La novia

En una casa solariega y blasonada vivía una señorita teniendo por compañía una vieja ama de llaves, valetudinaria y entrañable, y una amplia prole de gatos paseando por casa y mobiliario sin ser molestados por nadie.
Se encontraba la casa en la parte más noble del pueblo, con aspecto exterior descuidado y dando lugar a innumerables murmuraciones. Las rejas de las ventanas conservaban telarañas amarillentas, auténticos nidos de polvo, disputando vetustez a puertas y fachada, en otro tiempo modelo de quienes pretendían ostentar cuanto poseían o ambicionaban. Pero desde la desaparición de la matriarca, la casa fue de mal en peor y no sólo la casa sino la hacienda, pues los arrendatarios, enfiteutas y censatarios habían adoptado la popular costumbre de esperar a que le fuesen solicitadas rentas y censos. El administrador por su parte llevaba mucho tiempo distrayendo sumas en cuantiosos gastos, anunciando pleitos sobre los que nunca recaía sentencia y sin embargo ocasionaban abultadas minutas de provisión de fondos de los señores letrados encargados de velar por sus intereses.
De sobra era conocida la inocencia de la única heredera y su difícil equilibrio mental, motivo por el que el leguleyo del administrador había sopesado protegerla con una incapacitación. La salvaron de ser incapacitada otras argucias legales ideadas por su difunta madre. Como consecuencia de tan desmedidos cariños y tan meticulosa gestión del patrimonio, a la señorita sólo le quedaba un rimbombante apellido, una cuenta bancaria cada día más escuálida, una vieja achacosa por servidumbre y un montón de gatos pegajosos.
Como suele suceder, mientras su apellido abrió puertas y cuentas, generando reverencias a quien lo pronunciaba, su ropero fue vestuario, su alacena comedor familiar, y su casa amparo de quien a su puerta llamaba, los parientes fueron numerosos, pero cuando quedó una loca y un ama de llaves, sin llaves y sin mundo por abrir, los pariente olvidaron el grado de parentesco.
Vivía sola, aunque ni lo imaginara. Se pasaba días y noches en camisón, peinándose, pintándose y hablando ante un viejo lavabo de bronce suntuoso en el interior de la sala de aseo, única de aquellos contornos, adornado con barrocas figuritas de porcelana y mayólica.
De tiempo en tiempo alquilaba un coche para ir a la peluquería del pueblo vecino a teñirse el pelo de cualquier color. Ya no recordaba el propio, aunque quizás fuesen canas, pero se paseaba por el pueblo con el pelo tan azul como el cielo, tan rojo como una brasa y blanco como la nieve, para diversión de niños y ventaneras desocupadas.
Su vestuario resultaba pintoresco y trasnochado, como sacado del arcón de una dama surgida de una máquina del tiempo. Sacos de los felices años veinte, faldas largas con polisón y bullarengue, camisas neoclásicas, trajes ceñidos y cerrados hasta el cuello, en el más puro estilo victoriano, causaban la hilaridad de los ignorantes y la envidia y el desdén en los iguales.
Al regreso de una visita a la peluquería del pueblo vecino se presentó con la noticia de haber conocido a un chico estupendo, de nombre Juanito, dispuesto a casarse en breves fechas.
Doña Concepción, el ama de llaves, pasó unos días de absoluta zozobra ante la noticia, pues no quedó en el ámbito doméstico, sino que, cual nubarrón se extendió por misas, compras y visitas y en cada lugar invitaba a la boda de la que todavía desconocía la fecha. Contrató músicos para el banquete y el salón donde celebrarla. En cuanto al asunto eclesiástico no se conformaba con una boda normal y corriente, quería misa en latín y escribió al Obispado requiriendo la presencia del señor Obispo, para quien acondicionaría la habitación más amplia y suntuosa de su casa.
El ama de llaves, ante tantos gastos como intuía, se vio en la necesidad de descubrirle una millonaria cantidad dejada por la difunta madre al morir, para evitar que su hija la dilapidase. Envuelta en un remolino de ilusión y candidez, no le hizo el menor caso, limitándose a pedirle que pagara cuantos encargos fueran llegando. La buena de Concepción no lograba conciliar el sueño e insultaba al desalmado del novio; enamorado por igual de un apellido, un renombre y de una diezmada fortuna y no de una pobre loca que ni sabía, ni se preocupaba de saber qué era eso del matrimonio. Pidió informes al señor cura, quien a su vez los pidió al párroco del vecino pueblo y no consiguió localizar al Juanito, apuesto, elegante, alto, bien parecido, lo que se dice un señor. Era la descripción recordada por el ama de llaves. En cuanto le preguntaba por el trabajo de su querido novio, contestaba que los enamorados no se preguntaban esas vulgaridades. Ellos hablaban del amor, de las puestas de sol, de las espinillas, que ella hacía siglos que no tenía, de las flores, de la variada gama de colores del espliego o de las ocupaciones y preocupaciones que les robaban tiempo para pasarse todo el santo día mirándose, contemplándose, acariciándose y mimándose con cara de pánfilos.
