La historia de la corbata
3 de Agosto, 2011 4
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Controversia I

Suavemente, con el puño ligeramente cerrado, el señor Manuel golpeó la puerta del despacho de su jefe, entró, se sentó en el sillón giratorio color verde y se acomodó la corbata alisándola sutilmente con los dedos.

—He venido a decirle algo que hace mucho se lo tendría que haber dicho, pero hoy he llegado a un punto límite y el valor que me ha faltado antes, se ha reunido todo junto en un solo día, y ese día es hoy.

—Adelante Manuel, lo escucho, sabe usted que siempre nos hemos comunicado muy bien.

—Mire, yo siempre fui un empleado leal, fiel, honesto, con usted y para la empresa, jamás he pedido nada y nunca me he quejado por nada, pero definitivamente no voy a seguir usando esta ridícula corbata con el nombre de la empresa bordado en ella y además en tan espantoso color.

—Pero usted es la cara de la empresa, usted está en las ventas, la gente entra y lo primero que ve es a usted, tiene que estar prolijo y elegante, “Matafuegos La Helada” tiene un gran prestigio y el personal debe estar tan presentable como nuestro producto.

—En primer lugar —prosiguió Manuel como si no lo hubiera escuchado—, le voy a decir que esta cara es mía y no de ninguna empresa, si usted quiere una cara para “Matafuegos La Helada”, pues dibújela, y segundo, de qué prestigio me habla, si los matafuegos que vendemos ni siquiera lo hieren al fuego, señor. Escúcheme, como sea, no voy a seguir usando esta cosa atada a mi cuello, nunca entendí las corbatas y siempre me pareció una imbecilidad sin sentido.

—Déjeme que le cuente algo que puede llegar a ser de su interés, ya que nunca entendió el uso de lo que a usted le parece una imbecilidad.

»La historia de la corbata data de 1.660, más o menos, en el enfrentamiento entre el regimiento Croata y los Turcos. Este regimiento (parte del imperio Austro-Húngaro), en una de sus visitas a París se presentaban como héroes ante su Majestad Luis XIV, dicho sea de paso, Luis XIV era conocido por su gusto por el buen vestir y los pañuelos, la cuestión es que estos oficiales llevaban al cuello unos pañuelos de colores.
Se cree que también usaban estos pañuelos los oradores romanos para calentar y cuidar sus cuerdas vocales.

»A Luis XIV le gustaron tanto que diseñó para el regimiento un pañuelo con la insignia Real, y al que denominó Cravette, que significa Croata. El regimiento fue conocido como el Royal Cravette.

»A principios del siglo XX Europa comienza a fabricarlas, pero muchos historiadores predecían la desaparición de la corbata. Como usted dice, no tenía sentido llevar esa cosa atada al cuello, pero la corbata perdura hasta nuestros días, por algo será, ¿no le parece?

»Muchos fueron los partidarios de la corbata, decían que realzaba el uso de la camisa y destacaba la verticalidad del cuerpo, que añadía estilo, elegancia, color y textura a la sobriedad de la camisa.

»A pesar de los detractores, la corbata y la camisa evolucionan juntas y logran una mejor armonía.

—Está bien señor, muy interesante su historia, pero a mí me importa un demonio la evolución de la camisa y la corbata, y tampoco fui un oficial croata, apenas soy un vendedor de matafuegos que no matan.

»Y la verticalidad del cuerpo, por si fuera poco estar vendiendo matafuegos, también soy encorvado, de modo que me sigue pareciendo ridículo y sin sentido y no la voy a seguir usando. Además me incomoda terriblemente y me provoca un tic en el cuello que ya se me hace incontrolable; imagínese, encorvado y con un tic, y tampoco me paga usted para que use esta ridiculez.

»Por lo que gano, de seguro que una buena corbata costaría más que mi sueldo.

»Esta es mi decisión, simplemente se la estoy comunicando.

