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La partida inconclusa
Tus ojos azules me contemplan calmados; una mirada profunda, con un dejo de picardía. El lugar, una habitación amplia con pocos muebles y ventanas grandes, es iluminado por la suave luz del sol de las cinco de la tarde. Con decisión me dispongo a mover una de mis torres, mas tu aguda voz me detiene.
— ¿Segura? Mira bien.
Es cierto, si hago ese movimiento perderé. Al parecer aún no estoy lista para vencerte; tú tienes esa increíble habilidad de adivinar cuáles serán mis próximos movimientos, algo que yo todavía no soy capaz de hacer. Una sonrisa escapa por las comisuras de tus labios y las numerosas arrugas resaltan en tus finas mejillas.
—No te preocupes, tenemos todo el tiempo del mundo —Adoro tu dulce forma de hablar, tan característica de una abuela cariñosa.
A lo lejos se oye el timbre, con esfuerzo te levantas y tomas tu bastón, “ahora vuelvo, piensa bien que vas a hacer” susurras mientras me palmeas la cabeza con delicadeza. No puedo hacer más que devolverte la sonrisa y fijar una vez más mi vista en el tablero.
Las imágenes comienzan a desaparecer poco a poco y ahora son reemplazadas por un oscuro vacío; numerosas lágrimas caen sin cesar y es así como recibo un nuevo día. Otra vez he soñado contigo, últimamente sucede muy a menudo. Siempre la misma escena, los mismos diálogos, todo tal y como ocurrió aquel día. ¿Quién podría haber imaginado que ya no volvería a verte sonreír?
Tenía doce años cuando te fuiste y realmente pensé que nunca lograría reponerme. Lloré mucho, imploré que tu corazón volviera a latir y que continuáramos jugando hasta el final; nada de eso sucedió y pronto tuve que aceptar que las cosas ya no serían como antes. Pasó un largo tiempo hasta que decidí jugar al ajedrez una vez más y nunca fui capaz de disfrutarlo tanto como lo hacía cuando era pequeña. Aquellos recuerdos grabados en mi memoria de las largas tardes que compartíamos entre mates y partidos son los más bellos que conservo.
Me cuesta levantarme, mi fuerza ya no es la de antes, atrás quedaron esos días donde podía saltar y correr sin problemas. Mi pequeña habitación contiene una que otra estantería, trofeos y medallas descansan en ellas; también hay varias fotos, no sólo tuyas y mías, sino además de mis queridos hijos y mi adorable nieta, Catalina. Te sorprenderías si la vieras, se parece a ti.
— ¡Abuela! —hablando de ella aparece de repente, con claras intenciones de tirar la puerta abajo si no respondo rápido. Es una niña llena de energía, y, al igual que tú y yo, ama el ajedrez. Diligente me ayuda a levantarme a la vez que pasea su mirada por mis trofeos —Algún día, yo también tendré los míos —dice más para si misma que para mí.
Todos los días son iguales desde que Cata, mi hijo mayor y mi nuera llegaron; según mis hijos ya estoy demasiado grande como para vivir sola, así que decidieron que lo mejor sería que me mudara con alguno de ellos, pero como yo no quería dejar tu casa terminaron por venir ellos aquí. Tanto mi hijo como su esposa trabajan, así que paso la mayor parte del tiempo con Cata. Nuestras partidas de ajedrez son muy divertidas y creo que ahora soy capaz de comprender un poco cómo te sentías; no hay nada más entretenido que ver las expresiones de mi niña al pensar en su próximo movimiento y, al fin, he adquirido la habilidad de “predecir” qué hará a continuación. En verdad me recuerda a mí, es como revivir el pasado invirtiendo los papeles.
—Abue, ¿por qué no usas ese tablero? —dice señalando a la mesa donde está tu tablero aún con las piezas en el mismo lugar en donde las dejamos.
—Porque no es mío, es de mi abuela —le respondo sonriendo —. Como ya te lo dije antes, fue ella quien me enseñó a jugar, y ese era su tablero favorito, sólo lo usaba para jugar conmigo.
— ¿Y por qué no lo guardas si es tan importante? —pregunta aún con la vista clavada en él.
—Mira bien, Cata. Las piezas no están ordenadas correctamente, ¿o sí?
Su negro cabello se sacude de un lado a otro con rapidez.
— ¿Sabes por qué están así?
—Parece como un partido abandonado a la mitad —enuncia luego de unos instantes como si hubiera hecho un gran descubrimiento.
—Exactamente. Nunca tuvimos la oportunidad de terminarlo —Cata me observa en silencio, como si no entendiera del todo —. Si quitara las piezas y guardara todo, estaría dando por concluido algo que en realidad nunca acabó —comienzo a explicarle con paciencia —, las piezas siguen firmes esperando indicaciones, reclaman saber quién será el verdadero vencedor de la batalla.
—Pero eso no va a pasar abue —me explica convencida, con tono serio —, ya no puedes jugar con tu abuela.
Una carcajada resuena en el lugar. —Tienes razón, Cata, tienes razón —no puedo explicarle todavía que un día ya no estaré junto a ella —. Pero no importa, ya lo entenderás cuando seas más grande.
Presiento que el momento en el que nos volveremos a encontrar está cada vez más cerca, querida abuela; siento una mezcla de temor, ansias y tristeza. Quiero verte, y, al mismo tiempo, no quiero irme.
Un leve cosquilleo recorre mi interior; quizás ahora si sea capaz de ganarte.
—Bueno, sigamos, no me gusta dejar partidas inconlusas.
4 Comentarios



Tienes mi voto.
Es un relato tierno y a la vez atrapante. Pocos logran algo así con tanta facilidad.
Enhorabuena.
Excelente relato. Tierno y muy bien narrado. Tambien tienes mi voto, mi felicitacion y un afectuoso saludo.
Niza: tu hermosa narativa me hizo recordar un pequeño librito titulado “La Partida de Ajedrez”, de escritor vienes Stefan Swing.
Aunque a diferente, tú le imprimes al tuyo esa nostalgia de una persona sensible, amorosa, tierna.
Atentamente
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Un relato hermoso, sin faltas de ortografía, felicidades Niza.
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