Mucha gente pensaría que esta situación es extraña, que yo estoy loco, que me falta un último hervor. Me imagino que Talbot también, no porque le esté amenazando, sino porque él pensaba que no llegaría hasta aquí, que no tendría arrestos para hacer lo que estoy haciendo. Lo estoy encañonando con una Glock automática “del año la tana” pero que mata como si hubiera salido de fábrica ayer. Talbot no deja de sudar mientras, frente al ordenador, le digo que escriba y que escriba algo bello, con final feliz. Talbot tiene cuarenta años aunque no los aparenta, vive con su mujer la cual yace inconsciente en la habitación de al lado. Talbot se gira en un momento determinado. Leo cinismo en sus ojos.
—Un cuento solo se acaba cuando llegas al final. Después empiezas otro y así…siempre uno detrás de otro —lo dice con una sonrisa en la cara y porque sabe que me tiene cogido. Aprieto el cañón de mi revolver contra su sien un poco más.
—Tal vez tú no escribas mucho más después de esta noche —le digo entre dientes mientras vigilo el cuerpo tendido de su mujer. Me ha subido la fiebre porque estoy sudando más que un gorrino ibérico en una sauna—. Lo único que quiero escuchar de ti son tus dedos pulsando el teclado… ¡escribe!
Talbot sabe que no bromeo, estoy decidido a volarle la tapa de los sesos si no hace lo que le digo. Se gira y continúa tecleando mientras leo en su portátil a dónde dirige su narrativa. Antes de proseguir me gustaría contar cómo han sido las cosas, cómo he podido llegar hasta aquí…
El escenario era una web en la que poder publicar textos, leer y ser leído. Su nombre era Falsaria y hacía alusión a la ficción que poseen los escritores al narrar sus falsedades. Falacias inventadas con tal artificio y detalle que bien podrían pasar por veraces. Varios de nosotros, usuarios anónimos, entusiasmados por la idea empezamos a enviar textos. Al principio de una forma aleatoria y después, en mi caso, periódicamente. Al punto de subir un texto por semana.
A los seis meses apareció un cuento cuyo protagonista era un tipo que se veía involucrado en un atraco recibiendo un tiro en el hombro con salida y entrada de bala. El relato poseía todos los ingredientes de un buen cuento; tensión, buena narrativa, un buen conflicto y una resolución con giro inesperado. Dicho texto habría sido relegado al recuerdo si no fuera porque a la semana de tal narración, mientras echaba combustible a mi automóvil y me dirigía a pagar, entraron en la gasolinera dos tipos a cara descubierta y con armas de pequeño calibre. La cosa se caldeó cuando el empleado de la gasolinera se puso chulo y recibió dos tiros a bocajarro en el pecho. Yo me llevé uno de propina en el hombro, un tiro con entrada y salida de bala. Lo curioso del asunto, según me contaron pues yo perdí el conocimiento, es que los tipos después de salir con la pasta se habían acribillado a balazos el uno al otro. El cuento subido a Falsaria por un usuario llamado Talbot reproducía exactamente estos hechos.
Mientras me recuperaba de mis heridas y reflexionaba sobre lo que había pasado me puse en contacto con Arcadio, el único usuario de Falsaria que yo conocía personalmente. Arcadio siempre fue un soltero convencido, uno de esos tipos que el amor les levanta ampollas en la piel. Arcadio solterón de cuarenta y tres años, más rancio que ese trozo de queso que uno olvida en el frigorífico, se iba a casar. Se había enamorado de una brasileña de culo respingón y apretado que bailaba samba en un club nocturno. Al parecer la había conocido en la cola del supermercado mientras discutían por la prioridad y turno en la misma. Colgué inmediatamente. Sentí un vacio en el estómago y creo que me agarré a una silla para no caerme. Exactamente una semana antes del atraco, escribí un cuento que subí a la web. El protagonista era un tipo huraño que llevaba años sin arrimar cebolleta. El tipo se enamora en la cola del supermercado y a la semana se casa. Después resulta que la supuesta novia es una falsificadora que despluma a sus amantes. La mujer de mi cuento era una caribeña de armas tomar que se pasaba por la piedra a señores que habían cubierto los cuarenta con muchos ceros en la cuenta del banco… ceros a la derecha se entiende.