—Así se habla Manuel —sentenció irónicamente su jefe—. Deje su corbata encima del escritorio y pase en la semana a retirar su indemnización, ha sido muy grosero e impertinente, y la empresa no necesita gente así. Retírese por favor.

 

Controversia II

—Discúlpeme señor —dijo el camarero acercándose a la barra donde Manuel gastaba por adelantado su indemnizació— el bar está por cerrar y creo que debería ir yendo.

—¿Sabe qué pasa? Que usted…

—Claro que nos queda whisky, ¡qué sería de un bar si no tuviese whisky para sus clientes! Mire si una farmacia no tuviera aspirinas para su dolor de cabeza, pero debería marcharse porque, como le dije, estamos por cerrar.

—¡A mí no me duele la cabeza! —dijo Manuel alterando a los clientes— ¿Usted también me va a echar porque no quiero usar corbata? ¿Sabe de dónde es originaria la corbata? Dicen que destaca la verticalidad del cuerpo… fíjese, ¿le parezco muy vertical? Soy vendedor de matafuegos. ¿Conoce “Matafuegos La Helada? Sírvame otra medida por favor, pero esta que sea doble, tengo un viaje largo, luego le prometo que me iré.

—¿Hasta donde viaja?

—Voy hasta Quilmes.

—Entonces le sugiero que tome el whisky y se apure. Si pierde el colectivo, quién sabe cuando vendrá el próximo y a esta hora no hay trenes, ni barcos que lo lleven hasta allá, y aún no se ha construido un subte para aquellos lados. Y aunque hubiese subte, tampoco están en servicio a estas horas. La parada queda a pocas cuadras de aquí, va a llegar sin problemas.

—Pero, ¿qué le pasa? ¿Cómo piensa que podría ir hasta Quilmes en barco?

—Y usted, ¿cómo piensa que yo podría conocer el origen de la corbata?

—Claro, discúlpeme. Es un camarero, como yo un vendedor de matafuegos, y ninguno ha sido un oficial croata. Al menos usted no es encorvado.

 

Controversia III

Manuel se encontraba un poco perdido, desde que había salido del trabajo, estuvo caminando un rato largo sin ningún rumbo exacto hasta llegar a aquel bar y ahora que había bebido, menos sentido de la orientación tenía.

Después de esperar el colectivo por más de una hora y sin saber bien dónde estaba, supo que quizás iba a tener que pasar la noche en la calle y volver a su casa por la mañana.

Pensó, “está bien, parece que los chóferes de esta maldita línea se dedican a conversar y tomar café, en vez de hacer su trabajo, cómo puede una persona esperar un colectivo tanto tiempo, si yo fuera el dueño de esta empresa de transporte, habría uno cada diez minutos. ¡Ah, odio a los chóferes, tanto, tanto!

»Ahora sí, si estos cretinos están tomando café en vez de llevarme hasta mi casa, y viendo que tendré que vagar hasta la primera claridad, también yo me iré a tomar uno, buscaré otro bar, porque el subnormal que me sirvió el whisky ya cerró, lo que me sobra en este momento de mi vida es tiempo, que se vaya todo al carajo”.

Desde una cuadra antes de llegar, se veía un luminoso que decía “Café El Morocho Desvelado. Abierto 24 hs.”

Manuel advirtió al llegar que solo le quedaba dinero para el viaje de regreso. Por suerte el paquete de cigarrillos estaba lleno.

Al querer abrir la puerta, sintió que esta se le escapaba como si el picaporte fuese una bola de jabón. Se pasó la palma de la mano por el pantalón para secarse la transpiración y nuevamente, la puerta volvía a dar un paso más allá de él.

Tal vez el whisky lo había mareado demasiado o su presión estaría baja. Se quedó unos instantes de pie junto a la puerta, respiró hondo y volvió a coger firmemente la bola jabonosa.

—Buenas noches, quisiera hacerle una pregunta —Y de detrás de la barra salió un pequeño, negro y desnutrido cuerpo.

