La rosa mosqueta
1 de Julio, 2012 10
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Soy ave nocturna. Aunque también de vez en cuando me gusta ponerme al sol, como los caracoles. Sobre todo en esta época del año en la que se puede estar bajo sus rayos sin temor a achicharrase. Aprovecho los mediodías, después de comer, para hacerlo. Paseo un rato por el puerto y luego me siento en un banco de los jardines aledaños a él, donde me entretengo con algún libro que normalmente suelo llevar en el bolso para matar los momentos muertos entre esperas y horas de trabajo.

Hoy, después del paseo, andaba con la galbana a cuestas y no me apetecía ponerme a leer, por lo que me dediqué a observar a la gente que por andaba por los jardines. La temperatura era agradable, a pesar de estar el cielo algo encapotado, y corría una brisa que me pareció más salobre que de costumbre, es decir, con más olor a mar, a algas…, a pescado o a marisco. Y algo debía de haber en el aire porque las gaviotas me parecieron más enloquecidas que de costumbre.

Sin embargo, no llevaba ni cinco minutos sentada cuando se ha puesto a llover y la gente ha huido como en estampida. Supongo que es por estar en época casi vacacional que no me importó mojarme, así que, tras respirar hondo, recibí con alegría la lluvia, dejando que me acariciase la cara.

Estos jardines, conocidos desde antiguo como los “del Relleno” por la tierra vertida para ganarle espacio al mar, son el pulmón verde de esta ciudad de cristal. Por las noches, hacia finales de la primavera o durante el tórrido verano, es una delicia pasear por ellos, y yo suelo hacerlo a menudo porque es cuando la fragancia que emana de las flores es de tal intensidad que es un verdadero placer para mi olfato. Hoy, sin embargo, lo he hecho de día, y me he sorprendido al darme cuenta de la gran variedad de plantaciones que hay. Por cierto, los racimos de las glicinias me recordaron que este año el color que se lleva es el lila, el malva, el violeta…, en definitiva, toda la gama de morados, y mentalmente apunto que debo comprarme algunas prendas de esa tonalidad para ir a la moda. Aunque a decir verdad, ¿cuándo me ha importado a mí semejante banalidad?

Al final no fue más que un pequeño chaparrón; una nube que pasaba que en ese momento decidió deshacerse de su exceso de carga. Pienso que ojala pudiera hacer yo lo mismo. Y a mi manera lo hago, pero sin lograr sentirme nunca aligerada del todo.

El agua, aunque poca, les ha venido bien a las plantas. Le ha limpiado la polución y ese polvillo que en gran medida ellas misma generan, haciendo relucir los verdes y demás colores de los distintos plantíos. Los olores también se han intensificado tras el aguacero, y ahora, además del olor a mar, el ambiente se ha cargado del profundo aroma de flores mezclado con el de la tierra mojada. Me gusta ese olor. Me recuerda la casa junto al rio en la que crecí, donde fui una cría feliz y mi única preocupación era que no me pillaran los vecinos robando las frutas de sus huertos, que no sé por qué, la ajena siempre me sabía mejor que la propia.

Pues bien, ahí me encontraba yo, con el pelo pingando como si me lo hubiera lamido una vaca y calada hasta los huesos, recordando mi infancia y teniendo profundos pensamientos sobre plantas, olores y colores, cuando de pronto ha pasado el tío macizo y no he podido reprimir el impulso de seguirlo.

Él, en cuestión, es ciego. No es la primera vez que lo veo. De hecho, me lo cruzo casi todas las mañanas de camino a la oficina. A menudo me he quedado cerca hasta que compruebo que puede cruzar la calle desprovista de semáforos con total seguridad. No tienen perro lazarillo que lo guíe; supongo que tenerlos es para invidentes con medios, aunque me da a mí que de eso tiene. Puede ser que no le gusten los perros. No obstante, me inclino más a pensar que les tiene alergia. A mí me gustan, pero no puedo estar a su lado sin poder parar de estornudar ni de que me deje de caer el moquillo. Una vez me hice cargo del de mi amigo Lucas durante casi un mes y al regresar por él me dijo que mi voz sonaba muy sensual y sexi. Luego se echo a reír cuando le dije lo mal que lo pase. ¡Gilipollas! De hecho no quise saber más de ningún animal con pelo.

