Vi a la Negra, hoy, después de Dios sabrá cuántos años. La vi en el Periférico, en la carretera que va hacia Cancún allá por las fábricas de cerveza.
Traía, como siempre, suelta esa mata de pelo oscuro, esas miles, quizá millones de hebras de seda negra, coronando su cabeza de cacao, adornando su piel de chocolate. La vi vendiendo periódicos a los automovilistas y camioneros que se detienen en el cruce cuando el semáforo se pone en rojo; aunque la Negra, temeraria como siempre ha sido, cruza los peligrosos senderos viales aún cuando el semáforo pinta verde, haciendo gala de su suerte gatuna para sacar el coste del periódico, y ganarse alguna propina de los traileros. La Negra, camina con seguridad entre los carros, con donaire sin paragón, agitando su melena al viento, dejando que el smog perfume su piel de pantera; piel que por las noches despide aromas de azahar.
Detrás de ella venían otras, que también venden periódicos y otra suerte de cosas: fruta con sal y chile, dulces de camote, revistas de la nota roja, llaveros, chicles… Segurito que se han de dedicar a lo mismo que ella. Todas se mueven entre el mar de vehículos con experimentada destreza, todas traen la misma facha: blusas de tirantes, faldas cortas y esos tacones pronunciados que usan para caminar sobre el asfalto de día y para deambular sobre las banquetas cuando cae la noche. Suerte la suya: periodiqueras de día, putas de noche.
Apenas la vi se desbordaron en mi cabeza los causes del recuerdo. Volví a mirar a la Negra con ese uniforme blanco y rojo, la imaginé portando, otrora, unas faldas rojas y largas, llenas de pliegues como de rigor exigían las escuelas de gobierno. Aguacero de memorias el que tuve de la Negrita, como por entonces todos le decían. La recordé aguerrida como ella sola, busca pleitos, grillera la condenada. Siempre con las uñas y los dientes listos y afilados para saltar a escaramuza con la menor provocación. Patrona por ese entonces, era la Negrita, de las causas injustas y cual Juana de Arco, guiaba a otras muchachitas peleoneras. Siempre iba la Negrita a la batalla en pos de lo que a ella le pareciera justo, comprando pleito ajeno y soltando azotes y golpes sin miramientos y sin discriminación.
Cuando me reconoció con esos ojotes que ella tiene, huyó de mi mirada. Escondió de mí esas bellotas negras, grandes grandes que tiene por ojos y no volvió a mirarme vayan ustedes a saber si por vergüenza de su sino. Son ocho pesos, me espetó con esa boca carnosa que se manda. Le pagué con un billete de cincuenta, y no tuvo tiempo de darme el cambio porque a esas, el semáforo ya se había puesto en verde. ¡Que le aproveches, pinche Negra!, le dije cuando arranqué el auto y por el retrovisor la vi alejarse. Ya luego… me entró el remordimiento.
Antes de hoy, la encontré una sola vez hace varios años, cerquita del Lucas de Gálvez, un mercado variopinto ahí por la calle 67 del centro. La encontré parada fumándose un Montana, entre los vendedores de discos piratas, los merolicos y los que revenden baterías de zinc… la fui a encontrar entre los relojeros y las casas de empeño, entre esos locales que en navidad se llenan de miles de foquitos y lucecitas traídas de contrabando desde la lejana china.
Si ustedes quieren ir a verla también, seguro que ahí en el mercado la encuentran varias noches por semana; ahora que si lo que quieren son las noticias, la Negra las da de primera mano por las mañanas, en el kilómetro 7,45 de la carretera Mérida-Cancún.
Cristóbal Cano.



Tu, tu ya eres palabras mayores mi hermano!
Extraordinario relato, Cristo, muy bien narrado. Felicitaciones y mi voto.
Cristocano: bonita narrativa, amigo; te felicito; sabes escribir, eres muy bueno en este arte. Felicidades. Ah,en cuanto a esaa negrita, no dices dónde se puede encontrar de noche.
Volivar (Sahuayo, Michoacán, México) (Mi voto)
Pues muchas gracias por su tiempo mal invertido. Y ahora que lo dices, Volivar… le voy viendo los negritos a mi arroz, porque sí, efectivamente se me pasó decir dónde uno puede hallarla por las noches. Supongo que por el ritmo, entendí que se entendió que la Negrita aún frecuentaba el Lucas de Gálvez… pero ahora que le miro ya me doy cuenta que hubiera sido mejor recalcarlo jajaja. Bueno, pues muchas gracias por tu voto y comentario. Ahora ando en tu trabajo.