Transcurrían los días y el loado novio no aparecía, ni nadie lograba dar con su paradero. Preguntarle, era perder el tiempo. Alguna envidiosa y maliciosa le habló del romance de “Doña Rosita la soltera” y de la virtuosa Penélope quien perdió los ojos, por coser y descoser a oscuras, esperando a Ulises, quien cuando llegó y se la encontró con gafas de culo de botella y terribles dolores de artrosis de tanto hilar, marchó de nuevo, pero a una casa de lenocinio a desfogarse de tanto tiempo de abstinencia.
Ningún razonamiento la hacía decir más acerca del novio. Continuó con los preparativos de su enlace nupcial como si conociera la fecha de la boda. Colocó la camilla junto a la puerta de la calle, para enamorar como cualquier joven esperando al amado a la hora del crepúsculo. Pasaba las tardes y hasta la madrugada esperándolo, acompañada por Concepción, quien se dejaba vencer por el sueño sin que el joven se presentara. A la semana de estar esperando, para regocijo de la chiquillería, el ama de llaves abandonó y a la mañana siguiente amaneció la señorita radiante, su amadísimo Juanito había llegado.
El señor cura, preocupado por el evento, no cesaba de preguntar datos del novio. En principio por necesidades burocráticas, después por diversión y ejercicio de su socarronería.
-Ayer noche vi a un joven elegante, con un traje blanco subirse a un coche y pensé “Éste debe de ser Juanito” –decía divertido el reverendo intentando darle coba, por haberle escuchado otras veces esa descripción de su enamorado.
-No debía de ser. Ayer vino con traje oscuro a rayas y dejó el auto justo a la puerta de casa. Vino muy tarde y apenas pudo quedarse una hora. Cada día se le hace más largo, como a mi… no puede vivir sin mí. Soy… su niña… su sol… su luz… me echa de menos a cada instante… no hay minuto del día que no me tenga presente en el pensamiento. Me dice cada cosa… –se ruborizaba, y cambiando el tono a serio continuaba- ¡Claro! ¡Usted como es cura no sabe lo que se dicen dos enamorados!
-No te preocupes hija, uno en su modestia también ha leído alguna vez ésas novelas rosa, en las que los enamorados se casan siempre con cualquiera, menos con su verdadero amor. Son muy bonitas, hablan de ojos, de lágrimas, de corazones. ¡Me gustan mucho! Quienes las escriben deben documentarse como un estudiante de medicina, investigando enfermedades. Figúrate si después de pasarse más de cincuenta páginas llorando a moco tendido ignora que enfermedades propias de las lloronas son la deshidratación y el infarto, sería un fallo imperdonable.
Entre tanto en el pueblo, las malas lenguas comparaban cualquier cosa perdida con el novio de la señorita.
Cuando la vieja criada comprendió la naturaleza etérea y platónica del novio, respiró aliviada. Le seguía las conversaciones sobre el muchacho y alguna vez amenazaba con regañar al oculto galán. Al llegar la primavera el frondoso patio se llenó de hortensias, claveles, rosas, petunias, geranios y azucenas y la anciana, ama de llaves, se levantaba por las noches, cortaba rosas blancas del parterre y las colocaba a la puerta del dormitorio de la señorita, quien nada más levantarse le mostraba orgullosa el ramo.
-Mira ¡qué sensibilidad, qué tino, qué buen gusto, qué distinción, ¡qué hombre! La envidia de éste pueblucho, donde los maridos porfían por ser los más brutos. Donde no estiman ni tan siquiera la urbanidad con sus sufridas esposas. Una rosa, recuerda lo efímero de nuestra vida, la ves viva, y al tiempo muerta, nos muestra cuantas espinas se han de pasar para lograr la felicidad. ¿Has tocado con los dedos una rosa? No hay nada más suave, más delicado ni más frágil. Es una dulce criatura necesitada de todo nuestro mimo y ternura para sobrevivir. ¡¡Dios cuánto quiero éstas rosas!! ¡Como han forjado mi capacidad de amar!
Si alguien le preguntaba por la fecha de la boda, a la que tenía invitado a más de medio pueblo, contestaba con absoluta seriedad.