Camina deprisa, ayudado por un bastón telescopio que balancea insistentemente de un lado a otro a ras de suelo, y solo desacelera cuando está próximo a un cruce. Entonces suele hacer un casi imperceptible moviendo de cabeza. La alza inclinándola levemente como para escuchar mejor algo que quiere oír.

Además de atlético, es osado. Para ir a donde quiera que vaya, se ha metido en todo un jardín lleno de obstáculos. Bien es verdad que aquí no hay tráfico, que la gente se aparta dejando su camino libre, y que los parterres no se mueven de sitio. Pero este jardín tiene un diseño intricado y debe de concentrarse mucho en contar los pasos que da si no quiere estamparse de frente contra una de las frondosas catalpas. Seguro que el olor de las flores le ayuda a guiarse como si fueran un GPS: cuando perciba intensamente el olor de los gladiolos, señalan el plantío de rododendros, camine recto veinte pasos y gire a las dos en punto. Siga recto doce pasos, indican los gladiolos cuando llega a su altura, hasta que el olor de los narcisos le inunde la pituitaria, que por cierto, este año lucen esplendorosos, compitiendo con las azaleas..., etc. No sé…, nunca entendí muy bien eso del lenguaje de las flores. Pero seguro que a él le hablan y las entiende a la perfección. Sea lo que sea que lo guie, lo hace de puta madre. No me cabe la menor duda de que conoce muy bien estos jardines, que ha paseado mucho por ellos, ya que su caminar es firme; sin rastro alguno de vacilación.

Justo en el momento en el que nos disponemos a abandonarlos comienza a llover de nuevo. y algo me dice que esta vez no se trata de un chaparrón pasajero. Él, más previsor, lleva un paraguas con el que cubrirse. Yo, como la pazguata de antes, me calo todavía más. Lo sigo viendo caminar con su paso seguro, sabiendo muy bien hacía donde se dirige. Todo lo contrario de lo que a mí me sucede, que nunca sé si voy o vengo. Aunque a decir verdad, tampoco es algo me preocupe.

Llegamos a la gran avenida y se para ante un semáforo para cruzarla. Es hora punta; la gente y el tráfico están imposibles con todos queriendo llegar pronto a dónde quiera que vayan. Me pongo a su lado y aprovecho para observarlo de cerca.

Hoy no lleva esas gafas oscuras con la que protege sus ojos, lo que me permite fijarme con detalle en su cara. Es muy guapo, pero eso ya lo sabía. Son sus ojos lo que me llama la atención. A diferencia de otros que he visto, nadie al mirarlos diría que le son tan inservibles como bonitos. Me pregunto si nació invidente, y de ser así, cómo percibe los colores… Si sabe que hay siete colores básico y tras ello toda la gama de la carta Pantone y más. Creo que una vez leí que para ellos el color está asociado a la memoria y por lo tanto, al mundo de las emociones. Aunque eso igual lo deduje yo viendo “El milagro de Anne Sullivan”, o en alguno de esos documentales que emiten en “La 2”

De repente sus fosas nasales se dilatan olisqueando algo y se vuelve hacía mí. Se me queda “mirando” tan fijamente que me encojo. Aun así, le sostengo la mirada. Me ha pillado in fraganti, aunque sus pupilas no muestran síntoma de actividad. Su insistencia me hace dudar… ¿Será ciego, ciego, total? ¿Podrá oler mi sonrojo de entre las gotas del eau de cologne que me pongo?

El pio-pio del semáforo anunciando vía libre verde para los viandantes me libera de su escrutinio. Aunque quien realmente lo hace es la chica situada a su otro lado, que lo toma del brazo para ayudarlo a cruzar la calle. Casi me han dado ganas de gritarle “Eh, chavala, que es ciego, no sordo” Pero no lo he hecho, claro está.