—Buenas noches. ¿Qué se va a servir?

—No, el que me va a servir es usted, y yo le dije si podía hacerle una pregunta.

—Pregunte no más, luego vemos lo que le sirvo.

—Solo por curiosidad, tendría la amabilidad de explicarme, si es que lo sabe. ¿Cómo se le ha ocurrido al dueño de este lugar ponerle semejante nombre?

—Permítame decirle que está usted hablando con el dueño. ¿Qué pasa? ¿El nombre no le agrada, no lo entiende, o le parece absurdo?

—Bueno, no más que las corbatas.

—¿Se encuentra usted bien, amigo? ¿Qué tienen que ver las corbatas con el nombre de mi bar?

—¿Conoce la historia de la corbata? Dicen que realza el uso de la camisa y…

—¡Bueno, bueno, bueno! Ya está bien, por favor no me quite la pacien…

—… ¿Le parezco yo muy vertical?

—Escuche, como soy una persona que nunca supo qué hacer con el insomnio, claro que he visitado toda clase de médicos, brujos, tarotistas, me hice acupuntura hasta en el culo y finalmente he probado con la marihuana, y no obtuve resultados con nada de esto, decidí invertir el dinero que heredé de una tía japonesa y poner un bar que estuviese abierto 24 hs. De esta manera habría empleados que lo trabajarían durante el día, y yo lo haría por la noche. Así no solucionaría mi problema, pero al menos viviría sin dar vueltas en la cama, maldiciendo y golpeando la almohada como un negro desquiciado.

—Entonces, ¿decidió invertir el dinero en un bar sólo porque no puede dormir?

—Me pidió que le contara, yo le conté, no me interesa si le parece bien, mal, si está de acuerdo o no.

»Además a causa del insomnio he perdido mi trabajo. ¡Imagínese, toda la noche sin dormir! A la mañana siguiente era menos que una colilla, no rendía en absoluto, mis jefes se cansaron y me despidieron. Así que aproveché la sucia limosna que me dieron, más lo de la herencia, y aquí estoy, soy dueño de un bar y sobrevuelo las noches, pero me volví adicto a la marihuana, la fumo constantemente.

—Y ¿cómo es eso de su tía japonesa? ¿Usted de dónde es? Porque yo no lo veo japonés.

—Mis padres eran africanos, pero yo nací en Argentina. La japonesa era una amiga de la familia que se crío con mi padre. Al morir, como no tenía a nadie en el mundo, me dejó su pequeña fortuna que me alcanzó para esta gran inversión.

—A mí también me han despedido.

—¿Usted también sufre de insomnio? Se lo aseguro amigo, no se va a arrepentir, póngase un bar y fume marihuana.

—Pero deje de decir estupideces. Yo por suerte no tengo problemas con la almohada, cuando me acuesto duermo como si el mundo viviese en silencio.

»Me han echado por no querer usar corbata, me harté y se lo comuniqué a mi jefe. Ese vulgar desagradable me contó esa historia de los croatas, él cree que tiene prestigio, pero es un enano que por más corbata que se ponga no se lo puede resaltar ni con luces de colores. En verdad apesta, él y toda su jodida empresa.

—Y, ¿a qué se dedicaba?

—Vendía matafuegos. ¿Conoce “Matafuegos La Helada”?

—No, no lo conozco, y desde que está aquí sentado no hizo más que quitarme tiempo. ¿Qué le sirvo?

—De eso quería hablarle. No tengo dinero más que para volver a mi casa y he estado una hora esperando el colectivo, así que tendré que aguardar a que amanezca y tomar el primero que pase, porque hasta Quilmes no hay subte ni barco. De modo que necesito hacer un poco de tiempo. Pero ya le dije que no tengo dinero, quizás exista la posibilidad de…

—Mire, dinero no tengo, así que no me pida. La noche no viene nada bien hoy.