Cuando salí del hospital empecé a recopilar textos, mails de los usuarios y me intenté poner en contacto con algunos. Antonio Camuñas había desaparecido misteriosamente. El cadáver de Laura Asenjo apareció en el río dos meses atrás. A Julio Hernández le había tocado la lotería. Le había tocado un décimo que nunca jugó, no lo supe por él, sino por el cuento de Laura Asenjo, donde describía a un tipo que mata a otro para robarle el décimo premiado de la lotería. Así uno tras otro, comprobé que todos nosotros estábamos atrapados por esa web. De alguna forma estábamos escribiendo la historia de los otros. Jung menciona algo parecido, le aplica un nombre: “sincronía”. No sé cuánto habría de sincronía en esto, pero aquello que estaba pasando era real, más real que un puño en tu rostro o un balazo en el hombro. Traté de ponerme en contacto vía mail con los creadores de la página, un matrimonio argentino afincado en España. Ambos habían dejado España. Después de muchas gestiones conseguí el teléfono del creador de la página, un tal Nicolasio.
—¿Nicolasio? —dije al otro lado del telefóno.
—Un momento —la voz era la de un tipo de mediana edad, porteño, un tipo resuelto. Pasaron unos minutos hasta que se puso de nuevo—. Dígame.
—Verá, soy un usuario que escribe en su web habitualmente, Ferrante…
—¿Cómo se recupera su hombro? —me dijo sin dejarme terminar.
—¿Cómo sabe lo de mi hombro? —lo dije después de un largo silencio, con un hilo de voz y la boca seca.
—Cómo va a ser, amigo Ferrante —dijo haciendo una pausa— pues leyéndolo. Mire, amigo Ferrante, le voy a decir lo que les digo a todos. Lea la letra pequeña y condiciones generales que aceptó cuando subió su primer texto. Ahí encontrará todas las repuestas. Usted aceptó las condiciones, así como los demás usuarios. Lo único que puedo desearle es suerte y que se adelante a los acontecimientos antes de que sucedan.
—Pero oiga, esto es de locos… —dije, creyendo que soñaba.
—Amigo Ferrante, ahora ando muy liado. Estoy montando una nueva web acá, en Buenos Aires, un nuevo proyecto con una aplicación para móviles iPhone y Android. Una maravilla que hará más fácil escribir textos —lo dijo con alegría, el fulano se sentía satisfecho de su trabajo.
—¡Están locos, me oye, locos! —dije fuera de mí.
—Mireee… —arrastró la e de la palabra pensando cómo proseguir—, amigo Ferrante, nosotros… nosotros no somos responsables de lo que la gente inventa… solo ponemos la plataforma y la gente decide… Dígame, ¿qué tiene usted en su recontratorcida cabeza, amigo Ferrante? Si los personajes de sus cuentos pudieran alzar su voz contra usted, ¿qué cree que le dirían? Ahora esos personajes tienen nombre y apellidos, se ha convertido usted en un pequeño demiurgo y solo de usted depende lo que les pase a ellos. ¿Por qué debería sentirme responsable cuando en las condiciones generales, en la letra pequeña dice claramente todo esto que le estoy contando? —hizo una pausa y los dos guardamos silencio.
—¡Tengo una vida, no pueden, óigame… ¡no pueden hacer lo que están haciendo! —sentía miedo y repulsión.
—Amigo Ferrante —me cortó—, andate a la concha de tu madre… —Colgó el teléfono y me quedé un rato allí a oscuras, mirando por la ventana, mirando a la nada mientras buscaba una salida.
Entré rápidamente en la página y fui directamente a los relatos de Talbot. Como me temía Talbot había subido un texto más. El cuento hablaba de un tipo que coge unas fiebres africanas por un mosquito que cruza de un continente a otro en el sombrero de un turista. El tipo al final del cuento muere entre convulsiones mientras que el mosquito regresa a su país en el mismo sombrero en el que vino, para seguir sembrando el mal y ver a sus parientes mosquitos cercanos. El cuento era tan horroroso como su argumento y sin embargo viví aquel cuento como cuando uno recibe una mala noticia en un examen… con intensidad y angustia.
