Diez para las siete de la mañana. Caía llovizna.
El Ford Taurus rojo de Karen aparcó en doble fila, justo frente a la preparatoria técnica ocho. Los cláxones de otros autos apuraban a la conductora. De tantos colegios en la ciudad, entre todos los lugares donde David podía continuar el bachillerato, ¡tenía que caer en la prepa ocho! ¿Acaso no existía una peor? Para colmo, el apestoso perfume de su hermana inundó la zona de los asientos.
—¿No vas a bajar? —Preguntó Karen. La falda magenta de su traje sastre apenas le cubría los muslos.
—Ya voy —Expresó David bostezando.
—¡Por el amor de Dios! Pareces un león, nada más falta que un domador meta la cabeza en tu boca.
—¿Y qué?, son las seis de la mañana. Vengo a la peor escuela de Nuevo Laredo y no sé que sea mejor: la sermoneada que papá me dio anoche o ese uniforme tuyo. Hace que tus piernas parezcan de pollo.
—Pues tú tienes la culpa. Ya te han expulsado dos veces y no te aceptaron en ninguna otra, ¿Hasta cuándo piensas a madurar?
—No me jodas tan temprano, ¿quieres?
—No hago esto por joderte. Me preocupas, te lo digo en serio y porque te quiero. No me gustaría que termines hecho un vago, quiero que te hagas un hombre de provecho. Eres un fastidio, cierto, pero me importas de todos modos.
—Yo no le importo a nadie.
El muchacho abrió la portezuela sin dejar a su hermana responderle. Descendió despacio, como si arrastrara una bola de hierro, de esas que les ataban a los presos en el cine. ¡Zas! Dio un portazo. Antes de irse, David viró hacia Karen. El joven levantó su mano para que ella la viera, después él dobló cuatro dedos menos el mayor. La mujer encendió el vehículo moviendo la cabeza de un lado a otro.
Faltaban cinco minutos para las siete. Las clases en aquel colegio no tardarían en comenzar. Un pasillo techado condujo a David hasta una explanada, luego a los edificios de las aulas. De pronto, la llovizna se aplacó.
El joven observó a su paso las miradas de sus nuevos compañeros, en especial de las mujeres. Los otros evitaron el contacto visual. Parecía que nunca hubieran advertido a una persona con mucho acné y un corte de cabello estilo emo.
Llegó al aula catorce. Tropezó con ella en un segundo piso. Entró. Por poco vuelca el pupitre al dejarle caer la mochila. De repente, otro joven se paró junto a él.
—¡Qué onda güey! —Saludó el desconocido—, Soy Javier. ¿Eres nuevo?
—No mucho —respondió David—. Ya voy a cumplir dieciocho.
—Graciosito el compadre, ¿eh? ¡Qué buena onda! ¿De dónde vienes?
—Del colegio de bachilleres.
—Mi hermana estudia ahí, acaba de entrar. ¿Y por qué te viniste para acá?
—Me corrieron…
—¡Huy! Perdón, compadre. No quería traerte malos recuerdos.
—¡Bah!, no pasa nada, esa escuelita es una mierda.
Una escandalosa chicharra les obligó a taparse los oídos.
Todos los estudiantes abandonaron sus aulas entre bromas, empellones, protestas para dirigirse a la explanada. Fue la primera asamblea del año escolar. Los prefectos acomodaron cuatrocientos adolescentes en torno a la plancha de concreto. El director tomó la palabra desde el primer instante. Gastó el tiempo dando numerosas advertencias: “Los mantendremos muy bien vigilados”, “nada de pleitos”, “queda estrictamente prohibido fumar”, “A la primera que hagan, ¡los expulso!”… Aquella perorata se prolongó tanto que una señorita se durmió de pie. ¿Acaso ella era mitad vaca?
Al terminar la ceremonia, David y su grupo volvieron al salón. Matemáticas era la primera clase. El profesor arribó a pasos tan largos que más parecían el trote de un caballo. Inició con el pase de lista. Levaba las mangas de la camisa dobladas bajo el codo, manos polvorientas y unas gafas gruesas jineteándole la nariz.