—¡Pero déjeme terminar! Simplemente quiero un café calentito. ¡Un mísero y mugroso café! Eso no es mucho pedir, por favor. ¿Qué estoy viviendo? ¿Tampoco me van a dar café por no usar corbata? Resulta que también usted es un cretino, y su tía japonesa debe haber sido otra cretina grande, mire que morir sin tener a nadie en el mundo y dejar la herencia para que se pongan un bar apestoso y fumen marihuana. ¿Tanto le cuesta a la gente ser un poco solidaria? Seguro que usted no duerme por lo hijo de puta que es.

»Mire, si la acupuntura no le dio resultado, métase el café en el culo, por ahí con eso anda mejor.

 

Controversia IV

La noche se había vuelto un poco fresca. San Telmo estaba desierto y los viejos edificios con sus grises balcones y barandas oxidadas, la llovizna que comenzaba a molestar y las baldosas levantadas, entristecían aún más la soledad de las calles.

Manuel decidió refugiarse debajo de un pequeño techo de chapa despintada de un puesto de diarios. Con la vista lejana y casi ausente del mundo, llevaba un largo rato observando las gotas que salpicaban sus zapatos, cuando una voz violenta lo trajo de regreso.

—Ya sé que aquí no hay mucho lugar, apenas cabes tú y has llegado antes, pero estos balcones me dan un poco de miedo. Esta chapa tampoco es muy segura, al menos no está alta y la verdad que hoy, prefiero no mojarme.

La mujer se inclinó súbitamente y empezó a vomitar.

—¡Pero mira que eres jodida! Me hubieras avisado para que me corra. Prefiero el agua de lluvia y no tu sucia peste. ¿Por qué vienes a vomitar al lado mío? Acá estoy muy bien, ahora tendré que cambiar de techo ¿Es qué no entiendes? Parece que el mundo entero hoy se ha levantado contra mí, y lo único que me faltaba y lo último que esperaba, es que una vagabunda me vomite al lado.

—Después de todo, la lluvia no es mala ¿Qué puede haber más hermoso que el agua que nos cae del cielo?

—Y, ¿por qué no te mojas tú? Hubieras vomitado antes de venir.

—Te he dicho que prefería no mojarme. No me siento bien y tengo un poco de frío. Seguro que mi estómago me está dando problemas. Además, uno no decide cuándo va a vomitar. Te sientes mal, vomitas y punto.

—Pues yo tampoco tengo la intención de mojarme. Lo único que quería era un café y este maldito techo. Eso que te está pasando debe ser el hígado, por lo que veo bebes demasiado. El frío puede ser la resaca.

—¿Eres médico? Porque no pareces muy hospitalario.

—Soy vendedor de matafuegos, pero cualquiera se daría cuenta que bebes y que tienes una enorme resaca.

—¿Qué puede hacer una vagabunda además de beber? Por lo menos cuando me emborracho se me hace más blanda la situación. Uno nunca olvida, no estoy diciendo eso. Lamentablemente nada se olvida; pero no sé, al menos en mi caso, cuando bebo es como si todo se nublase dentro mío, como si el alma y la cabeza me dieran respiro. Yo he visto cómo desinfectaban una herida con vodka, luego al día siguiente me siento horrible y tengo que volver a beber. ¿Tienes un cigarrillo?

—Debería darte una patada, me has vomitado los zapatos.

—¿Me vas a dar un cigarrillo?

—Claro, tómalo y que no se te moje porque no te daré otro. Apenas tengo dinero para volver.

—¿Qué andas haciendo a esta hora y con esta noche? Si yo tuviera un hogar, en este momento estaría mirando televisión metida en la cama.

—Hoy me despidieron del trabajo y desde que salí de ahí comencé a caminar, me detuve en un bar y tomé algunos whiskies. Luego estuve esperando el colectivo más de una hora, seguí caminando, buscando un lugar para tomar un café, pero como no tengo dinero, no han querido servírmelo, así que seguí vagando, comenzó a llover y aquí estoy. Esto es San Telmo, ¿verdad? Estuve un poco perdido.

