Para olvidarme un poco de mi trabajo, siempre el mismo, día a día, una tarde reciente me subí en el primer autobús foráneo que salió de la vieja y mugrienta terminal enclavada al oriente de la ciudad de Sahuayo.
A vuelta de rueda llegamos a Totolán; el conductor estacionó la unidad a un lado de la cinta asfáltica para esperar a una señora que le había hecho la señal de que la esperara mientras agarraba una gallina que correteaba, arisca, en el patio de su casa; y algo similar ocurrió en la población siguiente, Los Remedios, en donde la tardanza también se prolongó un buen rato, pues a un hombre que pretendía subirse al autobús, de los brazos se le escamoteaba un cerdo y tenía que perseguirlo entre los surcos de un sembradío adjunto a la carretera.
Yo me había sentado en el último asiento del camión, por lo que no fui objeto de la rabia de las aves de corral que picoteaban a diestro y siniestro, y asimismo, no recibí ni una zope de excremento de los marranos que iban en las canastillas (enrejado sobre las cabezas de los viajeros para sus bolsas, morrales y, en este caso, para los puercos, para las gallinas y creo que hasta para los guajolotes –pavos, les llaman en Estados Unidos, el extraño país al norte de la nación mexicana).
-¡San Antonio Guaracha, señores… final del viaje…! –gritó el chofer, después de estacionar el autobús bajo un techo de madera apolillada en el centro del poblado que había nombrado.
Me bajé, y como la tarde apenas empezaba a recibir el manto negro de la noche, alegre por encontrarme en un pueblo tan tranquilo, me dio por caminar; recorrí calles retorcidas que ahora trepaban una loma, ahora bajaban, para desembocar en la plaza principal del pueblo.
Llegué a este lugar con las manos metidas en los bolsillos del pantalón; alegre caminé bajo la sombra de los árboles que se alineaban con las bancas de fierro en los cuatro costados del jardín público; y después de vagar por allí, me senté junto a unos ancianos desquehacerados, que señalando una vieja construcción, comentaban, en un monólogo intercalado:
-Pues sí, amigos, como les decía, hasta el año 1940 floreció esa hacienda que está allí, frente a la plaza; fue una de las más prósperas del país, propiedad del fulano que respondía al nombre de Manuel Moreno.
Como ven ustedes, son muy altas y gruesas las paredes de adobe de las bodegas donde almacenaban la enorme cantidad de maíz que se cosechaba en aquellos fértiles terrenos, cuando aún no se sabía de los actuales productos químicos agrícolas, que tanto daño causan en las siembras.
- “Luis García” se llamaba el encargado de la “tienda de raya” –intervino otro viejito-; lo auxiliaban los jóvenes Arcadio y Pepe Acevedo.
Frente a esa ventana que da a la calle (la señaló con un dedo), los sábados, por la tarde, se formaban los peones para recibir el pago de la semana laboral. Allí, en fila, se afligían, se acongojaban, y se enojaban, porque a cambio de su arduo trabajo campesino recibían artículos comestibles a precios muy elevados, y sólo unas cuantas monedas iban a parar a los bolsillos de sus calzones guangos, de manta.
-¿Y, al cundir el agrarismo, qué pasó con los propietarios de la hacienda?
-¡Se los comió la tierra! -sólo se sabe que ahorcaron a don Luis, el encargado de pagarles a los trabajadores.
-¡Caramba!
-¡Y se cuenta cada cosa! –prosiguió otro fulano -; como bien han de saberlo ustedes, compas, en la alta noche nadie se atreve a pasar frente a esa ventana, porque se escuchan gemidos tenebrosos y espantosos ruidos en el cuarto.
-Estos viejillos chimuelos y arrugados -me dije- no han de tener temas para sus pláticas, por lo que se inventan cada cosa. ¡Qué pena me causan! –seguí pensando-, metidos en este pueblo alejado de la civilización, ni cuenta se han de dar de los goles que en Europa mete el Chicharito Hernández, y menos sabrán de que Jennifer Gamer y Ben Offleck han sido padres por tercera vez.
No me inquieté cuando me di cuenta de que hasta al día siguiente había camiones de pasaje para regresar a Sahuayo, y me propuse pasar la noche de la mejor forma posible en San Antonio Guaracha; me paré de mi asiento, caminé por allí, y, de pronto, me topé con una fiesta en honor de una quinceañera.
Me metí al salón (en los pueblitos no se necesita invitación especial para ser parte de la alegría general ocasionada por cualquier celebración).
Pronto me hice amigo de unos cuates que sentados a una mesa le sacaban el líquido a tres botellas de tequila, del corriente, es decir, del que, saliendo a la calle, logra que nadie quede en pie después de caminar dos cuadras.
Cuando todo se acabó y los invitados se retiraron a sus casas, también yo me salí; el contenido de media botella de tequila, que llevaba entre pecho y espalda, me llevaba ahora para allá, ahora para acá, caminando al buen tuntún, hasta que mis piernas se negaron a moverse.