Bajé al supermercado y me hice con una docena de aerosoles para matar insectos. La gente del supermercado se extrañó cuando en pleno mes de agosto un tipo entraba en el local con jersey, gorro y guantes. Al llegar a casa casi me asfixio de la cantidad de mata mosquitos que eché. Me tumbé en la cama y dejé que llegara la noche con las ventanas cerradas. Pasaron tres días hasta que se encendió una luz en mi sesera: tenía que ver a Talbot. Tenía que hacerle saber lo de la letra pequeña, las condiciones generales. Si… podría hablar con él y convencerlo para que escribiera algo con un final remunerado para el protagonista, de esta forma ambos podríamos sacar tajada.
Le escribí un mail bastante extenso donde le hablaba de mi charla con Nicolasio y mis experiencias basadas en sus cuentos. Después de un día entero sin recibir noticias, la única respuesta de Talbot fue subir otro cuento donde el protagonista moría calcinado en un incendio en el hogar mientras escribía con su portátil.
Salí de casa a toda prisa mientras me untaba en todo el cuerpo una loción repelente de mosquitos. Cogí el coche y con el portátil al lado le envié desde otra cuenta de correo un formulario falso para el sorteo de un viaje a Cancún. Mi intención era conocer su nombre real y domicilio. Iba a ser difícil que el fulano contestase, sobre todo teniendo en cuenta que ya le había puesto en preaviso con el fraternal mail que le envié. Como me temía, no coló. Pasaron dos días en los que dormía en el coche para evitar a los mosquitos y los incendios fortuitos en el hogar.
Recibí la llamada al amanecer, una mujer preguntaba por Ferrante, por mí. Me decía que su marido se había vuelto loco y toda esa locura tenía que ver conmigo. Me decía que Ramiro, cuyo nick era Talbot en la web Falsaria, no iba a parar. Que para él las letras lo eran todo y si tenía que llevarse por delante a uno o un millón lo iba a hacer. “Mejor eso que escribir novela rosa con final feliz”. Había encontrado mi número por azar mientras espiaba el mail del marido. Vivían en la sierra de Madrid, en Guadarrama.
Encendí el motor y salí a toda prisa hacia allá. En mi camino a más de los ciento veinte permitidos iba pensando en cómo hacerlo, ¿le amenazaría? Sí… pero con qué. Di media vuelta y me dirigí a casa de mi abuelo. La casa de mi abuelo estaba como cuando él nos dejó. Mi abuelo coleccionaba armas desde joven y ahí es donde me hice con la Glock.
Alrededor de la media noche aparqué a las afueras de Guadarrama que era donde Talbot tenía el domicilio. Como pacté con su mujer, la puerta de atrás estaría abierta y ella dejaría una luz encendida. Entré en la casa con el sigilo de los gatos en la noche. Allí en el comedor el fulano estaba delante del ordenador. Dios sabe qué barbaridades estaría escribiendo. Qué horrores negros me esperarían en lo sucesivo. Tenía que poner fin a eso.
—Talbot —le dije mientras el otro se giraba. Se asustó de veras al verme allí. Pero de alguna forma me reconoció.
—¿Se ha mirado el cuello? —me dijo ladino. Me eché mano al cuello y noté un escozor. Al girarme y ver mi imagen distorsionada en un enorme jarrón de bronce que había allí, supe la verdad, que ya estaba muerto si no lo remediaba. Tenía una enorme picadura enrojecida de algún insecto a la altura de la yugular.
—Todo ha terminado Talbot… he llegado hasta ti —le dije mientras le miraba de hito en hito. La mujer de Talbot estaba tirada en el suelo, la miré un buen rato y me parecía que respiraba.