—Sí. ¿De dónde vienes?

—Vengo de La Boca, allí trabajaba, pero vivo en Quilmes.

—¿Por qué te han despedido?

—Por una corbata, pero es una larga historia, croatas, un rey y no sé cuántas estupideces más de ese enano despreciable que era mi jefe. Y tú, ¿por qué estás en la calle?

—No entiendo lo de la corbata y los croatas y…

—Te dije que es una historia larga y no tengo ganas de contarla. Fue por una corbata y se acabó. Parece que el alcohol, además del hígado, te trae algunas complicaciones con tu audición. Toma, fúmate otro. Así me acompañas y convídame con un trago.

—Yo acabo de salir. Fueron muchos años, apenas hace un mes que estoy afuera y…

—¿Has estado presa? —Interrumpió Manuel apartándose como si hubiera visto al mismo Diablo.

—Presa no —continuó calmadamente la mujer—. Estuve con unos enormes hijos de puta a los que llaman enfermeros, y que son los que te mantienen como una idiota con millones de pastillitas de colores. La diferencia es que yo soy una loca que usa la cabeza y me escapé. No me preguntes cómo, fue en un descuido, todo sistema tiene un descuido y yo lo aproveché.

—¿Por qué has terminado en lugar así? Te deben estar buscando.

—Que busquen, si logré escapar de allí, te darás cuenta que más fácil será andar libre en la ciudad. Además, ya no se me da por incendiar cosas. Como te dije, nada se olvida, pero eso desapareció de golpe.

—¡Oh por dios, debes haber hecho un mal enorme! ¿Cuánta gente…

—No, de ninguna manera, no he matado a nadie, te dije que incendiaba cosas. Lo hacía por amor al fuego, no que quemaba personas, por eso no fui a la cárcel, porque no soy una asesina. Cuando era adolescente me gustaba mucho acampar, siempre íbamos con un grupo de amigos.

»Una noche, todos se habían ido a dormir y yo me quedé sola, sentada al lado del fuego. No sé qué fue lo que pasó, pero sentí una enorme atracción por las llamas. El crepitar de las brasas era una hermosísima música. El fuego parecía realmente acogedor, y las cosas a través de él, se veían maravillosamente. Me acercaba más y más, hasta sentir que el calor me sofocaba. Así estuve casi toda la noche hasta que el sueño me tumbó y amanecí junto a un montón de cenizas.

»Aquel episodio, al igual que ahora, desapareció de golpe. Luego la vida me fue llevando por distintos tipos de cloacas y quise incendiar todos los recuerdos y junto con ellos a todos los que me han jodido.

»Un día, sin saber por qué, desperté de madrugada y prendí fuego mi departamento. Salí y comencé a incendiar autos, negocios, tachos de basura y todo lo que se me cruzaba en el camino… luego me quedé sentada junto a las llamas escuchando su música y viendo a través de ellas. Allí me encontraron, casi desnuda, sucia y sin saber lo que estaba sucediendo. Cuando me interrogaron les dije que ya estaba, que todo había pasado y que me sentía mejor. Después, como ya te he dicho, todo desapareció. Me encerraron y aquí estoy, tratando de no mojarme.

—Lo que no me queda claro es por qué al escapar no buscaste un lugar dónde quedarte. No sé, tu familia, algún pariente, amigos. En cambio has decidido vivir en la calle.

—No tengo a nadie, estoy completamente sola en este mundo, y si tuviese a quien…

—¡Como la japonesa! —Exclamó Manuel acercándose con simpatía y volviendo a ocupar su lugar.

—¿Quién? ¿De qué japonesa hablas?

—La cretina que le dejó su dinero a un negro insensible que fuma marihuana y no me quiso servir un café. ¡Ese desgraciado! A él deberías quemarle su asqueroso bar.