—Quiroz Menchaca Juan David —Anunció el profesor cuando llegó a la letra Q
—No vino —respondió el aludido.
—¿No viniste? —Preguntó Javier disimulando la risa.
—¡cállate!, ¡vas a hacer que me pesquen!
—¿Pues qué haces?
—Ahorita verás.
David fingió que se le había caído un cuaderno y lo buscaba debajo del pupitre frente a él. No tardaría mucho encorvado. Sin embargo, la meta no era recuperar un objeto del suelo, más bien, fastidiar al prójimo. Extrajo de su bolsillo una pequeña navaja Swiss Army. Se aproximó tan silencioso como un ninja a su víctima y cortó unas costuras con quirúrgica delicadeza. ¡Ya quisiera su padre ser tan diestro con el bisturí!
—Listo —anunció—. Nomás deja que se acabe la clase.
El tiempo transcurrió fugaz como interrogatorio de la inquisición.
Al concluir la clase, el condiscípulo de enfrente se colgó al hombro la mochila. Apenas dio unos cuantos pasos hacia la puerta, cuando de pronto, el pasajero montado en su espalda vomitó cuadernos, libros y un juego de geometría. Las risas no faltaron a pesar de que la broma no fue graciosa ni original.
El grupo tenía la siguiente hora libre. Las canchas ya estaban abarrotadas y otros jóvenes recorrían los angostos pasillos. David y Javier salieron al patio a refrescarse, igual que sus compañeros. Una chica de cabello diminuto caminaba en sentido contrario contoneándose.
—¿Ya viste eso? —Preguntó David—. Esa chavita está como el doctor me recetó.
—Se llama Alejandra —Dijo Javier—. Pero, casi nadie lo sabe, todo el mundo la conoce como la “Mario Bros.”.
—Me imagino que es porque tiene cabeza de hongo. ¡Qué bárbaros!, no se les vayan a quemar los sesos con tanta creatividad.
—¡Ja! Es cierto, parece que necesitamos mejores apodos.
Siguieron su viaje hacia las canchas en silencio. De pronto, Javier perdió de vista a su nuevo amigo. Lo rastreó con la mirada. Aquel infeliz se aproximó a la muchacha por detrás, con el mismo sigilo asesino del salón. Ella continuaba su marcha, bamboleando un par de carnosos glúteos. Ignoraba ser presa de un sabueso depravado. Un apretón en la retaguardia demandó que Alejandra girase como impulsada por un resorte.
—¿Qué te pasa, idiota? —Se quejó ella— ¿No te amarraron las manos de niño?
—Si nada más fue un pellizquito —David rio entre dientes.
¡Tas! La mano femenina le imprimó una marca roja en la cara. ¡Tas! De nuevo.
Los testigos se apiñaron alrededor del campo de batalla en segundos. Un sujeto enorme, con cara de bulldog, se abrió paso entre los morbosos.
—¡Oye tú! —Gruñó aquel tipo— ¿No te enseñaron en tu casa a respetar a las mujeres?
—Qué te importa.
—Es mi novia, ¿Entiendes? ¡La próxima ve y agárrale las nalgas a tu madre!
—Mejor a la tuya.
Ahora un puño se estrelló en el ojo izquierdo de David.
—¡Ya, Leonardo! —Intervino Alejandra—. No quiero que pelees por mí, menos en el primer día de clases.
La joven empujó fuera del círculo a su novio. Los curiosos desaparecieron tan pronto como se acabó el espectáculo.
—Vámonos —propuso Javier—. Este güey es malo como la carne de puerco.
—No es la primera vez que peleo —respondió David—. Pero no sé cómo no vi venir eso. Si no, ya le hubiera partido la cara.
—Ese compadre es cinta negra en karate, mejor vámonos antes que regrese.
—¿¡Y hasta ahora me lo dices!?
—Te iba a decir, pero le echaste mano antes a las posaderas de la “Mario Bros.”.
Dieron media vuelta y apretaron el paso. De repente, los detuvieron por el hombro. No querían mirar atrás. El grandulón regresó, esta vez acompañado de otros dos.