No me acuerdo qué horas eran, tal vez la una, la una y media de la madrugada, pero sí tengo muy presente, aún, que estaba yo sentado en el suelo, a un lado de la ventana de la que tanto habían hablado los viejitos; que estaba a punto de agarrar el sueño cuando, de pronto, temblando de pavor, escuché amenazantes y tenebrosos gritos que salían del cuarto.
-¡Agárrenle los pies; átenselos; amárrenle las manos; pónganle el lazo en el pescuezo! ¡Avienten la reata al morillo del techo! ¡Jalen con fuerza!
Luego siguió un ruido infernal como de cacerolas arrojadas violentamente al suelo, y escuchaba yo muy claras las desesperadas patadas en el aire, tirando las cosas de la tienda.
Enseguida escuché una agitada corretiza por los patios, como si persiguieran a los pocos servidores fieles que aún le quedaban al amo don Manuel. Y para que no fueran a ahorcarme a mí también, me paré, alejándome de allí; caminé de prisa, derechito, ya que después de haber escuchado esto que les cuento, se me cortó la borrachera, y fui a tirarme bajo una banca de la plaza, tiritando de frío, a decir verdad, pero sin la abrumadora cotidianidad de la ciudad, y alejado un buen trecho de la tenebrosa ventana en donde les pagaban a los que fueron peones de la famosa hacienda.



Eres un maestro tejiendo historias e historietas, son fluidas y enganchan desde el principio, y los diálogos son muy naturales y a la vez auténticos, creíbles.
Gracias por escribirnos ! Jose Maria relatourbano
Volivar, buenisimo el relato, me atrapo, me imagine estar en cada unos de los lugares que describias.
Me encantosos un gran escritor.
“alejado un buen trecho de la tenebrosa ventana en donde les pagaban a los que fueron peones de la famosa hacienda”
He viajado imaginariamente a la ciudad de San Antonio, gracias a tus letras esto fue posible. Muy buen relato lleno de realismo mágico. Un gran saludo, para mi amigo Volivar, desde Buenos Aires.
Excelente texto, amigo Volivar, en donde denotas una gran pericia para el costumbrismo y la narrativa pintoresca.
Tu estilo es tan grato y colorido que me refiere directamente a maestros del género como José Rubén Romero o Juan de la Cabada.
Transmites como nadie la gracia y el sabor de la provincia de nuestro México.
Una novela tuya, debe ser muy disfrutable: tu estilo y visión se prestan para ello: textos largos llenos de anécdotas curiosas y descripciones interesantes.
Una sugerencia: para tus relatos fantásticos podrías aprovechar las leyendas de nuestros hermanos, los indígenas purépechas.
Gracias páisano y felicidades por tus escritos.
Jesusademir: gracias por haber leido esto que puse en la red.
Gracias también por tu sugerenciaq en cuanto a las leyendas de nuestros perépechas.
Atentamente
Volivar
Nanky, el estimado Nanky argentino… te agradezco tu apoyo para seguir en esto.
Y te felicito por tu amplia cultura (se ve, amigo, en tu narrativa).
Atentamente
Volivar
Prichi8, gracias, por tus comentarios,y por seguirme en esto de escribir.
Prichi8, eres tremendamente amable.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México
Relatourbano, es un honor que alquien como tú se fije en mi narrativa.
Te agradezco tus expresiones que alientan a seguir escribiendo,y claro, a superarnos.
Volivar (Sahuayo,Michoacán, México
Excelente relato también. Poco queda que decir. Comparto con otros lectores la buena ambientación de tu relato, a mí también me ha hecho volar hasta esos lugares, aunque claro, nunca he estado en México y me lo he tenido que imaginar a mi manera.
¡Buen relato!
davidcrespo1984: te agradezco el interés por mis relatos; yo admiro tu gran erudición, fu faciidad para armar la belleza escrita; en verdad que no sé cómo le haces para exponernos tanta literatura bella.
En cuanto a lo que comentes de lo que yo publico en la red, es un inmerecido honor saber que alguien como tú te tomas un tiempo paa leerme. Te agadezco, son palabras de aliento, y a seguirle, amigo, tenemos que llegar a las alturas literarias…. tú, ya tienes un gran camino en esto… y te felicito.
Volivar
Me encanta como narras estas historias. Me parece que vas recogiendo leyendas y relatos de aquí y allá para después juntarlos todos en una sola historia. Logras crear la impresión de que dichos lugares existen en la realidad, al menos yo sí lo creo.
Muy disfrutable.
Felicidades
lot alkef: as’i es amigo; a los lectores de mi periodico les pongo estos relatos; ocurre que como el periodismo escrito está en desventaja con el televisivo, me valgo de cuentos y leyendas para lograr algo que no ofrece la tele,,, ya estoy poniendo en internet mi periodico. Te invito a participar, con temas fronterisos, Si aceptas, ya nos pondremos en comunicacion directamente
Volivar