—Te dije que ya pasó, que ahora no se me da por incendiar las cosas. Parece que te he contagiado mi problema auditivo.

—Yo también me alejé de los matafuegos.

—Te he dicho que uso la cabeza, y de tener a quien recurrir, sería demasiado estúpido pedir ayuda. El primer lugar donde me buscarían sería entre la gente conocida.

—¡Busquemos otro techo por favor! —Se retorció gritando Manuel— Ya no aguanto el olor, ni siquiera has tenido la delicadeza de limpiar tu mugre. Porque está bien ser una loca desenfrenada, no te culpo, a cualquiera se le puede piantar un día la cabeza, pero ser sucio es algo que no soporto de la gente. Yo no sé por qué hay personas que les cuesta tanto bañarse, y suben a los colectivos y todos tienen que aguantarse su asquerosa humanidad, no deberían dejarlas subir. Como en las piletas; si uno no se ducha antes, no entra. O bien podrían poner en circulación colectivos para gente mugrienta, y que uno los distinga por el cartelito que llevan contra el vidrio, “Ramal 116; solo para hediondos”.

—Tu cabeza no está mucho mejor que la mía. ¿Cómo puedes desvariar con tanta facilidad?

—Al menos yo no ando incendiando cosas por ahí.

—Claro, ya sé, me vas a repetir que eres vendedor de…

—Te dije que ya no me dedico a eso ¿Se te han quemado los oídos?

—Y yo que no se me da por quemar nada. ¡Basta! No tiene ningún sentido seguir hablando de esto, luego tú te irás y…

—Como la corbata.

—¿Qué? ¿De qué hablas? Me tienes harta con esa mierda de la corbata. Mira, si me llegan a encontrar, les voy a recomendar que te vayan a buscar. Ahora estoy empezando a entender por qué te echaron.

—Entonces estás de acuerdo conmigo en que la corbata es…

—¡Bueno maldito demente, ya termina con esa historia, me importan un demonio los matafuegos, las corbatas, la japonesa y ese negro hijo de puta del café! ¿Es que me quieres volver loca?

—Perdóname, pero me parece que ha llegado la hora de irme. Puede ser que empiece a pasar algún colectivo y no puedo más con este olor, no nos hemos cambiado de techo y estás sucia. Solo quiero llegar a mi casa y tomarme un café. ¡Oh, por dios! Es lo único que quiero.

—Llévame contigo. Me vendría muy bien un café con leche bien caliente, mi estómago está completamente vacío.

—No, no puedo llevarte. No tienes dinero y yo tampoco, solo alcanza para un boleto.

—Resulta que no solo te has contagiado mi problema de audición, sino que también eres como ese negro o como la japonesa, un gran hijo de…

—Estás sucia, deberás viajar en el ramal de los mugrientos.

—¡Pero es que eso no existe, por favor, termínala ya! Estás destrozando mi cabeza. Además, no puedes quejarte de los hijos de puta y los insensibles que tienen el corazón de hielo si tu solidaridad y tu alma también están congeladas. ¿Te das cuenta? Por eso adoro el fuego.

—¡No, no vendrás! Si te llega a agarrar un ataque corro el riesgo de que incendies mi casa y ya te perdoné que hayas vomitado mis zapatos, pero si conviertes mi casa en cenizas, ahí sí que te mato.

—¿Y qué problema te haces? Algún matafuego debes tener.

—Debo irme, que tengas suerte. Toma, quédate con el paquete, al llegar agarraré dinero y compraré cigarrillos. Cuídate ese hígado. A propósito, ¿conoces “Matafuegos La Helada”?

—Vete a la mierda.

 

Controversia V

La primera luz del día traía consigo el infierno de una mala noche.

