Qué tiene de pecado algo tan normal como comer cuando se tiene hambre?

— ¿Y yo? —Continuó el cuervo—. ¿Qué culpa tengo de que mi plumaje sea negro y que los humanos identifiquen este color con la muerte? Ha de saber que gracias a ese color puedo ocultarme de los depredadores por la noche. Además, ¿desde cuándo las brujas son mis amigas?

— ¿Y qué me dice de mí? —Finalizó la serpiente—. Mi vida es pacífica y tranquila. Sólo como cuando tengo hambre y, además, hipnotizo con mis penetrantes ojos a mis presas para evitarles dolor. ¿Por qué he de ser yo quien tiente a los hombres a cometer el pecado? ¿Qué sé yo de la moral humana?

El Hacedor dio un sorbo a su tazón de chocolate. Sólo había querido hacer tres cuentos sencillos, con una hermosa y transparente moraleja, y por el contrario se encontraba recibiendo una reprimenda. Hizo memoria de todas las historias que había creado y, en verdad, en ninguna esos animales habían salido bien parados. Nunca había pensado que pudieran ofenderse. Después de todo él hacia historias para los humanos, nunca pensó que los animales supieran leer.

—Mis disculpas —se apresuró a decir el Hacedor—. ¿Cómo puedo compensaros?

— ¡Queremos un cuento en el que nosotros aparezcamos como los buenos, los héroes y los virtuosos! —clamaron a trío los animales.

El Hacedor se quedó pensativo antes de volver a hablar.

—Vuestros motivos son razonables pero tenéis que tener en cuenta que yo creo historias por y para los hombres. Vosotros sois símbolos elegidos por ellos para expresar sus miedos, sus enseñanzas o sus esperanzas —trató de explicar el Hacedor.

Observó que sus disquisiciones no convencían a los animales y pensó en alguna forma de poder resolver la situación. Finalmente tuvo una idea.

—La única manera para crear un cuento en el que aparezcáis como animales virtuosos es conseguir que un humano os vea de esa forma —concluyó el Hacedor.

— ¿Y cómo podemos conseguir eso? —demandaron los tres animales a la vez.

—Lobo, tú alimentaras al hambriento así el hombre dejará de verte como una amenaza para sus reses —El Hacedor se dirigió después al cuervo— ¡Cuervo!, tú le darás consuelo al moribundo así no te verá como un presagio de su muerte y… ¡Serpiente!, tú guiarás al perdido para que vuelva a la senda correcta, de esa manera no te verán como la embaucadora voz siempre dispuesta a corromper las almas.

— ¡Eso haremos! —dijeron los animales mientras salían por la puerta.

El Hacedor se quedó recogiendo los tazones de chocolate. Le habían conmovido las quejas de los animales. Silbó y tres ruiseñores entraron por la ventana posándose sobre sus hombros.

—Quiero que los sigáis para que me informéis de sus andanzas —les pidió el Hacedor.

Cuando llegaron al final de la ladera de la montaña y encontraron el primer camino construido por los hombres, el lobo, el cuervo y la serpiente, se separaron deseándose suerte. Tenían que buscar un hambriento, un moribundo y un perdido.

El lobo, oculto entre los matorrales, fue visitando las granjas de los hombres hasta que llegó a una en la que el granjero presentaba las vestiduras más ajadas que había visto. Tras observar un buen rato concluyó que ese hombre sólo disponía de una cabra, que además tiraba a vieja. Al lobo le pareció lo suficientemente hambriento. Decidió entonces buscar un ciervo para ofrecérselo como alimento. Se internó en el bosque y, cuando encontró a uno grande, lo mató con un certero bocado en su cuello. Después lo arrastró hasta la granja. Llegó exhausto hasta la puerta y con su pata la golpeó. Cuando el granjero abrió lanzó un grito de terror y cogió una enorme vara de madera. El lobo, al verlo así armado, apretó sus colmillos y gruñó. Sin embargo recordó el por qué estaba allí y, tocando con su hocico el cuerpo del ciervo, trató de hacerle entender que le traía un obsequio. Mas el granjero no entendió su ofrenda y le propinó un enorme mamporro en el lomo. El lobo aulló dolorido y se marchó corriendo.

