La niña y el Rey Alfonso
30 de Mayo, 2012 10
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El Rey Alfonso se despertó debido a los ruidos procedentes del exterior de su tienda; se levantó de la hamaca y se asomó al exterior. Unos soldados habían detenido a un hombre que viajaba solo en medio de la noche y le estaban interrogando sospechando que era un espía musulmán. El Rey se acercó y presenció la escena.

-“Sólo soy un peregrino”- decía el detenido. “Vengo de llevar ofrendas al sepulcro del santo”.

Los soldados no lo creían y lo increpaban con insistencia; el Rey intervino:

-“¿A qué santo veneráis?”

El hombre le habló de un ermitaño que había vivido por aquellos montes cercanos a Toledo. Su vida había sido ascética y solitaria, y a su muerte, su sepulcro se había convertido en lugar de peregrinación por aquellas tierras. Indicó al monarca dónde se encontraba el lugar.

El Rey ordenó que dejaran marchar a aquel hombre y regresó a su tienda a meditar; era un hombre bravo pero temeroso de Dios, y sintió deseos de visitar aquella tumba sagrada. Se encontraba en medio de una guerra santa tratando de reconquistar Toledo y Madrid de manos del rey moro, y entendió aquel encuentro con el peregrino como un mensaje divino. Hizo llamar a su guardia personal y, equipado con antorchas, emprendió su improvisada peregrinación en medio de la noche. Siguiendo las indicaciones del peregrino atravesaron un pueblo y subieron desde allí un paso de montaña donde dejaron los caballos. Desde allí hubieron de continuar a pie; subieron hasta la cima de un monte sorteando matorrales y rocas; desde lo alto pudieron ver a lo lejos las antorchas del campamento. Se arrastraron por el suelo para cruzar una empalizada y pocos metros más arriba encontraron un túmulo funerario: unas pocas rocas amontonadas marcaban el lugar de enterramiento, sin lápidas ni adornos, tan solo con unas extrañas inscripciones en una lengua remota y algunas ofrendas. Los soldados se descubrieron y se arrodillaron. Pero el rey quiso cerciorarse de la autenticidad de la tumba y retiró algunas piedras ante la mirada asustada de su guardia. Los soldados pidieron al monarca que abandonara sus actos casi sacrílegos pero el rey insistía en su empeño. De pronto, un fortísimo malestar invadió al monarca, los dolores se apoderaron de todo su cuerpo y cayó al suelo. Los soldados se apresuraron a ayudarle, trataron de incorporarle pero el rey se encogía de dolor. Decidieron llevarle en volandas a toda prisa al campamento y consultar a los médicos. La oscuridad de la noche les impidió encontrar el camino de regreso, por lo que bajaron campo a través, atravesando campos vírgenes llenos de hierbas y matorrales, susurrantes hilos de agua y robles melojos de troncos retorcidos y aspecto misterioso. Con redoblados esfuerzos consiguieron llegar el puerto donde habían dejado los caballos; recostaron al enfermo monarca en su montura y bajaron ladera abajo. Alcanzaron el campamento con las primeras luces del amanecer.

Las dolencias del rey desconcertaban a los médicos del campamento que lo asistieron pues afectaban a todo su cuerpo y no remitían pese a los remedios suministrados. Después de varios días sin resultados satisfactorios, el Rey ordenó solicitar los servicios de algún médico de las aldeas cercanas, con la esperanza de haber contraído alguna dolencia conocida por aquella zona y cuyo remedio podría ser conocido por los galenos lugareños. En respuesta a su mandato, uno de sus sirvientes regresó de un pueblo cercano con la noticia de que una joven curandera vivía por aquellos lugares y se había solicitado sus servicios. Al día siguiente la joven llegó al campamento. Era una chica de aspecto frágil y un tanto enigmático. Se presentó ante el Rey y le preguntó por sus síntomas; también se interesó por el momento en que comenzaron sus dolores. Don Alfonso le relató la peregrinación nocturna y el encuentro con la tumba del ermitaño. Al oír esto, la joven se mostró sorprendida y quiso conocer de inmediato aquel lugar sagrado, pues pensó que la enfermedad del monarca tenía un origen relacionado con este. El rey llamó a su guardia personal y pidió a sus soldados que guiaran a la joven hasta el túmulo funerario del santo. Antes de partir, el monarca preguntó su nombre a la joven.