-Será en invierno. Iré de blanco y quiero el pueblo blanco por una nevada. Mi novio irá de blanco y traeremos retratista para retratarnos por el pueblo, no en su gabinete. Fotos en pose, igual valen para bodas que para recordatorio de sepelio. Quiero casarme una vez y deseo ir de blanco absoluto, hasta la casulla del cura, otra razón para que sea en adviento, para que sepan sin mofas que soy pura, no como muchas que llevan el azahar en las orejas, como los carpinteros el lápiz. Sueño con calles, puertas y ventanas blancas, más que blancas, heladas, abiertas de par en par. Para que vean como mi amor, tan grande, limpio y puro, es capaz de derretir una nevada con un único beso. Quiero gritar mi amor al sol, a las nubes, al granizo, la lluvia, al cielo y al viento. Quiero que lo sepan, no ha habido, ni hay, ni habrá, nada más grande que el amor que siento. Las bodas románticas deben celebrarse en invierno, con notable acompañamiento para que pasen envidia por la felicidad ajena, coman como cerdos a mi salud, se revuelquen en comida y vanidad, aireen intimidades, critiquen vestuarios propios y extraños, renueven pamelas del año de maricastaña y gasten carmín en sus labios secos de lujuria –quien recibía la respuesta no entendía nada, si a caso que comparaba a los invitados con cerdos y como invitados eran quienes se consideraban con confianza para burlarse de ella a cuenta de la boda, salían cariacontecidos y sin saber si habían sido insultados o comparados con cerdos.
En su casa, desde la noticia de la boda, no cesaba la actividad. Los preparativos se multiplicaban cada día. Blanquear, amueblar, comprar ajuar, cuadros innecesarios, cuberterías, de todo tipo, idas y venidas de sastres y modistas incapaces de entender las exigencias de la señorita para su traje blanco. Después de mucho probar y cambiar, se decidió por un modelo al que cada día incorporaba o retiraba los detalles que su imaginación le dictaba.
-Quiero que le ponga unos volantes, faralaes y muchas puntillas, con brocados muy cerraditos –eso era un día pero al siguiente.
-Esto me resulta poco serio, lo quiero liso sin volantes, ni faralaes, ni brocados, con una caída como una cortina.
Como el tiempo es inexorable y el invierno llega puntual a su cita, se vio en la necesidad de retrasar la fecha de la boda al siguiente invierno. Cuando alguien le preguntaba solía contestar de diferentes formas, o bien con aires displicentes:
-Hemos pensado que mejor para el invierno que viene, de ese modo nos conoceremos mejor, tendremos la casa terminada de arreglar y los muebles restaurados. Juanito se preocupa mucho de mi honra. No quiere por nada del mundo poner en entredicho mi honra con prisa por formalizar nuestro compromiso. En este pueblo cree el ladrón que todos son de su condición. Todavía soy joven, aún no he cumplido los sesenta y él… ¡figúrate! Tiene todo el porvenir del mundo por delante. La otra noche estuvimos viendo el cuarto de matrimonio y le parece estrecho, la cuna queda muy justa. ¡¡Qué cielo de hombre!! Quiere que la ponga a su lado. No quiere que me moleste el niño por las noches. Me dijo que vamos a tener cinco hijos, cuatro hijas para que nos cuiden bien y un hijo para que el apellido no se pierda. ¡¡No tenemos prisa ninguna!! Nosotros somos felices ahora y lo seremos después, no como algunas parejas que conozco, que de la felicidad del noviazgo pasaron al infierno del matrimonio y guardan el retrato de la boda para ver su último día de felicidad.
O bien con grosería, según quien se tomara la libertad de hablarle o preguntarle.
-Me casaré cuando me dé la gana y, desde luego, no tengo por qué decírtelo. ¡Bruja! –y la dejaba con la palabra en la boca.
Al atardecer, se sentaba en la mesa camilla junto a la puerta de la calle, pintada, maquillada y con el traje más llamativo que encontraba en su mundo, esperando a su adorado Juanito.
Los niños se acercaban a la puerta entre risas y juegos y alguno, impertinente, le gritaba:
-¡Tonta! Chiflada! –mientras echaban a correr por miedo a la loca que pasaba sus tardes esperando a un novio que no llegaba nunca.
Cuando el grupo era numeroso le cantaban con sonsonete escolar:
-¡El novio te ha dejado! ¡El novio te ha dejado! –acentuando de tal manera el “ja” de dejado que se lo recalcaban hasta lo más hondo de su ser.