—Esto no se va a quedar así —amenazó—. A mi novia nada más la toco yo, ¿Entiendes? Te espero en el callejón, a la hora de salida.
—¿Y si no voy? —Desafió David.
—Te mueres donde te halle. Es más, ¡ya estás muerto!
—¡Cálmala, Rebolledo! —Terció Javier—. Mi camarada aquí presente es nuevo, él no sabía que Alejandra es tu novia.
—De todos modos está muerto —El gigante deslizó un dedo sobre su propia garganta, luego se dirigió a David—. Te veo en el callejón. Pobre de ti si te pelas, ahora sí sabrás qué es amar a Dios en tierra de indios.
La mañana transcurrió más despacio que caracol intentando salir de un pozo. Clases interminables, aburridas. Ni una sola hora libre además del receso. Todo el día fue igual, hasta que llegó el tiempo de la última asignatura. Los dos amigos cambiaron de lugar a la parte trasera del aula, uno junto al otro. Los minutos se alargaban a propósito, igual que los relojes en una pintura de Dalí. La voz clorofórmica del maestro provocó cabeceos, incluso la misma chica que se durmió en la asamblea cedía de nuevo.
—¡Ayúdame! —Pidió David en voz baja
—¡No! —respondió Javier
—¡Es que no sé qué hacer!
—Pues hazte el enfermo, a lo mejor te dejan ir antes.
—Pasé todo el descanso en la enfermería. Me checaron hasta los dientes y no me dejaron largarme.
—Tú te metiste solo en eso y no pienso ayudarte.
—Bueno, tan siquiera dime como me puedo largar…
Silencio. El maestro caminaba en el vacio entre los pupitres, con la vista clavada en el libro del cual dictaba a los alumnos y los oídos atentos a cualquier murmullo.
—El baño de mujeres —Respondió Javier en cuanto se alejó el profesor.
—¿Qué? —David arrugó el entrecejo—, yo ahí no me meto.
—No te vas a meter, ¡animal! Súbete al techo y de ahí brincas a la calle. Pero, ten cuidado, hay un pasillo entre el baño y la barda. Tienes que agarrar vuelo y brincar.
—¡Ah, bueno! Así sí.
—Pero no salgas a la calle en cuanto suene la chicharra. Escóndete unos veinte minutos y luego haces lo que te dije.
Callaron de nuevo. El profesor interrumpió el dictado por un momento, mirándolos como águila a un conejo. Sin embargo, el timbre de salida no permitió al docente abrir el pico. Los amigos evitaron de una regañina por muy poco. La hora de volver a casa se convertía en una maldita bendición.
—Ya vete —ordenó Javier—, voy a ver si encuentro a otro amigo.
David metió sus pertenencias deprisa a la mochila. Huyó de su salón a paso veloz, Bajó las escaleras a saltos, recorría los pasillos hasta el baño disimulando mal el apuro, escudriñaba con sumo cuidado cada rincón ante sus ojos.
Por fin, llegó al sanitario de las mujeres. Aquel sitio sólo tenía ventanas pequeñas junto a la puerta. Él no necesitaba meterse ahí, más bien escalar al techo; no era tanto su miedo. Rodeó el edificio buscando la forma de subir. Javier no le mintió ¿o sí?
¡Eureka! David se topó con unas escaleras atornilladas a la pared del costado sur. Podrían servirle de mirador en el futuro, si sobrevivía. Subió con los libros al lomo. Sólo había un tanque de agua seco desde quien sabe cuándo. Se ocultó detrás, luego improvisó un quitasol con un cuaderno. ¿Cuánto tiempo debería ocultarse?
El resistero latigueó la cabeza del joven durante horrorosos veinte minutos. Veinte minutos de brutal aburrimiento. Aburrimiento que amenazaba con ponerlo a dormir. La suma de aquellos factores le provocó una endiablada jaqueca, de nada sirvió su inventiva. Desde ahí se divisaba una tranquila calle paralela al colegio, autos estacionados, arboles de amplia sombra.