No muy lejos de allí se encontraba el cuervo que estaba descansando sobre una rama. Había visitado hospitales en busca de moribundos a los que consolar pero, o bien había llegado muy pronto o demasiado tarde. Desde aquella rama contemplaba a un agricultor sentado en el suelo con una azada. Le llamó la atención que el buen hombre tenia vendada una de sus piernas. La venda estaba sucia y ensangrentada.

— ¡Tengo que levantarme y seguir con la cosecha! —Exclamó con voz febril el agricultor— ¿Quién podrá alimentar si no a mis tres hijos?

Entonces el hombre se levantó, apoyado en la azada y prosiguió su tarea. El cuervo se percató de que la herida estaba infectada. Sin una cura y descanso causaría la muerte del agricultor. Decidió, entonces, revolotear alrededor suyo para darle ánimos. Pero el agricultor, al verlo, levantó su azada contra él.

— ¡Márchate pájaro de mal agüero! —Gritó al cuervo—. Acaso crees que moriré por culpa de esta herida, ¡Estás equivocado si piensas que no aguantaré hasta que termine la siembra!

En uno de esos aspavientos, la afilada hoja de la azada seccionó una de las patas del cuervo. Éste logró salir volando y adentrarse en el bosque, pese al dolor ahogado que recorría todo su cuerpo.

Los graznidos del cuervo fueron escuchados por la serpiente que se encontraba enrollada en la rama de un árbol no muy lejos de allí. La pobre serpiente no sabía como cumplir con su cometido. Dar de comer al hambriento o dar consuelo al moribundo eran tareas sencillas de cumplir, pero guiar al perdido suponía comprender la ética humana y ella sólo era un animal después de todo. Al fin se decidió por esperar en un escondido recodo del bosque. Si un humano pasaba por allí seguro que estaría perdido, por lo menos en uno de los sentidos. En esas llegó corriendo un joven, casi un niño. Por su cara parecía que estaba huyendo de algo o de alguien. Llevaba una bolsa atada a su cinturón y un arma en la mano. Cuando alcanzó el árbol, donde se encontraba la serpiente, se detuvo para recuperar el resuello. Dejó su arma en el suelo y abrió la bolsa, dejando a la vista un montón de monedas de oro.

— ¿A dónde puedo ir ahora? —se preguntó el joven mientras oteaba el espeso horizonte.

Ni corta, ni perezosa, se deslizó por el tronco del árbol dispuesta a indicarle el camino hacia el pueblo más cercano. Pero, al verla, el joven dio un brinco y apuntó con su pistola a la serpiente. Ésta trató de tranquilizarlo con su mirada mientras indicaba con su afilada lengua la dirección correcta.

— ¿Tan pronto te envían del infierno para llevarte mi alma? —espetó el joven asustado.

La serpiente irguió su elástico cuerpo y el joven le disparó en la cola, partiendo a la pobre serpiente en dos. Malherida se internó como pudo entre los matorrales.

Transcurrieron varias semanas hasta que el apaleado lobo, el cojo cuervo y la media serpiente pudieron volver a la cabaña. Llegaron cabizbajos pues no habían conseguido cumplir ninguna de sus encomiendas. El Hacedor los estaba esperando con un pergamino
bajo el brazo y, tras ofrecerles un tazón de chocolate, les habló:

— ¡El pergamino que veis bajo mi brazo es la historia que os prometí! —indicó sonriente ante la mirada desconcertada de los tres animales.

— ¿Cómo es posible si no hemos conseguido cumplir nuestros cometidos? —exclamaron al unísono el cuervo, el lobo y la serpiente.

El Hacedor sonrió y llamó a los ruiseñores que envió tras ellos. Estos se posaron sobre su cabeza y hombros empezando a hablar, uno a uno

— ¡Lobo! —dijo el primero—, provocaste en el granjero mucho miedo al pensar que pudieras haberte comido su única oveja y quedarse así sin sustento para vivir. Por eso, cuando te marchaste, decidió vender el ciervo que tú le ofreciste y, con el dinero que recibió, compró semillas para cultivar un huerto y con sus frutos dejó de pasar hambre.