—¿Fue ella quien te avisó? —lo dijo con desprecio mientras miraba el cuerpo tirado—. Quería tirar el portátil por la ventana, la tuve que golpear… no entiende el trabajo que tengo entre manos. No entiende… no entiende que yo escribiré la mejor novela jamás escrita y mi nombre perdurará siglos —Había un brillo de locura en su mirada.
—Menudo ego tienes Talbot, abuela no te hace falta porque ya te lo dices tú todo —sonreí mientras me acuclillaba al lado de su mujer y comprobaba que el golpe en la nuca no era muy grave.
—¡No es ego, idiota! —dijo con cierta saña—. Yo también he sido escrito por otros, solo que en mi caso, mi final es grandioso —sonreía triunfante—. Cuando leí tu mail y me ofrecías migajas económicas no pude evitar reír al saber que mi futuro estará plagado de victorias.
—Eso si tu autor, el que narra tu vida, no decide otra cosa —me encendí un cigarro mientras notaba cómo la fiebre me comía por dentro.
—¿Mi autor? —hizo una pausa relamiéndose—. Mi autor es un pardillo que no diferencia un ensayo de una novela. Lo único bueno y acertado que ha hecho en la vida ha sido ese cuento —miró por la ventana recreándose en sus pensamientos—. Mi autor no volverá a escribir nada, ya me encargué de él —la expresión de su rostro cambio y sus ojos se volvieron como rendijas. Aquel tipo sin duda era un miserable, un asesino y estaba loco de atar. Sin perder un segundo saqué la Glock y le encañoné a la cabeza.
—Mira… saco de mierda —le dije muy calmado—. Te vas a sentar ahí y vas a escribir un cuento. Un buen cuento con un final tan feliz y tan lleno de perdices que va a parecer un puto tratado de pájaros. No vas a levantar la vista hasta que acabes —el tipo exhibió una carcajada bastante desalentadora, fue entonces cuando perdí los nervios y le golpeé todo lo fuerte que pude en los morros. Se cayó al suelo como un saco de patatas y se le borró esa estúpida sonrisa de la cara. Escupió sangre en el pavimento de gres y con resignación se sentó delante del ordenador abriendo un nuevo documento de Word.
El tiempo ha pasado y no he vuelto a saber nada de mi autor. Vivo en un ático en Madrid donde casi puedo tocar el cielo con mis manos. He sido galardonado con los más sustanciosos premios de literatura que hay en el mercado y mis novelas se llevan al cine antes de que las escriba. Mi mujer no es otra que la ex de Talbot, una morena de armas tomar con bastante buen juicio. Muchos se preguntan cómo he logrado todo esto y yo respondo siempre que hay cuentos y sueños que se hacen realidad. ¿Qué le obligué a escribir a Talbot aquella noche? Eso supondría narrar un cuento más y además con final feliz, de esos que se barre el tiempo… no hay de necesidad de contarlo y si de verdad le interesa a alguien, aún sigue colgado en la web Falsaria. Mi autor sigue escribiendo en la cárcel psiquiátrica. Al reescribir mi propia historia le obligué a ser un actor secundario de mi narración. Le obligué a autodespojarse de su poder sobre mí. Sus textos esperan ver la luz y me imagino que algún día sabremos de él. Por ahora yo estoy fuera y él dentro.
¿Qué fue de Nicolasio? Honestamente no sé, me imagino que seguirá con su negocio, sea el que sea. Ahora tengo una norma que invito a todos a seguir: si algún día recibes una invitación de alguna red social literaria, no te olvides nunca de leer la letra pequeña. En esa letra pequeña podría estar oculto el germen de algo tan horrible como bello.
Y como dijo otro… Vale.
CxF



Queremos hacer una declaración pública: si usted está leyendo esta página, es porque ya aceptó las condiciones de uso de Falsaria. Lo lamentamos, no hay marcha atrás… y buena suerte.
jejeje me ha gustado mucho, misterio y ficción mezclado con una realidad muy cercana. Enhorabuena¡¡¡
Amigo Ferrante… ¡Maravilloso!
Cuánta intensidad, no es posible dejar de leer.. por mi parte me quedó la angustia de saber qué era de la vida de Nicolasio, ese genio creador, maravilloso y encantador porteño….