Agotado y fastidioso, en la parada de Lima y San Juan, Manuel metió su mano en el bolsillo y recordó que el paquete de cigarrillos se lo había dejado a aquella incendiaria vagabunda. Se cruzó de brazos, y mirando hacia Independencia vio el noventa y ocho que venía cortando Carlos Calvo, luego Humberto 1º, y al fin el chillido de la puerta y la desastrosa máquina azul despintada de los boletos, que a veces funciona como tragamonedas.

—Buenos días, hasta Quilmes por favor. ¿Estaba rico el café?

—¿Cómo dice? —Respondió el chófer mirando por el espejo.

—¡Le pregunté que si estaba rico el café!

—¿Qué café señor?

—El que usted se demoró tomando con sus compañeros.

—Saque el boleto y siéntese por favor. Es muy temprano.

—Mi teoría es que ustedes salen cuando se les da la gana —siguió Manuel—. Y no respetan los horarios, se quedan charlando y contándose estúpidas y baratas anécdotas, seguro, como grandes machos sementales que se creen, sobre la señorita que parlotea apoyada en el respaldo del asiento, o cómo mandaron a la mierda al que no les dejaba lugar para pasar. Porque ustedes piensan que son los dueños de la calle, andan como locos y cruzan los semáforos con luz roja, sabiendo que transportan personas y no vacas, sin mencionar la tragedia de que alguien esté cruzando en ese momento, y aunque transportaran vacas, ellas tampoco deberían sufrir la gravedad de algún choque. Tratan a los pasajeros con una irrespetuosidad que ya no tiene límites, paran donde les conviene y a veces ni siquiera paran y hay que andar corriéndolos.

»Cuando se pasan del lugar donde uno debe bajarse, porque no prestan atención, o lo que es peor y completamente inadmisible, van hablando por celular, encima se quejan e insultan porque se les toca el timbre de la puerta trasera más de una vez. ¡Oh, son verdaderamente una raza que detesto!

El chófer puso violentamente el freno de mano y saltó encima de Manuel.

Un policía que viajaba en uno de los asientos del medio y que había escuchado el discurso, llegó a interponerse justo cuando Manuel estaba apunto de ser arrojado por la ventanilla.

—¿Qué es lo qué está pasando acá? —dijo austeramente el uniformado—. Vengo de una terrible y agitada noche y solo un buen motivo bastaría para llevarme a los dos a la comisaría. Y me lo están haciendo demasiado fácil, déjense de estupideces que lo único que quiero es irme a dormir.

—Y yo un café —respondió Manuel.

—Disculpen caballeros, podrían terminar la discusión y permitirle a este hombre que ponga el colectivo en marcha, debo llegar a mi trabajo —aulló desde el fondo un pasajero.

—¿Por eso viaja con esa ridícula corbata? —siguió Manuel completamente irritado, dirigiéndose al pasajero—. Seguro que se siente atrapado dentro de un absurdo nudo y con toda su vida encerrada en ese maldito cuello. Pero claro, tampoco debe tener la suficiente valentía para no usarla, sepa que no parece para nada vertical. ¿Conoce el origen de la corbata? ¿Sabe su historia? Entonces ¿por qué la viste? Más ridículo que la corbata, es quien la usa creyendo que da elegancia sin saber por qué, y discúlpeme, pero en este caso, estamos hablando de usted, porque yo, ya no la uso. Pero no tiene que preocuparse, porque si lo despiden, puede ponerse un bar y empezar a fumar marihuana. Dicen que da resultado, al menos eso me aconsejó ese negro mal nacido que no me quiso servir un café, y seguro que su tía japonesa que debe haber sido tan desgraciada como él, tampoco me lo hubiera servido, por algo se fue sola de este mundo.

—¡Ya basta por favor! —gritó fuertemente el policía— Usted tenga la amabilidad de conducir y llevarme de regreso a mi casa que ya…

—¿Va hasta Quilmes? Yo también vivo allí —interrumpió Manuel.