Durante casi media hora lo he seguido por calles, callejas y callejuelas hasta que finalmente se ha metido en un portal. En la fachada hay varias placas de profesionales, casi todos de abogados. No sé si vive o trabaja allí. Igual es otro Matt Murdock y lo descubro yo. ¡Sería genial!

Aparco mi desbordante imaginación a un lado y dejo mis averiguaciones para otro día. Es hora de poner los pies en la tierra y volver a la oficina. Y al hacerlo caigo en la cuenta de que me encuentro a dos calles de ella. Es decir, a dos calles de la gran avenida que separa el edificio en el que trabajo de los jardines del Relleno. Lo que significa que hemos dado un gran rodeo y estoy casi en el mismo lugar donde empecé a seguirlo.

Decido que en nuestro próximo encuentro voy a entrarle. No sé me cómo. Para empezar, me mantendré cerca de él, y, como vi hacer a esa chica, lo tomaré del brazo para ayudarle a cruzar las calles. Quién sabe si en una de tantas no empieza a hacérsele familiar el rosa mosqueta que me pongo. Incluso creo que le voy a pedir a Lucas que me preste su perro una temporada.

De camino a la oficina miro al cielo. Los nubarrones se están apartando y asoma el sol, que empieza a brillar con fuerza.

10 Comentarios
  1. Bonita historia. Espero que sea real y, si es así, que hayas conseguido hablar con él al fin ;) . Te doy mi voto.

    • Gracias, Kei88. Lamento decirte que la historia es ficticia, pero me alegro que te haya gustado.
      Aun no he tenido tiempo de leer algo tuyo, pero espero hacerlo pronto y comentarte.Un saludo y gracias de nuevo por leerme.

  2. Mariav, apuesto a que la próxima vez sí tomas al ciego de la mano para pasar al otro lado de la calle… aunque no llegues a tiempo a la oficina.
    Amiga, eres genial… sabes escribir de puta madre (quiero decir: que escribes muy bonito, poniendo el alma en la pluma -o computadora).
    Feliz el ciego que la próxima vez va a cruzar la calle tomado de tu brazo.
    Espero que no aparques a un lado tu imaginación y sigas en esto que haces de maravilla: contar, narrar, escribir muy bellamente.
    Te felicito (mi voto, por supuesto)
    Atentamente
    Volivar (Mi voto)

    • Gracias, Volivar. Ya sabes, entreteniendo al personal con las pequeñas historias que se me ocurren.
      Un abrazo, corazón, que siempre me animas un montón con tus comentarios.

  3. Mariav: me ha extrañado en extremo que no te hayan punteado (ya se que esto te vale gorro), pero en verdad que es una lástima que lo verdaderamente hermoso lo dejemos a un lado.
    Por fortuna tienes un criterio muy amplio y sabes que lo que interesa es escribir, no recibir corazones o puntos..
    Si don Miguel de Cervantes se hubiese puesto a pensar que su enorme obra pocos la leerían, y se hubiera desanimado por eso, no tendríamos a tal genio de las letras.

    • ¿Y para qué iba yo a querer que me puteen? ¡con lo puteada que ya me tiene la vida!
      Bromas a parte, Volivar, te diré que las opiniones y gustos, son como los culos; todos tenemos.
      A mi me gusta escribir y aveces un solo comentario me vale cuarenta mil punteos. Y con esta historia me han regalado muchos y muy buenos.
      ;D

  4. Que historia tan increíble, parecía que era yo la que desde un banco de los jardines os miraba y observaba vuestros movimientos, tratando de imaginar una historia, la tuya. Si es real de verdad espero que hables pronto con él.
    Un abrazo amiga y por supuesto mi voto.

    • Si te ha gustado, tengo algunas mas de este tipo que iré subiendo.
      Por cierto, Amerika, me gusta tal como eres.
      ;)

  5. Bonita historia, y bien contada para que el lector entre plenamente en ella. Saludos.

    • Gracias, Alca. Por cierto que imaginación no te falta, escribes unas historias muy interesantes. La de la taza me dejó flasheada. Seguiré leyéndote y votando. Saludos.

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