Y si yo fuera Nicolasio sin duda te preguntaría: “¿Qué tiene usted en su recontratorcida cabeza, amigo Ferrante?”
Muy bueno, Ferrante!
Creo que has dado con la mezcla perfecta entre toda la literatura de fantasía, terror, ciencia-ficción que has leído y la literatura policiaca y de intriga que estás leyendo ahora. Creo que esa es una buena senda a seguir.
¡Muchas gracias! La verdad es que preferí dejar en el misterio a Nicolasio porque desarrollar mucho más ese “gran personaje” habría desvelado el enigma de la existencia de la página, el por qué de la misma. Justifico la existencia de la página como un espejo. Un espejo neutro donde reflejamos lo que llevamos dentro. El conflicto es que ese reflejo afecta al otro, para bien o para mal.
El Género policiaco se va filtrando en uno…no hay duda que Chandler sabía lo que se hacía cuando nos dejó sus cositas…jjj.
Besotes.
…Por cierto magnífica la foto de la entrada. Me ha sorprendido de veras.
Intentamos armonizar imágenes y palabras. ¡Ya veréis lo que estamos a punto de hacer! Os va a sorprender de verdad.
me gustó mucho el cuento brodel…ingenioso y divertido…
saludos !
Ferrante, un aplauso.
Has conseguido engancharme de una forma tan rápida como sorprendente.
Una receta asombrosa.
Un abrazo.
(Espero que mi autor me tenga algo de aprecio)
Me ha puesto,literalmente, los pelos de punta. No es necesario decir que es un signo de lo bien escrito que está el relato.
Buena elección al ponerlo entre los destacados.
Excelente relato. Como dijo algún Nicolás, una vez que hablamos por Facebook, aunque no literalmente como lo transcribo, “para los cuentistas también hay temporadas, rachas goleadoras, sólo que éstas se dan de vez en cuando” Partes que me impactaron: “El relato poseía todos los ingredientes de un buen cuento; tensión, buena narrativa, un buen conflicto y una resolución con giro inesperado.” Y esos son los ingredientes imprescindibles en un buen cuento, cualquiera que sea el estilo del escritor. Los has apuntado acertadamente. Voy a anotarlos para mí. “Arcadio siempre fue un soltero convencido, uno de esos tipos que el amor les levanta ampollas en la piel.” “Te vas a sentar ahí y vas a escribir un cuento. Un buen cuento con un final tan feliz y tan lleno de perdices que va a parecer un puto tratado de pájaros.” Valió la pena esperar un relato tuyo, Felipe, porque esto corrobora lo que me dijo ese Nicolás: los cuentistas son como los goleadores: tienen rachas. Y este gol es fenomenal. Saludos… a propósito: si lo que dices es cierto, una gran ciudad va a ser inundada por el relato que voy a colgar…
¡Magnífico!. Hasta me he ido a ver si entre los autores existe Talbot, claro que o tiene otro nombre de usuario o no le he encontrado.
En todo caso, tío, este relato engancha y engancha hasta el final.
(Y citando a Luna, espero que mi autor me tenga algo de aprecio).
Genial Ferrante una obra maestra
Puta Madre!!!!, jamás leí la letra pequeña!!!! Maravilloso relato, me encantó la idea y como llevaste la redacción del texto. Felicitaciones.
Excelente relato, Ferrante, desbordante de imaginacion. De lo mejor que he leido hasta ahora en esta web. Felicitaciones y un saludo.
Te sigo, ok? Es que espero leerte!
Me encanta la literatura de fantasía. Con tu permiso te sigo, ok?
OK Mary Fantastico tu sigueme…que ya verás donde acabamos…ya.
:O)
Muy buen cuento. Fue muy agradable conocerte en la reunión de Falsaria. Veo que eres tan buen escritor como mago. Saludos literarios.
Gran mago Ferrante, buen relato, desbordado de imaginación, pero me recuerda un pelin a Paul Auster en “un hombre en la oscuridad”,
flipé con los trucos de magía que hiciste y sobre todo con el anillo de plata volador, muy bueno Un fuerte abrazo