—¡Cállese, cállense todos! —Volvió a rugir la ley— ¡Ponga urgente a funcionar esta máquina y haga que me tenga que bajar lo antes posible! —Le dijo imperativamente al conductor—. Y usted —miró al pasajero del cuello elegante—, vuelva a su asiento que aquí nadie ha pedido su opinión —luego siguió con Manuel, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia el fondo del colectivo—. Mire amigo, quédese sentado y en silencio, me parece que no está nada bien, pero no me interesan sus problemas, ya tengo suficiente con los míos…

—Bueno, a lo mejor también le incomoda esa corbata azul, estará muy acorde con su uniforme, pero póngase de acuerdo conmigo en que es espantosa y…

—¡Le dije que se callara! Está poniendo mi paciencia sobre la línea que divide mi salud mental y su libertad, y me imagino que no querrá pasar unos días en el calabozo de una comisaría, o lo que es peor, que lo tenga que detener por insano. Hágame caso, cállese la boca y quédese aquí sentado hasta que me baje, no quiero verlo ni escucharlo.

El conductor parecía haberse olvidado del asunto y se adentraba en la Avenida Montes de Oca. A esa hora y por el carril que va hacia el Sur, no hay inconvenientes con el tráfico.

El policía había cogido el mismo asiento en el que estaba y de a ratos miraba su corbata murmurando cosas.

Manuel, un poco más calmado, con la ventanilla abierta y la sien apoyada sobre el frío plateado del marco, disfrutaba del viento que le recorría la cara, pensando que quizás sería mejor llegar a su casa y tomarse su petróleo caliente, darse una ducha e irse a dormir, en vez de acabar en una comisaría donde no le darían ni agua potable.

—Creo que usted es un maldito y resentido demente. El problema es que el mundo está lleno de gente así. Ni siquiera me conoce. ¿Qué sabe de mi trabajo, de mi cuello, de mi vida, del nudo de mi corbata y de cómo demonios me siento? No puede hablar de mí —se desahogó repentinamente el pasajero, como si se le hubiese aflojado una apelación contenida y asfixiada en la camisa.

—No debería alterarse de esa manera —respondió Manuel mirando de reojo al policía que jugaba con la tela azul que daba prestigio a su esférica panza—. Le puede hacer mal, incluso traerle complicaciones con su estómago, como la incendiaria que me vomitó los zapatos. Los nervios no son buenos, señor. Aunque esa vagabunda creo que tiene inconvenientes con su hígado, bebe demasiado, ese debe ser su problema, porque no parecía una mujer nerviosa. Loca sí, borracha también, no se lo voy a negar, pero nerviosa no la noté. Quizás el alcohol la seda tanto que ni fuerzas para enojarse tiene.

»Como sea, le voy pedir que trate, en lo posible, de no hablarme, no quisiera terminar detenido por culpa de un oficial croata, sólo quiero llegar a mi casa, tomar un café, darme una ducha e irme a dormir.

»Porque ese asunto de la ducha es muy importante. ¿Se ha bañado usted antes de subir al colectivo? Pues si no lo hizo, debería viajar con la vagabunda en el ramal de los mugrientos y no someter a las demás personas con la horrenda destilación de sus poros.

»La próxima es mi parada, no sabe lo feliz que soy ¡Por fin llegaré a mi casa!

Manuel se paró y tocó tres veces el timbre.

—Aquí me bajo —gritó al abrirse la puerta— ¡Que tengan todos un hermoso día!

27-03-09

4 Comentarios
  1. Cada personaje es un mundo!

  2. —Como la corbata.

    —¿Qué? ¿De qué hablas? Me tienes harta con esa mierda de la corbata.

    Jajajajaja.
    Qué divertido.
    “Debería usted viajar en el ramal de los hediondos”

    Muy bien, Joaquín

    • Si muy divertido, y ademas con un gran mensaje, mas que mensaje, es una protesta en contra de las boludeces del mundo mundano.
      Gracias, me alegro que te haya gustado

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