— ¡Cuervo! —exclamó el segundo ruiseñor—, tu presencia alertó al hombre de la cercanía de su muerte. Se dio cuenta de que si no curaba su herida moriría y nadie podría alimentar a sus hijos. Se fue al médico y en una semana sanó su herida. Y, aunque ha perdido parte de su cosecha, sus hijos seguirán teniendo un padre.

— ¡Serpiente! —finalizó el tercer ruiseñor—, el joven había decidido dejar de ir al colegio y abandonar a sus padres para ganarse la vida como ladrón. Al verte ese día, por primera vez, sintió miedo de echar a perder su alma con sus malas acciones. Devolvió el dinero robado, regresó con sus padres y volvió a estudiar.

Fue entonces que el Hacedor pidió a los, por fin satisfechos, animales que le acompañaran hasta el risco. El viento de las musas estaba esperando. Al llegar, el Hacedor lanzó el pergamino y el viento lo acogió en su seno. Esta vez, sí consiguió llegar a las aldeas de los humanos y las letras cobraron vida, transformándose después en pensamiento. Y ese pensamiento ha florecido en forma de historia en quien humildemente les ha ofrecido este relato.

22 Comentarios
  1. Hola DavidRubio, después de leer este cuento solo me viene una palabra a la cabeza: SUBLIME.
    Me gusta por varios motivos: lo bien escrito, lo original de la historia y sobre todo esa escena del Hacedor lanzando cuentos al aire.
    Enhorabuena y mi voto. Saludos.

    • Sublime me parece una palabra muy grande para mí. Me alegro de que te haya gustado y lo hayas expresado. Pero sobretodo gracias por tu lectura. Es un relato largo y en estos formatos a veces es complicado ponerse a leerlo.

  2. Que bonita y fascinante historia. Es bellísima.
    No pude despegar mis ojos del pc.
    Apoyo lo que dice Charis Cavera. Es un increíble.
    Todo me ha gustado. Muchos corazones quisiera darte.
    Creo que los escritores tenemos una responsabilidad moral, debemos aportar algo positivo, y tú lo logras con creces. Quien te lea, termina con el corazón contento, con una sonrisa en la cara y un regocijo en el alma.
    Un gran abrazo.

    • Apreciada Lucia, como dicen los matemáticos, en una linea hay un número infinito de puntos. Tu corazón incluye un número infinito de corazones, por la belleza y energia de todos tus comentarios. No tengo palabras para agradecertelos.

  3. Buen relato, David. Mi voto y un saludo.

  4. Muy bueno, me encantó. Mi voto con mi corazón.

  5. Bella fábula, DavidRubio. Mi corazón para ti.

  6. Excelente, pronunciando bien la “x”, para que resalte lo buena que me pareció, gracias por dejarme disfrutar tan buen relato, te mando mi voto…

  7. Davidrubio: un cuento muy hermoso; me ha gustado el estilo con el que expresas tus ideas;claro, sencillo, muy atractivo, sin salirte de tu objetivo, sino preparando un final impactante, en verdad.
    Mi voto
    Volivar

    • Gracias Volivar por todos tus comentarios. Sí, las historias que se me ocurren normalmente empiezan por el final. Todo el resto del relato es una explicación para ello.

  8. Me ha encantado el concepto en sí, y tu forma de narrar. Tienes una técnica impecable, y narras con las palabras justas, ni más ni menos. Muy bueno.

  9. Bravo. Me ha gustado la descripción y ritmo.
    Un saludo

    • Gracias Jose, me animas mucho a seguir escribiendo, creo que el corazón no se ha marcado. Un abrazo nos seguimos leyendo

  10. Bueno, David, sinceramente no me puedo creer que esta historia solo tenga 11 votos, 12 con el mío, es imperdonable, pienso que es un cuento genial, muy elaborado. Es más que merecedor de ser publicado al igual que el anterior que he leído tuyo. Con este me parecía ver las ilustraciones mientras leía :-) Me gustó muchísimo. Volveré para compartir.

    Un abrazo y mi voto.

    • Gracias 1000Lunas, Comentarios como los tuyos ya me valen más que un voto. Van bien para darte ánimos y para ser leído. Mis relatos son largos y a veces, me pasa a mí también, echa para atrás al pincharlo. Un abrazo espero que te sigan gustando mis relatos

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