
No son muchas las historias que comienzan cerca del final, y menos aún de un final tan trágico y sombrío como el que se presenta a continuación. Por lo general las historias comienzan con “había una vez”, pero esta es diferente de aquellas… o tal vez, no es tan diferente después de todo.
La historia comienza en un lugar desconocido y en un momento del tiempo que no sabría contarles debido a lo difuso que aún me resultan algunos eventos que revolotean de un lado a otro dentro de mi mente. Culpa de un severo golpe en mi cabeza, del que aún guardo una cicatriz en mi sien, mi psique parece haber perdido gran parte de la capacidad que antaño me obsequiara la madre naturaleza.
Pero esa no es la historia que quería contar –o tal vez lo sea-, aún no es tiempo de aquello.
Aquí, en una habitación lúgubre y vacía, está una figura sentada entre las sombras sobre una pequeña superficie de piedra que hace las funciones de lecho, confidente y mesilla. Sentada mirando al vacío frente a ella, una pared de piedra descuidada, adornada grotescamente de telarañas y sombrías grietas.
Una rendija pequeña filtraba pequeños haz de luz que, más que iluminar el cuarto, llenaba al cuarto de sombras fantasmagóricas, inquietas y burlonas que maliciosamente sonreían al cuerpo inmóvil.
Unos pasos suenan más allá de las paredes, por un pasillo largo y estrecho tan silencioso que el batir de las alas de una mosca retumbarían en cada celda a su alrededor. Los pasos cada vez se escuchan más cerca, con un retumbar singular: eran, sin lugar a dudas, la guardia de ejecución real.
No había nerviosismo en sus ojos, ni siquiera el más mínimo cambio en el latir de su corazón. El cuerpo inconmovible al tiempo parecía una estatua de tiempos oscuros, sombríos, donde la lucha anterior había dejado cicatrices más profundas que aquellas que la tierra muestra alrededor del mar.
Los pasos se hacían más profundos en el aire, más pesados que el batir de las alas de un dragón de las montañas, y cada vez más cercanos a la puerta de la prisión que lo albergaba.
De pronto cesan con un paso doble.
Una oxidada puerta es abierta rechinando tan agudamente que llega a resultar demasiado molesto, al punto de arrancar muecas de desagrado a cada soldado real que esperaba firme frente a la habitación. Dos de ellos ingresan con espadas a la celda, sacando a rastras un bulto que más que persona parece un animal agonizante. El único gesto humano reconocible era la alegría de su rostro, donde las lágrimas secas reflejaban la emoción insana de alguien que por fin podría descansar en paz, alejado de los recuerdos que lo carcomían y destrozaban su alma.
Esta vez su cámara no era la escogida, pero la sentencia estaba cerca del punto de caducidad. Sabía que su sentencia era irrevocable, más no tenía la más mínima intención de pedir clemencia. Sabía que su pena era la máxima, pero sabía en su interior que la ejecución era justa.
Por primera vez en mucho tiempo escuchaba una voz humana, tan cálida le resultaba que ignoraba la procedencia de los gritos que le acompañaban. Los alaridos desgarradores del desventurado prisionero resonaban agudos en todo el corredor, llegando a cada celda habitada –las que por cierto, luego daría cuenta no eran muchas- destrozando la moral de los desdichados cautivos.
Este recinto era conocido como la sala de la agonía, puesto que era el último hogar para aquellos que eran acusados con los más graves crímenes. Había de todo en este lugar: Asesinos, violadores, espías e inclusive ladrones que medían su suerte asaltando guarniciones del ejército. La sala de la agonía era lo suficientemente terrorífica para que cada persona que era encerrada ahí fuese devorada por sus pecados, inclusive aquellos inocentes que por una mala jugada del destino cayesen en sus estrechos salones perdían la cordura completa.
Si alguien hubiese sobrevivido a los corredores oscuros, podría contarles cómo cada noche, por los estrechos pasadizos, retumbaban los gritos de los novatos pidiendo piedad, clamando por su muerte, implorando el fin de todo.
Nunca nadie había podido escapar de este lugar, y hasta su cierre, nunca nadie salio con vida.
El tiempo pasa tan lentamente en este lugar que parece congelado en el espacio. Nadie podría asegurar cuando es noche y cuando es día, aunque tampoco sería propio de mí aventurarme a decir si este lugar alguna vez fue iluminado por alguna de sus lunas, robando algo de luz del sempiterno astro rey.
Los pasos dejan de oírse por unos momentos, dejando al maltrecho cuerpo sumido nuevamente en el más absoluto silencio dentro de una cámara que asustaría hasta a los más osados. Descubriría luego, que su estancia en aquél recinto no fue tan prolongada, pero sus demonios tan fuertes y tenaces que parecería una vida entera frente a la pared.
De pronto el cuerpo desnutrido y maltrecho decide ponerse en pie. Tal vez medía un metro con setenta centímetros en aquél instante, pero con lo curvada de su figura –propiciada por la incómoda roca sobre la que dormitaba- no sobrepasaba los ciento sesenta y cinco centímetros. Sus manos delgadas pálidas tomaban su rostro sujetando y apartando el cabello que, de manera descuidada, había alcanzado un largo singular hasta sus hombros.
A lo lejos podía escucharse un nuevo retumbar, los soldados nuevamente se acercaban por el estrecho corredor, pero esta vez con paso firme y resuelto hasta la habitación donde se encuentra nuestro desdichado.
El aire se volvía denso son cada respiro, el corazón se aceleraba a un ritmo inusitado, tan rápido como hace tiempo no había sentido en su pecho.
Un nuevo paso doble, un nuevo rechinar.
La puerta oxidada de la habitación se abrió de golpe, permitiendo que la luz proveniente del estrecho pasillo inundara la lúgubre recámara.
La luz ahogó cada sombra, cada rincón olvidado de aquella fantasmagórica celda, mostrando el cuerpo del prisionero de pie junto a una litera plegable.
Con un sutil movimiento, el prisionero quitó sus manos pálidas del rostro, dejando ver sus finas facciones ante unos incrédulos guardias. Era la primera vez que veían a una mujer en este recinto.
Aunque sabían qué crímenes horrendos había cometido y cuál era la pena, admiraban la belleza tan cruda que ante sus ojos se había descubierto.
Cumpliendo con su cometido tomaron al prisionero bruscamente de los brazos y lo condujeron fuera de la prisión hasta el pasillo, donde tres guardias más esperaban armados. De forma decidida, marcharon juntos por el estrecho pasillo hasta el final del corredor, donde otra puerta de oxidado metal les esperaba, donde un destino escrito con sangre aguardaba.



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