La leyenda de Polimnio
30 de Septiembre, 2012 0
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Cerca de Delfos vivió Polimnio, el hijo de Ascario el comerciante de telas. La leyenda dice que, habiendo ofendido Polimnio a los dioses por su vida descuidada e irrespetuosa, fue condenado por ellos a metamorfosearse en cuerpo, alma y espíritu cada vez que caía la noche. Así, el bello joven alegre y vividor, aunque también culto e instruido, se levantó del lecho la primera mañana que siguió al maleficio metamorfoseado en otro aspecto, también bello, y en otras actitudes, ahora trabajadoras y responsables. Tras la sorpresa de Ascario al encontrar al desconocido joven, vino su alegría al comprobar que seguía siendo su hijo, pero serio y diligente como él. Mas, tras el día trabajoso para ambos y la noche necesaria y maléfica, Polimnio amaneció convertido en un joven desganado y apático que pasó el día recostado en su hamaca viendo trabajar a los sirvientes de su desesperado padre. Y a este joven irritable siguió un joven atlético que dedicó el día a ungir su cuerpo en aceites, practicar deportes en el estadio y leer a los filósofos. Y a este joven siguió un poeta que utilizó su propia suerte para componer un lamento que,
dicen, aún se lee en las bibliotecas de Atenas. Y el día siguiente, en cuanto se levantó, cogió arco y carcaj, y corrió al bosque a cazar gamos, pues cazador
se había levantado esta vez. Vio un bello ejemplar, lo enfiló con su flecha y disparó, pero erró el tiro. Su saeta fue a herir el brazo de Diana, la bella hija de Apolonio. Aún iba a ser Diana blanco de otra flecha, esta vez de Cupido, al ver acercarse al preocupado joven quien se apresuró a curar la herida de quien iba a ser su esposa. Tras esa mañana en el bosque, el mediodía en casa de Apolonio en son de petición nupcial y la tarde en el Templo celebrando esponsales, la noche cubrió el palacete de Polimnio, donde reposaban los dos jóvenes recién conocidos y recién amados.

A la mañana siguiente Diana fue la primera en despertar y, al ir a besar a su esposo encontró a un bellísimo joven que le resultó desconocido y a quien despertó de inmediato. De nada sirvieron a Polimnio sus explicaciones y lamentos pues la descompuesta Diana nada quería oír ni entender: corrió a casa de Ascario buscando a su esposo y se sorprendió al ver a su suegro esperándola resignadamente. Explicado el maleficio y aclarada la situación, se presentó igualmente Polimnio quien, tras comprobar que su esposa ya había sido informado de su infortunio, se excusó por tener que ir a tañer el aulos en el Teatro, pues de tal oficio de había levantado ese día. Y al tañedor siguió un esposo virtuoso como pocos había en toda la Fócida. Y sucedió a este un hombre aficionado al vino, que desapareció a primera hora de la mañana y obligó a la pobre Diana a buscarlo por calles y tabernas hasta que lo encontró ebrio junto a la estatua de Apolo, y que le hizo comprender que su nueva vida iba a acarrearle numerosas dificultades.

Diana se desvelaba antes que el sol, se volvía hacia su esposo y lo encontraba siempre hermoso y distinto, pero nunca sabía del humor de Polimnio hasta que este se despertaba y trataba a su esposa. Diana era la más feliz de las mujeres cuando su esposo permanecía a su lado y la amaba, era su compañero y su amigo, su confidente y su cómplice. Hablaban y reían juntos, recitaban poemas y cantaban canciones al son de la lira. Diana era la más desdichada de las mujeres cuando Polimnio desaparecía y aparecía en un sitio extraño y distinto cada vez, acorde a su suerte y oficio. Y así vivían los esposos recién conocidos y recién amados.

Y un día de los felices llevó Polimnio a su esposa a una pradera de flores colgada sobre unos acantilados sobre el Mediterráneo y hablaron de cosas banales. Después se miraron en silencio sonriendo dulcemente. Y allí, en aquella mirada infinita, en aquella pradera de flores, los amantes lamentaron su suerte sólo un momento y sintieron su vida y sus sentimientos por encima de todos los maleficios, por encima incluso de los mismísimos dioses.

 

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