—Ya estuvo bueno —se quejó sin importarle que nadie le oyera—, ¡yo me largo!
Corrió hasta la orilla para impulsarse. Surcó el aire para terminar cayendo en cámara lenta. En cuanto los tenis tocaron suelo, él rodó embadurnándose de tierra y basurillas. Las plantas de los pies le dolían como si hubiera caído en una cama de clavos.
—¡Vaya! —Anunció una voz ronca— Se me hacía que no vendrías.
Leonardo Rebolledo y sus amigos surgieron de entre los automóviles como demonios de aquelarre.
—Mis camaradas escucharon cuando Javier te dijo por donde pelarte. Yo tengo ojos y oídos por todas partes. Te advertí que las cosas no se iban a quedar así.
—Pues a lo que te truje, chencha —David tragó.
—¡Éntrale cabrón!
Apenas levantó la guardia cuando un enorme puño castigó su rostro hasta dejarlo en el suelo. Después, vino una lluvia de puntapiés. Quedó igual de maltrecho que si una manada de elefantes lo hubiera pisoteado. Uno contra tres, que al final de la masacre se retiraron riéndose de su víctima. Lo dejaron tirado en el arroyo de la calle, sangrando, apaleado peor que mártir.
Javier llegó tarde, acompañado de otro fortachón. Oscar.
Ambos corrieron hasta el desafortunado; lo levantaron con suma delicadeza. David se apoyó en los hombros de sus amigos para caminar.
—¡Ay! —Se quejaba— ¡Me dieron hasta por lo blanco de los ojos!
—Perdona que llegáramos tarde —se disculpó Javier—. No encontraba a Oscar, él nos iba a ayudar.
—Como que ya es un poquito tarde.
—Bueno, ya. No te quejes. ¿Quieres que te llevemos a alguna parte?
—Pues como dijo el extraterrestre, “Mi casa”.
Oscar condujo su Cadillac del setenta y seis. Los tres permanecieron en un silencio impertinente que se interrumpía cuando necesitaban instrucciones para llegar al domicilio de David. Aparcaron enfrente de una casa con fachada de ladrillo gris.
—No hay nadie —Dijo el magullado—. ¡Qué novedad!
—Sabes algo, compadre —Respondió Javier—. Todo esto me recordó un chiste. Es uno de esos cuentos que no dan risa, pero tienen moraleja.
—Cuéntalo.
—Un sapo cruzaba una vía del tren y se quedó atorado en los rieles. Pasa el tren y le mocha el trasero. Luego regresa a recogerlo, pero pasa otro tren y le corta la cabeza.
—Compadre, la verdad, no entiendo cuál es la moraleja ni le veo relación con la chinga que me dieron.
—“Elemental, mi querido watson”: No pierdas la cabeza por unas nalgas.



Bueno y divertido,Lot, aunque me quedo con la foto… Saludos y voto.
Bueno, recuerda la moraleja cuando salgas a la calle.
Too late…
Lot Alkef: felicidades, por “la moraleja”… a todos nos pasa lo que al sapo de tu cuento, que perdemos la cabeza por lo que dices (esa palabrota que no puedo digerir: Nalgas…. nalgas… pero que si la repito, tal vez lo logre).
(aquí estoy nuevamente (a lo mejor nunca me fui, como dice una tal terri, amiga nuestra; a veces hago una tormenta en un vaso de agua, de lo que me avergüenzo; pero, ¿qué quieres, amigo? así es la méndiga condición humana, y muy seguido somos muy sentimentales, y hacemos pendejadas -perdonando el término vulgar; más vulgar que el que pusiste en tu narracción: nalgas, nalgas, uf-).
Volivar
Gracias mi querido volivar.
De hecho, no hay que avergonzarse, la palabra es correcta desde un punto de vista anatómico. Además, con esa foto que puse, a pocos les pasaría lo que al sapo.
¿Nalgas? Correcto en su concepto y en su sonido. Incluso, culo, que se dice aquí.
¡Qué gamberro!
Bueno, la idea es no perder la cabeza por un par de esas.