Faltaban pocos días para la Nochebuena. Por estas fechas, todos los abetos del bosque cuidaban su aspecto de modo especial.
Cada año, el señor alcalde escogía el árbol más hermoso, lo colocaba en el centro de la plaza del pueblo y colgaba de sus ramas cientos de regalos para los niños.
Abetín era el más joven del bosque. Se deleitaba imaginando ser el protagonista de aquella mágica noche; pero al retornar a la realidad y compararse con sus compañeros, no podía evitar cierto descontento.
¡Qué hermosos son! - pensaba con admiración; luego se miraba de arriba abajo y suspiraba con desconsuelo -: Yo no soy tan alto, ni tan frondoso como ellos.
Cada noche, antes de plegar sus hojas para dormir, miraba al cielo con los ojitos llenos de ilusión, y al tiempo que estiraba sus ramitas en un esfuerzo por crecer algunos milímetros, se repetía una y otra vez.
- Deseo ser el ganador de este año.
El abeto más anciano del bosque le miraba disimuladamente. Despertaba gran ternura aquel jovencito. Tenía tanta ilusión que, ¡caramba!, merecía conseguirlo.
Extendió una de sus vigorosas ramas y le propinó un leve coscorrón con el propósito de sacarle de su ensimismamiento.
- ¿En qué piensas? - indagó.
Sorprendido, respondió tímidamente:
- Pienso…en la Nochebuena. Debe de ser muy lindo compartirla con todos los niños del pueblo.
El viejo árbol le acarició con extrema dulzura.
- ¿Ansías con toda tu alma ser el escogido, verdad?
Abetín bajó la mirada, ruborizado. El añejo abeto era el más sabio del bosque; se sentía tan poca cosa a su lado que no se atrevía a reconocer su gran sueño.
Sin apenas levantar los ojos un palmo del suelo, le respondió con vocecita apenas audible.
- Sí, es lo que más deseo en el mundo.
- ¿Por qué crees que no puedes conseguirlo, chiquitín? - continuó interrogando el experimentado pino.
-Bueno… yo…, todavía soy muy pequeño. El señor alcalde siempre escoge el más grande para cubrirlo de regalos.
- Cierto es que eres pequeño, mas tus ramas son fuertes y están repletas de bellísimas hojas. El aroma que desprendes es muy potente. Puedes conseguir tu sueño.
Abetín se sintió reconfortado. Si el veterano árbol pensaba de ese modo, tal vez sucediese así. Su opinión tenía gran relevancia, nunca decía tonterías. No en vano era el más instruido del bosque.
El viejo abeto continuó hablando:
- Para conseguir lo que tanto anhelas has de desearlo con mucha fuerza. Cierra los ojos y piensa en ello con intensidad durante unos minutos. Siente como si ya lo hubieses logrado; luego ábrelos, eleva tu mirada al cielo y da las gracias a Dios, Padre de toda la naturaleza. Hazlo cada mañana, al despertar, y cada noche, antes de dormir.
- ¿Agradecerle? - preguntó extrañado el pequeño árbol, para a continuación objetar: - pero, y si no me lo concede, ¿cómo voy a darle las gracias antes de conseguirlo?
- Ten fe y lo conseguirás - aconsejó con aplomo.
- Bueno… total no me costará nada hacerlo, pensó el aconsejado.
Los días siguientes se esforzó en poner en práctica tan sabio consejo.
Por fin, llegó el gran día. El señor alcalde se adentró en el bosque envuelto en un grueso chaquetón marrón. Sus enormes botas de piel, de color negro, rompían el manto inmaculado que cubría la tierra. Todos los abetos miraban expectantes; apenas respiraban para no distraerle en la importante elección.
Abetín, buscando el firmamento, solicitó nuevamente lo que tanto anhelaba su inocente corazón.
Tras examinar con detenimiento a todos y cada uno de los árboles del bosque, el alcalde se detuvo frente a Abetín.
- Escogeré alguno más pequeño que el año pasado. Si es demasiado alto, los niños tendrán dificultad para poder coger los regalos de las ramas más elevadas. Si, éste tiene un tamaño adecuado - confirmó con voz potente, a la par que hacía presión sobre una de las quimas, como si quisiera comprobar el peso que era capaz de soportar el elegido.
Abetín aguantó con valentía. Estaba emocionado. Buscó entre la multitud los ojos del viejo pino.
- ¡Lo he conseguido! ¡Lo he conseguido! - repetía.
El veterano árbol le sonrió con complicidad. Agitó una de sus quimas, deseándole suerte en la nueva aventura.
