La pulga María
23 de Junio, 2012 8
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La pulga María vivía en una pequeña cocina. La cocina tenía baldosas blancas y negras dispuestas como en un tablero de ajedrez. En el centro de la cocina, se situaba una mesa alta con patas cuadradas. María había vivido siempre allí y llevaba una vida plácida. Siempre paseaba por las baldosas blancas porque contrastaban con el color de su cuerpo. No le gustaba perderse en el negro inmenso de las baldosas negras en las que cualquiera la podría pisar sin percatarse ni siquiera de su existencia. El suelo estaba normalmente frío. Había sin embargo una hilera de baldosas que estaban más templadas porque cubrían las tuberías por las que circulaba el agua caliente. María dormía sobre las baldosas calientes cuando hacía frío.

Tenía una buena familia. Su madre le contaba bonitos cuentos antes de dormir. Ella se sabía de memoria todos y se imaginaba la protagonista de los más emocionantes. Unas veces era la pulga David luchando contra el gigante Goliat al que finalmente lograba vencer utilizando un sencillo tirachinas. Otras, montada en una alfombra mágica, sobrevolaba un país exótico acompañada por su amado príncipe Aladino. Y las menos, ella era la bruja mala del cuento que finalmente siempre era derrotada por los buenos. Pero el mayor sueño de María no estaba en los cuentos. María soñaba con subir a la mesa alta que se encontraba en el centro de la cocina. No sabía por qué ni para qué, sólo sabía que quería subir.

Un día apareció un gran saltamontes verde en el medio de una baldosa blanca. Era el saltamontes Pedro que se había colado por la ventana huyendo del invierno. Pedro era el insecto más grande y fuerte que María hubiera visto jamás. Pedro había visto muchas cosas, había recorrido todos los jardines del barrio e incluso había llegado al campo. Pero Pedro no sabía historias tan divertidas como las que contaba María. A Pedro le gustaba escuchar a María relatando los viajes exóticos de la mosca Aladino en su alfombra voladora o las batallas del pequeño Goliat. Y a María le gustaba que Pedro le relatase sus pequeñas excursiones por los alrededores. Pronto se hicieron muy amigos.

María veía en Pedro el acompañante perfecto para vivir una gran aventura. Un día de primavera le expuso su plan. Ella se subiría en su lomo y él la llevaría volando hasta la parte más alta de la mesa. Una vez allí, ambos saltarían por la ventana y explorarían el mundo juntos. Nunca regresarían a la cocina de baldosas negras y blancas.

El rostro de María brillaba de ilusión mientras explicaba sus intenciones y Pedro no se atrevió a contrariarla. Pero el plan era demasiado arriesgado para él. María pesaba mucho y Pedro no quería llevarla en su lomo por siempre. La verdad es que Pedro tampoco era tan intrépido como pretendía, él siempre se había movido por las cercanías sin llegar nunca tan lejos como María deseaba ir. Además, el invierno se había acabado y él deseaba volver al jardín y retomar su rutinaria vida. Así que una calurosa noche de verano, sin que nadie lo viera, especialmente María, se fue por la misma ventana por la que un día entró sin previo aviso. Dejó escrita una poesía de amor para María.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso:

 

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso:

 

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño:

 

creer que el cielo en un infierno cabe;

dar la vida y el alma a un desengaño,

esto es amor; quien lo probó lo sabe

Pedro Lope de Pega

(Se trata de un conocido poema de Félix Lope de Vega)

María quedó desolada al leer el poema. Estaba sola en la baldosa negra al lado de la pata de la mesa, con el manuscrito de Pedro en una mano y la otra colgando, sin fuerza. Ahora la mesa le parecía más alta que nunca. Nunca conseguiría llegar arriba sin la ayuda de Pedro. Decepcionada, pero sin llorar ni lamentarse, guardó el papel en un bolsillo y volvió a sus libros.

Ya no le gustaban las historias de amor y las fábulas. Ahora prefería las grandes conquistas. Era emocionante leer como un puñado de hombres consiguieron cruzar el océano Atlántico en barcos de madera y descubrir un nuevo continente. O como todo un pueblo unido por sus ideas pudo luchar contra la monarquía y conquistar su libertad inaugurando una nueva época histórica. O como un marinero noruego pudo alcanzar el Polo Sur, recorriendo prácticamente la mitad del perímetro de la Tierra. María sabía que las pulgas no son tan grandes como los hombres, tampoco tan inteligentes, pero trabajando todas las pulgas juntas podrían hacer grandes cosas. Las pulgas se merecían algo más que arrastrase por las baldosas blancas y negras de la cocina, se merecían, al menos, ver el Sol.