No contestaba ni injuriaba a los niños, salvo que pasaran de la puerta hacia dentro y continuaba hablando sola. Dirigiendo sonrisas de infinita ternura a la silla vacía, donde “se encontraba Juanito”.
-¡Pobrecillos qué pena me dan! No pueden ver el amor, ni soñarlo. Les es tan lejano, tan extraño Si te vieran se asustarían viendo tu fuerza, tus enormes brazos, tu vivo genio. Eres terrible, mejor no te muevas, sé que no respondes. ¿No soportas que me insulten? No ofende quien quiere sino quien puede. Yo ni los oigo, prefiero escucharte. Es muy difícil saber a quien debes escuchar en la vida, pero entre la miseria y el amor no hay duda posible. Ya se aburrirán, ya se cansarán. Me apenan, porque seguramente no tienen a sus madres en casa, o tal vez a nadie preocupado por ellos. Hoy no se quiere a los hijos. Se crían sin madre y sin padre, se quiere al dinero, ignorando que cada minuto perdido de estar con tu hijo es irrecuperable, te lo pierdes para siempre. Es una lágrima caída y no vista, una sonrisa que no te acaricia, una alegría no compartida con nadie porque no están, una pena bebida a solas. Padre e hijos, van derrochando soledad y la soledad siempre la hemos conocido por ser la madre del egoísmo. Los padres se creen eternos en su madurez y creen eterna la infancia de sus hijos, pero es un suspiro, no podemos detener la manecilla del reloj y cuando recibimos el trato dado, es demasiado tarde. ¿Verdad cariño? ¿No te aburro? Esto sólo son temores y consejas de vieja, que cuentan y cuentan y nos llenan la cabeza de resabio, malicia e interés. ¡Vete “Sardinera”! ¡No molestes –apartaba con suavidad a una gata blanca subida a la camilla- Siempre defines la ternura como una cualidad sospechosa. Los poderosos se han encargado de meternos en la cabeza que es dañina. Saben que nunca podrán vencerla, por eso la temen. Siempre habrá un lugar para la ternura y siempre será recóndito. Ahora se cuentan historias de hombre y mujeres con luces y sombras, se dibujan sentimientos con música de fondo y miradas hablando, expresando, más que un corrillo de vecinas ventaneras desocupadas, ahora nadie disfruta de ésas historias, porque vivimos ansiosos y ávidos de emociones y ternuras propias. Las ajenas nos interesan para copiar palabras y gestos con que los personajes ficticios se acarician. Porque a fin de cuentas la ternura sin palabras no es nada, es humo. Las manos, la piel, los besos, las caricias son los vehículos que llevan nuestra ternura en volandas al ser querido. ¡Cariño! Si mi casa no te gusta nos marchamos a cualquier lugar que me digas. A mi me gustaría Barcelona, una ciudad enorme, imagino, y además con casi los mismos vecinos, porque quienes se marchan de estas tierras se van a Barcelona. ¿Has visto como vienen algunos presumiendo? Mientras vivían en el pueblo jamás pusieron los pies en la iglesia y al regresar ocupan los primeros bancos del templo, como visten abrigos de pieles las señoras y chaqueta y corbata los maridos… tienen que lucirse. El otro día, a una que me preguntó la fecha de la boda le dije que había cambiado mucho de vestimenta pero continuaba con los mismos sabañones, igual de gordos, como cuando salió del pueblo. ¡Cómo pude reírme! ¡Qué ridículos! Imaginan la categoría en una corbata, un traje llamativo y en colonia de garrafa. Su mente es tan estrecha y su egoísmo tan despiadado incapaz de admitir más que ideas como categorías, clases, importancia, distinción… algo estúpido, porque donde reina la educación no existen categorías. ¡¡Cuánta presunción en personajes de tan baja estofa!! No son capaces de admitirse tal cual son. Con su petulancia y engreimiento van gritando su rubor por ser quienes han sido y quienes son. Si alguien los nombra por el apodo de su infancia se enojan, son tremendamente absurdos. Reniegan de sus antepasados, de su historia, de su sangre. Quien cambia de opinión cuando cambian sus circunstancias es que nunca tuvo opiniones, sólo intereses. ¿Sabes qué dicen? Que estoy loca, que no eres real. ¡¡Qué pena me dan!! ¡¡Pobrecitas y pobrecitos!! Vamos que tus besos, tus caricias son fantasía, ni que fuera inteligente para crearte. La envidia las corroe, las hace vivir encerradas en sus caparazones de ruindad y les impide soñar, amar y entregarse a la ternura soñada.