-“Mi nombre es María, para servir a Dios y a su Excelencia”.

La comitiva recorrió el camino hasta la tumba: cabalgaron desde el campamento hasta el pueblo y de ahí al puerto de montaña, donde dejaron los caballos. Subieron después a pie por las montañas; la joven tenía un paso rápido y pronto dejó atrás a los soldados. Al alcanzar su destino la joven permaneció un rato en la distancia observando las rocas y las plantas, las montañas y las nubes, los caminos y los árboles. Después se sentó con los ojos cerrados; al cabo de un rato dijo a los soldados que ya era tiempo de regresar al campamento.

A la mañana siguiente la joven se presentó ante el Rey.

-“Majestad: vuestra dolencia no se curará con brebajes ni lavados”.

-“¿Qué necesito entonces?”.

-“Levantaos e imitad mis movimientos”.

La joven comenzó a realizar respiraciones profundas y pausadas. Después entonó algunos sonidos y entonó algunos cantos. El Rey la imitaba.

A la mañana siguiente la joven trajo consigo un pandero; continuó sus movimientos del día anterior y después hizo sonar su instrumento.

Al cabo de varios días de tratamiento, el Rey le dijo:

-“Mi querida amiga María, tengo algo que decirte: me estás sanando. Mis dolores han remitido; estás llenando de alegría mis pensamientos, de sabiduría mis decisiones, de sosiego mis noches. Me hace feliz tenerte a mi lado cada día y seguir tus pasos. Pero mira, no todos te aprecian de esta forma. Algunos te acusan de brujería, otros de malas intenciones. En el último consejo uno de mis generales criticó mi estrategia y abandonó la reunión. Mira, vuelve a casa, temo por ti y por tu vida, no quiero que corras riesgos”.

-“Mi señor Alfonso, te agradezco tu preocupación. Estás sanado y me alegro de ello. Seguiré tu consejo y volveré a casa”.

-“María, debo recompensar tus servicios. ¿Qué puedo ofrecerte? Puedo cubrirte de oro y plata, de joyas y vestidos, de palacios y sirvientes. Puedo darte un lugar en la corte o tierras en posesión. Dime qué deseas de mí y será tuyo. Yo soy el Rey”.

-“Majestad, te agradezco tu generosidad. No deseo ninguna de esas cosas; no es eso lo que anhela mi corazón. Si me ofreces tu ayuda te lo agradeceré”.

-“¿Y qué es eso en lo que puedo ayudarte?”

-“Deseo ir a vivir junto al mar, a Levante, pero no puedo adentrarme en tierra mora sin un salvoconducto”.

-“María, si yo pudiera te haría mi compañera, pero un mundo entero nos separa. Vete en paz, amiga mía, niña diosa, mujer sabia. Tendrás tu salvoconducto. Nadie detendrá tus pasos”.

El Rey Alfonso VI de León y Castilla llamado El Bravo, conquistador de Toledo y Madrid, azote de sus enemigos y terror de los moros, se arrodilló delante de aquella niña y besó su mano. Nunca volvieron a verse.

Pocos días después el Rey Alfonso conquistó Toledo y Madrid y después continuó su guerra contra el moro. María se estableció en tierras de Levante, junto al mar, donde vivió felizmente.

Años después el Cid Campeador, conquistador de Valencia, contrajo una fuerte enfermedad; sus médicos no supieron curarle. Alguien supo de la existencia de María y fue llamada al Alcázar. Esto se relata en otro cuento.

10 Comentarios
  1. demasiado bueno *****

  2. Parece casi real tal como lo narras. Me gusta mucho. Felicidades

    • Muchas gracias reka, es una ficción pero los datos históricos sí concuerdan con la realidad. Gracias por tu comentario.

  3. Muy buen relato. Felicidades y voto.

  4. Estupendo y esperando la continuación. Saludos y V

    • Gracias mariav, sigo esperando a que me venga una idea para continuar el cuento…

      • Me ha gustado el relato.Espero que pronto pueda leer la segunda parte.
        Un abrazo en la distancia amigo.

        Gudea

        • Muchas gracias Gudea; como dije a mariav, en cuanto tenga la idea para la continuación la escribiré. Lo tengo difícil porque la enfermedad que contrajo el Cid durante su estancia en Valencia lo condujo a la muerte…

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