Animada por los nuevos sentimientos de rebeldía que habían nacido en su corazón y henchida de entusiasmo, María empezó a dar grandes discursos en la misma baldosa negra en la que encontró la poesía de Pedro el día que se marchó. Ahora ya no le importaba que el color de la baldosa fuese el negro porque ya no tenía miedo a que la pisaran. Estaba convencida de que las pulgas podían conseguir subir a la mesa por ellas mismas, sin ayuda de otros animales más fuertes. Desde arriba, se podría ver toda la cocina, podrían descubrir nuevos lugares para dormir, encontrar nuevas fuentes de comida y, sobre todo, verían el Sol.

Todas las pulgas acudían a oír el discurso de María al final de la tarde en el que las animaba a trabajar juntas y escalar la mesa. Las emocionantes palabras de María las llenaba de esperanza. Su vida, por fin, iba a cambiar.

Siguiendo con su nuevo plan, María reunió el equipo necesario para la escalada, estudió cada una de las cuatro patas de la mesa y preparó la estrategia para la ascensión. Recorrer toda la pata llevaría mucho tiempo, no se podría hacer en una sola jornada. Lo importante era elegir una pata con muchos salientes. Las pulgas subirían de una en una, y cada una pasaría la noche descansando en uno. Al día siguiente, cada pulga subiría hasta el saliente siguiente. Al final todas las pulgas estarían en la superficie de la mesa. María subiría la primera y prepararía el campamento para las otras. La ascensión llevaría varios días, tal vez un mes, pero llegaría el día en que todas estarían arriba.

El pequeño corazón de María latía fuerte emoción mientras esperaba al resto de las pulgas en el punto en el que habían acordado reunirse antes de comenzar la escalada. Cual sería su sorpresa cuando se dio cuenta de que estaba sola, de que ninguna pulga había acudido a la cita. La mayoría de las pulgas son muy temerosas y ninguna se atrevió a ir.

A pesar de lo difícil de la situación, María había estado toda su vida esperando ese día y no podía abandonar. Reunió todo el valor que le quedaba, lo metió en el mismo bolsillo en el que tenía la poesía de Pedro y continuó su aventura en solitario. Tal vez esa era la manera en la que tenía que haberlo hecho desde el principio - pensó María-. No se puede esperar que las demás te ayuden a conquistar tus propios sueños. María comenzó la escalada con mucha energía y a buen ritmo, pero conforme iba pasando los días, se encontraba cada vez más cansada. La vida de las pulgas es muy breve y María se había hecho vieja. Tenía las patas muy débiles y su vista ya no era la de antes. Cuando subió el primer centímetro se dio cuenta de que el esfuerzo que le iba a suponer llegar hasta arriba podría ser demasiado. Aún así, siguió subiendo, despacio, poquito a poco, sin descanso.

Había llegado a la mitad de la pata izquierda delantera de la mesa cuando sus fuerzas estaban a punto de extinguirse. Se encontraba en un espacioso saliente del lado de la ventana. Allí los rayos del sol llegaban con facilidad y se podían ver el cielo y las hojas de los árboles a través de los cristales. Por la noche, se veían la luna y las estrellas. Esa noche, mientras observaba las estrellas, María supo que ya no iba a poder seguir más. Sus patas definitivamente no querían andar y su corazón latía cada vez con más dificultad. En un instante, pasaron por su mente todas las personas y personajes que habían llenado su vida, Goliat, Aladino, el saltamontes Pedro, los grandes conquistadores y tantos otros. Pero sobre todo recordó un libro que su madre le había leído hacía ya mucho tiempo, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Ese hombre escuálido que intentaba luchar contra todas las injusticias de este mundo aunque la batalla estuviese perdida de antemano. Nunca desfallecía. Las cosas cotidianas, incluso las más feas y denigrantes, adquirían grandeza al pasar por sus ojos convirtiendo, así, chozas en castillos y cortesanas en princesas. En ese momento María miró por última vez el cielo, vio el amanecer y sintió el calor del Sol en su cuerpo, luego cerró los ojos y cayó. Nadie se dio cuenta de la caída, pues había caído en la baldosa negra. En todo caso, habría dado lo mismo. Ya nadie se acordaba de ella. Como he dicho antes, las pulgas tienen una vida muy corta. Y la memoria también.

8 Comentarios
  1. ¡Que hermoso relato Aurora, ademas con una enseñanza y moraleja.
    me atrapó, al principio parecía un cuento para niños pero descubrí que era mucho más.
    Gracias por compartir.
    Te dejo un abrazo.

  2. Aurorafrancia: hermosa narración. Te felicito. Tienes mi voto
    Volivar

  3. Muy bueno. Me ha encantado.

  4. Bonito relato Aurora. La constancia es lo que nos permite seguir, pero igual algo nos dejamos en el camino y son todos esos amigos. Se entrevé la vida misma. Felicidades. Un abrazo.

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