-Mi vecina dice que eres un sinvergüenza, que has engañado a muchas y conmigo piensas hacer lo mismo, que te has fijado en mi fortuna y me has vuelto loca. Llama loco a un hijo suyo por besar el suelo y los bancos de la plaza donde su amada, no novia, se ha sentado. Ese muchacho está loco de amor por una linda muchacha y su madre no lo entiende, pero yo sí, porque yo besaría por donde tú pisaras. Quien no ha querido nunca a nadie, no puede entenderlo. Esa mujer vive en la lógica del egoísmo de los mercaderes, de los banqueros, de los burócratas, de las verduleras. En la lógica de la decencia, del ridículo, de las apariencias, de la madurez y sensatez, que me importan un comino. Prefiero dejar correr mis sentimientos en libertad. No hay errores más hermosos que los cometidos por amor. Mi madre me dice que tenga cuidado contigo, no le pareces de fiar. No te enfades con ella, ya sabes como son las madres y como la mía se marchó, está preocupada, es natural. ¿Qué tu no existes? ¡¡Qué estoy loca!! ¿Qué más da? –en soliloquios de éste tipo se pasaba horas y horas hasta caer rendida por el sueño. Otras noches permanecía en silencio con el gesto fruncido y refunfuñando de tarde en tarde.
-Sí, sí, lo que tu digas. ¡¡Contenta me tienes!! –dejaba pasar un buen rato mirando la silla vacía con incredulidad y poco a poco iba cambiando el rostro como si se dejara convencer.
-Bueno, está bien, te perdono por esta vez ¡pero que no vuelva a repetirse! –e inmediatamente pasaba a la más absoluta felicidad, a contarle cuanto hubiese comprado ese día y a consultarle si le gustaba el color de su pelo.
Llegó de nuevo el invierno y de su mano la nieve y las burlas de los niños en la calle. La señora Concepción no lograba convencerla de cerrar la puerta, pese al frío y a que la nieve se les entraba en casa con el viento y en forma de bola lanzada por los granujillas.
Salió una mañana a casa de la modista donde aún continuaban arreglándole el traje de novia y de forma tajante le dijo que se lo diera, como estuviera se lo llevaba. La modista, como viera cerrarse una inagotable fuente de ingresos, trató por todos los medios de realizar un último arreglo, pero no logró convencerla. Se lo probó y envolviéndolo con mimo se lo llevó a su casa donde lo guardó sobre un maniquí para que no perdiera la forma. Cada noche se lo probaba, antes de sentarse a la camilla a esperar a “Juanito”, se miraba y acicalaba en su sala de aseo. Entonces veía a sus padres muertos, a las amigas de la infancia, desde tanto tiempo alejadas y rehuyéndola. Las personas importantes en su vida la acompañaban y la asesoraban acerca de boda, vestido y novio. Sobre todo su madre se inquietaba por sus obligaciones de casada. Pasaba tanto tiempo mirando y escuchando que alguna noche no acudió a la camilla a enamorar con su adorado “Juanito”.
Fue una noche durante una cerrada nevada, cuando salió vestida de novia por las calles, empapándose de nieve y agua. Iba tal como había anunciado, con pelo, vestido y rosas blancas por el pueblo blanco de nieve. Miraba a un lado y otro y lanzaba sonrisas a las paredes blancas de cal. El viento le pegaba a la cara el velo de novia y algunos copos lloraban deslizándose por la amplia cola sin lograr borrar las huellas. A lo lejos se escuchaban las campanadas del viejo reloj de la iglesia. Recorrió muchas calles, disfrutando de su alborozo, de su alegría de amar y ser amada, sintiéndose acompañada de sus seres queridos y observada por cuantos ojos veía en los resquicios de luz asomando por las puertas.
A la mañana siguiente, cuando la buena de la señora Concepción no la halló en su cama, dio la voz de alarma, la buscaron por los alrededores del pueblo sin encontrarla. Al atardecer, con el crepúsculo despidiendo el día, abandonaron la búsqueda. Sus huellas se perdían en lo más abrupto de un bosque, conocido como “el rincón de los novios”, lugar donde encontraban acomodo furtivos besos y abrazos.
Desde entonces cuentan en ese pueblo perdido que durante las nevadas, una señora vestida de novia, con amplia cola de tul, pelo blanco y labios pintados de rojo, recorre sus calles y quienes creen haberla visto, entre brumas, nieve y viento, la han escuchado susurrar algo parecido a “Juanito amor mío”.

 

1 Comentario
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  1. ¡Bienvenido a Falsaria!

    Gracias por publicar en la red social literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria.

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