En el centro de la plaza, un gran tiesto pintado con purpurina plateada aguardaba impaciente la llegada de su rey.
El pequeño abeto, aunque agobiado por el trasiego, se sentía feliz.
Sobre sus quimas colocaron paquetes de diferente tamaño, envueltos en papeles de colores y atados con centelleantes lazos; también pusieron bolas de cristal y un sinfín de guirnaldas de espumillón en plata y oro.
Los niños, alborotados, intentaban apresar alguno de los obsequios que pendían de sus brotes.
Abetín acariciaba con ternura la mejilla de los pequeñuelos que se acercaban hasta él, pero nadie parecía prestar atención a sus caricias.
Se sintió decepcionado, utilizado. Lamentó ser tan solo un objeto en el que colocar regalos.
Los niños se peleaban por coger el obsequio más grande. Le abatían las ramas bruscamente, sin importarles el daño que pudiesen ocasionarle.
Poco a poco, su verdor fue perdiendo intensidad.
Triste y acongojado, ansiaba que todo terminase para regresar de nuevo al bosque.
Como castigo ante la decepción por el regalo que le había tocado, un niño caprichoso quebró una de sus quimas.
Abetín sintió que un intenso dolor le resquebrajaba el alma.
Bajo la noche estrellada, la ramita maltratada permanecía tiritando de frío en el asfalto.
La profunda angustia que brotaba de su pecho sofocaba el gemido de su llanto.
Ya no le gustaba la Navidad, no le gustaban aquellos pequeños salvajes.
Ajeno a su sufrimiento, un niño mendigo recogía los papeles de colores que revoloteaban por la plaza.
Al ver el trocito de madera que yacía pisoteado y moribundo sobre el pavimento, le acogió entre sus trémulas manos.
- ¡Pobrecito! Exclamó, dirigiendo sus hambrientos ojos hacia Abetín, para preguntar -: ¿Te duele mucho? No te preocupes, yo te curaré.
Dicho y hecho: recogió la desvalida quima y la limpió con esmero, utilizando la roída bufanda de lana; después de hacer jirones a un trozo de su blanca camisa, la vendó. Finalmente, abrazó con fuerza a Abetín y le besó con ternura.
- ¡Te quiero, arbolito! Te cuidaré hasta que tu tallo sane. Cuando regreses de nuevo al bosque, iré a verte cada día para contarte historias del pueblo.
Un fuerte estremecimiento recorrió el alma árbol. ¿Cómo un ser tan pequeño podía sentir un amor tan inmenso?
Abetín suspiró, conmovido.
¡Por fin! Alguien le quería por lo que era, un abeto; y no por lo que tenía, los regalos.
Su corazoncito se expandió, irradiando agradecimiento.
Dios no solo le concedió su deseo de presidir la plaza del pueblo en Nochebuena, sino que, además, le había permitido conocer el verdadero amor de los seres humanos.
Cuenta la leyenda que, en aquel mismo instante, el ángel de la Navidad curó milagrosamente la rama herida del árbol, otorgándole el poder de sanar el sufrimiento de todo el que depositara en ella un beso.
FIN
LA MAGIA DEL AMOR
I PREMIO DEL IX CERTAMEN DE RELATO BREVE NAVIDEÑO “CUNA DEL CANAL DE CASTILLA”. ALAR DEL REY (PALENCIA) 2009.



Cenicienta literaria: con esta narración fue muy merecido el primer lugar que te otorgaron en el certamen de relato breve navideño.
Veo que es tu primera participación en esta red, y deseo que te sientas feliz entre nosotros, que tratamos de hacer literatura.
Un saludo. y mi voto.
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Muchas gracias por tus alentadoras palabras.
En efecto, soy nueva en Falsaria, pero seguiré intentando dar a conocer mis cuentos en éste , “nuestro mundo sin fronteras”.
Un abrazo.
Cenicienta Literaria (María del Mar Gómez )
Bellisimo relato, María del Mar. Justo merecedor de ese primer premio, enhorabuena. Una entrañable historia, por suerte todavia quedan seres humanos que ven más allá de lo material.
Un abrazo, mi voto y espero el aviso de tu vídeo en Youtube.
Muchísimas gracias, querida amiga 1000 Luna; no sabes cuanto me alegra encontar personas que como tú, comparten mi visión de la vida.
En cuanto al vídeo, en cuanto le tenga te evisaré; soy novata en esto de crear el blog, y voy aprendiendo poco a poco.
Un beso, amiga.